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 Vivió como un gran cubano
 y escribió como un gran español

Así se ha resumido la vida y la obra de Alfonso Hernández Catá, uno de nuestros mejores cuentistas, al que hoy traigo aquí en este buceo por las antiguas narraciones fantásticas españolas más cercanas a la ciencia ficción, por más que carezcan del sentido de la prospección que caracteriza al género: por eso son sólo precedentes. Nació nuestro autor el 24 de junio de 1885 en Aldeadávila de la Ribera, provincia de Salamanca -cuyo Ayuntamiento le ha dedicado una calle-, hijo de un militar español destacado en Santiago de Cuba y de una cubana. Marchó de pocos meses a Santiago y de ahí que se le dé a veces por natural de Cuba, como sin ir más lejos ocurre con la Enciclopedia Espasa.

Muerto su padre, a los 16 años ingresó en el Colegio de Huérfanos Militares de Toledo, de donde se escapó para llegar andando a Madrid a trabajar y estudiar, empezando pronto a colaborar en revistas españolas y americanas. A los 22 años publicó su primer libro de cuentos, que fue un éxito, casó con Mercedes Galt y, a los 24, ingresó en el Cuerpo Consular cubano. Residió por mucho tiempo en España, donde publicó habitualmente, destinado en Santander, Cádiz, Alicante y finalmente en Madrid, ya como embajador. Murió el 8 de noviembre de 1940 en Río de Janeiro, cuando sobrevolaba la bahía de Botafogo y el avión en que viajaba chocó con una avioneta deportiva.

A más de la diplomacia y el periodismo, cultivó la poesía y colaboró con Eduardo Marquina y su cuñado Alberto Insúa [1] en diversas producciones teatrales, pero fue sobre todo escritor de cuentos y novelas cortas, autor popular por la originalidad de sus argumentos y la elegancia de su estilo, ágil y claro.

Entre estas narraciones breves figura "El aborto", publicado por primera vez en 1921 en La voluntad de Dios [2], compuesto por dos novelas cortas y un cuento y múltiplemente reeditado. Un año después de la primera edición, la fantástica "El aborto" se publicó separadamente [3].

A poco de terminada la Guerra Europea, el profesor Herman Lussenhoop, que está llevando a cabo excavaciones arqueológicas en España, cerca de Erial de la Ladera -cuyo nombre parece evocar el de su pueblo natal-, recibe desde Ginebra la llamada urgente de su antiguo maestro, el profesor Henrich Reufelsdeoeckh, y acude presuroso a su encuentro.

Reufelsdeoeckh le explica cómo ha descubierto que los conocimientos de un hombre pueden pasar a otro si, inmediatamente después de muerto el uno, se hacen transfusiones graduales de SU sustancia cerebral al otro y se le injertan dos glándulas, todo ello con gran lujo de detalles biológicos. Ya ha realizado experimentos con monos.

Existe una ley de impenetrabilidad de las ideas, análoga a la de impenetrabilidad de los cuerpos, de modo que a un adulto formado sólo se le pueden transmitir conocimientos específicos, mientras que un niño de diez o doce años es capaz de absorberlo todo, si bien es preferible que, hasta esa edad, se dedique nada más que a jugar y no aprenda nada.

Ambos viajan entusiasmados a España, al Erial en que hacía sus excavaciones Lussenhoop, donde no son bien acogidos, particularmente Reufelsdeoeckh, que despierta grandes antipatías. Tienen al "receptor" ideal, el tonto del pueblo, Casiano, que les sigue como un pero fiel. Mediante anuncios en los periódicos encuentran un "donante" en satisfactorio estado de gravedad, un organista de nombre Segismundo del que su hija está dispuesta a vender su cuerpo y su alma por las dos mil pesetas que le ofrecen.

Muere el músico, llevan a cabo las transferencias previstas y Casiano empieza a tararear piezas que no podía conocer, para terminar interpretando composiciones sacras en el armonio de la iglesia, de modo que la gente se hace cruces de cómo los alemanes le han enseñado a tocar: sospechan de brujerías. Por lo demás, Segismundo debía tener poco más cerebro que Casiano, pues éste no ha aprendido nada más, sigue siendo un simple.

Tres meses más tarde hallan otro donante, un filósofo cuya pista venían siguiendo y que muere en una pensión. La dueña los deja con él en su cuarto, a cambio de que le paguen los atrasos, y vuelven a repetir las mismas operaciones. Esta vez el resultado es bien distinto. Casiano comienza pronto a hablar de las causas primeras y de los juicios analíticos de Kant, a más de despotricar contra el insensato Locke que pretende reducir los universales a simples palabras y cosas por el estilo. Los alemanes lo mantienen prácticamente secuestrado, ante la creciente irritación del pueblo, y Casiano permanece filósofo triste y abatido, con su aspecto físico muy desmejorado.

Se acerca la fiesta mayor del pueblo, que los mozos preparan afilando sus navajas, ya que el día del patrón siempre mantienen una pelea sangrienta con los mozos del lugar vecino. Ese día Casiano se escapa y roba veinte duros con los que compra una pistola a un arriero y se suicida. Los mozos, cargados de alcohol, se unen por una vez a sus vecinos y, todos juntos, persiguen a golpes de piedras a los alemanes que huyen , acabando con ellos a cantazos.

Son las de La voluntad de Dios amargas narraciones del odio y la violencia, que dice su autor, de la insensibilidad ante el sufrimiento ajeno, "ante la prostitución que de todas las conquistas de la Ética, de la Química y de la Mecánica ha hecho la generación en que le cupo pasar desde la Nada hasta la Muerte". Esto supone que el elemento fantástico no alcance en El aborto el papel preponderante que nos gustaría que tuviese, para proporcionarnos un hermoso precedente de Flores para Algernon.

El mejor relato de la antología es seguramente "La patria azul", novela marinera que no tiene nada da fantástico. Sí lo tiene el cuento "Fraternidad", cuyos protagonistas son dos hermanos, químicos ambos. Cuando uno descubre un ingenio que destruye la vida sobre la que proyecta su rayo, recurre a su más sabio hermano para que amplíe su radio de acción. Éste alcanza a ver de inmediato que puede cubrir distancias enormes y, como no es capaz de convencer a su hermano de que lo destruya y no lo venda con fines bélicos, lo mata y es él quien destruye el ingenio.

 

NOTAS

1. Alberto Insúa era el hermano menor de la esposa de Hernández Catá.

2. Hernández Catá, A. La voluntad de Dios, Alejandro Pueyo, editor, Madrid, Imprenta Helénica, 1921, rúst., 321 pp. de 20x13 cm., 5 pta. Incluye "La patria azul", "Fraternidad" y "El aborto". 6ª ed. en Novelas y Cuentos nº 1051, 1951.

3. Hernández Catá, El aborto, Prensa Popular (Calvo Asensio 3), La novela corta nº 327, Madrid, 18 marzo 1922, 24 pp. de 20x14 cm., 10 cts.

 

 
 

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