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UNA TEMPORADA EN EL MÁS BELLO DE LOS PLANETAS

LA PRIMERA NOVELA ESPAÑOLA DE CIENCIA FICCIÓN:
UN VIAJE A SATURNO EN EL SIGLO

por Brian J. Dendle
Universidad de Kentucky

En 1870 la Revista de España[1] publicó una novela por entregas, Una temporada en el más bello de los planetas, de Tirso Aguimana de Veca. El tema de la novela es sorprendentemente original para tratarse de un trabajo realizado en España a mediados del siglo XIX, toda vez que describe las aventuras de dos terrícolas, el científico alemán Leynoff y el joven español Mendoza, que, vestidos con trajes espaciales primitivos y haciendo uso de las «corrientes de comunicación» interplanetarias, viajaron en globo al planeta Saturno[2].

Aunque lastrada por una dependencia excesiva de los tópicos y manierismos de la novela histórica española, Una temporada no es sólo una curiosidad literaria. Revela un eclecticismo desconcertante para que, a través de una intriga romántica de banalidad considerable, Aguimana defienda la ideología deísta y racionalista de la Ilustración y exponga una concepción determinista de caracteres más habitualmente asociados con los escritores naturalistas de la generación siguiente. Por la originalidad de su propuesta, precede a un autor, Julio Verne, de marcado interés por los avances de la ciencia en sus novelas científicas. En su utilización de una perspectiva extraterrestre para satirizar las costumbres terrestres, Una temporada se adelanta a formas más tardías de ciencia ficción.

Pese a publicarse por primera vez en 1870, Una temporada se escribió en una fecha muy anterior. Desde luego que la naturaleza claramente romántica del trabajo no puede aducirse en ninguna especulación sobre la fecha en que se escribió, toda vez que la novela histórica romántica pervivió en España hasta bien entrada la década de 1870. No obstante, Aguimana declara en una nota al pie, que modifica las teorías médicas expuestas en el capítulo XXVII, que el trabajo se realizó al menos veinte años antes de su publicación: "De este modo pensaba el autor hace 20 años (época en que se escribió esta obra); hoy, aunque da al fluido eléctrico animal la misma importancia en el organismo, es bajo otro punto de vista muy distinto" (XV, 460).

Hay evidencias internas que sugieren que Una temporada se escribió a finales de los años 1840. La tecnología de Saturno se corresponde a la de la Europa de este período: los ciudadanos saturnianos se iluminan con luz eléctrica producida por pilas voltaicas de zinc y ácido nítrico; los teatros se alumbran con electricidad (XV, 342) [3]. Las referencias astronómicas nos ayudan a datar la composición de Una temporada con gran precisión. La novela no pudo escribirse antes de 1846 porque Leynoff cita como "últimamente descubierto" (XIII, 439) al planeta Neptuno (que no fue avistado por los astrónomos hasta septiembre de 1846[4]. Una temporada debe haberse escrito poco después de esa fecha: los viajeros espaciales ven sólo unos pocos asteroides (Vesta, Juno, Ceres y Palas) que eran los conocidos en las primeras décadas del siglo XIX, pero no se mencionan otros asteroides de características similares descubiertos por los astrónomos entre 1845 y 1849; las frecuentes referencias a las siete lunas de Saturno nos proporcionan otra sólida prueba de que la novela se escribió antes de 1849, cuando los astrónomos descubrieron la octava luna de Saturno. La novela de Aguimana, pues, fue probablemente escrita hacia el año 1847, esto es, alrededor de veinte años antes de que se publicara la obra de Julio Verne De la Terre à la Lune (1865), una novela generalmente citada como el primer intento de viaje no terrestre en el siglo XIX.

En la devoción que siente Aguimana por la ciencia se aleja de sus contemporáneos, los autores españoles del Romanticismo, y se acerca notablemente a la generación venidera del Naturalismo. Se deleita en ofrecernos una plétora de detalles astronómicos; es notable lo bien que utiliza la civilización de Saturno para exponer las tecnologías conocidas en Europa a mediados del siglo XIX; pretende sobre todo explicar al lector los métodos del razonamiento científico. Los hombres de ciencia, como reclaman tanto Leynoff como el erudito saturniano Nolarto, deben buscar en los hechos la confirmación de sus hipótesis; los argumentos sobre la inducción y la analogía hay que asentarlos más allá de nuestros sentidos. Por medio de la observación y el razonamiento, los científicos establecen la perfección matemática del universo y esta perfección suprema argumenta la necesidad de un Ser Supremo. La llave de toda la vida es la electricidad, «el alma del universo» ((XV, 129). Esto conduce a una concepción del hombre casi naturalista, ya que, aunque se acepta en teoría el libre albedrío, el temperamento y la conducta dependen de la polaridad eléctrica: el amor, la antipatía, el poder de los líderes, el genio o la criminalidad pueden explicarse con la electricidad[5].

Antes que Lombroso, Aguimana proclama el parentesco entre genio y criminalidad. Ambos son una forma de anormalidad físicamente determinada y, por tanto, no sujetos al juicio moral: "Entonces ni admirarás a los grandes genios ni execrarás, sino que comprenderás a ciertos criminales célebres" (XV, 469). De acuerdo con sus teorías deterministas, Aguimana basa el amor en términos mecánicos, como cuando escribe: "Maquinalmente, y atraídos por el fuego ardiente de sus ojos, por el magnífico fluido que de ellos emanaba, acercáronse uno a otro... (XVII, 601). Abundan las imágenes eléctricas, como en este ejemplo: "Las palabras que pronunció Silaydi ... fueron para Nostrady lo que es a un cadáver el contacto de una batería eléctrica" (XVIII, 122). La medicina se toma como una ciencia, no como un arte. El doctor saturniano Sattulo explica que el conocimiento del hombre se consigue por la disección y el análisis de los cadáveres, un estudio "ayudado siempre del cálculo y de la física" (XV, 471); la razón es el juez supremo en ambas materias: "Que el juez competente en ese examen es la razón, y que la razón no sufre más yugo que el que quiere imponerse ella a sí misma" (XV, 471).

Como en buena parte de la ciencia ficción, la descripción de las costumbres de otros planetas permite al autor ofrecer una crítica implícita de las terrestres. Los saturnianos son considerados con los demás, evitan el alcohol, tienen hospitales admirables y una administración eficiente y honrada. Los actos gubernamentales son siempre austeros porque así no atraen al crimen. Aunque vemos en Saturno un sistema rígido de clases, la educación saturniana previene el odio interclasista utilizando uniformes y rehuyendo el favoritismo en todo lo posible. La clave del sistema en Saturno es la educación elemental para todos: "Escuelas, pues, y siempre escuelas, clámase aquí en todas partes y a todas horas; escuelas, señores, escuelas, y media docena de leyes para regirnos" (XVII, 443). Sólo los más virtuosos y cultos pueden ser profesores: "Para ser maestro, señor, es preciso poseer una virtud sin tacha, ser fino, amable y grave a la vez, poseer una instrucción muy vasta, principalmente en medicina (el destacado es mío), un conocimiento profundo del corazón humano, y, sobre todo, un tacto exquisito para dirigir a los niños, premiar la aplicación y la virtud y castigar el vicio" (XV, 627). Como Giner de los Ríos, Aguimana opina que la reforma moral por medio de la educación conducirá necesariamente a mejorar la sociedad: "Procurad que los hombres sean buenos, y la sociedad será mejor" (XV, 627).

La reforma de la educación, sin embargo, no es suficiente en sí misma para producir la sociedad ideal, como se pone de relieve en la extensa discusión sobre esta materia en el capítulo LVI. Las creencias religiosas se limitan al reconocimiento formal de una deidad, lo que se considera por los saturnianos ilustrados como un sentimiento necesario para preservar la sociedad y contener pasiones perversas. Como estructura de gobierno, aunque la República se considera técnicamente como la organización ideal de la sociedad, se considera que en el momento presente es sólo «un bello ideal, pero irrealizable» (XVII, 447). Deben evitarse a toda costa los cambios violentos. Los revolucionarios son miopes porque, ignorando las costumbres, tradiciones e intereses creados, preparan el camino hacia la anarquía: "No hay gobierno nuevo, por bueno y perfecto que sea, que no tenga que chocar contra intereses creados, contra usos y costumbres establecidos, contra tradiciones respetables y contra el hábito mismo, que es casi una segunda naturaleza. Y si antes de intentar tan radical y profundo cambio no preparáis convenientemente al pueblo, tenedlo por seguro, Nittrando, correrá a torrentes la sangre, se conmoverá la nación hasta sus cimientos, y la anarquía aparecerá sembrando por todas partes la desolación y el espanto (XVII, 447). La cacareada tolerancia saturniana por las opiniones ajenas no se extiende a las críticas hacia el orden establecido: existe una "amplia tolerancia para todas las opiniones ... con tal de que no toquéis, se entiende, el orden y el gobierno establecidos" (XV, 135). La sociedad saturniana es, de hecho, superior a la de la Tierra sólo en su organización. La propia naturaleza humana es corrupta en todos los mundos, como comprueba finalmente Mendoza con amargura: "Oh hombres, hombres, en todos los mundos sois los mismos..." ((XVII, 127).

La exposición de las ideas de los saturnianos posee un cierto interés histórico, no sólo como la expresión novelada de una ideología a la vez conservadora e ilustrada, que prevalecía en la clase media española mediado el siglo XIX. Desgraciadamente los elementos didácticos presentes en Una temporada se conectan estrecha y significativamente con la intriga novelesca que, aunque ubicada en Saturno, no deja de ser meramente una historia banal sobre las vicisitudes de dos enamorados. Una temporada adolece de todos los defectos de la novela histórica española de la época. Resulta tediosamente lenta: las conversaciones son prolijas, las elaboradas formas de cortesía, con el uso del vos, llegan a irritar. Apenas se explotan las posibilidades de un escenario no terrestre. Aguimana no escapa a las limitaciones del romanticismo medieval. Pese al progreso tecnológico, sus saturnianos viven en un mundo extrañamente arcaico de caballeros, caballos, tornos, duelos, castillos feudales, pasadizos secretos y un rígido código de honor. Los personajes nunca cobran vida, con las posibles excepciones, y para eso en contados momentos, del estoico erudito Leynoff y el saturniano Nostrady, que, enloquecido y degradado por una pasión fatal, se muestra como una figura bien trazada en la novela romántica. Aguimana, en efecto, parece sufrir frecuentes duchas frías para no alcanzar un mínimo de originalidad. Así, después de una nada imaginativa descripción de la iluminación proporcionada por los anillos de Saturno en la noche polar de cada quince años del planeta, Aguimana pregunta al lector, de modo un tanto apologético: "Quizá me hago pesado con tantas descripciones; pero ¿cómo prescindir de ellas cuando se trata de un mundo desconocido? ¿He de callar, por ventura, lo que he visto?" (XVI, 604).

Creo que la novela de Aguimana merece, como mínimo, una breve mención en cualquier historia de la ciencia ficción europea, su relato del viaje a Saturno tiene un interés considerable como precursor de las posteriores y más exitosas novelas de Julio Verne, H.G. Wells y los modernos escrirores de relatos sobre viajes interplanetarios. En lo que concierne a la relación de Aguimana con la ciencia, el racionalismo deísta y sus puntos de vista políticos, conservadores mas no reaccionarios, son una reflexión rara y posiblemente única en la novelística de su época, cuando aún perduraba el período romántico en Espaa pero ya entremezclado con la ideología de la Iluatración. La novela romántica de aventuras caballerescas y amores virginales no era, desde luego, el vehículo idal para mostrar una ideología; los elementos científicos y didácticos de Una tenporada se presentan, por tanto, con un aura de banalidad, en forma de discusiones eruditas que se suceden como entre paréntesis, apenas cconectadas con la intriga de la novela. Una temporada, con su fecha tardía de publicación y el limitado talento del autor, no ejerció infuencia alguna en el desarrollo de la novela española. Cuando finalmente apareció triunfante Julio Verne, sí que se impuso un nuevo géenro de realtos de avenuiras científcas. La novela por enregas siguiente de esta laya en la Revista de España sería La sombra, de Pérez Galdós [6].  

 

NOTAS

1. Revista de España,, Madrid, tomo XIII (1870), pp. 429-446, 584-601; tomo XIV (1870), pp. 103-114, 289-297, 456-466, 600-624; tomo XV (1870), pp. 122-141, 260-293, 444-471, 616-632; tomo XVI (1870), pp. 114-137, 279-302, 437-460, 588-611; tomo XVII (1870), pp. 123-138, 286-304, 435-453, 588-608, y tomo XVIII (1871), pp. 104-134. Todas las referencias de este estudio que aparecen en el texto se refieren a los tomos y las páginas de la Revista de España.

2. Los aspectos científicos de la novela han sido tratados brevemente por Alfredo Lefebvre en Loa españoles van a otro mundo (Barcelona, Editorial Pomaire, 1968), pp. 37-42.

3. Entre 1841 y 1843 se realizaron diversas demostraciones públicas de luz eléctrica producida por baterías de ácido nítrico. La luz eléctrica se usó por primera vez en un teatro de París en 1846 para una obra con el curioso título de Pommes de terre malades. Ver «Eclairage» en La Grande Encyclopédie (París, s.a.).

4. Uno de los muchos anacronismos para tratarse de un viaje supuestamente realizado en 1822.

5, Aguimana no fue el único novelista español fascinando por el poder de la electricidad. Ros de Olano, por ejemplo, describe al Doctor Lañuela como «eléctrico-magnético espiritualista» (Antonio Ros de Olano, El doctor Lañuela, Madrid, Imprenta de Manuel Galiano, 1863, pp. 65).

6. Una versión primitiva de este artículo, titulada "Un viaje romántico a Saturno. Una temporada en el más bello de los planetas de Tirso Aguimana de Veca" se publicó en Estudios del Romanticismo 7 (1968), pp. 243-247. Me siento en deuda con los Administradores de la Universidad de Boston por permitirme reproducir varios párrafos de aquel artículo.

traducción de "Spain's first novel of sciencefiction: A Nineteenth-century voyage to Saturn",en Monographic Rewiev/Revista monográfica, Ciencia ficción, fantasía y suspense hispánicos, volumen III, 1-2, 1987, pp. 43-48

 

EL MÁS BELLO DE LOS PLANETAS

por Alfredo Lefebvre

Brian Dendle, de la Universidad de Michigan , ha señalado como antecedente de la ciencia ficción el relato español Una temporada en el más bello de los planetas, escrito por Tirso Aguimana de Veca. Si no posee todos los encantos de una historia a lo Julio Verne, el atractivo principal reside en la descripción del viaje extraterrestre, rumbo nada menos que a Saturno.

"Al amanecer de uno de los días del mes de junio de 1822, se hallaban los habitantes de un pueblo situado a siete leguas de Berlín, contemplando con admiración un globo de desusadas dimensiones, que rápidamente se elevaba por el espacio".

Este es el comienzo. Sorprende tal vez que se conciba un viaje fuera del espacio en globo. Hay otro, si no yerro, a la luna, también en globo, de Edgar Allan Poe, la Aventura sin igual de un cierto Hans Phaal. Aguimana inventa un recurso excelente para darle «normalidad» al medio cosmonáutico que emplea. El globo asciende hasta e término de la atmósfera terrestre, allí se detiene, pero mediante una técnica especial, entra en «las corrientes de comunicación» interplanetarias. Una nota explica: "Además de las corrientes que desde los planetas van al Sol, y viceversa, hay las que enlazan los planetas entre sí; por una de éstas íbamos nosotros". Pero lo sabroso e esto: El científico promotor del viaje y alemán, naturalmente, usa nada menos que una «brújula» para orientar el globo en el espacio exterior. A su compañero, un joven español, le dirá: "No os asustéis, Mendoza, si al entrar en la corriente de comunicación con Marte sentís un estremecimiento extraordinario". Así sucede cada vez que se acercan a un planeta.

La conversación previa entre el científico Leynoff y el español es deliciosamente ingenua:

"-Mendoza, yo creo que es posible trasladarse desde la Tierra a uno de los mundos que pueblan el espacio. Y tanto lo creo, amigo mío, que pienso yo mismo efectuar este viaje.
"-¡Cómo! ¿Qué decís?
"-Que pienso trasladarme a un planeta."

De este modo, el alemán le explica a Mendoza todo su proyecto. Le muestra la nave y todos sus artilugios: "Y me enseñó, por último, una careta de vidrio para cubrir el rostro y parte de la cabeza, del borde de la cual se desprendía una tela doble de lienzo, en medio de la que había una capa de goma elástica muy espesa.

"La careta era, como he dicho, para cubrir el rostro y la cabeza, y la tela para envolver el cuerpo en toda su extensión, pero sin adherirse exactamente a él. El espacio que mediaba entre la tela y el cuerpo, que sería como de dedo y medio, tenía por objeto mantener la superficie de aquél, rodeado de aire, pues sabido es que éste, no sólo penetra en los pulmones por la traqueateria, sino que es absorbido por la piel. Tenía, además la careta, una abertura enfrente de la boca, la cual podía abrirse y cerrarse por medio de unos resortes construidos con tan exquisita perfección, que permitían entrar el alimento sin dejar salir el aire.

"Frente a la nariz tenía también un agujero tapado con una rosca colocada en la extremidad de un conducto largo y cilíndrico, el cual iba a parar al receptáculo que contenía el aire, y cuyo conducto, siendo, además, bastante elástico, permitía hacer todos los movimientos necesarios para manejar las máquinas y para conducir el globo, en la dirección conveniente."

Las frustraciones sentimentales que había padecido en esos días Mendoza, le mueven a correr un riesgo de muerte tan posible como el suicidarse al acompañar a su amigo en el viaje extraterrestre. A pesar de la resistencia del científico, al cabo de tres días, uno y otro entran en el globo, introducen los gases elevadores, y ya los tenemos saliendo por la atmósfera.

Las primeras etapas del viaje llevan la fascinación de la Tierra. Va empequeñeciendo, desaparecen todos los lugares reconocibles, los edificios, los bosques, los mares; crece la presencia del espacio, la amplitud del universo. Ya sabemos lo que sucede en el borde del final del aire atmosférico. Desde allí enfilan hacia las regiones espaciales de Marte. Mientras se acercan, en la cabina del globo, los viajeros se cuidan bien: abundan las fiambreras, el pan, vino del Rhin y sobre todo buen apetito. El cielo es cada vez más negro, el sol se hace más pequeño; crecen las distancias, las cifras, los asombros y se acercan los planetas habitados.

Mendoza se sobrecoge ante la presencia de Marte. Contempla un mundo igual a la Tierra: "veo una ciudad, y con sus calles, casas y palacios. ¡Qué perfectamente se percibe el mar, y los continentes que por todas partes rodean! Sí veo hombres, en este mundo, tan perfectamente distintos, como si me hallase junto a ellos."

La aproximación a Júpiter pone dramatismo al viaje, con peligros de muerte por las inmensas llamaradas del planeta que recalientan al globo y sus viajeros. No caen al enorme planeta; las «corrientes de comunicación de Saturno» los alejan del trance y siguen avanzando hacia el lugar de destino.

Una copiosa cena -el autor debe haber sido un «gourmet»- prepara la inminente llegada a Saturno, después de los riesgos y angustias de Júpiter. Salmón, champaña, y luego el espectáculo de los radiantes anillos de Saturno, más las siete lunas. Descienden en la parte iluminada del planeta.

Allí termina el prodigioso viaje interplanetario. Es la parte más fascinante del relato de Aguimana. Después, el mundo saturniano sólo trae como curiosidad el tamaño colosal de cada cosa, árboles y hombres son inmensos. Todo lo que se describa de allí será igual a como se encontraba en la Tierra, durante los días del autor. No tiene ya interés referir todo lo que le sucedió a nuestros viajeros espaciales. Conviven con la familia del señor Nomara y otros personajes saturnianos. Se engendra un tipo de relación humana de alta dignidad, superior a la terrestre, lección del autor, clásico procedimiento para mostrar otros mundos, que superan nuestras limitaciones y ejemplarizan toda ética.

Nunca pone Aguimana una invención de cariz saturniano. Si describe una siembra dirá que "unos animales parecidos a bueyes, tiran del arado, pero son mejores que ellos". A lo más, cambia los colores habituales, junto con mejorar siempre las calidades de toda cosa. "Eran los carruajes de graciosa forma, grandes, cómodos, y de exquisito gusto. Tiraban de cada uno de ellos siete caballos más corpulentos que los de la Tierra, de delgados remos, de lustrosa cabeza, de dilatado pecho, duro casco y admirable estampa. Desde la cabeza hasta la mitad del cuerpo, eran de un vivo encarnado, y todo lo restante de un color muy subido de violeta".

Entre las curiosidades que aparecen en Saturno figura la luz eléctrica. Tómese en cuenta que la invención de la bombilla de Tomás Alva Edison es de 1879. He aquí su descripción:

"La luz venía de un enorme globo de vidrio que parecía colocado en el cielo por su elevación. Este globo, que cuadraba precisamente con el centro de la ciudad, estaba sostenido por altísimas columnas que, arrancando de los arrabales y encorvándose graciosamente sobre sí mismas, remataban en un grande anillo, en medio del cual estaba colocado el globo.

"Las columnas eran huecas, y en sus bases se veían pilas de mil elementos cada una, regadas con ácido nítrico que, acumulado sobre el zinc, suministraba el fluido eléctrico necesario para sostener la luz. Los conductores del fluido eran alambres muy gruesos que subían por el hueco de las columnas para penetrar dentro del globo. La columna más ancha tenía una escalerilla de caracol, por la cual entraba el que había de tenerlo limpio".

No falta en ese mundo ninguno de los valores culturales que caracterizan la existencia terrestre. De Dios tendrían una imagen antropológica. Es contemplada en el cuadro de un templo: "La figura representaba un hombre desnudo, medio envuelto en una densa nube, que no dejaba percibir de él más que el pecho, los brazos, la cabeza y parte de la cadera y el muslo izquierdos, puesto que descansaba sobre el lado derecho". Enseguida exalta dicha representación; las admirables formas, la perfección de las facciones, la expresividad de los ojos, tales, que parecían hablar con quien los mirase. "Y en aquella figura celestial se veían retratadas toda la grandeza y majestad de un Dios. Y a Dios representaba efectivamente".

La imagen del universo que manifiesta el relato nos da una idea progresiva. Hay otros mundos y otros seres que ya han solucionado todos los grandes poblemos. Una sucesión de humanidades, en creciente perfección. Un universo, por decirlo, muy completo y alentador, en el cual es posible llegar a encontrar todas las cosas y todas las respuestas.

Las relaciones entre saturnianos y terrícolas son, por lo demás, exquisitas. Siempre se hablan los unos a los otros con gran consideración y altas palabras. Por esto, cuando ya los viajeros van a regresar a la Tierra, a causa de que Leynoff se encuentra muy grave de salud, y quiere morir en su planeta de origen, la despedida tiene este emocionado extremo: "Todas las noches, mientras vivamos -nos dijo el señor Notely, desgarrado el corazón por su dolor-, hemos de mirar a una misma hora, vos, Mendoza a Saturno, y nosotros a la Tierra. A lo menos, ya que no nos vemos, nos hablaremos con el pensamiento".

Con todo, Saturno es un mundo semejante a un cuadro fantástico, según expresa el autor, que "sólo puede crear la inteligencia en uno de sus delirios más espléndidos. ¡Ah, y así era todo en Saturno!" No deja de divisarse en la calidad y nobleza de las relaciones que los terrícolas prueban de los saturnianos, cierta prestancia y generosidad propias del pueblo español. Y al fondo de las concepciones que cultivan los saturnianos, hay una nebulosa remota, central del universo, en la cual se encuentra Dios.            

Allí se entiende que la electricidad es el alma del universo. Allí no hay pobres. Allí no hay tabernas. Es graciosa la siguiente conclusión admirativa. Va Mendoza por una calle del país Romalia, y contempla maravillado el ambiente de la ciudad y sus habitantes: "Se les veía entregados al trabajo, sin que en las calles se observase ese barullo, ni ese ruido atronador que en la Tierra producen los vagos, las mujeres del pueblo, los coches y las campanas".

Todos los sentimientos alcanzan sublimidad; un joven enamorado de una chica que se llama Ameyda, le declarará gloriosamente: "...vuestra alma, llena de candor, aspira a otros goces más puros, a aquellos goces casi ideales de que sólo los ángeles pueden gozar". Un amigo suyo le ha consolado de sus problemas sentimentales; él le contesta con grandes párrafos de reconocimiento, hasta concluir con esta exclamación: "¡Santa amistad, y cuanto puedes!

Con todo, «Una temporada en el más bello de los planetas» es un relato muy singular para los días en que fue escrito, capaz de trasladarnos de nosotros mismos y de nuestra Tierra.

Reproducido de Los españoles van a otro mundo, de Alfredo Lefebvre, Barcelona,Pomaire, 1968

 

TIRSO AGUIMANA DE VECA

por Augusto Uribe

Tirso Aguimana de Veca es seudónimo del médico gallego Agustín María Acevedo[1]. No figura en los Manuales de Literatura al uso, mas sí aparece citado en los sueltos de las Biografías gallegas de Amor Meilán, en el Diccionario Bio-bibliográfico de escritores de Couceiro Freijomil y, después, en la Enciclopedia Gallega, en el epígrafe Acevedo, sin entrada por la voz Aguimana. Todos reproducen parte de un artículo del Almanaque Gallego de 1900, publicado en Buenos Aires, en que Castro López obtiene los datos biográficos del autor en una conversación que mantiene con su hijo Romualdo[2]. He consultado los textos antes citados y, aún más, la Bibliografía Hidrológica-Médica Española de Martínez Reguera de 1897, que contiene un resumen de las Memorias que presentó como médico de balnearios, a las que más adelante me refiero, y de varios artículos suyos. He visto también sus partidas de bautismo y defunción.

Nació nuestro hombre en Ribadeo, provincia de Lugo, el 4 de julio[3] de 1806 y fue bautizado como Agustín María Ramón, hijo de Ramón María López Acevedo[4] y Francisca Vicenta Rodríguez. Su familia materna era ribadense pero su padre y sus abuelos paternos eran tapiegos, de Tapia de Casariego, partido judicial de Castropol, Asturias, próxima a Ribadeo.

Estudió en la Universidad de Santiago y se doctoró en la de Madrid. Terminada su carrera, en 1834 fue nombrado subdelegado de Medicina y Cirugía en el mentado Castropol. Pasó después a la titular de Villaviciosa y en 1849 a la de Avilés. En 1853 se trasladó a Oviedo, en cuya Facultad de Ciencias fue profesor de Historia Natural y, un año más tarde, miembro de la Junta de Sanidad. Asistió a dos epidemias de tifus en Asturias, la una en 1839 en Santa Eulalia de Oscos, municipio del partido judicial de Castropol, y la otra en 1843 en Mogobio[5], lugar del municipio de Villaviciosa: en ambas se le agradecieron públicamente sus servicios. Asistió aún a una tercera, ésta de cólera en 1854 en Oviedo, que mereció una felicitación real en la Gaceta.

Pasó de Oviedo a Madrid para tomar parte en las oposiciones a médicos de baños minerales, donde había ocho vacantes para doscientos candidatos y, tras una serie de vicisitudes, obtuvo el primer lugar en la primera terna. Una Real Orden de 14 de abril de 1859 lo nombró Director de los Baños de Arteijo y Carballo, provincia de La Coruña, a dónde acudió ininterrumpidamente durante las temporadas de 1860 a 1870[6]. Cada año redactó una Memoria de actividades en la que, con pluma fácil, daba cuenta de todos los casos tratados. La primera contiene una descripción del balneario y su entorno, análisis y propiedades de sus aguas y demás, y mereció un premio por parte del Consejo de Sanidad.

En concurso resuelto el 27 de enero de 1871 obtuvo la plaza de Director Médico del balneario de Caldas de Besaya, en Cantabria, del que volvió a redactar una gran Memoria en ese año, más otras menos extensas en los siguientes, hasta que allí falleció el 2 de junio de 1874. Su partida de defunción -el Registro Civil se había creado en España dos años antes- es muy escueta: el empleado de la Casa de Baños que da cuenta de su muerte al juez de Los Corrales de Buelna dice ignorarlo todo sobre él, particularmente sobre si tiene o no hijos.

Sus trabajos profesionales, varios de ellos sobre el sistema nervioso, aparecieron en diferentes publicaciones, principalmente en el Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia y El siglo médico, ambos de Madrid.

Desde 1868 y ya sin otra actividad conocida que la balnearia, las Memorias de sus estancias de temporada las firma en Lugo en el mes de diciembre de cada año, por lo que cabe suponer que, hasta su vuelta al balneario en la estación veraniega, dispuso de meses de ocio para escribir novelas que han permanecido inéditas. Una que guardaba de tiempo atrás, Una temporada en el más bello de los planetas, accedió a publicarla a instancias del catedrático de Santiago D. Gumersindo Laverde Ruiz[7].

El artículo de Brian J. Dendle, más arriba reproducido, es realmente bueno. Debería servirnos de modelo a quienes tantas veces resolvemos la crítica de una novela con poco más que el resumen de su argumento. Como anécdota, es notable su intuición al subrayar la palabra medicina sin saber que el autor era médico.    Su argumentación sobre el año en que se escribió la novela es incuestionable y, de acuerdo con esa datación, la novela se escribió entre Castropol y Villaviciosa.

Como otros muchos, desconoce Dendle novelas anteriores a ésta de crítica social de los usos y costumbres españoles de mediados del siglo XIX, tales el Astolfo de 1833 o la Lunigrafía de 1855-58. En Astolfo, viage a un mundo desconocido, su historia, leyes y costumbres, el protagonista alcanza otro planeta y la descripción de sus leyes y costumbres permite al autor hacer una crítica no ya implícita, sino decididamente explícita, de las de España y Europa. La exposición de los usos terrestres y su contrapartida en el otro planeta ocupan la mayor parte de las páginas de la novela[8] y la trama amorosa se trata más brevemente, al contrario de cuanto sucede en Una temporada. Al final Astolfo llega a la conclusión de que "la especie humana es igual en todos los globos, toda necesita igual remedio", como lo hace Mendoza al descubrir que la sociedad humana es corrupta en todos los mundos, "Hombres, en todos los mundos sois los mismos".

La Lunigrafía ó noticias curiosas sobre las producciones, lengua, religión, leyes, usos y costumbres de los lunícolas [9] es una obra en nueva partes de Miguel Estorch y Siqués, quien, de acuerdo con el editor, firmó las cuatro primeras como M. Krotse para parecer alemán y hacer más creíble su narración. En ella el protagonista lanza con un cañón una bala a la luna, diez años antes de que lo hiciera Verne, en cuyo interior viaja un criado de corta talla y gran curiosidad, que no sólo regresa con noticias de los lunícolas, sino que establece una línea telegráfica entre los dos astros para que los sabios de la luna expongan sus usos y se espanten de los nuestros.

Otras novelas, como episódicamente el Viage somniaéreo a la luna ó Zulema y Lambert, de Joaquín del Castillo y Mayone en 1832, hacen la crítica de algunas costumbres terrestres. Y aún más, el Viage de un filósofo a Selenópolis, corte desconocida de los habitantes de la Tierra, de D. A. M. Y E. (Don Antonio Marques y Espejo) en 1804, con el grave inconveniente de lo mucho que copia de la francesa Le voyageur philosophe dans un pays inconnu aux habitants de la Terre,de Mr. de Listonai en 1761.

Son bien descriptivas las páginas de Alfredo Lefebvre en Los españoles van a otro mundo, que voy a complementar con algún dato más. En 1835 se dio efectivamente la Singular aventura de Hans Pfaall[10], de Edgar Allan Poe. Mas tres años antes ya se había dado otro viaje a nuestro satélite en globo, de autoría española, el citado Viage somniaéreo a la luna[11]. Aunque el moro Ismael no llega a la luna, sí se embarca hacia ella y sueña que la ha alcanzado y conocido a sus pobladores.

"La literatura [fantástica]", escribe Kagarlitski[12], "pasaba de los viejos proyectos a los nuevos no porque aquéllos se realizaran, sino solamente porque el pensamiento ofrecía otras ideas de mayor interés". Así, para el viaje a la luna, del sueño o el viento que levantaba una nave, se pasó al vuelo a remolque de pájaros de Domingo González, a los cohetes por etapas de médula de buey de Cyrano y a la ascensión en globo, que fue la más frecuente.

Así, un año después de Una temporada, apareció en tres entregas Un viaje al planeta Júpiter[13], del más que prolífico folletinista Antonio de San Martín, el peor literato de su género y el mejor cocinero de caldo gallego, en palabras de Cejador. Como el de Aguimana, era un globo grande, de noventa pies de longitud y aún más de latitud, capaz de arrastrar una barquilla con un compartimento para la Princesa, acolchado con plumas y seda verde de legítimo damasco, más otras dos personas, dos perrillos, los instrumentos de observación y las provisiones. sólo alcanzó el Planeta Rojo en sueños, hubo de regresar a la Tierra cuando el aire se hizo irrespirable.

Y dos años más tarde se publicó Selenia[14], de Aureliano Colmenares, conde de Polentinos, donde sí llegan a la luna en globo una pareja de recién casados y el padre de la novia, en otro gran globo, con habitaciones separadas, un timón para dirigirlo y unas velas que movía el viento como aspas de molino, que guardan cierta semejanza con las ruedas de paletas del globo de M. Leynoff.

Este globo de M. Leynoff en Una temporada, que los americanos dirían de patio trasero de casa, no se detiene exactamente al término de la atmósfera, sino antes, en la parte superior de la misma, hay que suponer que donde la presión de los gases internos se iguala con la del aire exterior. Seguidamente entra en acción la máquina que mueve las dos ruedas de paletas[15] que desplazan «horizontalmente»[16] al globo hasta encontrar la corriente de comunicación con Marte. Ahí es donde M. Leynoff utiliza la brújula, no en el espacio exterior, sino todavía dentro de l atmósfera terrestre.

Al final, tras entrar en la corriente de Saturno y pasar rápidamente ante los anillos, con el solo tiempo de ver que tienen vegetación y vida, caen sobre Saturno en el jardín de un palacio. Su propietario es el príncipe de Toluma, primo del rey de Roquelia, que los acoge y se encarga de hacerles aprender la lengua del país. Cuando la dominan, explican que proceden del tercer planeta desde el sol, al que los habitantes de Saturno llaman Nattola, causando un asombro rayano en el estupor en quienes los escuchan.

A destacar, como dice Lefebvre, que se engendra un tipo de relación de alta dignidad., Por lo demás, sigue por páginas y más páginas lo que Dendle califica acertadamente de una trama banal, que debería haber acortado el autor para no hacer la novela tediosa.

 A la conclusión de su artículo, dice bien Lefebvre de la sublimidad de los sentimientos saturnianos, el alma candorosa y el goce semejante al de los ángeles. Mas eso no impide a Aguimana escribir textos tan mundanos como "en un lecho, cuya riqueza y magnificencia eran fabulosas, descansaba con delicioso abandono el cuerpo más bello y seductor que el ojo humano hubiese visto jamás. Las ropas que lo cubrían dejaban percibir contornos de una perfección extremada".

NOTAS

1 . De Veca es casi Acevedo al revés, Tirso pudo ocurrírsele del San Tirso (de Abres), cercano a Castropol, y Aguimana, un apellido inexistente, lo formaría entonces con las letras restantes.

2. Romualdo Acevedo Rivero nació en Villaviciosa, Asturias (su madre era también gallega), estudió Derecho en Santiago y escribió asimismo en la Revista de España. Fundó y dirigió El Diario de Lugo, donde firmaba con el anagrama de Amorodul. Publicó interesantes trabajos sobre la historia de Ribadeo.

3. De julio y no de junio, como se lee en las referencias bibliográficas que lo mencionan. Su partida de bautismo, que se conserva en el archivo diocesano de Mondoñedo, dice que, nacido el día anterior, fue llevado a la pila el 5 de julio.

4. De ideología muy liberal, hubo de exilarse en Londres, donde fundó El Español Constitucional y se anunciaba como profesor de humanidades y violín. Tan radical era que proponía la implantación de una dictadura en España como único medio posible de traer luego la democracia.
 
5. Aparece escrito de otros modos, mas entiendo que se trata de este lugar.

6. Cada balneario alojaba al médico de baños que le correspondía, a su familia y hasta a su servicio doméstico durante los meses que permanecía abierto, remunerándolo además con el estipendio establecido.

7. Quizá cupiera preguntarse si, tras la Gloriosa de 1868 y la salida de España de Isabel II, pensó Aguimana que no tendría tropiezos con la censura por sus concepciones de la religión y de Dios.

8. Se recalca que allí las leyes son pocas y claras, a fin de que todos puedan conocerlas y respetarlas, lo que es tema recurrente en las novelas de esta estirpe.

9. Para el conocimiento total de esta obra, que no he encontrado competa ni en la Biblioteca Nacional de Madrid ni en ninguna otra española, soy deudor de la Universidad de Wisconsin.

10. 1ª edición española en Historias extraordinarias, Madrid, Mateu, 1918.

11. Castillo y Mayone, Joaquín del. Viage somniaéreo a la luna, o Zulema y Lambert, Barcelona, Saurí y Cía., 1832.

12. Kagarlitski, Yuri. ¿Qué es la ciencia ficción?, Madrid, Guadarrama, 1977.
 
13. San Martín, Antonio de. Un viaje al planeta Júpiter, Madrid, Librería de El Puente de Alcolea, 1871.

14. Colmenares, Aureliano. Selenia, viaje científico recreativo de descubrimientos en el cielo austral, verificado por la familia S'lay, redactado en vista de las notas del mismo Doctor Harry S'lay, y original por D. Aureliano Colmenares, Madrid, Imprenta a cargo de Juan Iniesta, 1873.

15. Unas paletas que no funcionarían fuera de la atmósfera, necesitarían de un mínimo de aire para ejecutar su movimiento de arrastre del globo.

16. Horizontalmente es claro que quiere decir circunvalando la Tierra a gran altura, como cuando decimos que nos movemos en horizontal sobre su superficie curva.
 
 

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