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Adrián del Valle Costa nació en Barcelona en 1872 y falleció en La Habana en 1945. A los 13 años ya se declaraba republicano y librepensador y pronto se decantó por el anarquismo.

En 1890 visitó París y Londres, donde coincidió con otros correligionarios, y luego marchó a Nueva York, dirigiendo una publicación de los obreros hispanoparlantes de la ciudad. Se trasladó después a Cuba, de donde fue expulsad por las autoridades españolas por sus contactos con los revolucionarios.
Durante la I Guerra Mundial fue un declarado pacifista.

Colaboró en muchas revistas, varias de carácter obrero, y escribió varios libros. Leo que entre 1920 y 1930 publicó cuatro novelas, la primera Los diablos amarillos, que se asocian a su ideología anarquista y abordan desde diferentes ópticas el tema de los desposeídos y los preteridos por su raza.

Los diablos amarillos es una obra tangencial a la ciencia ficción (que no está en la Biblioteca Nacional), de la que dice Mariano Martín Rodríguez, en juicio acertado, que es manifestación hispana y bastante ponderada del tema internacional del peligro amarillo, entonces muy de moda (recuérdese, sin más, La guerra infernal, de Pierre Giffard).

Jules Lambert, por su parte, la califica como una novela a la vez instructiva y divertida, en la que el peligro amarillo, el odio de las razas asiáticas hacia las europeas es el fondo de la obra. Y concluye afirmando que "a pesar de las digresiones y consideraciones que ralentizan el discurrir de la acción, a menudo demasiado largas y hasta alguna vez fastidiosas", otro juicio acertado, "el lector sigue con verdadero placer la trama de esta novela de aventuras que imita, no sin éxito, el arte de Julio Verne", lo que ya es menos acertado.

Transcurre en 1927, catorce años en el futuro. Un joven periodista francés, de nombre Mario Delmar, encuentra documentos y cartas dirigidas al hispano-filipino doctor Antonio Rojas, que ponen de manifiesto una gigantesca conspiración secreta que engloba a todos los pueblos mongólicos, impacientes porque la raza amarilla se libere del dominio de la raza blanca, imponiéndose a ella.

Están en el origen las palabras de un ilustre chino de Chanyteru: "El mundo ha llegado a ser una vasta arena para la lucha entre las razas blanca y amarilla". Pronto se constituye la sociedad secreta de los "Diablos amarillos" y la secta no sólo conquista adeptos en China y Japón, sino en todo lugar en que exista un núcleo de sus razas. Su dirección decide que, si es fuera necesario, y lo va a ser, irán a la guerra contra las naciones que ejercen su dominio en los países asiáticos, principalmente Inglaterra, Francia y los Estados Unidos.

De acuerdo con el Director de su periódico, que ve en ello un reportaje sensacional para el diario y un aviso imperioso para las naciones en cuestión, Delmar decide acudir al próximo congreso de la asociación, que va a tener lugar en Shanghai, haciéndose pasar por el doctor Rojas, que acaba de fallecer sin que nadie lo supiera, ya que vivía retirado en Buenos Aires y nadie lo conocía personalmente.

En un incidente afortunado, ayuda al conde Tukogawa, de Tokio, a recuperar los documentos que le ha robado un espía norteamericano, entablando en Valparaíso una gran amistad con él, que igualmente se dirige a Shanghai, acompañado de su hija Secké, cuya belleza le impacta. Cree con motivo que ambos pertenecen a los "Diablos amarillos".

El viaje de Buenos Aires a Valparaíso lo ha hecho en un dirigible con que el autor pretende dar una pincelada del futuro, aunque sea por simple extrapolación del presente. Es más grande y lujoso, tiene más hélices y mayor velocidad y maniobrabilidad, y dispone hasta de una cubierta que sirve de paseo o mirador para los pasajeros..

Y de Chile a China viaja en barco, en un gran vapor. Nada más subir a bordo se encuentra con su colega Leblanc, de L'Etoile de París, al que ruega que no le llame Delmar, sino Rojas, y lo suponga filipino. Todo ello, le dice, porque ha huido de Francia para no ser perseguido por el impago de unos créditos que solicitó para ayudar a una falsa mujer, que lo traicionó.

A su vez Leblanc, tras contarle otra historia de amor frustrado, le dice que su Director le ha mandado a Shanghai sin más explicaciones, que allí recibirá instrucciones. Los dos reporteros mantienen un vivo diálogo sobre el periodismo que sirve al autor para explayarse sobre su función y sobre esa bestia social que es el público lector.

La carta que remite Delmar a su Director se completa con tres conversaciones más, que sirven asimismo al autor para desahogarse. La primera es con el japonés y su hija, que sostienen la superioridad moral de su país sobre las otras naciones, aunque añoran el Japón idealista y caballeroso de sus antepasados, que ha tenido que acomodarse a la perversa civilización occidental para defenderse de ella. Resumen enérgicamente que "Asia para los asiáticos".           

La segunda conversación es con el negro estadounidense Robert Douglas, pastor protestante, a quien sus compatriotas miran con desprecio y no se le permite entrar en los salones de fumadores ni de juego; hasta ha de comer en su camarote. Siempre ha vivido así y aspira a crear un territorio negro en África, fuerte y poderoso. "Africa para los africanos", dice él.

Y la tercera es con un indio sioux, que reivindica su derecho a vivir como sus antepasados en la naturaleza de la patria que le han arrebatado los blancos. ¡Maldita civilización! Mucho más civilizado era el hombre rojo que, después de una buen día de caza, se sentaba tranquilamente en la puerta de su tienda a fumar su pipa, que el hombre blanco que gasta su vida en hacer dinero entre las paredes de su oficina.

Con lo que llegan a Shanghai y Leblanc le lee el cablegrama que ha recibido de su Director. En él le habla de la reunión secreta de una secta y le dice que se ponga en contacto con un tal Albert Faure. Delmar se le adelanta, haciéndose pasar por Leblanc, y descubre que Faure, que es el delegado de los asiáticos en Europa, ha traicionado a los suyos, vendiéndose a L'Etoile por unos miles de francos.

Aparece a continuación Mr. Purdy, jefe de información del extranjero del Times de Londres, a quien Faure había intentado también sacar dinero, y reaparece Mr. Reeder, el yanqui que robó la maleta con documentos al conde Tukogawa, quien resulta ser otro periodista, enviado en este caso por el New York Herald.

Delmar se acredita y asiste al Congreso, que se celebra en una quinta aislada de las afueras. Están representadas por un centenar de delegados todas las razas de Asia, manchures y tongues, kirghises y tártaros, mongoles y buriatas, tibetanos, malayos, filipinos, chinos y japoneses. No faltan el conde ni su bella hija, por la que el francés muestra su interés y ella le corresponde.

La reunión dura cinco días de vivas discusiones y pronto se perfilan dos bandos, el partidario de la negociación que encabezan los chinos, y el de la guerra inmediata, defendido por los japoneses, que es al final el que triunfa. Tukogawa y su hija llevan en su automóvil a Delmar a su hotel y por el canino son asaltados por ocho facinerosos, pagados al parecer para que roben la documentación de lo tratado en el Congreso sin reparar en acabar con ellos. Unos disparos de revólver, Secké incluida, matan a cuatro y los otros cuatro huyen.

Sigue un largo capítulo-carta de Delmar a su Director donde da cuenta detallada de la intervención de cada uno de los delegados en el Congreso. Son estos 143, que representan a las asociaciones del Tibet, Corea, Birmania, Siam, Laocia, Malasia, Cambodia, Cochinchina, Amam, Tonkín, Ceilán, Beluchistán, Afganistán, Persia, India, Filipinas y Hawai, además de China y Japón, en número proporcional al de sus afiliados, más el negro y el piel roja que conocemos, todos contra la odiada raza blanca.

Delmar supone que esta información se va a publicar en su ciariodespués de que él haya abandonado Shanghai, pues ha tomado pasaje en un trasatlántico inglés que zarpará al día siguiente. Pero es descubierto y acusado, no sólo de miserable impostor asalariado, sino de asesino del doctor Rojas. El mestizo Faure pretende acuchillarlo allí mismo, aunque se lo impiden un corpulento georgiano y la propia Secké, que reclaman para él un juicio justo.

Es condenado a muerte y a ser ejecutado a la madrugada siguiente, mas el georgiano resulta ser Surimán el Libertador, a quien había salvado la vida cuatro años antes en Tiflis, por lo que tiene contraída con él una deuda de honor. Junto con Secké lo libera con una cuerda que entra por la ventana de su celda y llega hasta la barquilla de un globo.

La segunda parte del libro ya no es epistolar y sí menos movida que la primera. Se inicia al día siguiente de la llegada de Delmar a Londres, donde recibe la orden de su Durector de que se desplace sin pérdida de tiempo a Nueva York. El conflicto que venían manteniendo Japón y los Estados Unidos ha rebasado las vías diplomáticas, en buena parte a causa de su información acerca de los Diablos Amarillos, y s prevé que los dos países van a ir a la guerra por mar, primero en Filipinas y después en las costas americanas del Pacífico.

La prensa de cuenta de que en San Francisco, la ciudad norteamericana más próxima a Asia, se han producido graves disturbios. Se han asaltado los comercios de los japoneses, matando a varios, entre ellos al Doctor Tiskato, el miembro más relevante de la colonia nipona, quien, al ser quemada su casa por las turbas, ha ardido dentro de ella junto con su esposa y sus hijos.

Delmar toma el tren para Liverpool y en el vagón de fumadores entabla conversación con un indostano. Mantiene con él un diálogo del que entresaco lo que era una idea importante para el autor:

"-No deja de ser peligroso basar nacionalidades libres en masas todavía no preparadas para la libertad.
"-Si los pueblos para hacerse libres, o para realizar cualquier progreso de orden moral, tuvieran que esperar a que las masas estuviesen bien preparadas, el progreso y la libertad seguirían siendo concepciones utópicas".

Cuando salen a la plataforma el indostano le dice que los Diablos Amarillos han dado orden de que su condena a muerte sea ejecutada por el primero que pueda hacerlo y se abalanza sobre él esgrimiendo un gran cuchillo. El periodista logra esquivarlo y arrojarlo fuera.

Después el tren se detiene. Un convoy que lo precedía ha descarrilado porque han levantado unos metros de vía y han muerto quinientos de los ochocientos pasajeros que transportaba. Eran oficiales y soldados que marchaban a reforzar las tropas de la India.

Llega por fin a Liverpool y embarca con rumbo a Nueva York en el Britania, que se describe igualmente con tintes futuristas, más que nada en lo referente a su propulsión y a la velocidad que alcanza. A lo largo de poco más de dos días Se reciben aerogramas de Manila que dan cuenta de la insurrección generalizada en Filipinas, de Hanoi, con noticias similares de Indochina, y de Egipto y la India, donde la sublevación independentista se ha extendido por todo el país. llegan también los consiguientes aerogramas de Washington, París y Londres, donde los gobiernos respectivos anuncian enérgicas medidas represoras.

En el mismo muelle en que desembarca lo esperan Leblanc, Purdy y Reeder, quienes piensan que el estallido de la guerra es sólo cuestión de horas. La conversación entre ellos y un Mr. Martin que se les une es muy vehemente y sirve a Del Valle para volver sobre los temas sociales que le interesan.

Dice por ejemplo el inglés Purdy que los amarillos pretenden arrebatar su hegemonía a la raza blanca, una tragedia que se produciría si se llevara a cabo el desarme que proponen los pacifistas y los socialistas (y en otro lugar hasta los anarquistas, metidos todos en el mismo saco).

Le replica Martin que esa pérdida de su hegemonía no importaría para su existencia ni para su desenvolvimiento futuro. El dominio de una raza sobre otra es injusto e inhumano. Tras haber proclamado la igualdad de credos entre los hombres, no se puede pretender que no haya igualdad de razas.

La escuadra americana del Pacífico se hace a la mar lista para el combate y la escuadra del Atlántico está a su vez lista para atravesar el canal de Panamá si se precisa su COconcurso.

Entre la exaltación patriótica en la calle de las muchedumbres enloquecidas, se celebra en Nueva York una magna asambleas pacifista, que cuenta con la asistencia de veinte mil personas. La guerra es una maldición, se oye decir, es la justificación del robo, la violación y el asesinato. Tras una serie de intercenciones aplaudidas en favor de la paz, se concede la palabra al piel roja cuyo discurso en el Congreso de los Diablos Amarillos tanta impresión había causado.

Empieza diciendo que él es el más americano de todos porque estaba ya en América cuando llegaron los que ahora se dicen americanos y aniquilaron al pueblo aborigen: "Soy americano de raza, frente a quienes lo sois sólo de adopción". Les sigue diciendo que son esclavos de una república que se dispone a hacerlos matar y morir sin saber por qué, que ante las oficinas de reclutamiento los voluntarios sólo saben decir que la patria los llama, que odian a los japoneses o que se alistan porque están sin trabajo.

Prosigue diciendo que los americanos primero exterminaron a su pueblo y después impusieron su dominio brutal a otros en defensa de intereses económicos, que e lo que quieren continuar haciendo: "¡Hay que impedir los alistamientos", grita, "amotinar a las dotaciones de los buques, llegar hasta la Casa Blanca y ...!"

Y aquí se interrumpe su discurso porque la aprobación inicial que había producido se ha trocado en un indignación. Los concurrentes exigen que ese "condenado piel roja" abandone la tribuna y, rompiendo el cordón policial, más de uno carga contra él para lincharlo. Su respuesta es la de lanzarles una bomba Orsini2, que causa una espantosa matanza, llenando el suelo de sangre y de cuerpos despedazados.

Cuando los policías se acercan a la tribuna para abatirlo a tiros, grita con voz enronquecida: "¡Esclavos de la civilización, allá va la última palabra de un salvaje libre que os desprecia y aborrece". Luego arroja una segunda bomba contra los agentes. que vuelve a producir numerosos muertos, y a continuación se suicida con un disparo de revólver.

Delmar se encuentra por sorpresa con Surimán y Secké, con los que se refugia en la fortaleza que los amarillos poseen en Nueva York. Son seguidos y descubiertos y, cuando la casa asaltada es ya pasto de las llamas, los recoge el Cosmos, un dirigible de la organización.

Sobrevuelan el Pacífico hasta descubrir a las escuadras americana y japonesa, que se disponen a enfrentarse, la una en formación de triángulo que intenta romper el semicírculo enemigo, la otra en formación de semicírculo que intenta envolver el triángulo que e le opone. El combate es formidable y ven desde el Cosmos cómo se va a pique un barco de guerra del Sol Naciente en cuyo puente de mando permanece firme el padre de Secké.

Ella mira al cielo y exclama: "Si en esos mundos lejanos hay seres superiores que tienen medios de ver cuanto pasa en la Tierra, ¿qué pensarán de nosotros?". Y Surimán remata: "Allá dos razas que se destruyen mutuamente impulsadas por el odio, aquí dos razas que une el amor... El triunfo será el del amor".

Y con Delmar y Secké cogidos de la mano y con sus cabezas juntas, se termina la historia.

NOTAS

1. Del Valle, Adrián. Los diablos amarillos, Sociedad de Ediciones Literarias y Artísticas, Librería Paul Ollendorff, París, 1913; rúst., 278 pp.

2. La bombas Orsini, que explotaba por impacto, llegó al conocimiento del gran público cuando Mateo Morral lanzó una contra la carroza real en 1904, desde un balcón de la calle Mayor de Madrid, desviándose al chocar contra los cables del tranvía, de modo que los reyes salieron ilesos pero matando a 25 personas e hiriendo a cien.

 

 

 

 
 
 

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