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I. Los premios de los primeros congresos socialistas

Es evidente que la ficción utópica le permite [al escritor] crear universos, mundos ideales y felices, o llevar a sus últimas consecuencias el vértigo [...] del invisible mal que acecha al pobre individuo acosado por un Estado omnipotente

La utopía es una literatura de anticipación peculiar que, cómo escribe Nessüs [1], supone ante todo la repulsa de unos contravalores, autoritarismo, miseria, ignorancia, injusticia, y la afirmación de una vida que alcanza una plenitud de felicidad, de bondad, de razón, en consecuencia, de igualdad. En toda utopía subyace el deseo de un orden de vida auténtico y justo que se expresa, según las distintas narraciones, no por el análisis del orden existente e injusto, sino por una idea óptima de futuro. Esta definición hace ver cuán distópica es buena parte de las veces la ciencia ficción, todo lo contrario de lo que ocurre con las narraciones que aquí voy a comentar. Se suele decir que utopía proviene de ou-topos, "en ningún lugar", aunque no falta quien la derive de eu-topos, "en un buen lugar"; aquí estaríamos en este segundo caso, nos hallaríamos ante verdaderas eutopías.

La utopía humanística cristiana se escribió en España desde el siglo XVI, en una serie de narraciones de las que algunas sólo en estos últimos años se están dando a conocer. Pero a partir de finales del XIX se produjeron otras de signo muy distinto, las utopías sociales que se califican de anarquistas o libertarias, cuya gran aportación es el esfuerzo por construir una alternativa radical tanto frente al pensamiento conservador como frente a la tradición marxista ortodoxa, en palabras de Horowitz [2]. Voy a ocuparme en esta primera parte de tres de ellas, las premiadas en los Certámenes Socialistas de 1885 y 1889. No tiene nada de extraño que entonces aparecieran buenas utopías, pues éstas se escriben en los momentos de crisis social, política y cultural de una sociedad.

Si se consideran desde su vertiente más próxima a la ciencia ficción, su condicional contrafáctico es claro: el hombre es naturalmente bueno y son la educación que recibe y la sociedad en que se integra las que lo hacen insolidario e infeliz. Esta insolidaridad y esta infelicidad se inician con el establecimiento de la propiedad privada y siguen con la creación de la autoridad y las leyes, esto es, con el sometimiento del individuo al poder de otros individuos sobre él.

El Estado, como máxima concentración de este poder, debe desaparecer y, con él, toda autoridad y toda ley. El final feliz, dirá Berlin [3], es una sociedad libre de conflictos después de haberse extinguido el Estado y haberse esfumado toda autoridad constituida: una anarquía pacífica en la que los hombres son racionales, solidarios, virtuosos, felices y libres. Rechazando la ley, la religión y la autoridad, dirá a su vez Kropotkin [4], la humanidad vuelve a tomar posesión del principio moral que se había dejado arrebatar, libre de las autoridades que la habían envenenado y continúan envenenándola.

Se trata de cuadros de algo que no existe, que es solamente imaginario, cuadros-fantasía, que escribe Modesto Solla [5]. en la línea de Buber, pero una fantasía que no divaga, sino que se centra en torno a algo primordial y originario que tiene que elaborar. Y ese algo es un deseo. La imagen utópica es un cuadro de lo que "debe ser", lo que su autor desearía que fuese real. Así, el "debe ser" utópico se contrapone al "ser" real. La utopía, como más o menos dijo Nettau -cito de memoria- es el enlace perdido entre el porvenir y el presente, entre los sueños que tenemos y los hombres que somos.

Dejando ya este preámbulo y empezando por el principio, se puede suponer que el pensamiento socialista arranca en España a la llegada de su exilio francés de Joaquín Abréu, quien vuelve convencido de las ideas fourieristas. Claude Fourier [6] (1772-1837), al que Carlos Marx calificaba de "socialista utopista", afirmaba que el mal que sufría nuestro mundo se debía a que el hombre hacía lo que hacía para subsistir, le agradase o no, por lo que había que crear una nueva sociedad en la que se conjugasen sus aficiones y su trabajo.

Abréu fundó en Cádiz un Círculo difusor de sus ideas y uno de sus miembros, Manuel Sagrario de Veloy, cuando en 1841 pretendió constituir en Tempull una sociedad igualitaria en una zona yerma y deshabitada, dirigió a la Diputación Provincial un escrito en el que se leía: "La nueva población podrá adoptar aquellos principios del socialismo que aconseje la prudencia, por su alta moralidad y conveniencia pública". Es la primera vez que se utiliza este lenguaje y se aducen estas razones (para pasmo del funcionario de turno, hay que suponer).

Fue el origen remoto de lo que el profesor Gómez Tovar [7] llama "la palabra como subversión", la literatura rebelde y propagandística, sin estilo ni gramática, que proliferó a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. Esta literatura es ajena a la convencional, es la herramienta de trabajo de los "obreros de la inteligencia", que buscan la emancipación de la clase trabajadora. Como escribe Llunas [8], que será el más destacado de los organizadores del Primer Certamen Socialista, no importa que a la literatura obrerista le falten la lucidez de la frase, la brillantez de las figuras, la cadencia de la prosa o los períodos grandilocuentes para convencer de la bondad de una causa; los lectores no van a juzgar su trabajo literario por la forma, sino por el fondo.

Esta narrativa supera pronto lo que podríamos llamar la literatura de combate, el folleto o el periódico, para entrar en el terreno de la novela o el teatro, de la literatura de ocio. Se le exige entonces al autor la "ética de la belleza", no basta que su creación posea el obligado sentido social y contribuya al irrenunciable adelanto de la emancipación de la clase trabajadora, ha de ser también hermosa.

Así, muy a grandes rasgos, es el panorama de 1885, cuando se celebra el Primer Certamen Socialista, convocado por el Centro de Amigos de Reus con la pequeña intención de protestar contra el hecho de que un trabajo suyo no hubiera sido premiado por los "socialistas autoritarios" en un concurso local, aunque su éxito desbordó las más optimistas previsiones. Estaba previsto que se celebrase el 18 de marzo, aniversario de la proclamación de la Comuna, pero se recibieron tantos originales de España, Portugal, Francia, Estados Unidos y otros países, que el Jurado solicitó una prórroga de plazo y su celebración se pospuso al 14 de julio, aniversario de la toma de la Bastilla. Finalmente, como ese día era laborable, se adelantó al domingo anterior, día 12, y tuvo lugar en el Teatro Principal de Reus.

Uno de los premios recayó en la narración utópica ¡Pensativo!, de Juan Serrano Oteyza, nacido en Madrid en 1837 y fallecido en esta misma capital en 1886, justo cuando recibía el premio de su obra, un retrato suyo pintado al óleo. Fabricante de abanicos de profesión, autodidacta en lo cultural, llegó al anarquismo desde las filas del republicanismo y formó parte del primer núcleo de internacionalistas madrileños. Colaboró en medios literarios, ideológicos y jurídicos, alcanzando fama de jurista y renombre de notario, cosas que no era. Como director de la Revista Social (1881-84) logró que sus ventas alcanzasen los veinte mil ejemplares.

Fue defensor de la vía legalista de la Federación de Trabajadores de la Región Española, sosteniendo que la sociedad futura debería sostenerse sobre cuatro bases: autonomía, pacto, federación y propiedad colectiva. Estas líneas de desarrollo se exponen de un modo explícito en ¡Pensativo!, un relato apacible, que se inicia de un modo que no hace pensar sino en una novela de costumbres.

La utopía suele estar situada en el espacio en un inexistente lugar remoto y, en el tiempo, en un futuro más o menos lejano, a partir de Mercier -finales del siglo XVIII-, para darle mayor plausibilidad al relato. Pensativo! se concreta en lugar y tiempo inmediatos, lo que ya prefigura que los medios que se van a emplear para el cambio de la sociedad serán muy sencillos. El tiempo es el actual, -el actual de entonces-, y el lugar es un valle de Cantabria, bello y feraz, de habitantes pacíficos y honrados, llenos de virtudes pero pobres. Destaca entre todos la Mariona, la moza más garrida, animosa y prolífica, madre de nueve hijos a los que ha criado a sus pechos. El mayor, un rapaz listo y reservado, era conocido en el valle como Pensativo. Sabía leer y escribir correctamente y el señor cura le enseñaba hasta dónde podía, a cambio de que ayudase a misa y echase una mano en otras tareas de la iglesia. De poseer recursos económicos, hubiera estudiado una carrera.

Un día, un indiano del valle lo convence de que vaya a América para hacer fortuna e instruirse. En la travesía, a modo de viaje iniciático, conoce a un maestro, un príncipe ruso que lo instruye en una nueva visión del mundo. Completa su formación en América, gana dinero y vuelve al valle convertido en un hombre nuevo, capaz de identificarse con la comunidad sin perder por ello su identidad personal.

Pensativo hace su primera inversión en la "Escuela del Valle", donde sus habitantes adquieren una educación integral. En la nueva sociedad, todos deben estar capacitados para realizar todos los trabajos -la especialización esteriliza- y para pronunciarse también sobre todos los asuntos que se les propongan, y todos se les proponen, al no existir otra autoridad que ellos mismos.

Se implanta el colectivismo, mediante la copropiedad de la tierra y los medios de producción, en una sociedad de la que forman parte todos los lugareños y sólo ellos -se aprecian las ideas legalistas del autor- y esto trae consigo el gran logro: la economía de la abundancia, que reemplaza a la de la pobreza. Se crean una "comisión de correspondencia", organización puramente administrativa para gestionar y exportar los productos, y un "centro de estadística", para determinar el punto de equilibrio entre la oferta y la demanda y el coste en horas de trabajo que supone cada producto.

Existen excedentes de producción que se intercambian en el exterior, allegándose así recursos que se emplean, en primer lugar, en construir nuevas viviendas, alojamientos dignos para los habitantes del valle. Pero esto sólo se enuncia brevemente; como en la utopía clásica, se trata de un universo aislado, autosuficiente y de consumo constante, características que se dan también en la historia siguiente.

Como ya he dicho, el tono del relato es apacible, lejos del estilo encendido de una literatura de combate, proselitista y demoledora de la vieja sociedad, pero su influencia fue muy grande, tanto que, cuando el grupo "Once de noviembre", de Barcelona, así llamado en honor de los mártires de Chicago, convocó el Segundo Certamen Socialista, el Ateneo Obrero de Tarrasa propuso que se creara un premio especial para la "novelita filosófica o cuadro imaginativo y descriptivo de costumbres en plena Anarquía o de la sociedad del porvenir". El premio se estableció en 100 pesetas.

Este Segundo Certamen se celebró el día 10 de noviembre de 1889 en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad Condal y, en el apartado que nos interesa, se presentaron 63 narraciones, entre las que ganó la magna obra La Nueva Utopía, de Ricardo Mella, nacido en Vigo en 1861 y fallecido asimismo en Vigo en 1925, que fue uno de los representantes más notables, quizá el más notable de todos, del anarquismo español.

Ricardo Mella Cea fue hijo de un sombrerero, republicano federal, quien le daba a leer desde muy niño los muchos periódicos y revistas que recibía: a los 16 años, ya militaba en las filas del partido de Pi y Margall. Hay que decir que La reacción y la revolución, de Pi y Margall, publicado en 1854, contribuyó a sentar las bases de una sociedad libertaria, al sustituir la soberanía del pueblo por la del individuo y la idea de poder por la de pacto, haciendo arraigar en el movimiento obrero posturas antiestatalistas y propiciando el federalismo anticentralista. Mella colaboró en diversas publicaciones gallegas y de ámbito nacional, y en 1882 fue condenado a dos años y medio de destierro y 200 pesetas de multa por un artículo en el que acusaba a un político de una corrupción que no se probó. Rompió por entonces su frontera ideológica y se convirtió al anarquismo.

Llegado a Madrid visitó con asiduidad la casa de Juan Serrano, hasta el punto de que terminó casándose con su hija Esperanza, "la hija del notario". Aunque ya era conocido como escritor y conferenciante y había viajado por media Europa, su familia política le hizo ver lo difícil que resultaba vivir de la acracia y lo instó a estudiar topografía, estudios que realizó de inmediato; fue la profesión de su vida, especializado en el replanteo de viarios de ferrocarriles.

En 1910 regresó a Vigo para trabajar en el tendido de los tranvías eléctricos de la ciudad, y en 1914 fue nombrado Director de la Compañía que los explotaba, cargo que conservó hasta su muerte. Sus últimos años los vivió en silencio y, aún sin dejar de ser profundamente anarquista, como apunta piadosamente Pedro Sierra, cayó en un escepticismo filosófico de gran fondo ideológico.

La Nueva Utopía es un relato más extenso que (Pensativo! y, sobre todo, tiene mucho más de ensayo y menos de ficción; está escrito con gran pasión, aunque sin ninguna acción ni personajes diferenciados, y se presenta con la mayor lógica y poder de convicción, no encajando para nada en la definición del Diccionario Espasa que dice que la utopía puede considerarse como una forma característica de ilogismo. Y ninguna de estas tres utopías, añado yo, recurre al socorrido final de que todo ha sido un sueño, lo que les proporciona una mayor credibilidad.

Tras una guerra universal, que no se describe, no llega el caos, como ocurriría en una novela convencional de ciencia ficción, sino una nueva y completa regeneración ética y moral de la sociedad, que aquí se concreta en cuanto acaece en una pequeña villa del Cantábrico, que se propone como modelo de la nueva sociedad. Y, dentro de los elementos obligados de estas utopías, nos encontramos de inmediato con la desaparición del Estado, la familia y la propiedad privada. El Estado es malo porque sus representantes atropellan sus leyes, pero el remedio no radica en cambiar estos representantes ni estas leyes, pues el Estado es intrínsecamente perverso, al constituirse en administrador único y absoluto de los bienes comunes. Junto con el Estado desaparece todo otro poder. La autoridad, esto es, la relación del individuo con el poder, es el nudo gordiano de todas las utopías: según lo desaten, o según lo corten, serán autoritarias o todo lo contrario.

La desaparición del Estado y cuanto el Estado comporta es idea recurrente en la filosofía política de estas utopías. Ya decía Engels que el Estado, así como ha tenido un origen, va a tener un fin, que acaecerá cuando desaparezcan las causas que lo produjeron, pero no todos los autores opinan igual: depende de la valoración que hagan del mismo.

Quienes valoran el Estado positivamente, como muchos de los clásicos, creen que se llegará al establecimiento de un Estado Universal -apostillaría yo que a la manera del imperio galáctico de tantas obras de la ciencia ficción clásica-. Quienes lo valoran negativamente lo consideran un mal necesario o innecesario. Entre éstos se cuentan los anarquistas, que pretenden la liberación del hombre de toda autoridad y, considerando que el Estado es el máximo instrumento de opresión del hombre sobre el hombre, imaginan una sociedad sin Estado ni leyes, basada en la espontaneidad y la cooperación voluntaria de los individuos asociados, todos libres e iguales.

El Estado somete y oprime a los individuos. Bakunin [9] escribió que el Estado no es la sociedad, sino tan sólo una de sus formas históricas, tan brutal como abstracta en su carácter. El Estado es autoridad, es fuerza, es el despliegue ostentoso del poder. Cada vez que interviene, lo hace de un modo singularmente desafortunado. Porque por su naturaleza misma no puede persuadir y ha de imponer. Por mucho que pueda intentar disfrazar esta naturaleza, seguirá siendo el violador legal de la naturaleza humana y la negación permanente de toda libertad.

En La Nueva Utopía, junto con el Estado desaparece la familia, porque los ciudadanos no ven sus actos reglamentados por imposición de otros ciudadanos. La religión desaparece asimismo porque la religión propone una salvación escatológica, mientras que el utopista la pretende en este mundo, aquí y ahora, que decimos hoy. La utopía, dice Ruyer -cito otra vez de memoria-, no la hace el hombre que juega a ser Dios, sino el hombre que sueña en un mundo divino. Y la propiedad privada es obvio que desaparece también.

Si en ¡Pensativo! los primeros excedentes de producción se dedicaban a la adquisición de materiales de construcción para edificar viviendas dignas, aquí el tema se presenta resuelto desde el principio y con la amplitud de todo un planeamiento urbanístico; la parte residencial de la ciudad está formada por una serie de casas todas iguales e igualmente dispuestas, separadas por jardines, cuyos pisos son todos asimismo iguales, soleados, ventilados, dotados de electricidad, agua corriente y calefacción.

 

Hago un doble inciso sobre la igualdad y la simetría. Uno: en la más antigua narración utópica española que conozco, el Somnium de Juan Maldonado de 1541, cuando el protagonista llega a la ciudad lunar observa de inmediato que las casas que rodean la plaza son todas iguales, existe un cuidado urbanismo y las construcciones están todas bien hechas y a partir de materiales nobles; nos hallamos ante una constante de las utopías. Dos: Ya Hipódamo de Mileto, como digo en el comentario al citado texto, construía según criterios geométricos de simetría, de inspiración pitagórica, que también informan su doctrina social, y, desde entonces, las referencias a la simetría en las ciudades utópicas se repiten en obras sucesivas, que entienden que, en la construcción geométrica, el orden de la razón domina el desorden de la materia.

En el plano teórico, queda muy clara la dualidad entre la ciudad real, en la que de hecho viven los hombres, y la ciudad ideal que desearían habitar. En el plano práctico, hay que considerar que Mella escribía para gentes que podían vivir en dos habitaciones, una dormitorio común de toda la familia y otra a medias cocina y vertedero, gentes a las que les gritaba: "La utopía de hoy es la verdad del mañana". Y esto tenía que impresionarlas. No era preciso que abundase en las carencias y alienaciones de los sistemas de convivencia en que se movían.

Por lo demás, la narración sigue el esquema clásico antes expuesto: un hombre nuevo, que vive igualitariamente y en armonía con los demás hombres y con el entorno que lo rodea. La sociedad funciona como una maquinaria que marcha sin rozamientos, en la que cada individuo es una pieza que ha escogido libremente el lugar que ocupa y encaja perfectamente en él.

Este individuo disfruta de una educación integral, desde una escuela en la que se le enseña del modo más sano y ameno, según la vieja regla de "instruir deleitando", hasta el centro superior en el que prolonga sus estudios según sus inclinaciones: cuando alcanza el límite de su capacidad intelectual, él mismo renuncia a adquirir más conocimientos. Además, se recicla a todos los niveles a lo largo de toda su vida.

Finalmente, la socialización de los medios de producción conduce a la economía de la abundancia. La cada vez mayor productividad hace que la jornada de trabajo se reduzca extraordinariamente, de modo que el ciudadano puede dedicar mucho tiempo a cultivar sus aficiones. Igual sucede, vuelvo sobre lo mismo, en la ciudad indiana del Somnium de Maldonado, que es reflejo de la ciudad lunar en nuestro mundo: la tierra se cultiva ligeramente, de modo que no se obtiene toda la cosecha que se podría conseguir, pero el trabajo se reduce.

El trabajo es rotativo: cada día hay labor de oficina y labor de campo, ya que el trabajo sedentario conlleva disfunciones, por lo que, cada cierto tiempo, se pasa de un sector de actividad a otro, en una rotación de tareas que es enriquecedora para el individuo y útil para la sociedad. Todo conlleva siempre fines utilitarios, entre los que no es el menor que la rotación de los puestos, al contrario que en otras utopías clásicas, impide que se creen castas y se produzcan luchas sociales entre las diferentes clases.

El reproche principal que cabe hacer a esta economía es el ya apuntado en parte de que se da en una sociedad fundamentalmente agrícola, de consumo bajo y constante en el tiempo. Se producen excedentes para el intercambio, pero no se producen mayores cantidades ni nuevos productos.

La organización administrativa está regida por un principio: la simplicidad. Escriben los estudiosos que, del primero al segundo de los certámenes socialistas, de 1885 a 1889, se advierte un giro del colectivismo al anarco-comunismo, como sistema económico más justo, Mella incluido. Éste, nuevamente en expresión de Gómez Tovar, fue un "anarquista espontaneísta" y su espontaneísmo se pone de manifiesto muchas veces en su obra: no hay nada mejor para conocer a un hombre que penetrar el porvenir que imagina. En cualquier caso, La Nueva Utopía es una obra impresionante, que no deja de abordar tema alguno; ha merecido libros enteros a ella dedicados.

El jurado del certamen tomó el buen acuerdo de premiar con un accésit el cuento El siglo de oro, de M. Burgués, de mucho menor entidad pero que respondía mejor a las bases del concurso. Se trata de un relato de anticipación remota, ubicado en el tiempo un par de siglos en el futuro; una obra menor, ciertamente, aunque más entretenida y cercana a la ciencia ficción. Si tuviera que elegir una narración para una antología del género, escogería ésta. Así lo propuse, añado, y así se ha hecho realidad.

El libro que vengo siguiendo afirma que no se sabe nada de este autor, pero Joan Sallarès [10] ha hablado y escrito sobre él, aunque sea desde su perspectiva de ceramista. Marián Burgués -reconvertido a Marià- nació en Sabadell en 1851, en una familia de alfareros, y en aquel obrador de actividad múltiple se forjó como ceramista. Perfeccionó estudios en Thuir (Francia), Coimbra (Portugal) y Manises (Valencia) y, tras pasar por Zaragoza, se instaló definitivamente en su ciudad natal, donde creó y dirigió, sin remuneración ninguna, una Escuela Municipal de Cerámica. Muy aficionado a la música, formó parte de la "Sociedad Coral Los Desheredados". Murió en 1932.

Dejó un libro escrito y dibujado, el apreciado Sabadell del meu record, y una novela inédita de exploraciones submarinas cuyo original se ha perdido. Se le presenta, en fin, como un hombre simpático, trabajador, enamorado de su arte e inteligente, quizá a excepción de los asuntos económicos. Mientras las piezas estaban en el horno o en el reposo posterior, cogía un libro en sus manos y no lo soltaba, a lo largo de dos o tres días.

Camelia, una mujer joven que ha dejado a un marido del que tiene un hijo, porque era un celoso insoportable, ha buscado un nuevo compañero, Denuedo, que la satisface, pero del que tampoco tiene más que hijos varones. Como quiere tener una hija, le concede una última oportunidad y se va con él de vacaciones a una playa del Cantábrico.

El viaje lo hacen en globo, pues la aerostación es el medio de transporte del futuro; de hecho, el cielo está lleno de globos. Al llegar compaginan voluntariamente su recreo con la realización de algunas tareas útiles a la comunidad: nos hallamos ante la idealización del trabajo en el porvenir, un trabajo que se realiza con placer y sin fatiga, como quería Fourier. El tiempo cotidiano, en otra pincelada del futuro, no se mide en horas, sino en décimos de día, como en el calendario de la Revolución francesa.

Nace un nuevo niño, por lo que ella despacha amistosamente a su pareja y regresa, despidiéndose por teléfono de sus otros hijos, que residen en el Palacio de la Infancia, atendidos, no por el Estado, que no existe, sino por el voluntarismo y la solidaridad. Poco después, cuando va a pasar el invierno a la Costa del Sol, como es costumbre extendida, hace insertar en un periódico este anuncio:

"Camelia Proletaria, de 31 años de edad, desea hacer la vida común con un individuo sano y robusto, de 33 a 37 años de edad, a fin de poder dar vida a una niña. Dirigirse para más informes al teléfono n1 2237, Costa Sur Iberia."

Como he escrito ya, todos estos prospectores del futuro, de bien distinto signo, fueron iberistas. Los unos por una idea de engrandecimiento de la patria, estos otros por una idea de internacionalismo sin fronteras, pero iberistas todos. En otro orden de cosas, el parto es sin dolor, lo mismo que la muerte sobreviene sin sufrimiento. El ambiente naturista se completa con una alimentación que parece vegetariana y los baños de mar, que toman las chicas y los chicos desnudos, sin falso pudor. Escribirá después Martínez Rizo que el pudor es cosa burguesa y desaparecerá con la caída del capitalismo.

El propósito principal de la narración es la descripción de una sociedad con una moral nueva, natural, mejor y más permisiva que la tradicional, en la que la mujer se ha emancipado, es dueña de su destino y vive en pie de igualdad con el varón. Esta vez, en fin, Camelia tiene una niña y, luego, varios hijos más.

Cuando fallece el padre de Liber, su último compañero, a la edad de 167 años, ambos asisten a su muerte por medio de una videoconferencia tridimensional que recuerda a la realidad virtual de hoy. La construcción, que nuevamente reviste gran importancia, se hace con los materiales del futuro, el acero y el cristal; la transparencia de éste -la "glassnot", que podríamos decir- simboliza la diafanidad de la vida libertaria.

Finalmente, he de citar que, de las 63 narraciones presentadas al concurso, todavía se conoce una más, Filantrópoli, rescatada por Cascales [11], que no indica quién fue su autor, sino tan sólo que recibió el original incompleto y escrito en catalán. No tiene una exacta cabida aquí, pues no se trata realmente de una utopía anarquista, pero sí ocupa un lugar, por más que modesto, en la historia de la literatura de anticipación española.

Su acción se desarrolla 95 años después de la fundación de los "universales" o "católicos", los "hijos de Dios y amigos de los hombres", una Orden religiosa que no dedica sus horas libres al rezo y la predicación, sino a ayudar al necesitado y a ganar dinero para mejor hacerlo. Unos atienden a los enfermos y lisiados y otros dan trabajo a minusválidos, huérfanos y viudas, bien entendido que los rendimientos de este trabajo son para quienes lo realizan. Unos crean casas consignatarias que desarrollan el comercio mundial y otros construyen fábricas donde se necesitan, fábricas que, cuando entran en rendimiento, se ceden a sociedades obreras: ni una capital de provincia sin fundición de hierro, fábrica de cerámica y factoría de abonos químicos. Y todos forman en primera línea de las reivindicaciones sociales con la mayor energía y en el nombre de Dios.

"Nuestra misión no es sólo hacer el bien, sino impedir que deje de hacerse [...] Así han desaparecido ya aquellos alcaldes, aquellos concejales y aquellos diputados provinciales que dejaban morir de hambre al asilado, mientras estallaban de repletos sus bolsillos y sus despensas. Ya no hay nodrizas simuladas en las casas de maternidad, ni en las cárceles se permiten los dependientes los abusos que antes cometían con los pobres presos."

Los médicos, boticarios, maestros y demás son el hombre nuevo que sirve gratuitamente al pobre y cobra al rico cantidades proporcionales a sus rentas, para poder mantener los servicios no remunerados. Los habentes pueden solicitar que sus hijos cursen sus estudios en los magníficos centros docentes de la Orden y los carentes son invitados a ello, para una educación integral. A todo el que lo precisa se le ofrece un puesto de trabajo que le permita vivir dignamente, pues la Orden ha traído consigo una verdadera economía de la abundancia. En sus residencias cada uno, sea sabio u obrero, dispone de la misma superficie, tres habitaciones que son sala, dormitorio y aseo, de modo que otra vez todas las moradas son iguales. Todo lo cual, repito, no se hace en nombre del hombre, sino de Dios, sin cuya providencia no sería posible.

"Cuando apareció esta Orden, se sentía desde tiempo atrás la necesidad de una reforma en la Iglesia Católica [...] La corrupción de los más de los hombres era muy grande, pero ni los párrocos siquiera (más preocupados de los bienes terrenos que de la salvación de las almas) intentaban poner coto a la imperante inmoralidad.

"En cambio, enfrente de éstos habían nacido unos hombres de elevadísimos sentimientos, de exquisita sensibilidad, de un exagerado altruismo y pasiones exaltadas; pero que no habían sido educados en la verdadera doctrina de Jesús, sino de una manera deficiente; y ante las injusticias humanas que presenciaban ó sentían ellos mismos, al tratar de combatirlas se convertían en los enemigos más terribles de la sociedad.

"Verdaderos fanáticos, de espíritus batalladores e impulsivos, hubieran sido admirables misioneros [...] En vez de ser atraídos por los catequistas de una Orden religiosa, eran seducidos por los predicadores de las doctrinas más antisociales; hasta que al fundarse la Orden de los universales o católicos, ingresaron en ella por millares y fueron sus más decididos e infatigables primeros campeones."

Se lamenta Cascales de que este trabajo no fuera más apreciado y lo achaca a su ideología religiosa, que propone sirva de modelo al clero y órdenes existentes. Es cierto que no estaba en la línea del Certamen, cuyo jurado pensaría con Horkheimer que la utopía es el cielo secularizado, y tampoco su calidad literaria mereciera quizá mayor recompensa. Sí quiero decir, en cambio, que este tipo de narraciones, esta exposición de que no cabe una sociedad igualitaria y feliz sino en el Evangelio, se cultivó en España por pensadores sociales católicos, de un modo que iba a culminar en la gran distopía Elois y Morlocks, de Mendizábal [12].

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Este artículo se publicó en el cuadernillo de Apuntes para la historia de la ciencia ficción española: Utopías anarquistas españolas, Madrid, edición de autor, 1998.

 

NOTAS

1. Nessüs, Arnhelm. Utopía, Barcelona, Barral, 1971.
 
2. Horowitz, Irving L. (rec.). Los anarquistas, Madrid, Alianza, 1990.

3. Berlin, Isaiah. El fuste torcido de la humanidad. Capítulos de historia de las ideas, Barcelona, Península, 1990.

4. Kropotkin, Piotr. La moral anarquista, Madrid, Zero, 1978.

5. Solla Sanz, Modesto. Utopía y derecho, valiosa tesis, todavía inédita, de donde he tomado varias afirmaciones y citas.

6. Autor de La batalla de Babilonia, donde los estampidos los produce el descorche de las botellas de champán y los proyectiles son tartas que se arrojan unos a otros.

7. Gómez Tovar, Luis. "Las curvas del pensamiento", en Utopías libertarias españolas, siglos XIX-XX, Madrid, Tuero, 1991. También he tomado mucho de esta introducción, sin que haya podido pedirle su autorización porque ha fallecido ya, aunque he hablado con su viuda.

8. Llunas i Pujals, José. "Literatura obrerista" (1893), prólogo a Justo Vives, de Anselmo Lorenzo, Buenos Aires, Bautista Fueyo, s.a.

 9. Bakunin, Mijail. "El imperio látigo-germánico y la revolución social", en Estudios de filosofía política, Madrid, Alianza, 1990.

10. Sallarès, Joan. Marià Burguès, ceramista: l'home i l'obra, Sabadell, Quaderns d'Arxui de la Fundació Bosch i Cardellach, ponencia leída el 25 de abril de 1971.

11. Cascales Muñoz, José. "Apéndice" a El apostolado moderno, Barcelona, F.Granada, 1912.

12. Ver los Apuntes dedicados a las proto-máquinas del tiempo.

 
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