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II. Alfonso Martínez Rizo

Las utopías anarquistas españolas fueron varias y su producción no se detuvo a finales del siglo XIX, aunque sí se ralentizó en el XX y algunas se escribieron fuera de España: la libertad de imprenta fue decreciendo desde la restauración monárquica de 1874 hasta el final de la dictadura primorriverista en 1930, de modo que sólo la llegada de la Segunda República la hizo florecer de nuevo.

Apenas se registra en ese período alguna obra de ficción, tal la breve y apreciada Acraciápolis, de Vicente Carreras, que no ocupa allá de dos o tres páginas, aparecida en 1903 en La revista blanca: un pequeño grupo de individuos abandona la ciudad y se interna en la selva brasileña. Basta esta huida de la civilización para que los hombres recuperen su estado natural y desarrollen una comunidad en igualdad y armoniosa prosperidad. Y también se escribieron algunos ensayos. Hasta que en 1932 las cosas cambiaron, con varios trabajos más, de los que a nosotros nos interesa la ficción de Martínez Rizo.

El anarquismo siempre se propuso la desaparición de las clases sociales, de toda diferencia entre los individuos como logro final de la razón humana -ésta sería otra formulación de su condicional contrafáctico-, destruyendo el orden existente para crear uno nuevo. Cada vez más, fue reconociendo que tal cosa sólo podría conseguirse tras una gran lucha. Los ideólogos anarquistas fueron llegando a la conclusión creciente de que ello requeriría la acción, la acción directa. Y, al mismo tiempo, la sociedad ya no era aquella primitiva de las utopías primigenias, sino otra que había alcanzado un nivel de bienestar que no se podía perder. Todo ello pasó a reflejarse en la literatura revolucionaria de anticipación, señaladamente en la obra de este autor, claramente diferenciada ya de la de quienes le habían precedido.

Martínez Rizo no aparece en los diccionarios de autores y, aunque poseo los dos libros suyos que comento -de los que sólo el primero está en la Biblioteca Nacional gracias al legado de Comín Colomer-, éstos no proporcionan ninguna información sobre él. Saqué sus primeros datos biográficos y bibliográficos de los Cuadernos para una enciclopedia histórica del anarquismo español, de Miguel Íñiguez. Después supe algo más de él por Manel Aisa, del Centro de Documentación del Ateneu Enciclopedic de Barcelona. Y luego lo encontré en el antes citado libro de los profesores Gómez Tovar y Paniagua [1]. Más tarde supuse que podría haber sido ingeniero y lo busqué en las diferentes Escuelas, hallándolo en la militar.

Dice Íñiguez y recoge Paniagua que era valenciano pero, según su Hoja de Servicios, Alfonso Martínez Rizo nació en Cartagena el 23 de enero de 1877, hijo de Isidoro Martínez Rizo y Teresa Rizo López. Se lee más de una vez que fue ingeniero industrial, pero tampoco es así. Ingresó en la Academia de Ingenieros Militares de Guadalajara en 1895. Ascendió a segundo teniente en 1897, a primer teniente en 1899 y a capitán en 1905, empleo con el que dejó voluntariamente el ejército en 1912, "sin goce de pensión ni uso de uniforme", tras permanecer en él durante diecisiete años. Tenía buenas calificaciones en todos los apartados, considerándosele apto para el ascenso; poseía el idioma francés y traducía el inglés. Fue galardonado con dos condecoraciones españolas y una francesa, las tres ocasionales.
Durante la guerra civil formó en la Columna Azcaso, del ejército de la República, en el frente de Aragón, como miliciano y cronista de guerra. Se le dio por desaparecido, pero reapareció en los años cuarenta en Barcelona. En algún sitio se dice que murió en 1951, en un lugar sin concretar del interior de España, en otro que marchó a Méjico... No se conoce nada con certeza de sus últimos días.

"Maestro racionalista", afín a los medios libertarios de la Segunda República, trabajó en la divulgación de temas científicos y sociales, publicando numerosos folletos. En 1935 editó unos cuadernos de divulgación política, precursores de un género que, cuarenta años después, muchos consideran que fue de gran ayuda para la educación política de los españoles en el proceso de la transición a la democracia. Estos folletos, que suman una veintena, los sacó en Barcelona Ediciones Mar, en su colección de Divulgación Sociológica; tratan del paro, el laicismo o el sexualismo, explican los estatutos federales de las naciones que los tienen y muchas cosas más. La misma editorial publicó algunas obritas más extensas, libritos de medio centenar de páginas. Su obra técnica principal, La urbanística del porvenir, apareció en el n1 61 de los Cuadernos de Cultura que editaba Marín Civera (Valencia, 1932) e, igualmente en folletos, publicó sobre ciudades y países concretos, hasta el punto de que se le ha citado como experto en urbanismo.

Colaboró en varias revistas y publicaciones periódicas, como Orto, de Valencia, Tiempos Nuevos, de Barcelona, Ruta, de Francia, los mentados Cuadernos de Cultura y otras. Lo último que publicó, en la segunda mitad de 1936, siendo ingeniero de los ferrocarriles colectivizados M.Z.A., fue otra obrita, ¡Venceremos!, "divulgación de supremo interés", en la que condena "la canallada de la intentona del 19 de julio", establece el paralelismo entre la revolución rusa y la española y jura que ganarán la guerra. La razón de que sus novelas no figuren en bibliotecas ni catálogos supongo que se debe a que se trató de ediciones cortas, con ejemplares destruidos tras la guerra, y a su lógica falta de aprecio por Las instituciones administrativas.

Su obra de ficción la componen dos novelas, editadas ambas en 1932. En la primera, 1945. El advenimiento del comunismo libertario, cuenta el futuro desarrollo de los acontecimientos en España entre los años de 1932 y 1945. Dice en el prólogo:

"Se trata de realizar una función educativa que permita dar a comprender, con un argumento novelesco, la posibilidad del régimen comunista libertario y cómo se desarrollará con él la vida civilizada de la humanidad."

Y termina la obra diciendo:

"Me he limitado a contar el advenimiento del comunismo libertario dejándolo en su cuna. Quizá otro día me complazca en contaros algo de dicho régimen ya fuerte, tal vez demasiado fuerte, obstaculizando la marcha hacia la anarquía, al narrar una historia de amor dentro de dos siglos."

Esta historia es su otra novela, El amor dentro de 200 años.

1945. El advenimiento del comunismo libertario, "una visión novelesca del porvenir" [2], es su obra más extensa y ambiciosa, editada con una cubierta en color del famoso cartelista valeciano Renau [3] -de la misma ideología que el autor- y vendida a un módico precio.

La narración se inscribe en el ámbito de las utopías libertarias españolas y hay que concederle un primer mérito, el de haber superado la extensión del relato para llegar a la de la novela. Se ha alabado además el modo original y práctico en que resuelve una serie de situaciones concretas al plantear la utopía, no en una sociedad idílica y primitiva, sino en otra moderna, que no renuncia a su desarrollo ni a ninguna de sus conquistas. De aquel ¡Pensativo!, de Serrano Oteyza, que lo resolvía todo con la explotación agrícola en colectividad de un pequeño valle, a este 1945, dista un gran trecho. No es una utopía edénica, es literatura de combate.

Dista también de las utopías que la precedieron en otros aspectos significativos, de los que señalo que mira mucho hacia atrás, se complace en demasía en hacer reproches a la situación anterior, en vez de recrearse tan sólo en las excelencias de la futura. Supone que no todos los individuos acceden plenamente a la nueva vida, sino que algunos han de ser tutelados o, incluso, excluidos de ella. Muestra un autoritarismo excesivo y la consiguiente falta de libertad, lo que resulta poco disculpable en un sincero anarquista: en bastantes ocasiones el anarquista termina por colaborar con el poder mientras afirma que lo combate, sólo ha sustituido un poder por otro . Ya dice el autor que el comunismo libertario es sólo un paso hacia el anarquismo verdadero, estado al que no se va a llegar sino al cabo de dos siglos. Así que también se podría considerar el libro como ficción política; en cualquier caso es una obra de anticipación.

Se ha criticado la afirmación de Ruyer de que la utopía es un género falso, porque tiende hacia el poder sin una técnica válida del poder, pero a este libro le sería aplicable. Rizo lo sabe y se complace más en la anécdota sarcástica, como desahogo para el que busca la complicidad del lector, que en un intento más serio de convencer con una historia de mayor verosimilitud.

Está escrito en primera persona con el autor como protagonista -alguna vez entiendo que con excesivo protagonismo-, en un estilo sencillo y directo, que permite leerlo con facilidad, y con un argumento fluido, que sirve de hilo conductor de una serie de capítulos breves, cada uno de los cuales se ocupa de una de las cosas ocurridas en España en 1945. Tras exponer el autor la función educativa de la obra, razona luego por qué pospone hasta tan tarde la revolución social, que no podrá llegar antes a menos que la dé hecha la burguesía con sus torpezas.

La trama arranca con el protagonista despertándose en el año 1945. El paro es general en toda Europa y ni el seguro de desempleo ni la reducción de la jornada de trabajo han servido para atajarlo, porque son medidas que sólo hacen que sean los obreros quienes se ayuden a sí mismos; alcanza tales proporciones que se suprime la comedia de la democracia y se instala la dictadura socialfascista. En Rusia luchan labradores y bolcheviques -la Rusia verde contra la Rusia roja- y se imponen las ideas anarquistas de los primeros sobre las estatalistas de los segundos. Solamente en Francia las cosas marchan un poco mejor, pues la socialdemocracia ha frenado el paro creando una burocracia inmensa y estimulando el ahorro popular, que ha hecho de muchos obreros unos minicapitalistas.

En España la política no es nada más que una farsa sin contenido ideológico, el arma que utiliza el capitalismo contra el comunismo. El anarcosindicalismo catalán, con el que se identifica el autor, ha sido bárbaramente reprimido. Los gobernantes socialistas tienen a toda la masa obrera en contra y sus únicos poderes son el ejército, la guardia civil y la de asalto, a más de sus matones a sueldo. Como anécdota, se cuenta de un enchufado que celebra sus bodas de oro con la democracia, al alcanzar su 501 empleo y, en consecuencia, su 501 sueldo. Trae a la memoria la figura del hombre de los 28 sueldos de Le monde tel qu'il será dans l'an 3000, de Emile Souvestre, múltiplemente editado en castellano. Sería interesante rastrear las influencias en estos autores de otras utopías y distopías. Los nombres de los personajes de Burgués también recuerdan a los de este Le monde...

Rizo se despierta famoso y rico; en el quiosco al que acude a comprar el periódico se encuentra con un bestseller que es un libro suyo: Fomento, cría y explotación del pobre. Acude a la tertulia de los "Exploradores del Porvenir", la organización que él mismo ideara en 1932, sorprendiéndose al ver que ha conocido un auge extraordinario. Ésta es una de las ideas del autor que más se ha elogiado:

"El campo de acción de estos organismos será el que ellos propios se asignen y tan amplio como se quiera, siempre que no se pacte con la autoridad o la política."

Cada tertulia tiene entre 4 y 9 miembros, que eligen un delegado; entre 4 y 9 delegados componen una peña y así sucesivamente, hasta el mayor nivel. En la tertulia se encuentra con la última canallada del capitalismo: un decrépito viejo acaudalado se ha convertido en un apuesto joven al hacerse injertar los testículos de un chico que apenas había alcanzado la pubertad.

Las iniquidades de la burguesía no tienen cuento. La Confederación -se refiere, claro, a la C.N.T.-, invita a sus dos millones de afiliados a que se reúnan en asambleas clandestinas y todos, unánimemente, votan el advenimiento del comunismo libertario. Con tal respaldo, el Comité Revolucionario lo proclama de inmediato, a cartas descubiertas, y triunfa en toda España, excepto en Madrid, donde el Gobierno se hace fuerte con el ejército.

Todo está previsto. En las empresas, los consejos de fábrica sustituyen a los de administración y los comités de taller a los encargados patronales. Al mismo tiempo se conmina a todos los ciudadanos a que se afilien al sindicato correspondiente a su profesión o al que consideren mejor para ellos si no tienen oficio: el autor está afiliado al sindicato de obreros intelectuales.

También está estudiada la supresión del dinero, que merece el capítulo más largo de toda la obra.         La economía ha de basarse en la fórmula clásica de que cada uno produce según sus capacidades y consume según sus necesidades, pero esto, que bastaba en Kröpotkin o en las sociedades de consumo primario de las antiguas utopías, ya no es válido ahora. La nueva economía distribuirá inmediatamente y de modo gratuito los bienes necesarios, pero la vida moderna ha generado una larga serie de bienes superfluos de los que sería absurdo prescindir. Dicho se entre paréntesis, no pensaba así por cierto Platón, quien en su República dice que las necesidades superfluas engendran molicie, lujo y codicia, impidiendo de este modo que la sociedad sea sencilla y feliz. Mientras no se pueda organizar su distribución gratuita, estos bienes se comprarán con los bonos-salario que se entregarán a los obreros y que tendrán como unidad la hora de trabajo.

Esto es provisional, por supuesto, el futuro anarquismo no reconocerá ninguna autoridad y no existirá en él ninguna organización. Pero, hasta que se pueda implantar, existe la autoridad de la colectividad, ejercida plebiscitariamente, y la organización sindical es quien la representa. .

Queda, pues, abolida la propiedad privada. Los inquilinos dejan de pagar rentas y los propietarios de negocios han de trabajar en ellos, pasando a ser unos empleados más. Los poseedores de oro, joyas y objetos de arte han de entregarlos de inmediato.  ¿A quién? Pues a los comités, de los que los hay locales, regionales y uno nacional, que en la práctica parecen mandar bastante.

A señalar que los burgueses se intimidan, limitándose a preguntarse cuándo intervendrá el ejército, mientras éste permanece acuartelado, al igual que las fuerzas de seguridad. Los únicos que se oponen a la implantación del comunismo libertario son los bolchevistas, los comunistas estatalistas, que promueven incidentes, sobre todo en Andalucía y Lérida. En Barcelona, donde transcurre la acción principal, gracias a la intervención del protagonista, se negocia pronto con algunos cuerpos de seguridad, que se rinden, "claudicantes y estúpidamente ignorantes", y sus armas se entregan a los cuadros de los sindicatos.

El ejército tarda unos días más en licenciarse, los que tardan los soldados en apoderarse de las armas y encerrar a los oficiales. Aquí aparece la fobia del autor hacia sus ex compañeros: al coronel lo pone en ridículo su mujer, una antigua criada de servir, el teniente coronel es un borracho y un necio, y todos los demás por el estilo, esposas incluidas. Ciertamente se aleja de la utopía clásica, donde todos los individuos pasaban a formar parte de la sociedad nueva sin atender a su pasado.

A continuación le toca el turno a otros cuerpos. El capítulo titulado "Las fieras sanguinarias" se inicia así:

"Los primeros días era regocijante y pintoresco ver a los obreros dueños de poderosos armamentos custodiando los cuarteles de la Guardia Civil, pero pronto resultó ya molesto y cansado, acordándose definitivamente obligarlos a rendirse."

El pueblo conserva hacia ellos "una rabia atroz", así que se congrega una multitud inmensa para asistir a su rendición y huida, cosa que hace la mayoría. Pero los más viejos, "los que el Estado bárbaro y cruel ha moldeado" salen a caballo, repartiendo sablazos con la diestra y disparos con la siniestra. Aquellos salvajes, embrutecidos por el autoritarismo y sublimados por el ron, son cazados por las ametralladoras del pueblo, que se ensaña con ellos: "La barbarie, al morir, tenía este gesto gallardo de barbarie".

La última referencia a la Guardia Civil tiene lugar cuando la mitad de los mozos de España marcha sobre Madrid a reducir a los capitalinos. Hay que decir que el autor es claro partidario de un estado confederal que presenta en todo momento un polo positivo, Barcelona, y otro negativo, Madrid, con los demás territorios atraídos por el primero y rechazando el segundo. Pero no utiliza el catalán ni para los nombres propios, geográficos o de personas, y así lo he recogido.

El automóvil que lo aproxima a Madrid sufre una avería y se detiene en una pequeña aldea, donde le cuentan que han tomado diez fusiles a la Guardia Civil, "a cuyos miembros nos gozamos en darles algunas bofetadas como devolución", lo que tampoco figura en el manual del buen utopista.

La otra fobia de Rizo aparece cuando se refiere a los sin oficio y sin ganas de trabajar, hay que suponer que a juicio del comité de rigor, para los que se crea un sindicato de "artistas". No se les considera ciudadanos de pleno derecho, sino como menores: han de prestar los servicios que se les ordenen, asistir a clases de adoctrinamiento y, en casos extremos, como el de un estafador incorregible, ponerlos en la frontera, para que hagan daño a los países burgueses, que es lo mejor que pueden hacer.

No deja de ser un detalle realista, infrecuente en otras narraciones del género, suponer que no todos van a estar dispuestos a trabajar, pero hay otras cuestiones que se resuelven en la más pura ortodoxia utópica libertaria. Un hombre que ha matado a su esposa por celos, se presenta ante el comité de su sindicato, que es el de los obreros intelectuales [4], para recibir su castigo. Éste consiste en dejarlo con sus remordimientos, que lo arrastrarán a la desesperación y al suicidio, en opinión del secretario, Bejarano [5], quien, a continuación, se emborracha como una cuba.

La novela se resuelve al final en el recurso clásico y fácil de suponer que todo ha sido un sueño. Tiene las virtudes y los defectos señalados, entre los que el exceso de autoridad y la consiguiente falta de libertad me parecen los más importantes: se viaja gratis pero hace falta un permiso para hacerlo, los comités reparten casas y automóviles a discreción, los individuos no pueden elegir su trabajo, etc. Está lejos de aquella Nueva Utopía de Mella, en la que cada uno decidía lo que quería hacer y encajaba como una pieza perfecta en el engranaje de la maquinaria total de la nueva sociedad, pero rebosa entusiasmo.

En 1945, como ya he dicho, todavía no se alcanza la sociedad que ama el autor: el comunismo libertario no es sino una versión adulterada del divino anarquismo, que llegará más tarde, paradisíaco y definitivo, donde cada uno hará lo que le plazca, en la sociedad que se propone en su segunda novela.

El amor dentro de 200 años (La vida sexual en el futuro), "visión novelesca de rebeldías futuras", se editó poco después del anterior, también en 1932 por Orto y con cubierta, siempre tipo cartel, de Renau [6]. Es una auténtica novela de ciencia ficción.

Me ocupé de ella en la revista BEM [7], en un número dedicado al sexo, de contenido erótico festivo, que mantengo aquí al entender que encaja con el espíritu que inspiró al autor, por más que sus últimos objetivos fueran otros. En cualquier caso, como escribió Saiz Cidoncha [8], cuando la primitiva ciencia ficción española aún seguía contando el hallazgo en la luna de los inevitables Elías y Enoch, o explorando planetas en los que grandes altavoces lanzaban a la atmósfera estentóreos padrenuestros para edificación de los alienígenas y, saliéndonos de nuestra casta piel de toro, incluso cuando los autores de ciencia ficción americanos negaban en absoluto que en el futuro existiera vida sexual o, al menos, se dejaban en el tintero todo lo a ella referente, Martínez Rizo nos presenta una sociedad en la que se hace el amor en todas sus variantes con la mayor naturalidad. Practican el desnudismo integral.

"Pero su mayor sorpresa fue ver cómo el Generalísimo le presentaba con la mayor naturalidad a su esposa y su hija completamente desnudas.

"-Dime, Fabra -murmuró la joven, con voz acariciadora, muy juntas las caras y mirándole fijamente los ojos-. ¿Cómo amabais los hombres hace siglos?

"-¿Y cómo amáis las mujeres de hoy?

"Dasnay soltó una alegre carcajada no exenta de coquetería.

"-Te advierto que ahora ya ha sido estudiado científicamente el amor y todas las mujeres estudiamos desde niñas erología, erotomía y erotecnia.

"-¿Y no estudian estas asignaturas los hombres también?

"-También las estudian, pero acostumbran a ser sumamente torpes."

Los parques públicos son verdaderos Jardines del Amor, donde las parejas bailan desnudas y, llegado el momento, pueden optar por deslizarse entre los arbustos o hacer el amor publica facie. Estas parejas pueden ser hetero u homosexuales y, viendo la homosexualidad femenina, el protagonista ha de correr a refugiarse en la floresta, mientras su mentor le recomienda que, en tanto no se acostumbre, vista siquiera una ligera túnica.

"En tan magnífico escenario se celebraba una fiesta parecida a las clásicas verbenas madrileñas, y mientras bailaban en las plazas incontables parejas en desnudez paradisíaca, discurrían otras por los senderos misteriosos. En aquella extraña modalidad de baile los cuerpos se abrazaban con frenesí y las bocas se confundían en ininterrumpidos besos.

"-¿Qué te parece? -preguntaba Matasonco, observando con una sonrisa maliciosa el estado de sobrexcitación en que se encontraba el joven.

"-¿Que esto es una barbaridad! ¡Estos tíos tienen que ser eunucos para bailar en esa forma dos minutos seguidos sin necesitar arrastrar a su pareja entre las sombras!"

Si mi ordenador tuviera signos de ironía, diría entre ellos que no se puede negar que toda la novela está impregnada de un dulce perfume feminista. Las jóvenes danzantes se interesan vivamente por la rijosidad del protagonista y recuerdo que fui a consultar la palabra en el Diccionario. "Rijosidad: calidad de rijoso". "Rijoso: inquieto y alborotado a la vista de la hembra". Y recuerdo otra cosa más. Hay un momento en el que se describe cómo una pareja de jóvenes precoces lleva a cabo una unión carnal -temo que se me está pegando el estilo del autor-, diciendo que el niño tomó posesión de la niña frenéticamente, "con la rapidez del gallo". Cuando le presté el libro a un amigo, su primer comentario fue: "Tú que eres de pueblo, ¿es verdad que los gallos...?".

"Ella desciñó su brazo, abrió el bolso que llevaba en su mano derecha, inseparable de todas las mujeres desnudas, sacó una jeringuilla y preguntó mimosa:

"-¿Quieres?

"¡Vaya si quería! Se esterilizó, pinchándose en un brazo, y la abrazó frenético.

"Aquella mujer enloquecía de placer entre los brazos de aquel hombre.

"-¡Fubru! ¡Fubruchu! -le decía entre suspiros entrecortados y mordiscos..."

Si bien todo esto ocupa la mayor parte de la narración, es sólo una faceta de la visión que tiene nuestro hombre del futuro. En la novela anterior, 1945, dedica ya un capítulo al desnudismo y la homosexualidad en Montjuïc, intitulado "Libídine", donde adelanta que los residuos del pudor convencional burgués desaparecerán al desaparecer el capitalismo. Estaba preocupado por el tema, pues dedicó a él un librito, Traficantes de carne de mujer, y un folleto de título elucidatorio, Sexualismo: la prostitución es el efecto más repugnante del capitalismo.

El protagonista de esta segunda novela es el bizarro oficial del ejército español Fulgencio Chapitel, herido en el cerebro durante una algarada organizada por el pueblo llano contra la dictadura socialista que domina España en 1937. La lesión pone en marcha un proceso orgánico de hibernación que hace que no despierte hasta el 2132.

Para entonces las cosas han cambiado mucho en nuestro país. Como ya he dicho, en 1945 triunfó el comunismo libertario y tanta pujanza y progreso trajo consigo que el planeta todo lo hizo suyo, siguiendo el ejemplo de la Iberia Libertaria -¡otro iberista!- y haciendo del español el idioma común de la Tierra.

Carteles de Josep Renau

Naturalmente, han desaparecido los propietarios privados, así como la policía y los jueces. Existen aviones utilitarios unipersonales, viajes interestelares y toda la parafernalia tecnológica que acompaña a las visiones del futuro. Y, además, existe, como lógica consecuencia, el amor libre.

"Desaparecidos el capitalismo y el Estado, era indispensable que la vida se impregnase automáticamente de verdad, como antes lo estaba de mentira. De ahí la lógica desaparición del pudor, que sólo era una manifestación de la hipocresía enfocándose sobre el sensualismo.

"Desaparecido el poder burgués, la vida sexual había vuelto a los cauces de la naturalidad. En los tiempos antiguos, brotaba espontáneamente el deseo en el organismo como imposición tiránica de la naturaleza en cuanto florecía la pubertad; pero las absurdas preocupaciones pudorosas impedían a los jóvenes de ambos sexos otra satisfacción que no fuese la de una simulación solitaria o goces homosexuales. Tan absurdo sistema había, por fin, desaparecido y nadie le concedía al placer sexual más importancia que a cualquier otro placer fisiológico."

Un aspecto importante de la obra radica en que todas las decisiones se toman por mayoría, a cuyos efectos prácticos cada ciudadano lleva siempre consigo una "máquina de votar" portátil. Existe también, ¡ay!, una "máquina gubernativa" que dicta las leyes necesarias para la convivencia de los hombres, tiñendo así de tecnocracia al alegre libertarismo del futuro.

Esto no le gusta al autor, que lo explica reiteradamente, como me está arrastrando a hacerlo a mí, porque el comunismo libertario no es sino una versión adulterada del divino anarquismo. Está totalmente permitido el placer sexual, por ejemplo, pero está prohibido tener hijos, excepto si se dispone de un permiso oficial, dentro del plan eugenésico previsto por la máquina gubernativa. Se ha conseguido así crear una raza uniformemente bella, pero a costa de coartar la libertad de los individuos, limitando el hispánico derecho de la real gana y estableciendo la tiranía de la mayoría sobre el individuo, rechazada por los anarcos puros.

De modo que éstos se rebelan, empezando por tirar al mar las máquinas de votar y pasando después a la revuelta violenta; están con ellos Fulgencio Chapitel y todos sus amigos. El desenlace se logra cuando el viejo sabio, primero entre los científicos, es convencido por el efebo de quien está enamorado. Se destruye la máquina gubernativa, se echan al olvido costumbres burguesas como la contracepción y el sufragio inorgánico y cada cual pasa a vivir como mejor le place, en un anarquismo paradisíaco.

Pero me he dejado atrás el "fulminador" de que dispone todo ciudadano y que puede enfocar contra cualquier persona que le desagrade. La proyección aislada de un solo ingenio no causa sino ligeras molestias, pero la acumulación simultánea de las descargas de los fulminadores de una muchedumbre envía al otro barrio a una infeliz víctima (pienso que los árbitros de fútbol se extinguirían aún más rápidamente que los unicornios), de modo que la sagrada mayoría tiene también el derecho de muerte sobre el individuo.

"Ante el caso de una tentativa de restructuración autoritaria, la colectividad acordó por aclamación en una de sus Asambleas que los conspiradores merecían la muerte, pero se tropezaba con la dificultad de que el nuevo régimen era absolutamente incompatible con la existencia de verdugos y los culpables quedaron impunes.

"Alguien lanzó la idea de que la comunidad debía tomarse la justicia por su mano y explicó el procedimiento [...] El aparato podía inyectar un haz paralelo de rayos infrarrojos que alcanzaba hasta algunos kilómetros y que producía en todo momento idéntico efecto que un haz de rayos solares reflejados en un pequeño espejo.

"Así, quien se hacía impopular, tenía necesidad de esconderse, de substraerse de la vida pública, de aislarse, temeroso de ser fulminado."

Hace años leí un artículo de Miguel Ángel Asturias en el que el Premio Nobel de Literatura decía que el régimen político que más le había convencido era el que había encontrado en una narración del género fantástico: cada gobernante podía obrar a su antojo, pero el pueblo poseía un arma definitiva contra él, podía fulminarlo mediante la acumulación de una serie de rechazos materializados por una máquina que poseía cada votante y podía accionar a voluntad. En un principio pensé que se refería al cuento A ticket to Tranai, de Robert Sheckley [9], pero luego me ha cabido la duda de si la referencia no sería a esta novela de Martínez Rizo. El amor dentro de 200 años encaja perfectamente, desde luego, en el comentario de Asturias.

* * *

Este artículo se publicó en el cuadernillo de Apuntes para la historia de la ciencia ficción española: Utopías anarquistas españolas, Madrid, edición de autor, 1998.

NOTAS

1. Paniagua, Javier. "El anarquismo español: predominio de la acción", en Utopías libertarias españolas, siglos XIX-XX. op. cit.

2. Martínez Rizo, Alfonso. 1945. El advenimiento del comunismo libertario, Valencia, Orto (Luis Morote 44) col. Mañana, impr. Costa, Barcelona (Asalto 45), 1932, rúst., 109 pp. de 19x12 cm., cub. en color de Renau, 2 pta.

 

 
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