Presentación
Apuntes
Artículos Biblioteca
Contacto
 
 

Versins, en su Enciclopedia, le dedica diez páginas a este autor y Trousson, en su Historia de la literatura utópica, casi otras tantas, a más de las citas breves: he tomado datos y comentarios de uno y otro. Por mi parte, a más de varias de sus obras en francés [1], he encontrado una de sus dos narraciones más largas e interesantes, El descubrimiento del mundo austral por un hombree volador o El Dédalo francés [2], traducida al castellano en una edición que apenas se distribuyó en España.

Nicolas-Edme Restif (o Rétif) de la Bretonne, traductor al francés del Buscón de Quevedo, escritor cínico y raro por sistema, fue uno de los reformadores más singulares del siglo XVIII. Cuando estaba de moda ocuparse de proponer reformas al Gobierno y aparecían cada día proyectos admirables que procurarían la felicidad de los hombres, pensaba Restif, y no le faltaba razón, que la reforma de las costumbres debía preceder a la de las instituciones.

Nació en Sacy el 22 de noviembre de 1734, hijo de labradores pobres que, viendo su mala salud, decidieron que no podía trabajar en el campo y lo mandaron a la escuela, donde su maestro fue su hermano mayor, el cura de Courgis. Mostraba grandes deseos de aprender y devoraba todos los libros que caían en sus manos. Pero, a los quince años, su temperamento ardiente le obligó a dejar la escuela y entrar a trabajar como aprendiz con un impresor de Auxerre, a cuya mujer sedujo. No atreviéndose a volver con su familia, marchó a París, donde la miseria le condujo a prestarse a prácticas degradantes que dejarían luego huella en sus escritos..

Cuando consiguió emplearse en una imprenta empezó a publicar desde ella unas obras que le proporcionaron un éxito que se le subió a la cabeza, de modo que puso por escrito todo lo que había vivido, visto o pensado. Ferviente admirador de Rousseau, escribió las Cartas de una hija a su padre como pretendido contrapunto al Emilio, calificándolas de presente inestimable a su patria, a su siglo y a la posteridad. La lista de sus pretensiones de émulo de Rousseau o Voltaire es extensa, sin que faltaran quienes así lo afirmaran.

Se casó y, tras veinticinco años de difícil convivencia, se separó de su mujer, que murió asesinada por un yerno. Restif no vaciló entonces en confiar estos episodios al público, rápidamente novelados. "Yo y mi familia", se justificó, "nos sacrificamos por la instrucción de nuestros conciudadanos". Sus más de doscientas obras, en las que no faltan los pasajes eróticos, unos las acogieron con escándalo, otros las leyeron con fruición para conocer lo que se suponía eran las depravadas costumbres de París, y nosotros conocemos por ellas detalles precisos de la vida de las clases bajas pudorosamente ocultados por otros autores. Otras de sus obras son utopías fantásticas, de las que voy a tratar aquí.

Arruinado, volvió a emplearse en una imprenta. Después, a los 60 años, a poco de morir su esposa, contrajo segundas nupcias con una mujer de 63, en un matrimonio canónico a pesar de su irreligiosidad, como también en política sus convicciones fueron más de una vez de conveniencia. Murió en la capital francesa el 3 de febrero de 1806. Despacharlo tan sólo como un escritor erótico, cuando no licencioso, no le hace justicia.

De sus breves utopías reformistas destacan las llamadas de los "grafos" o de las "ideas singulares", que no son obras de ficción, y entre ellas voy a resumir tres, en las que se ocupa de reglamentar minuciosamente cada asunto que trata y de colocar a cada persona en el lugar exacto que le corresponde en la sociedad, asignándole una función precisa en ella, siempre como proyecto moral en el sentido de utilidad pública: el primer reglamento que propuso ya se titulaba "Utilidad que se puede sacar de una casa pública bien administrada".

En El pornógrafo (Le pornographe,1769), "Ideas de un hombre honrado sobre un proyecto de reglamento para las prostitutas", regula exhaustivamente la prostitución, artículo por artículo, el modo y sitios de ejercerla, el destino de los hijos habidos, su vigilancia médica y la clasificación de quienes la practican según su edad, hermosura y disposición. De esta manera coloca oficialmente a las prostitutas en el lugar que les corresponde y hasta podría pensarse que les confiere una cierta dignidad profesional, como dice Foster. Sorprendió tanto el silencio de la policía ante una obra que algunos consideraron obscena, que se llegó a decir que la autoridad estaba de acuerdo con ella.
 
En Los ginógrafos (Les gynographes, 1777), "Ideas de dos mujeres honradas sobre un proyecto de reglamento propuesto a toda Europa para colocar a las mujeres en su sitio y obrar la felicidad de los dos sexos", describe cómo será la educación de la mujer: las niñas deberán saber desde que nacen que están destinadas al varón, que es el jefe de la sociedad. Aprenderán las tareas domésticas y el arte de la seducción y, después, se inscribirán en el registro de mujeres por casar; al cabo de un tiempo, las que permanezcan solteras serán enviadas a un convento, excepto las que no se hayan casado por libertinas, que irán a una fábrica.

En El Andrógrafo (L'Andrographe, 1782), "Ideas de un hombre honrado sobre un proyecto de reglamento propuesto a todas las naciones de Europa para llevar a cabo una reforma general de las costumbres y, por ella, la felicidad del género humano", de lo que se ocupa es de la educación de los hombres, con no menor lujo de detalles. Matrimonio obligatorio -sólo los padres de familia pueden acceder a puestos de dirección-, trabajo obligatorio -con jornadas, descansos y distracciones perfectamente establecidos- y servicio militar obligatorio -con ejército para los más y patrullas de guardia cívica para los burgueses-. Estos varones viven en comunidad de bienes y hacen en común las comidas, aunque sigue existiendo la nobleza, cuyos hijos pueden engrosar las filas del clero o la oficialidad de la milicia.

Publicó otros dos grafos. En El Tesmógrafo propone la reforma de las leyes, entre ellas las de la propiedad del suelo. Y en El Mimógrafo reforma el teatro, asignando a los cómicos el lugar que la sociedad les negaba. Un sexto grafo, el dedicado a la reforma de la lengua, que se prometía muy interesante, no lo llegó a publicar.
                                            
Hay utopías que vuelan muy alto sobre la realidad y se disuelven en lo meramente fantástico, mientras otras lo hacen en vuelo tan rasante que degeneran en meros proyectos legislativos. Éstas de Restif no acaban de encajar en tal esquema, podrían ser un ejemplo de las primeras vestidas con el ropaje de las segundas.

Tras estas reseñas, quizá no resulte fácil imaginar que su autor fue comunista -a la manera en que se podía serlo no ya antes de Marx, sino de la propia Revolución Francesa-, pero lo fue. Creía en un comunismo del que dice Trousson que recuerda al de los monasterios, con discriminación absoluta de sexos e igualdad entre los frailes, excepto los priores -esto lo digo yo- que es un comunismo teórico, alejado de la realidad, en el que la concepción del trabajo como deber ético, por ejemplo, no tiene en cuenta problemas como el del desempleo, que ya apuntaba en la sociedad industrial de finales del XVIII. En Amores y amoríos del señorito Nicolás (La philosophie de monsieur Nicolas, 1794), afirma rotundamente que "todos los vicios y todos los crímenes son producto de la monstruosa propiedad privada del suelo" y proclama que el comunismo "es el único gobierno digno de hombres racionales".

 

Seguramente ayudan a entenderlo mejor las dos historias que siguen, también breves, aunque más literarias, que son obras de ficción. Al final de El campesino pervertido (Le paysan pervertu, 1776), incluye la utopía rural Estatuto del burgo de Oudun (Statut du bourg d'Oudun), de cuya comunidad dice en frase feliz el plurimentado Trousson que ofrece el panorama de "un convento espartano dirigido por jacobinos", y sólo cabe darle la razón cuando se conocen sus reglamentaciones de trabajo, oraciones y diversiones, por no hablar del toque de queda que impera tras la plegaria vespertina.

Todo en común, todos iguales en el trabajo, excepto el cura y el maestro, más el privilegio de los jóvenes más meritorios para escoger esposa sin el consentimiento de ella. El propósito del autor es una vez más moral y utilitario: el lujo y la propiedad privada son la causa de todos los males, por lo que hay que organizar pequeñas sociedades familiares que hagan que el campesino se quede en su tierra y no vaya a pervertirse a la ciudad.

La desbordante imaginación de Restif supo crear igualmente una utopía urbana, Las veinte esposas de los veinte socios (Les vingt épouses des vingt associés, 1880), donde veinte artesanos de una misma calle suscriben un contrato de comunidad absoluta de bienes y beneficios, distracciones e intereses, gastos de educación de los hijos comunes y demás: todos ellos, como en Oudun, componen una gran familia feliz en la que todos se llaman hermanos. Resulta muy original la creación de esta comunidad en medio de una ciudad y por parte de gente humilde.

Como se ve, el autor apuesta por la artesanía y la pequeña cooperativa en el alborear del capitalismo industrial, lo que no es nuevo para un utopista. Ya Aristóteles pretendía salvar la ciudad en vísperas del advenimiento de los imperios helenísticos.

El Descubrimiento austral trata de un tema que será recurrente en la proto ciencia ficción francesa: los mundos preservados. Desde el principio se nos advierte:

"Mientras que en Europa, en Asia y aun en África los seres se han amalgamado, por así decirlo, se han perfeccionado y, al menos los más perfectos, han destruido a los de la misma especie que parecían deformes o molestos, en el hemisferio austral sucede lo contrario, nada se ha mezclado, los seres semiperfeccionados han permanecido en este estado hasta ahora".

"Los europeos, sin duda, los destruirían, por lo cual hemos decidido mantener oculto nuestro país. Hay una ley que ordena que todos los extranjeros que lleguen al país, por naufragio o en barco en buenas condiciones, deben ser retenidos, sin poder regresar a sus puntos de origen".

Cuando arranca la acción nos enteramos de que hacia 1706, en un lugar del Delfinado reside el joven Victorino, hijo de un procurador fiscal, que está perdidamente enamorado de Cristina, la hija del señor del lugar y propietario del castillo, a cuya mano no puede aspirar porque no es gentilhombre, por lo que decide raptarla, construyendo unas alas y aprendiendo a volar.

Le ayuda en su empeño un criado de su padre, holgazán aunque ingenioso, que ha leído libros tan notables como la Hermosa y verídica historia de Fortunatus, quien, por virtud de su sombrero, se transportaba con su amada donde quería, y el fantástico relato de Michel Morin del Casamiento de la Muerte con el sepulturero, cuyos hijos comían tierra en vez de pan, etc. Como escribe Versins, sus muchos etcéteras son la marca genial de quien tiene mucho que decir y piensa como una ametralladora de la que nueve de cada diez balas se pierden sin daño para las cabezas y los troncos enemigos.          

Este criado alberga un propósito similar al del hijo de su amo, raptar a las hijas del pueblo que lo han rechazado por su flojera y devolverlas deshonradas a sus padres. Consigue construir un ingenio que hace volar, hasta que un día sufre un accidente y se precipita sobre un pantano, ahogándose.

Queda solo entonces Victorino, que pasa dos años observando el vuelo de insectos, aves y pájaros, trabajando siempre con el mayor secreto, hasta que logra construir unas magníficas alas que le permiten elevarse en vertical y mantenerse largamente en el aire, batiéndolas con las piernas y dirigiendo su vuelo con los brazos.

El lugar adónde va a conducir a Cristina es el Monte Inaccesible, en cuya cima hay un altozano en que se pueden sembrar semillas y recoger cosechas, existe caza en el bosque y pesca en el lago, fuentes de agua y dos acogedoras grutas que, poco a poco, va amueblando y adornando. Como la cima no se puede alcanzar de otro modo, lleva hasta allí en vuelo a los futuros servidores de Cristina, parejas de animales y aperos de labranza, y a continuación rapta a su amada a la que engaña diciéndole que la ha salvado de las garras de un enorme pájaro. Finalmente los casa un cura que Victorino ha llevado también allí.

Pasa el tiempo y en la colonia se celebran otros matrimonios, convirtiéndose en un utópico reino cuyo soberano es Victorino y su soberana Cristina. Todos son muy felices y tienen muchos hijos, sanos y robustos, excepto el cura, claro, aunque el autor escribe que "como no había maledicentes en el Monte Inaccesible, el eclesiástico y su ama de llaves gozan de gran intimidad" (honni soit qui mal y pense). Los vástagos reales son tres, dos niños y una niña, que cuando crecen aprenden a volar, acudiendo el mayor a ver a su abuelo materno. El viejo señor visita a su vez a Cristina en el Monte y perdona a su yerno al contemplar la felicidad de su hija (y quizá que ya tiene más de señor que de plebeyo). Victorino le confía sus posibilidades y sus propósitos, lo que podría hacer y lo que va a hacer:

"Podría ser el árbitro entre reyes y naciones, evitar las guerras, amenazando a los culpables; podría, en fin, pacificar estas terribles querellas que asaltan a las naciones. Me bastaría secuestrar en el Monte Inaccesible a cinco o seis dirigentes ingleses, alemanes, portugueses, moscovitas, etc., para que los otros aterrados se entreguen y no se atrevan a combatir".

Su suegro alaba este proyecto, que estima tan valioso como los del abate Saint Pierre o J.J. Rousseau, pero a Victorino no le acaba de convencer llevarlo a la práctica. Si lo hubiese hecho, si Restif hubiese seguido ese camino, hubiera sido un gran precedente para la futura ciencia ficción, aunque, en ésta, la
manera de acabar con la guerra suele ser más bien la utilización del arma definitiva (como lo haría, más de cien años después, nuestro Roque de Santillana con su avión propulsado por altamirita).

Como no podía ser menos, la colonia está dotada de todo un código legal de artículos sencillos y expeditivos. Se fijan, por ejemplo, las normas de conducta para los niños, con sus correspondientes castigos para los infractores, rematadas por esta perla: "Incorregibles. Precipitados de lo alto del Monte".

Se trata de una larga historia que Alejandro, el hijo segundo de Victorino, le cuenta setenta años después, en 1776, al señor Je-Ne-Sais-Quoi, que es quien la narra.

El propósito de su padre no es el tan ambicioso antes expuesto, sino simplemente desplazarse a las Tierras Australes, lejos de los países descubiertos por los ambiciosos europeos -los más los españoles- y transportar la colonia a una isla como Tinian o Juan Fernández. Así que Victorino y Alejandro parten hacia el Sur, volando de día y durmiendo de noche en las montañas más altas. En ocho días alcanzan el Ecuador y en doce más, el Trópico de Capricornio, hasta hallar una isla tan grande como las dos británicas juntas y en apariencia deshabitada, que les parece idónea para instalar allí la colonia.

Mas al cabo de unos días descubren que la pueblan los Hombres de la Noche, una raza que se creía aniquilada: duermen de día y hacen su vida en la oscuridad. Así que la isla, a la que habían bautizado como Cristina, pasa a llamarse también Nocturno.

Padre e hijo regresan al Monte Inaccesible pasando por las minas de diamantes de Golconda, de donde se llevan las gemas más valiosas. Con el producto de su venta fletan un barco que transporta a toda la colonia a la recién descubierta isla, junto con artesanos y orfebres que embarcan sin conocer su destino. Todos van a ser súbditos del reino que se rige por las normas que dicta Victorino.

Los pobladores de la colonia forman una sociedad semi-industrial, mucho más adelantada que la de los nativos, e inician el comercio con otras islas, empezando por una cercana, de gran tamaño, a la que llaman Victorica o Patagonia, que está habitada por hombres de cuatro o cinco metros de altura. Los acogen con indiferencia, considerándolos una raza inferior, racional mas feminoide.

El primogénito de Victorino se enamora de la bella patagona Ishmichtrifs y es correspondido: ella lo toma en sus brazos y lo acaricia como si fuera un pájaro. Los Ancestros de los isleños no quieren autorizar el matrimonio, pero se imponen las mujeres que sí lo desean. Hay que tener en cuenta que en esa sociedad la proporción es de tres hembras por cada varón y todas entienden que Ishmichtrifs pretenda tener un marido para ella sola, aunque sea pequeño. Además no habrá problemas con el parto, como sí sucedió a sensu contrario cuando un muchacho gigante tomó a una Hija de la Noche, que murió al dar a luz.
 
Para Restif y su orden las cosas están claras: si él mide algo menos de dos metros y ella algo más de cuatro, sus hijos medirán tres. Si los patagones viven entre 120 y 160 años, frente a los 60 u 80 de los franceses, sus descendientes comunes vivirán entre 90 y 120.

El casamiento se celebra según el rito francés y el patagón, cuya liturgia da pie al autor para poner de manifiesto una vez más sus ideas sobre la supremacía del macho sobre la hembra, que los sencillos patagones afirman con rotundidad, así como sobre los beneficios del placer. El muchacho, de unos seis pies de altura y 80 kilos de peso, ha de lidiar con una mujer de doce pies y más de 600 kilos, mas -por decirlo en palabras del autor- a la mañana siguiente la madre de Ishmichtrifs pasea por el pueblo los trofeos que ha recogido del lecho nupcial, que acreditan el triunfo de su yerno sobre la virginidad de su hija, acallando así el sarcasmo con que algunos mozos habían acogido el enlace.

Tienen seis hijos, dos menos que Alejandro, que casa también con mujer patagona. Al hermano de Ishmichtrifs le hubiera gustado casarse con Sofía, la princesa que es su cuñada, mas "no había absolutamente manera de".

La familia real visita hasta diecinueve islas, donde encuentra diversas especies de aborígenes no perfeccionados, sucesivamente hombres-monos, hombres-osos, hombres-perros, hombres-cerdos, hombres-toros, hombres-carneros, hombres-castores y hombres-cabras en la décima, un episodio más extenso que los otros, pues aquí hallan a unos náufragos franceses que se han unido a mujeres-cabras, demostrando con su descendencia que este mestizaje es posible.

Victorino se va haciendo viejo, por lo que deja de viajar y pasa a ocuparse de legislar, de modo que nuevamente Restif nos expone más de sus ideas. Desde la proclama real de que todos han de trabajar, sean de la raza que sean, pues la ociosidad es infame, hasta las detalladas disposiciones sobre el matrimonio: los jóvenes se casan a los 16 años con mujeres de 32, en un enlace que dura 16 años, tras los cuales, a los 32 de edad, se casan por segunda vez, ahora con muchachas de 16. A partir de los 48, cuando sus esposas cumplen los 32 y pasan a casarse con jóvenes de 16, ellos pueden aún contraer terceras nupcias o tomar concubinas de entre las razas inferiores. Todo muy reglado, el papel de la mujer en la casa cuando su marido se vuelve a casar, la posición de los hijos, las viudedades, etc. Los varones de la familia real casan con mujeres patagonas, para mejor mantener con la elevada talla de sus hijos la majestad de la estirpe, y éstos disponen de alas.

Alejandro, su hijo mayor Hermiatin y el de su hermano, Dagoberto, vuelan a Francia, donde raptan a literatos y artistas que conducen a la isla Cristina para el refinamiento de la nación. Después descubren la undécima isla, la de los hombres-caballos, que hacen el amor fieramente. (Restif no quería que el editor contratase las ilustraciones a un dibujante, sino que solía aportar dibujos encargados por él, que representaran fielmente su pensamiento; en el original de esta obra aparece una espléndida lámina de Binet que falta en la edición que comento, que sólo reproduce la estampa del frontispicio, el rapto de Cristina).

Luego hombres-asnos, hombres-ranas y hombres-serpientes, que tienen cuerpo de reptil con pequeños brazos y piernas, y caras humanas. Cada isla supone una aventura acorde con la especie que la habita y en cada una toman una pareja de aborígenes que conducen a la colonia para su aprendizaje del francés y su educación.

Finalmente, hombres-elefantes, hombres-leones, hombres-tigres y hombres-pájaros, que pueblan una isla distante de toda otra tierra y donde todos los animales poseen alas, incluidos los hipopótamos y los cocodrilos voladores. Los príncipes cristinos viven con ellos una experiencia que pone en riesgo sus vidas, teniendo que hacer uso de sus pistolas y hasta del cañón del barco que los acompaña.

Concluida la exploración de todas las islas de la Macropatagonia, los incansables viajeros emprenden el vuelo a la Megapatagonia, un pequeño continente, del tamaño de Francia, situado exactamente en las antípodas del país galo. Su capital es Sirap y su lengua el francés hablado al revés.

Los megapatagones son un pueblo altamente civilizado, que les brinda su hospitalidad, y uno de sus ancianos, tras leer los libros de los franceses, les enseña la realidad de todas las cosas, las naturales y las espirituales, esto es, las ideas de Restif sobre el sol y los planetas, el origen de los hombres, la práctica de la medicina, el cultivo de las artes y todo lo demás. Los metapatagones no están sólo en las antípodas geográficas de Europa, sino también en las morales.

Nos hallamos frente a una utopía más al estilo del autor, descrita por oposición a la realidad europea, en general, y a la francesa, en particular. Nosotros tenemos unas leyes justas que no cumplimos, profesamos una hermosa religión cuyos preceptos no ponemos en práctica, etc. En cambio, para los metapatagones, y como no podía ser menos, la base de su moral es el orden a que se ajustan: todos son iguales, a nadie hay que hacerle lo que uno no quisiera para sí, todos deben trabajar para el bienestar general y todos deben participar de él. Los pueblos de opresores y de esclavos son los únicos que precisan de más leyes,, las necesarias para justificar la injusticia o, lo que es lo mismo, para que muchos trabajen para el bienestar de unos pocos.

Como en toda utopía que se precie, se detallan las condiciones del trabajo y el ocio, y, cómo no podía ser menos en Restif, se regulan los matrimonios. Las mujeres, de las que hay el doble que de hombres, empezaron siendo comunes, mas el fuerte sentido de la paternidad obligó a mudar las cosas. Ahora, una vez al año, los hombres y las mujeres casados forman en dos filas, cada uno frente a su pareja, y si un hombre no está conforme con la que tiene, se cambia de sitio en la fila hasta situarse frente a la que desea. Las mujeres sobrantes son tomadas por los hombres en los períodos de embarazo o lactancia de sus esposas o ellas mismas se entregan a ellos cuando les place.

A poco que se tenga en cuenta que los metapatagones viven 200 años, cada uno podría engendrar fácilmente cien o más hijos -siempre se busca el placer, pero nunca de manera que se oponga a la propagación de la especie-, lo que en poco tiempo abocaría al continente a una superpoblación insoportable, un detalle más en que parece no haber reparado el autor.

Los viajeros abandonan esta nación y regresan a la isla Cristina, donde se promulga una constitución que en pocos artículos vuelve a desarrollar las ya conocidas ideas. Como curiosidad, recojo que los criminales son condenados a la pena de exilio en una isla desierta, entregándoseles útiles de labranza y una mujer, fea para el asaltante, deforme para el incendiario, horrible para el asesino y monstruosa para el traidor, quedando claro que el mal trato conyugal acarrea la pena de muerte. Ya ha encontrado Restif acomodo para las feas.

Nos enteramos de pasada de que los príncipes cristinos son los primeros hombres que alcanzan el Polo Sur, que sobrevuelan el 21 de diciembre de 1774. Al regreso de un último viaje a Europa, a donde vuelan para raptar a un obispo, Hermiatin salva a una familia mora, otra judía y unos cuantos protestantes de ser quemados vivos en Goa, pronunciando un duro alegato contra los portugueses.

Y así termina la historia. La obra original se remata con la Lettre d'un singe (Carta de un mono) y unas Cosmogonies, sin mayor interés, que no incluye la edición que comento.

Ya he dicho que El descubrimiento austral era una de las obras más largas e interesantes de Restif: la otra es Las póstumas, cartas recibidas después de la muerte del marido por su mujer, que lo creía en Florencia [3], escrita no mucho después que la anterior, aunque publicada veinte años más tarde, quizá porque El descubrimiento no conoció precisamente un éxito. El propio autor dejó escrito que había oído que en todo París sólo lo habían entendido dos personas, los doctores Guibert de Préval y Lebègue de Presle.

En Las póstumas, un hombre escribe a su esposa 366 cartas que le hace enviar, una a una, a partir del día de su muerte. De los cuatro tomos que componen la obra, el primero está dedicado a la metempsicosis y en el segundo empieza cuanto aquí nos importa. El protagonista encuentra a Juan Jacobo, el duque loco Multiplaindre, y pasa a narrar sus increíbles aventuras.

Este proto Superman posee a todas las mujeres que desea, tomando el cuerpo de sus esposos o amantes, a los que roba el alma y la transporta al cuerpo de distintos animales, según el humor de que se halle. En su momento pasará a mayores empeños, tomando el cuerpo del primer ministro francés e implantando una legislación basada en los "grafos", para a continuación tomar el cuerpo de los diferentes reyes europeos y establecer una permanente paz continental, cuyo cumplimiento vigilará cada cien años.

Antes de adquirir este poder de conocer el futuro, que alcanza hasta la caída de la Tierra en el Sol, ha adquirido otros, como el de volar con alas semejantes a las de Victorino, volverse invisible y permanecer en la eterna juventud, recetas que ofrece detalladamente el autor. Se desplaza por el Sistema Solar, visitando doce planetas situados más allá de Neptuno y otro más cercano al Sol que Mercurio, llamado Argus, de donde fueron originarios Moisés y Hércules, entre otros.

Pasa luego a un cometa en el cuerpo de un parásito de una pulga, estando a punto de ser aplastado por el pene de un macho que quería picarle el tiquet a la hembra. Los habitantes de los astros son todos de aspecto bien curioso y hasta poseen sentidos desconocidos para los humanos de nuestro planeta. Multiplaindre, en fin, llegará a vivir tres millones de años, terminando por convertirse en el astro central del universo.

Sería lógico imaginar que la obra concluyera en este apoteósico final, pero Restif siempre tiene algo más que decir. En su manía genesíaca, que dice Versins, las últimas cartas narran cómo un imaginario hijo de Luis XV, con gastos pagados por su padre, preña a todas las chicas bonitas que encuentra, de modo que en doce años tiene 6.000 hijos, a los que educa en una especie de falansterio en la Champagne, del que hace una reserva comunista.

Hay que resaltar esta perfomance de más de 500 vástago al año durante doce consecutivos, y no menos los sobresaltos que debió sufrir la buena señora al abrir cada día la cotidiana carta de su marido.

* * *

Este artículo se publicó en la revista Galaxia nº 18, enero-febrero 2006, Madrid, equipo Sirius [tras reprocharme con razón un lector que en mi anterior artículo sobre "Los mundos preservados" no citara las islas australes que descubrió el hombre volador de Restif: quería dedicarles un artículo entero].

 

NOTAS

1. He manejado al respecto la edición de Trianon de 1931, que reproduce grabados originales, algunos de los cuales debieron contribuir a proporcionarle esa su fama de escritor erótico.

2. Restif de la Bretonne, El descubrimiento del mundo austral por un hombre volador o El Dédalo francés (La découverte australe par un homme volant, ou le Dédale français, 1781), novela filosófica, trad. y pról. de Eugenio Pererira Salas, Santiago de Chile, Universidad de Chile, Facultad de Filosofía y Educación, Centro de Investigaciones de Historia Americana, serie Curiosa Americana nº 1, 1962, rúst. con sobrecub. 225 pp. de 19x11'5 cm.

3. Restif de la Bretonne, Les posthumes, Lettres reçues après la mort du mari, par sa femme, qui le croit à Florence, 1802.

 

 

 

 

© Augusto Uribe. No está permitida la reproducción de los contenidos de esta web sin el permiso expreso del autor.