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Varias utopías españolas hallaron ventana abierta el lector en la prensa "espectadora" de la Ilustración, la que tomó nombre del británico The Spectaor y que adquirió gran auge entre la clase culta [1] hasta que en 1791 la cortó de raíz el decreto de Carlos IV que prohibió la prensa no oficial aún antes de la ejecución de la familia real francesa, temeroso de los contagios revolucionarios que pudieran llegar de más allá de los Pirineos.

Los "papeles periódicos" eran caros y estaban sólo al alcance de una minoría de la minoría que sabía leer. Aún así, fueron el vehículo de penetración de las ideas ilustradas y burguesas. Se imprimían con el permiso del Consejo de Castilla y habían de superar la censura eclesiástica.

El más influyente de todos fue El Censor (1781-1787), dirigido por los abogados Luis María García del Cañuelo (1744-1802), hombre de carácter difícil, y Luis Marcelino Pererira (1754-1811), experto en temas económicos, que eran las cabezas visibles de un grupo de notables. Tras el cierre definitivo del periódico, Cañuelo fue acusado de hereje por la Inquisición y murió con la razón extraviada, mientras que Pererira le sobrevivió y fue un afrancesado, colaborador del gobierno de José Bonaparte.

El Censor, enciclopedista y liberal, que salía los jueves y tiraba 500 ejemplares, alcanzó los 167 discursos. Crítico social, político y religioso, sufrió tres cierres, el primero, dicho sea como anécdota, porque propuso reconquistar Gibraltar enviando cinco mil soldados con el escapulario de la Virgen del Carmen al pecho, lo que debería dejarlos fuera del alcance de las balas enemigas. Se secuestraron los ejemplares impresos y se interrumpió la publicación del periódico. En 1787 no fue bastante la Ley de Prensa de Carlos III de dos años antes, la primera que hubo en España, para impedir su desaparición.

A terra, terra remota mea
Ovidio, Tristia I, v. 128

Entre los Discursos más conocidos de El Censor figuran los que llevan los números LXI, LXIII y LXXV, fechados en 19 de febrero y 4 de marzo de 1784 y 20 de octubre de 1785, que corresponden al Viaje a la tierra de los Ayparchontes, publicado sin título ni firma y del que se tiene por autor a Cañuelo [2]. Al contrario que la Sinapia, es una utopía constructiva, que da de lado temas como el urbanismo de formas geométricas, la no existencia de propiedad privada y otros, para centrarse casi exclusivamente en la corrección de los privilegios de la nobleza y el clero, en un nuevo modelo de sociedad que no es de seres primitivos, sino de otra que ya existe, ha sido probada y funciona.

El programa progresista debió hacer poca gracia a nobles y clérigos, sumamente conservadores. La Inquisición llegó a incluir el tercer Discurso en el Índice, el Index librorum prohibitorum, por más que el viajero se cuide de situarse cautamente en una posición de defensa del orden establecido en España, aunque no llegue a salvarlo ante las convincentes razones de su mentor ayparchonte, llamado Zeblitz [3], por más que las presente como absurdas.

Todos los discursos del periódico guardan cierta continuidad y en el XXXVI se hablaba de la compra de "una mediana porción de papeles manuscritos". Los que ahora nos ocupan [4] contienen una relación moral y política de las incógnitas tierras australes, a las que dice el autor del manuscrito haber sido arrojado por una borrasca [5]. No proporciona ninguna referencia geográfica concreta, pero sí que pasó bastante tiempo en la tierra de los Ayparchontes [6], un país sumamente culto, regido por una monarquía que en principio se presenta como "en el fondo bastante parecida a la nuestra", por más que después se verá que es bien al contrario.

Los discursos LXI y LXIII, primero y segundo, están dedicados a la nobleza. Existen en el país tres clases sociales, nobles, plebeyos e infames. Lo son éstos por haber cometido delito grave; no transmiten la infamia a los hijos y aun pueden redimirse, por ejemplo alistándose en un cuerpo de tropas que se emplea en las acciones más peligrosas (como luego hemos visto en alguna película de guerra moderna, nihil novum sub sole).

Los plebeyos son los artesanos, labradores y comerciantes que carecen de hidalguía, aunque pueden acceder a ella si se muestran dignos de tal recompensa por grandes acciones.

Con respecto a los nobles, tanto el viajero como Zeblitz defienden su existencia como soporte de la monarquía, aunque los Ayparchontes son bien distintos de los españoles. Se dividen en seis categorías, la primera más alta que la segunda y así sucesivamente. Los hijos de un noble de primera son nobles de segunda, los nietos de tercera y los cuartos nietos nacen plebeyos.

Se procura así que cada ciudadano sirva al Estado desde la posición que le otorgan sus méritos y no su ascendencia. El descendiente de un noble sólo merece nobleza si se afana por seguir el espíritu de su mayor, de modo que sus dignidades recaen sólo en parte en sus sucesores y por tiempo limitado. Pueden emular a su ascendiente y conservarlas y superarlas o no hacerlo y perderlas.

Se establece la obligada diferencia con la nobleza española, que es mayor de cuanto más atrás procede. Muchos nobles europeos, ha de conceder el viajero a su guía, parten su vida en dos mitades, la una para dormir y la otra para no hacer nada [7].

El privilegio que más aprecian las clases altas ayparchontes es el de poder gravar a sus herederos con restituciones, aunque éstas se vayan perdiendo en generaciones sucesivas. Según las vinculaciones, leo en Uzcanga, había en España tierras y bienes que no podían enajenarse y los bienes estancos y las tierras en manos muertas eran para los progresistas un obstáculo para el progreso económico del país.

El tercer Discurso, el CLXII, igualmente sin título y anónimo, aunque de la misma factura, va a volver sobre la nobleza. Dicho sea como excurso, aparece precedido como de sólito de una cita latina, ésta de una Sátira de Juvenal: "praeclaro nomine tantum insignis", "sólo tengo de ilustre el nombre": la locutio impropia era término retórico en las disputas escolásticas:

"-Yo soy mejor que tú porque soy noble y tengo grandes privilegios.
"-Ve ahí una locución impropia. Dí que tus privilegios son mayores que los míos, mas no que eres mejor". 

Este Discurso está dedicado a la religión, la más perfecta después de la revelada, se apresura a decir el viajero. Para cada cien familias hay un templo y un zimbloy, que celebra las ceremonias litúrgicas y ofrece sacrificios. Para cada doscientos o trescientos zimbloys hay un tuleitz y, finalmente, hay en la capital un kastuleitz, con jurisdicción directa sobre su territorio y supremacía sobre todos los demás tuleitzs.

La analogía con sacerdotes, obispos y Papa cristianos resulta evidente. Son más queridos que los nuestros entre nosotros y respetados por su autoridad moral; resuelven la mayoría de los pleitos como árbitros de las partes. Al contrario que en España, donde el clero se inmiscuía con frecuencia en asuntos judiciales y sólo en 1771 se prohibió a los párrocos imponer multas por pecados públicos, sólo pueden castigar a un hombre con su exclusión de las prácticas religiosas.
 
Carecen de toda jurisdicción civil, que está reservada a los magistrados, no gozan de ninguna prerrogativa y están sometidos a todas las leyes y las cargas de la sociedad. Cuando son ordenados renuncian a su fortuna personal para recibir luego la remuneración justa para vivir con frugalidad, no pudiendo aceptar limosnas. Se mencionan de pasada posibles castigos después de la muerte, pero no existen sufragios por los difuntos [8].

La Iglesia ayparchonte se basa en las reformas propuestas en España por los regalistas, los defensores de las regalías de la Corona en las relaciones Iglesia-Estado. El clero ayparchonte se ocupa tan sólo de la dirección de las almas y la ayuda a los pobres.

De este modo, los hombres más apegados a las cosas de la tierra, explica Zeblitz, no intentan apoderarse del santuario. En un oscuro período hubo un monarca que colmó de riquezas a los zimbloys y los puso por encima de las leyes, lo que dio lugar a que llegara la corrupción y el despego de la religión por parte de los ciudadanos. Cada vez eran más los que querían abrazar el sacerdocio, lo que se interpretaba como fortaleza del ministerio, hasta que otro monarca comprendió que era todo lo contrario y restituyó las cosas a su antiguo régimen [9]. Leo en Gimeno, que se da un paralelismo con los Habsburgo y Carlos III.

NOTAS

1. La prensa popular la componían los almanaques y pronósticos.

2. Me he documentado sobre El Censor en general y este viaje en particular en el artículo "Viaje al País de los Ayparchontes. The Limits of a Spanish Utopia in the Eighteenth Century", de María Dolores Gimeno Puyol, incluido en Forming Utopia, de Elizabeth Russell.

3. Probable referencia al canciller Von Zedlitz, que impulsó muchas reformas durante el reinado de Federico II de Prusia.

4. He leído los tres discursos en el periódico, en edición facsímil del Instituto Feijóo de Estudios del siglo XVIII de la Universidad de Oviedo, y el primero y el tercero en el libro El Censor, de Francisco Uzcanga, de cuyas notas a pie de página he sacado información que reproduzco.

5. Es habitual en estas utopías que no se detengan en la descripción del viaje iniciático, que resuelven los autores primero con el sueño y luego con el naufragio, según se narra en un manuscrito que ha llegado a sus manos. Tampoco contienen demasiada acción, limitándose a describir las leyes, instituciones y costumbres del país visitado, que le va mostrando su mentor. En este esquema clásico, al protagonista le gustaría que se implantasen en su nación, a su regreso a ella.

6. Ayparchontes bien puede estar tomado del verbo griego huparchó, empezar, en su forma imperativa plural huparchontón, como si se fuera a empezar o instaurar algo nuevo.

7. "Le une à dormir, et l'autre à no faire rien", según el epitafio que para sí compuso La Fontaine.

8. "ad torpem lucrum", que dijo el Concilio de Trento.

9. Todavía faltaban cincuenta años para la desamortización de Mendizábal y más de una década para los primeros intentos de Godoy en ese sentido.

 

 
 
 

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