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Hace medio siglo la ciencia ficción española contó con un escritor que llegó a general del Ejército, autor de varias novelas del género y creador del famoso personaje Diego Valor. Me refiero, obviamente, a Jarber, Enrique Jarnés Bergua. Pues bien, otro medio siglo antes otro general del mismo nombre de Enrique publicó dos novelas que fueron realmente verniana la una y wellsiana la otra.

Enrique Bendito y Trujillo nació en Alicante en 1859, hijo de Mariano Bendito y Carrillo y María Trujillo y Sanz. En 1876 ingresó en la Academia de Artillería y ascendiendo siempre por antigüedad -teniendo en cuanta que el tiempo de campaña contaba el doble-, en 1918 alcanzó el empleo de General de Brigada y en 1925 el de General de División, pasando a la reserva dos año más tarde, tras permanecer casi cincuenta y dos en el Ejército.

Participó en las guerras de África, Santo Domingo y Cuba, reprimió insurrecciones republicanas y luchó en las guerras callistas. En 1887 casó con Josefa Sivelo Miguel, cuando él tenía 28 años y ella 22, y tuvo al menos una hija, María.

Sólo escribió dos libros, sendas novelas de aventuras de corte fantástico. En 1890, cuando tenía 31 años y era capitán, dio a la imprenta en Burgos El hijo del capitán Nemo [1]. No estaba destinado en Burgos, sino en Valladolid, y figura en su Hoja de Servicios que solicitó dos meses de permiso para resolver asuntos particulares, es de suponer que para atender a la edición de su novela.

Apareció ésta lujosamente presentada con una cubierta a todo color impresa por Durá, de Valencia, que estaba entonces a la cabeza de las artes gráficas, y hermosamente ilustrada por E. Barrio. Ocho años después se reeditó en Valladolid.

Es una novela larga, que quiere ser continuación de las Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne. El capitán Nemo fue en tiempos el príncipe de Dakkar, cuyo país fue asolado por los ingleses en una brutal represión contra los cipayos sublevados. Quemaron sus cosechas, derribaron sus casas y palacios y mataron a cuantos encontraron, hombres, mujeres y niños: sólo se salvaron el príncipe y uno de sus hijos.

El príncipe se convertirá en el capitán Nemo que, a su muerte, deja a su hijo sus enormes tesoros para que prodiga con ellos su lucha contra los odiados ingleses.

Estamos en 1882. Dos ingenieros escocesa, Albert y Walter Plews, se han criado como hermanos, aunque el primero es adoptado y el segundo hijo biológico. Un náufrago al que ha salvado la vida el padre de los chicos, le confía que en una isla desierta del Pacifico, en la que naufragó anteriormente, encontró al capitán Nemo moribundo. Éste le reveló dónde guardaba sus inmensas riquezas, haciéndole jurar que se lo entregaría a su hijo si un día lo hallara y, si no, lo dejaría sepultado en lo más profundo del océano.

Aventura tras aventura, con largas y accidentadas travesías por mar, amigos y enemigos, lealtades y traiciones, mediada la novela se localiza el tesoro, compuesto por enormes cantidades de oro, perlas y piedras preciosas. Y ya cerca del final se consigue por fin llegar hasta él. Está a más de siete mil meros de profundidad, en una gran cripta que guarda el tesoro, el Nautilus y el cadáver del capitán.

El primero que intenta apoderarse de él es el malvadísimo capitán Burton, que hace girar la llave de la puerta y cae carbonizado por una descarga eléctrica. Albert, en cambio, toma posesión de él y, siguiendo las instrucciones que h dejado por escrito su padre, lleva el submarino y su cuerpo hasta la India, para darle allí sepultura.

La India ya no es la misma. Una colosal inundación de las tierras bajas la ha separado del continente y la ha convertido en una isla, un territorio mucho más saludable que el anterior al haber desaparecido las contaminadas aguas del Ganges. La corriente ha arrastrado a todos los buques ingleses y el país se ha visto libre del dominio británico.

Albert y sus compañeros desembarcan triunfales en una playa, con el Nautilus remolcado por elefantes ante el delirio de la multitud que lo aclama como rey. El gran sacerdote pretende celebrarlo sacrificando a cien jóvenes vírgenes a la diosa Kali, pero un rayo que cae del cielo arroja a las muchachas lejos de la leña sobre la que ya estaban y mata al sacerdote y a sus dacoits.

El fenómeno se interpreta como de origen divino y viene a favorecer el propósito del nuevo rey de convertir a los indios a la fe cristiana. Es un monarca absoluto aunque generoso, que mantiene el ejército y la agricultura con la renta de sus riquezas. Todas las razas conviven próspera y pacíficas, incluidos los ingleses, y en Dakar se levanta un nuevo palacio, con una guardia de honor escocesa.           

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En 1899, cuando Bendito tenía 40 años y era comandante, destinado en Valladolid con otra responsabilidades, publicó su segunda novela, Un viaje a Júpiter [2], presentada de forma más modesta que la anterior y más corta, sólo 4 capítulos frente a los 38 de la otra. Era además de corte welssiano y no verniano. Recuerda en algo a Los primeros hombres en la luna, tanto por el discurso filosófico de que carecía El hijo del capitán Nemo como por la sustancia que anula la acción de la gravedad, semejante a la cavorita del autor inglés.

El viaje lo narra en primera persona Henry Hampill Yorkshire [3], de veinticinco años de edad, duque de Blane, que está recorriendo el mundo junto con su hermano Georges, de veintiuno,
duque de Maryland. El primero lo hace para instruirse y el segundo para divertirse, papeles que jugarán a lo largo de toda la novela. Nunca más volverán a aparecer sus nombres de pila, incluso entre sí se llaman Blane y Maryland.

Llegados a Cantón se disponen a tomar un vapor para Shanghai, llamando su atención en el muelle un chino de unos sesenta años y facciones que denotan energía. Oyen que le dice a su criado que la meditación para esa noche versará sobre el capítulo 48 del tomo 97 del estudio filosófico-comparativo acerca de la concepción de Dios entre las humanidades saturniana y terrestre.

Ya embarcados, degustan por la noche una copiosa cena en el comedor del barco, regada con abundantes vinos, que se inicia con tortilla de huevos de paloma, mollejas de gorrión, nidos de golondrina con huevos hilados y patitas de paloma remojadas en almíbar de naranja.

Por boca del capitán se enteran de que el chino es el ilustre Hijo del Cielo, Honorable señor Li-Tai, Chin-Lon, Kin-lo-lai, Chen-sav, Tai Moa, autor de una obra en mil tomos, profesor de filosofía en las Universidades de Pekín, Cantón y Kiang-sou, socio honorario de los Institutos Geográficos de París, Londres, Nueva York, Madrid, Roma, San Petersburgo, Constantinopla, Yedo y Melbourne, y de los observatorios astronómicos de Greenwich, París, San Fernando, Sidney y Melbourne.

A la izquierda de Blane se sienta el francés Vernier, representante de una casa de comercio de París, y la conversación deriva hacia la astronomía, a la que ambos son muy aficionados. Después de la cena reciben la invitación del señor Li-Tai para visitarlo en su camarote.

Tras las cortesías obligadas, les propone que lo acompañen en un viaje muy importante, ya que, a diferencia de otros más sabios y por lo que les ha escuchado, los dos aman de forma admirable lo más hermoso de lo que el cerebro humano puede ocuparse, la obra de Dios en toda su grandeza. El viaje es al planeta Júpiter y Vernier lo rechaza asustado, a más de que su trabajo no le deja tiempo libre para realizarlo, mientras que Blane dice que lo pensará.

Llegados a Shaghai, mientras Maryland se dispone a asistir a la representación teatral La mujer forzada o los amores de una antropófaga, Blane recibe otra invitación de Li-Tai para pasar a verlo. Su hermano cambia de planes y lo acompaña, diciendo, fiel a su estilo, que si el chino vuelve a insistir en el viaje a Júpiter, él le romperá las muelas y las mandará a filosofar por el espacio.  

El Yamen del señor Li-Tai es realmente espectacular. Los recibe en un amplio pabellón de columnas de marfil, magníficamente amueblado, donde sí vuelve a insistir en el viaje a Júpiter, diciendo a Blane que él es el hombre que llevaba tanto tiempo buscando.

Ante el interés de éste, inicia una larga charla acerca de los cuerpos ponderables, como los que conocemos en la Tierra, y los imponderables, como el éter, que no está sometido a la acción de la gravitación universal sino que es el medio a través del cual se transmite. Si no existiera el éter, los astros flotarían sin rumbo en el espacio y terminarían chocando unos con otros.

Hay otros universos que contienen otros mundos en los que no rigen las leyes físicas del nuestro. Li-Tai ha encontrado en una cantera de mármol negro, incrustada entre sus piedras, una sustancia ajena al éter e insensible por tanto a todas las fuerzas conocidas. No pesa; si se la arroja al aire o al suelo, ni asciende ni cae; si se la deja dentro de un líquido, ni sube a la superficie ni se va al fondo. Expuesta al mayor calor o al frío más intenso, ni se dilata ni se contrae, ni experimenta cambio alguno de temperatura, que por otra parte no se puede medir. Golpeada con la mayor violencia ni sufre el menor daño ni siquiera hace ruido.

Pasan a otra estancia, que no es sino una esfera de marfil, recubierta de amianto, de doce metros de diámetro. Sobre ella, sujeta a un mecanismo giratorio, se mantiene a un paraguas, está la sustancia maravillosa. Si se situara bajo la esfera, haría que ésta dejara de sentir la fuerza de la gravedad para ser atraída por los astros que hubiera en el cielo por encima de ella.

Cada doscientos años, y el de hoy es uno de esos días, por un breve espacio de tiempo no está sobre la Tierra más que el planeta Júpiter, ningún otro gran cuerpo celeste. El filósofo, que ha visitado ya todos los demás planetas del Sistema Solar, aguardaba este momento para viajar al que le restan por conocer.

Así que hace que la sustancia maravillosa gire 180º y la esfera se eleve lentamente, sometida a la sola atracción de Júpiter, para el que la aceleración de su gravedad es de 25'02 m/seg2 en su superficie [4] y evidentemente muchísimo menor a tan gran distancia, donde no llega ni a la millonésima parte de la de la Tierra. No obstante, sometida nada más que a esa aceleración constantemente creciente, llega a adquirir una velocidad de 8 millones de Km/h. El viaje hasta Júpiter, que dista 800 millones de kilómetros de la Tierra [5] se llevaría a cabo en 73 horas y 14 minutos si se hiciera en línea recta. Mas como la línea que recorren contiene numerosas inflexiones, a causa de las atracciones laterales de los pequeños asteroides que pasan a su lado, el tiempo se eleva a 85 horas y 27 minutos.

Preocupa a Blane cómo disminuirán su velocidad al llegar a Júpiter y si sus cuerpos podrán resistir la gravedad del gran planeta, donde pesarán vez y media más que en la Tierra. El filósofo lo tranquiliza, todo lo tiene previsto y calculado.

Pronto llega el momento en que distinguen a simple vista las cinco lunas jovianas, las cetro conocidas por Galileo casi tres siglos antes y una quinta, Amaltea, descubierta por Barnarad en 1892 y que ya no lleva nombres de amantes de Júpiter, como Ío, Europa,, Ganímedes y Calixto, sino de la cabra que lo amamantó. El autor aprovecha la ocasión para mostrar su erudición al respecto, describiendo estas lunas, probablemente para      ºmayor verosimilitud al relato.

Júpiter es un planeta majestuoso, con una superficie amarillenta surcada por bandas rojas, blancas y verdes paralelas al Ecuador, y los más caprichosos y variados juegos de luz.

Li-Tai proporciona a Maryland los datos astronómicos del planeta, nuevamente acertados, y se complace en experimentos como el de dotar a la esfera de una atmósfera artificial y de un anillo, que luego se transforma en una luna, siempre con gran lujo de detalles.

Y esa noche celebran una cena en la que brindan con champagne.

-¡Por John Bull! -alza su copa Maryland- ¿Cómo no sois inglés, señor Li-Tai?

El criado Kao brinda por el único conocedor de los secretos del Cielo, representación única también de la ciencia y el saber de las humanidades que pueblan los espacios. El filósofo brinda a su vez por la Creación sin límites de la Sabiduría Eterna, hacia cuyos confines infinitos sólo por medio de la Ciencia pueden encaminarse las almas.

Júpiter va cubriendo todo su campo de visión y lo ven, con sus lunas, como un Sistema Solar en miniatura [6]. Hasta que llega el momento en que están sobre el planeta. La esfera, el vagón de marfil, parece dirigirse hacha una abertura que existe en el Ecuador, cuyas cambiantes luces y variados tonos se complace largamente en describir el autor.

Maryland se aterra, grita que no está dispuesto a que lo cojan y lo exhiban en sus ferias metido en una jaula y aprieta el resorte que cree que invertirá el sentido del viaje. Se equivoca y lo que hace es abrir el depósito del mercurio, cuyo contenido se pierde, lo que provoca una pérdida de peso en el vehículo que hará que no llegue a la superficie del planeta sino que se quede en su atmósfera.

Li-Tai monta realmente en cólera. Le dice a Maryland que cobardes como él no merecen sino el calabozo, adónde se dispone a conducirlo, y que su inteligencia está mas cerca de la de las babosas que se arrastran que de la de los eres pensantes.

Pronto los ilumina una luz vivísima, escuchan un gran ruido como de silbido prolongado y crujen las paredes de la esfera. Se han detenido en la atmósfera de Júpiter, una hermosísima atmósfera verde transparente. Los últimos rayos del sol poniente dibujaban sobre las nubes doradas que aparecían a sus pies debilitadas luces con reflejos de mil colores, al tiempo que brillaban las lunas que se deslizaban rápidas sobre ellos. Las descripciones que hace el autor son todas coloristas y prestan gran viveza a la narración

Al amanecer, se sumergen en una atmósfera de fuego en la que deslumbran los relámpagos y retumba el trueno. Después los impactan miles de martillazos, como de golpes de granizo, y, finalmente, se detienen en el punto más bajo que pueden alcanzar.

Allí son rodeados por una multitud de siluetas blanquecinas que vuelan a su alrededor, cambian de forma y se desplazan tan rápidamente que apenas pueden los viajeros fijar su vista en ellas. Creen que son los habitantes de Júpiter, pero su contemplación no dura nada más que unos instantes, una corriente los arrastra lejos.

Cuando desaparecen las nubes, aparecen espléndidas visiones de las cinco lunas reflejando sus luces sobre un inmenso océano y después los envuelve una luz roja intensísima al cruzar la mancha roja. Se distingue al amanecer un puntito brillante, que es la Tierra, la estrella de la mañana de Júpiter.

Un ruido de engranajes hace ver que la esfera cambia de dirección. El señor Li-Tai dice a su criado Kao que la meditación para la primera víspera será la del tomo 481, capítulo 12, donde se demuestra que la humanidad terrestre en general es indigna todavía de saber lo que pasa en los Cielos-

Tiene unas palabras de desprecio para Maryland, dice a Blane que está invitado a hacer con él un nuevo viaje a Júpiter que va a emprender de inmediato, esta vez habiendo de hacer escala en Marte porque las condiciones astronómicas ya no son evidentemente las mismas.

 

NOTAS

1. Bendito y Trujillo, Enrique. El hijo del capitán Nemo. Viajes y aventuras, Burgos, 1890, Hijos de Santiago Rodríguez, Biblioteca Azul y Rosa nº 1; tapa dura en color, 428 pp. de 26x16 cm. Reeditado en Valladolid en 1898 por A. Rivers and Co.

2. Bendito y Trujillo, Enrique. Un viaje á Júpiter, Valladolid, 1899, Jorge Montero, 32 pp. de 28x21 cm. + portada y cubierta en papel.

3. Ha heredado sus apellidos a la manera española, pues es hijo de lord Edmond Hampill y lady Doll Yorkshire.

4. Es un dato bastante exacto, yo la he calculado en 24'62 n/m/seg2 con los datos de mi más moderna enciclopedia-

5. Éste es el dato más inexacto que maneja el autor, pues la distancia es tan sólo de 584 millones de kilómetros. No significa cosa mayor en los cálculos, pues todo depende de cuando la esfera inicie su frenado, que no se detalla.

6. Es un espectáculo que, bajo cielos despejados, puede verse muchas noches con la ayuda de unos gemelos de no demasiados aumentos. Y claramente desde cualquier Observatorio, en una visita concertada o programada.

 

 
 

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