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"Somos como los presos que, de espaldas a la
luz, toman por realidades las sombras de los seres
que pasan ante los hierros de sus calabozos"
Platón. Diálogos

"Malgré son nom imparfait, on ne saurait
considérer, en effet, la quatrième dimension
comme une quatrième mesure ajoutèe aux trois
autres, mais plutôt comme une façon platonicienne
d'entender l'Universe"
Pawlowski
. L'âme silencieuse   

Francisco Vera Fernández de Córdoba nació en Alconchel, Badajoz, el 26 de febrero de 1888. Masón y teósofo por influencia de Roso de Luna, licenciado en Ciencia Exactas, amigo y discípulo de Rey Pastor, vivió por un tiempo en París y, a su regreso a España, fue funcionario del Tribunal de Cuentas y cultivó la literatura y el periodismo, escribiendo más de sesenta obras y colaborando por veinticinco años en El Liberal de Madrid.

Fue orgullosamente español de izquierdas, con ideas krausistas y einstenianas. Como curiosidad, elaboró el código criptográfico para las comunicaciones secretas del Ejército de la República y, tras la guerra civil, se exiló en Argentina, donde llegó a ser catedrático de la Universidad Nacional. Falleció en Buenos Aires el 31 de julio de 1967.

He tomado sus datos biográficos del prólogo de Pecellín a la reedición de El hombre bicuadrado [1], que es una novela narrada en primera persona por un protagonista cuya vida, fantasías novelescas aparte, corre paralela a la del autor, funcionario por las mañanas en Hacienda, profesor de álgebra por las tardes en una academia y asistente en su tiempo libre a las tertulias de El Gato Negro.

La obra se asienta sobre una marcada base de costumbrismo, suspense y especulación matemática. Añade a las tres dimensiones una cuarta, que no es la del tiempo, como escribe Pecelín, sino una más del espacio, una dimensión puramente geométrica que descubre antes de tiempo con las citas que reproduce al principio, restándole emoción a la intriga.

Arranca como una típica novela costumbrista, un carácter que nunca va a perder, en cuya acción se van introduciendo pequeños fenómenos extraños que crean el suspense al tiempo que perturban grandemente la mente del narrador. El primero es la inexplicable e inexplicada caída de un Gabinete que da lugar a una crisis de Gobierno que ni se esperaba ni se resuelve. El segundo es la misteriosa desaparición de La maja desnuda de Goya del Museo del Prado, sin que nadie se aperciba de ello.

Se producen luego acontecimientos menores que interesan tanto al protagonista que ha de justificarse diciendo que lo domina una fuerza superior a él, que hay alguien que le manda.

Oye por la calle cómo un señor le dice a otro "es ese quien tiene la culpa", e inmediatamente se pone a seguirlos hasta las puertas el Teatro Real, donde se despiden citándose para la tarde siguiente en el hotel Palace, "donde habrá grandes noticias".

Mientras asiste a la representación de Tristán e Isolda, de Wagner, advierte que los dos hombres a los que ha seguido entran y salen de un palco ocupado por una joven y su madre, palco en el que entra asimismo un hombre de edad, bajito y rechoncho. Con el último suspiro d Isolda, se escucha un terrible grito de dolor y de angustia, desapareciendo la joven como si se esfumara en el espacio.

Dice al día siguiente el ABC que se trataba de la bellísima señorita P.H., sobrina del señor A.R., que es quien habló de la culpa y se citó con su amigo en el Palace. Las iniciales, escribe Vera, están a medio camino entre el nombre y el anonimato, son tan descaradas para los conocidos como herméticas para los desconocidos. Dice también el diario que el señor A.R. ha presentado en el juzgado de guardia una denuncia contra un joven diplomático, pariente cercano de un señor bajito que era el otro que estaba en el palco.

Esa misma mañana nuestro hombre acude a su oficina de la Delegación de Hacienda, paga los cafés porque ese día le toca a él mantener el "vicio administrativo y a última hora recibe una carta que dice: "No vayas esta tarde al Palace y espera en tu casa, a las cinco, a tu amigo antiguo. Silverio Ríos".

Con lo que pasa a relatarnos su vida, la academia de su pueblo en la que coincidió con Ríos y su posterior encuentro en París. Coinciden en El ocaso de los dioses -Vera debía ser wagneriano- y, mientras están cenando, el paso de una rubia vaporosa afecta de tal modo a Ríos que, a pesar de al día siguiente ha de partir hacia Constantinopla, donde es el embajador de España, se emborracha hasta caer redondo. Lo último que le dice a su amigo es: "No te preocupes, algún día lo comprenderás todo".

Estamos decididamente ante una novela de intriga. La letra de la carta es inconfundible de Ríos, mas conoce por su jefe que Ríos ha muerto hace dos años al caerse de un caballo, todos los periódicos lo publicaron. En su casa, a la hora de la comida, recibe otra misiva: "Un incidente imprevisto, ocasionado por una torpeza del señor Renovales, me impide ir a tu casa a las cinco. Te repito que no vayas esta tarde al Palace porque perderás el tiempo, no ocurrirá nada. Procuraré verte mañana. Silverio".

La carta la ha traído un botones del Ritz, así que se dirige a este hotel y lo interroga. Se la dio en mano un señor cuya descripción coincide con la de Ríos, con una gran cicatriz en la cara, que hablaba en un idioma desconocido con otro señor mayor y bajito. El narrador llega a la conclusión de que se trata efectivamente de Ríos, que es el diplomático al que A.R. ha puesto la denuncia, y que el señor A.R. es el señor Renovales.

Luego pierde en vano su tiempo en el Palace y, ensimismado en sus cavilaciones camina por la calle y está a punto de ser atropellado por un automóvil, en cuyo interior divisa fugazmente a Ríos y a la joven desaparecida en el palco del Real. Y ya entrada la noche tiene lugar una escena típica de café; en uno al final de la calle de Atocha va a ver, para distraerse, a un par de jóvenes amigos que están traduciendo una Historia monumental para un editor que los ecxplota. Tras los comentarios que cabría esperar sobre el mundo literario y el mundillo editorial, entra en el café un tipo estrafalario.

A primera vista se le podría tomar por un vertebrado y, visto más de cerca, hasta por un antropoide. Le es presentado como Rodolfo Lope de Gracia, Rodrigo López García, genio cosmogónico. Tolera toda clase de burlas porque vive sin trabajar y le compensa soportarlas a cambio de un café con leche y media tostada. Mas cuenta algo que interesa sobremanera al protagonista.

Caminando por los soportales de la Plaza Mayor escuchó tras de sí el ruido inconfundible de unos pasos de un hombre y una mujer que lo seguían, mas al volverse no vio a nadie. Se detuvo, los pasos lo adelantaron y, al llegar a un paso embarrado, distinguió las huellas de un zapato de hombre y otro de mujer.

Nuestro hombre estaba preocupado por cómo sabía Ríos de su propósito de acudir al Palace, de que no iba a encontrar a nadie en él y de cómo podría seguir vivo después de que los periódicos anunciaran su muerte dos años antes en Constantinopla. Y no menos preocupado por los acontecimientos extraños que estaban sucediendo y que ahora relaciona con esos pasos invisibles.

Los diarios de la mañana informaban de que el joven diplomático había abandonado repentinamente el hotel de Madrid en que se alojaba y tomado el expreso de Andalucía con billete hasta Sevilla, aunque ni llegó a la estación hispalense ni se apeó en ninguna otra del trayecto. También había desaparecido su equipaje facturado.

En la Puerta del sol, entre una espesa niebla, se apiñaban ante el quiosco ce El Liberal los ávidos de noticias sobre la crisis, que se resistía a todos los intentos para resolverla, mientras los hombres públicos guardaban un insólito silencio. La prensa antidinástica se frotaba las manos pensando si la incapacidad del Monarca para resolverla podría ser el principio del advenimiento de sus ideales.

Y corrían los rumores más disparatados, que si el tren que se dirigía a Irún llevaba a la frontera vagones repletos de muebles de Palacio, que si Alemania había exigido que le cediéramos una base naval en el Mediterráneo, que si Francia, que si Inglaterra..., el autor no pierde ocasión de distraer al lector con detalles ajenos a la acción central de la novela.

Camino de su casa el propio protagonista siente pasos tras él, que se detienen cuando él se detiene y lo siguen hasta su portal cuando camina. Duerme poco y mal y muy pronto lo despierta la criada para a anunciarle la visita de un señor muy raro. Es el genio cosmogónico, ratón de biblioteca, quien le entrega unos apuntes que ha tomado del libro Las fronteras de la locura, de Calar.

 Acierta de plano con el diagnóstico de la enfermedad de su visitado, acierta con su modo de ser, con su idiosincrasia, y el enfermo reconoce que su espíritu siempre se está haciendo preguntas, las más veces pueriles, pero que le producen un desasosiego, una inquietud, un daño horrible.

Le encarga que compruebe en los periódicos atrasados la muerte de Ríos a cambio de otro café con leche y media tostada. Más tarde de lo previsto se presenta el pobre diablo, jadeante, pálido, sudoroso, que la da la mano con una frialdad de cadáver.

Le confirma la noticia de la muerte de Ríos dos años antes y después le dice que en el mismo sitio que el día anterior sintió los mismos pasos que lo seguían, que llegó al café dando vueltas y revueltas y que, al apoyar aliviado la mano sobre el picaporte de la puerta para abrirla, sintió aterrorizado que otra mano se posaba en su hombro y lo apretaba.

Haciendo un esfuerzo de que no se creía capaz,, alargó su otra mano hacia su hombro y tocó una mano enguantada. Se encogió todo lo que pudo, como para aniquilarse, y volvió l cabeza sin ver a nadie. Sus dientes castañetearon, un escalofrío recorrió todo su cuerpo y, cuando creía que iba a desmayarse de miedo, oyó una voz que decía claramente a sus oído: "Idiotas, tú y quien te está esperando". Las descripciones que hace el autor motivan tanto al lector como los hechos mismos a que se refieren, por más que haya de aligerarlas o suprimirlas.

"Se comprende que un hombre valeroso no se asuste si ve que un asesino avanza hacia él esgrimiendo un puñal; pero si ese mismo hombre viera levantarse a un cadáver de su ataúd, no podría reprimir un movimiento de terror". Eso es lo que la ha ocurrido al genio cosmogónico cuando ha visto reflejada en un espejo del café una cara amarilla cruzada por una terrible cicatriz.

El protagonista toma un coche y lo lleva a su casa, continuando después hacia la suya, hasta que el caballo da un respingo brusco y se niega a seguir tirando, imprimiendo una violenta sacudida al vehículo. No se ve a nadie, mas parece que alguien ha tenido que retener al animal, que no da un paso por más que lo azota el cochero. Nuestro hombre está verdaderamente asustado, no puede sino pensar en alucinaciones y fantasmas y piensa que está empezando a volverse loco. y está a punto de caer cuando el carruaje arranca de pronto de nuevo.

En la plaza de Oriente tropieza con una multitud que vitorea al nuevo Gabinete, integrado por los dirigentes de todos los partidos con representación parlamentaria y presidido por un señor austero y digno, que lleva años alejado de la política, como crítico imparcial de la vida pública.

A primera hora recibe la visita de Ríos. Está más pálido que la última vez que lo viera en París, es ahora rubio, lleva lentes y una gran cicatriz le cruza la cara desde la feote. Se funden en un largo abrazo y, desconcertado, le pregunta por decir algo:

-Pero, ¿tú no eras moreno?

-Lo fui, pero la caída me produjo una alopecia total y luego el cabello me salió rubio. También me quedé miope.

Pasa un vendedor de El liberal, voceando que se ha resuelto la crisis y ha reaparecido La maja de Goya en el Museo del Prado.

-Yo la robé y yo la devolví -dice Silverio-. Tómatelo todo con calma y escúchame sin prejuicios para que puedas entender cuanto ha pasado en estos días, empezando porque los periódicos sí rectificaron en su momento la noticia de mi muerte.

"Descubrí tras el accidente que podía moverme a mi voluntad por la cuarta dimensión". Y sigue la explicación clásica, que resumo para los no iniciados, en el sentido de que un hombre de dos dimensiones sólo conocería de la tercera lo que cortase su plano, nada que se moviera un milímetro por encima o por debajo de él. Y que, si alguien hiciera girar en esa tercera dimensión una figura simétrica de otra, para hacerla coincidir con la primera, no lo podría comprender.

Lo mismo nos sucede a los hombres de la tercera dimensión, que nada más alcanzamos a ver de la cuarta lo que penetra en la tercera. Si, por ejemplo, se pudiera girar un guante derecho convirtiéndolo en un izquierdo, sería una prueba de la existencia de esta cuarta dimensión.

Silverio desaparece aunque le deja en la portería una nota que dice: "Supongo que estás convencido de mi superioridad sobre todos los hombres. Te espero esta tarde, a las cinco, en mi domicilio provisional, Princesa 147".

Allí se presenta puntual y se entera de que su amigo se llama a sí mismo bicuadrado, porque su cuerpo está limitado por cubos, de modo que tiene cuatro aristas perpendiculares entre sí en cada vértice.

Le cuenta cómo, al llegar a Madrid, le expuso al Presidente del Consejo de Ministros un plan completo de reorganización de la vida nacional y, como éste no lo tomara en consideración, se volvió invisible -puede penetrar en la cuarta dimensión con sólo pensarlo y desearlo- y le dio de bofetadas y puntapiés.

Cuando entraron los ministros y el Presidente les relató lo sucedido, pensaron que se había vuelto loco, hasta que Ríos hizo lo mismo con ellos, tirando todos los objetos por los suelos e insultándolos al tiempo que los golpeaba y los pateaba. Tl fue el origen de la crisis.

La señorita P.H. es Pilar, sobrina de A.R., Alejandro Renovales. La guerra europea la trajo de vuelta a España y su familia inventó que había estado con unos tíos en Rusia para justificar su ausencia y ocultar su pasado, de modo que fuera admitida en la alta sociedad. Ríos la raptó en el palco del Real y, cuando la narración llega a este punto, entra Pilar en la habitación: trigueño, de ojos azul cobalto, pestañas largas y manos fusiformes, como las de las madonas que pintó fra Filippo Lippi. Es la chica monísima del restaurante nocturno de la calle Pigalle, de París.

Entra asimismo el señor bajito y rechoncho, que es el padre de Silverio, y éste, que se va excitando de un modo alarmante, da cuenta de sus proyectos. No es una utopía lo que propone, sino una locura irrealizable. Su padre lo mira con ojos de compasión.

Al día siguiente se presenta desencajado en el despacho del protagonista Don Leoncio Ríos, el padre Silverio. Echándose a llorar, le dice que su hijo acababa de pegarse un tiro. 

 

NOTAS

Francisco Vera. El hombre bicuadrado (novela), Madrid, 1926, Sáez Hnos., rúst., 195 págs. de 18x12 cm. Reeditado en 2004 en Sevilla por Renacimiento, Biblioteca de Rescate nº 9, rúst., 141 págs. de 21x15 cm., prólogo de Manuel Pecellín.

 

 
 

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