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IV. Blanquerna de Raimundo Lulio

Me enfrenté a Blanquerna con ganas; después de una narración en latín, otra en árabe y una más en castellano, me apetecía una en catalán. También con aprensión, pues el libro estaba en la gran biblioteca de mi padre y nunca me había decidido a leerlo. Así que empecé de la misma manera que lo hice con El filósofo autodidacto.

El libro de Evast y Blanquerna, escrito entre 1283 y 1286 por Ramon Llull / Raimundo Lulio, lo cita igualmente Versins en su Enciclopedia y lo califica Saiz Cidoncha en su Tesis como de carácter lejanamente afín a la utopía. Dice después Carlos que para Núñez Ladeveze no es más que una simple quimera y que Menéndez Pelayo sí lo tiene por utopía.

¿Qué utopía? Pues la que el libro presenta es una piadosa utopía cristiana en la que “todos los entuertos serán enderezados y todos los oficios del mundo restituidos a la buena intención primera con que comenzaron en sus comienzos”.

Menéndez Pelayo le dedica muchas páginas en su Antología general, donde se lee que “la biografía de Lulio es una novela: pocas ofrecen más variedades y peripecias. Nacido en Palma de Mallorca el 25 de enero de 1235, hijo de uno de los caballeros catalanes que siguieron a Jaime I en la conquista de la mayor de las islas baleares, entró desde muy joven en palacio, adonde lo llamaba lo ilustre de su cuna. Liviana fue su juventud, pasada entre risas y diversiones, cuando no en torpes amoríos. Ni el alto cargo de senescal que tenía en la corte del rey de Mallorca, ni el matrimonio que por orden del monarca contrajo, fueron parte a traerle al buen camino. La tradición, inspiradora de muchos poetas, ha conservado el recuerdo de los amores de Raimundo con la hermosa genovesa Ambrosia del Castello (otros la llaman Leonora), en cuyo seguimiento penetró una vez a caballo por la iglesia de Santa Eulalia, con escándalo y horror de los fieles que asistían a los oficios. Y añade la tradición que sólo pudo la dama contenerlo mostrándole un pecho devorado por un cáncer [1].”

Otra tradición extendida sostiene que él mismo dijo que padeció por cinco noches consecutivas otras tantas visiones de Cristo crucificado que le conmovieron el alma. Por una u otra causas, probablemente por ninguna de las dos, a los 30 años de edad su vida sufrió una transformación radical para dar paso al misionero, ensayista, novelista, divulgador científico, explorador, astrónomo, navegante, filósofo, inventor y otras cosas más. Vendió todas sus propiedades y adelantó la herencia a su mujer y a sus hijos para atender a la llamada de Dios.

Fue toda una de las grandes figuras de la Edad Media y dejó una obra ingente, de no menos de 300 composiciones, escritas en catalán, latín y árabe. Compró en Palma un esclavo musulmán que le enseñó el árabe y los mojes cistercienses de La Real le enseñaron el latín, la gramática y la filosofía.

Tenía poco más de 40 años cuando Jaime II de Mallorca, del que había sido preceptor, lo llamó a la capital del reino, y en el castillo de Montpellier pudo empezar a escribir largamente en paz.

Le dominaron tres pensamientos: la Cruzada a Tierra Santa, la predicación a judíos y musulmanes, y el hallar un método y una ciencia nueva que pudiese demostrar verdaderamente las verdades de la religión cristiana para convencer a los que vivían fuera de ella.

Ni el papa Juan XXI ni su sucesor, Nicolás II, atendieron a sus exigencias de Cruzada, y entonces inició una Cruzada personal que lo llevó a rancia, Alemania, Italia, Asia Menor, Tierra Santa y el Magreb. Después, tras recibir su título de magiser por la Universidad de París, viajó a Roma para exponer sus proyectos de reforma de la Iglesia. No le escucharon, a lo que contribuyó que pedía también financiación para su cruzada.

Ingresó en la Orden Tercera de San Francisco y en el Concilio de Viena no se sabe en qué medida estuvo con los dominicos [2]. Tras el Concilio viajó a Túnez, siempre para predicar a los musulmanes, muriendo a bordo del navío en que regresaba a Mallorca, a finales de 1315 o comienzos de 1336.

Dice Menéndez Pelayo de Blanquerna que “no se acerque a este libro quien no tenga el ánimo educado para sentir lo primitivo, lo rústico y lo candoroso”. Y está bien dicho.

Yo he manejado mi edición heredada, que es la de 1929 [3], de letra grande y cómoda lectura, y se me ha atragantó esta lectura. 73 capítulos de los que siete tratan de las faltas que se cometen contra la fe, la esperanza, la caridad, la justicia, la prudencia, la fortaleza y la templanza; ocho están dedicados, una por capítulo, a las bienaventuranzas; cinco a glosar el Ave María, desde el gratia plena hastael ora pro nobis, y ¡diecisiete! a la mayor gloria del Gloria de la misa, desde el Gloria in exccelsis Deo hasta el Tu solus Altissimus. Además los que tratan de la inteligencia, los sentimientos, la devoción, el buen uso de los sentidos, la perseverancia, la obediencia, el consejo, la vanagloria, la consolación, el valor, la tentación y la penitencia. Más de la mitad del libro (es una manera de hablar, porque Blanquerna lo componen cinco libros) es un devocionario.

Restan capítulos doctrinales, como los dedicados a los diez mandamientos, la esencia de de Dios y otras cuestiones. La lectura de unos y otros casi se puede sustituir por la del índice. Pongo un ejemplo: “Trata de la disputa de qualibet, esto es, de varias cuestiones que el obispo Blanquerna ordenó se tuvieses en su presencia para tener ocasión de saber mejor regular y ordenar su Obispado en todo lo que fuese menester, y de las diez cuestiones que entre otras se le propusieron, a quienes no quiso dar solución, sí que las llevó a Roma a proponerlas al Papa y a los Cardenales que allí se decidiesen. Y cómo en el tiempo en que se habían de resolver murió el Papa”.

Quizá he detallado tanto la vida de Lulio porque se ha dicho de Blanquerna que es una suerte de idílica autobiografía. No es así, en todo caso no de quien fue, sino de quien le habría gustado ser, a la manera en que los Paralipómenos, esto es, los libros de las Crónicas del Antiguo Testamento, ponen como ejemplo en clave midrásica a un David ideal, todo virtud y nada pecado, que reemplaza al David real de los libro de Samuel. Digo como maldad, ¿fue llegar al Papado un sueño secreto del autor?

La parte narrativa de la novela cuenta la vida de un noble llamado Blanquerna [4], hijo de Evast, que anhelaba vivir una vida de celibato y privaciones, al tiempo que experimentar el placer y el mundo, una pasión contradictoria que transmitió a su hijo. Aloma, la madre quería que Blanquerna casase con Cana, a la que el padre convenció de que ingresase en un convento. Su hijo deseaba vivir la vida del ermitaño, aunque era tentado por la sensualidad.

Convertido en monje, empieza por santificar los oficios subalternos, después es elegido abad del monasterio, obispo y papa, en una ingenua y hasta infantil sucesión que se ve venir desde el principio: es elegido abad porque es clamorosamente el mejor de los monjes, obispo porque es el mejor de los abades, y papa porque es el mejor de los obispos. Aún así es humano y lo siguen asediando las tentaciones.

La novela realiza entonces un recorrido por el mundo de los suburbios romanos, con su trastienda de ladrones y prostitutas, y la más que reprobable interacción de ese mundo subterráneo con las más altas esferas de la vida romana, incluidos papas, cardenales y emperadores. Por más que sea una condena, se agradece este capítulo después de tantos otros de pura piedad.

El mundo nuevo que se inicia con las sabias decisiones que toma la abadesa Cana en su convento y culmina el Papa Blanquerna con sus no menos sabias decisiones y reformas desde el pontificado, ese mundo nuevo, repito, es lo que tiene de utopía esta obra.

¿Qué utopía? Digo otra vez lo que dije al principio; lo que el libro presenta es una piadosa utopía cristiana en la que “todos los entuertos serán enderezados y todos los oficios del mundo restituidos a la buena intención primera con que comenzaron en sus comienzos”.

NOTAS

1. La fecha de su nacimiento parece inexacta, se le supone nacido a finales de 1232 o comienzos de 1233. Sus padres fueron Ramon Amat Llull e Isabel d’Erill, su esposa Blanca Picay y sus hijos Magdalena y Domènec.

2. Los dominicos eran muy severos, tanto que en los tribunales eclesiásticos se sentaba un franciscano por cada dos dominicos, para que los moderasen.

3. Raimundo Lulio, Blanquerna (maestro de la perfección cristiana), Espasa-Calpe, Biblioteca de Filósofos españoles, Imprenta La Rafa (Abtao 4), Madrid, 1929, cartoné, intonso, 2 tomos de 287 y 258 páginas, 11 pesetas.

4. Blanquerna era el palacio de Constantinopla en que residieron los emperadores bizantinos durante ocho siglos a partir de la fundación misma del Imperio Romano de oriente.

 

 
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