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En la factoría francesa de Kota, Efrain Azur es el encargado de adquirir para la Compañía colmillos de elefante, pieles de tigre y leopardo, caucho, aceite de palma y otros productos. Un día llega hasta allí un indígena que porta un collar de bejucos, un gri-gris o amuleto para protegerse de la picadura de las serpientes, del que pende una esmeralda incrustada en un pedrusco de granito. Esto excita tanto la curiosidad de Azur como su ambición y, acompañado por su fiel boy Bolané y cuatro fornidos negros que serán sus remeros, remonta en un cayuco el curso del río Ubanghi en busca de un terreno sembrado de esmeraldas.

Como UNA novela de aventuras en África, así comienza En la selvática Bribonicia [1], subtitulada Historia novelada de un país que quisieron civilizarlo, subtítulo que aparece sólo en la cubierta del libro, no en la portada, como un reclamo publicitario que posiblemente no se debe a su autor, que sabía lo bastante como para haber escrito correctamente "de un país que quisieron civilizar" o "al que quisieron civilizar".

Este autor fue José Mas Laglera, hijo del poeta José Mas Prat. Nació en Écija (Sevilla) en 1885 y a los doce años perdió a su padre, por lo que marchó joven a Fernando Poo para ayudar a su familia. En 1909 se trasladó a Madrid, aunque siguió compartiendo su tiempo con Sevilla, a la que tan ligado estuvo, como también a la isla guineana. A partir de 1915 desarrolló una intensa actividad literaria, llegando a publicar treinta novelas. Falleció en la capital en 1941, tras sufrir penosos apuros económicos después de la guerra.

En la relación de "obras publicadas" que figura en sus libros, las que aparecen clasificadas como "novelas sevillanas" son las más y las que más fama le dieron: fue el novelista sevillano por excelencia, aunque escribió asimismo de otras regiones, como Castilla o Galicia. En la misma relación aparecen otros apartados y En la selvática Bribonicia se incluye entre las "novelas docentes". Pasa por ser una de las mejores, junto con la que la siguió, El rebaño hambriento en la tierra feraz, donde denuncia los problemas sociales del campo andaluz y la desoladora situación de sus braceros.

Se le ha calificado como el "Blasco Ibáñez andaluz", pero creo que tiene razón Caudet [2] cuando lo encuadra entre Blasco y los escritores sociales posteriores. Sus novelas, siempre coloristas, rebasan el ámbito del costumbrismo para penetrar en el de la problemática social. Como él mismo dijo en una ocasión:

"El novelista de raza necesariamente ha de transformar nuestra genuina novela de costumbres -vacua y pueril a veces- y hacer de ella algo más humano, más hondo, más orgánico. Es decir, que lo meramente pintoresco ocupe lugar secundario. Desde mi iniciación como novelista seguí este plan." [3]

Es cierto que evolucionó progresivamente, pasando de confiar la solución de los problemas sociales al destino o la justicia divina a encontrarla en la acción humana y la justicia del pueblo, que aprende a través de un proceso histórico y termina por rebelarse y hacer la revolución. Y el autor procura que el lector siga el mismo proceso de concienciación. En la selvática Bribonicia, moralizante en su propósito, es también una novela de política ficción, una de las primeras de la era republicana y, ciertamente, la primera que advierte del posible fracaso de la República desde dentro.

Como Bejarano en Turistas en España [4] y otros varios, entiende José Mas que la II República Española es un régimen burgués que conserva las antiguas estructuras sociales, limitándose a trocar la testa coronada por una cabeza con sombrero. En lo que yerra es en suponer que las fuerzas de la reacción que acabarán con la República serán las de la verdadera izquierda.

Encuentra Azur -vuelvo a la trama de la novela- el territorio que busca y los indígenas que lo habitan, cuyo idioma entiende porque es parecido a otros dialectos de la región, le advierten de que puede descansar en su poblado, Brhibo, el más grande de Brhiba, y luego marcharse sin traficar para nada con ellos, que consideran el comercio como una forma de robo. Tienen agua, vino, comida, sol y mujeres, que es todo lo que precisan.

Azur responde amablemente a quien le ha hablado, de nombre Sioko, que actúa como portavoz porque es el más alto de la tribu y, por tanto, el que está más cerca del cielo: esa es toda su religión. Por lo demás, lo poseen todo en común, incluso las mujeres y los hijos. Componen un conglomerado de hombres que, sin proponérselo, de un modo intuitivo, practican un comunismo selvático que les ha llevado al cercenamiento de las pasiones y a la supresión de todo dolor de índole moral en el individuo.

El aventurero europeo empieza a maquinar enseguida que tiene que iniciar a los salvajes en el vicio de la propiedad privada mediante la introducción del comercio. Azur va a ser la serpiente que introducirá el pecado -el dinero- en Brhiba y hará perder la inocencia a sus habitantes, que se verán expulsados del Paraíso.

Comienza de un modo simplista -el tratamiento de la acción resulta a veces demasiado simplista-, ofreciendo a las mujeres las cintas de abalorios, espejos, tejidos, collares y pulseras que ha traído consigo, lo que provoca una insólita disputa entre las hembras, resuelta con una adjudicación por sorteo cuando hasta entonces lo habían poseído todo en común.

A la mañana siguiente las vírgenes del poblado acusan a las que ya han conocido los placeres de la carne, aunque aún no han sufrido los dolores del parto, de haber entrado por la noche en su choza y haberles robado algunos regalos. Están a punto de llegar a las manos cuando aparece una figura fundamental, la de la vieja Sirika, la mujer sabia y sensata que entiende desde el principio que hay que cortar el mal de raíz, expulsando a Azur.

Aquí voy a hacer un reproche a Mas que no le hacen sus críticos. En su deseo de establecer cuanto antes la analogía entre Brhiba y España, cuando Azur se dirige a aquellos salvajes que no saben nada de nosotros, se refiere a cosas como lo anticristiano y el Drama del Calvario o al origen del comercio, la ganancia y la problemática social europea, que ni tendría palabras para expresarlo ni lo habrían comprendido los seres primitivos que lo escuchaban. Y lo repetirá más de una vez.

A continuación son los hombres quienes reclaman también regalos a Azur, obsequiándolo a su vez con marfil, pieles, caucho y aceite de palma. A Sioko lo compra dándole a probar licores que lo embriagan y, cuando recibe unas botellas, no las comparte con nadie, sino que las guarda para sí. Al consumirlas, pide más, lo que permite a Azur introducir en su mente la idea del dinero para adquirir bienes: el alcohol y el dinero son el comienzo de la decadencia de Brhiba, del dominio del egoísmo individual sobre el altruismo colectivo. Luego le regalará una escopeta y esa arma será también el precio de los cinco componentes del Consejo de Ancianos.

       
   

Sioko I (Alfonso XIII), Aldefí (conde de Romanones), Jurgui(general Sanjurjo), Sangui (general Berenguer), Amenazé (Antonio Maura)y Garpri (García Prieto). El primer gabinete del rey Sioko I de Bribonicia está presidido por Adelfí, con Jurgui como mojonkí de los guerreros del bosque, Sangui como mojonkí de vides y plantaciones, Amenazé como mojonkí del desbroce y Garpri como mojonkí de danzas.

En el magín de Azur se forma ya con claridad la idea de un futuro con trabajadores en las canteras de esmeraldas y policías que los controlen, lo que va a exigir un Estado para el que escoge la monarquía como forma de gobierno, describiendo al futuro Sioko I como de elevada estatura, delgadez de tuberculoso y piel con manchas leonadas, a más de un labio inferior colgante propio de los lujuriosos, que ha dicho al principio: es el retrato que hace de Alfonso XIII.

Los cinco ancianos del Consejo compondrán su primer gabinete, presidido por Aldefí, en cuya cara puede estudiarse todo un curso de socarronería y que se apoya en un palo porque tiene una pierna torcida: a nadie se le oculta que se trata de Al(varo) de Fi(gueroa), conde de Romanones.

Los ministros van a ser Jurgui, mojonkí de los guerreros del bosque, de pequeños ojos de alimaña y boca de sátiro, que es el general Sanjurjo; Sangui, mojonkí de vides y plantaciones, bien plantado pero que repugna por sus pupilas ahuevadas y su cuadrada dentadura de caballo, que es el general Berenguer. Amenazé, mojonkí del desbroce, que tiene pelo de angelote y cara de serafín arrojado del cielo, es Antonio Maura, Y Garpri, mojonkí de danzas, hombre serio, pero de la seriedad del burro, es García Prieto. Y estas descripciones hay que entenderlas no sólo físicas sino morales.

Azur explica l Sioko los detalles de la formación del Estado, diciéndole que, a l manera de lo que ocurre en Europa, al país se le llamará "patria" y a él "rey". Quienes sirvan al rey dirán que sirven a la patria y, para que todo marche según lo previsto, se castigará hasta con la muerte al que conspire contra la patria, esto es, contra el rey o contra la minoría ennoblecida y enriquecida que lo sostendrá.

 Hay que fundar en paralelo una religión que afirme que su derecho a reinar es de origen divino. Tras explicar ahora lo que son iconos como el Cristo de Limpias o la Virgen de Lourdes, Azur hipnotiza a Liko, un muchachito enfermizo que vivirá poco, para que diga que ha recibido una visión del Señor del Espacio, la Tierra y los Ríos, ordenándole que anuncie que la tribu de Brhiba es su pueblo elegido y ha de cumplir sus mandatos, el primero de los cuales es que el más cercano a Él, el alto Sioko, sea su rey, dueño de vidas y haciendas. Al pie de una palmera encontrarán una imagen suya, tallada por Azur, a la que rendirán el culto propio de lo sagrado.

       
   

Fermín Galán, Ángel García Hernández, Larki-Kaba (Largo Caballero), Kamola (Alcalá Zamora), Kameyes (Cabanellas), Kakiá (Macià).
En claro paralelismo con Galán y García Hernández, una compañía de guerreros del bosque se rebela e intenta proclamar la república. Se fusila a los dos principales responsables, se encarcela a Larki-Kaba y Kamola, al que sustituye Kameyes. Por su parte Kakiá inicia una campaña separatista.

El rey crea la nobleza, de donde sale su guardia personal, que tiene el privilegio de no trabajar y poseer tierras y siervos, y de entre los más avispados de los restantes se escoge a los policías. En pocos meses -el tempo es acelerado- el territorio, que ha pasado a llamarse Bribonicia, es de usos y costumbres opuestos a los que siempre había tenido.

Por lo que respecta a Efrain Azur, más allá del hombre es una idea, la encarnación del capitalismo, y blancos y negros tampoco son dos razas de distinto color, sino dominadores y dominados. La proletarización de las masas es el resultado inevitable de los intereses económicos de la sociedad burguesa capitalista que se ha creado. Y hay que entender siempre que toda la sátira que encierra el libro está en función del mensaje final: Un día el pueblo recobrará la capacidad de expresarse, de gritar y de actuar.

Los acontecimientos tienen lugar según los planes del europeo. Se introduce hábilmente el dinero, que en un principio sólo sirve para comprar las mercancías que aquél trae, hasta que los indígenas se acostumbran a manejarlo y lo adoptan como sistema universal de transacciones. El soberano es el propietario de todas las tierras por derecho divino, concediéndoselas a los nobles para que las trabajen los obreros.

Cosa parecida sucede con las mujeres. Se acaba el amor libre y los ricos pueden comprar cuantas deseen, mientras que los pobres han de contentarse con una, que además han de llevarse a su choza y vivir para siempre con ella y con sus hijos. Así se crea la familia, con las obligaciones individuales que tanto interesa establecer.

La nueva situación la aceptan de grado los cuarenta y nueve poblados o provincias de Brhiba, jándalos, baskos, kastiglianos, haragoneses y demás, excepto los cataglanes, un pueblo que siempre ha gozado de autonomía, de lo que toma buena nota Jurgui para darles su merecido.

Se nombra al Gran Fetichero de una religión que sirve para satirizar a la católica española, se construyen cabañas-palacio y chozas-templo, se mata al primero que coge frutos de una plantación y en pocos meses -reitero el tempo acelerado-, queda constituida la sociedad bribonicia a la manera de la hispana que tardó siglos en organizarse.

Siguen unas páginas que se leen con interés y que arrancan de la contratación por Azur de una prostituta llamada Cleopatra [5] en un burdel de Luango, a la que hace pasar por su hermana y entrega al rey para acrecentar su dominio sobre él. No faltan las anécdotas: ella dice que se plegará a todo por dinero menos a acostarse con un chimpancé y, cuando Azur la invita a una copa de champán, ella pregunta de modo inocente: "Codorniu?, a lo que él replica que ni un catalán podría llegar a más ni un francés a menos, pues sólo bebe Cliquot o Moët&Chandon.

La ramera se hace dueña de la voluntad del rey, al que fuerza a mostrarse cada vez más engreído y soberbio para rechazar las pretensiones del rico korobés Kamola (Alcalá Zamora) de que le nombre mojonkí, al tiempo que le advierte de que el pueblo no ve con buenos ojos su concubinato con la extranjera blanca.

Todo hasta entonces lo había resuelto Sioko con la fuerza, pero ahora va a tener que enfrentarse a la intriga. Los agitadores jándalos, pagados por Kamola, empiezan a propalar la especie de que se van a aumentar las horas de trabajo sin subir los jornales y a duplicar los impuestos. El flaco, apergaminado y verdoso Kakiá (Macià) inicia a su vez una campaña separatista desde Barklona y los hilos de la enmarañada madeja terminan todos en manos del elegante Kamola.

Azur se da cuenta del peligro que corre y considera la posibilidad de marcharse con las esmeraldas que ha reunido, aunque lo vence su ambición y recomienda al rey que tome medidas enérgicas -para eso está Jurgui-, al igual que hace Cleopatra, que está disfrutando como no lo hiciera nunca en su vida.

Poco antes de la muerte de Liko, Sirika conoce de sus labios que el europeo le hizo dormir despierto y en ese trance le ordenó que revelara el origen divino del rey, lo que rompe el tabú de su divinidad, de su poder y de las castas que de él emanan. Liko simboliza la constitución monárquica de España, que igualmente va a morir.

Aldefí se entera de que el gran negocio de Azur son las esmeraldas y no el marfil o el aceite de palma, como pensaba, y decide utilizarlo en su provecho. El hábil y maldito cojo exige rotundamente a Azur la mitad de las ganancias que consigue con la venta de las piedras preciosas en los países de los hombres pálidos y el aventurero lo engaña, al cifrar su precio en unos mil francos, equivalentes a quinientas conchas de moneda local.
Un día se rebela una compañía de guerreros del bosque en el Norte al mando de dos de sus jefes, en obvia alegoría de los capitanes Galán y García Hernández, quienes a los gritos de "¡Viva la libertad y muera el rey!" intentan proclamar la República. Los dos son fusilados y se encarcela a Kamola y Larki-Kaba (Largo Caballero). Lurry (Lerroux), Jasala (Azaña), Kriko (Indalecio Prieto), Iohingo (Marcelino Domingo), Dekrios (Fernando de los Ríos), Kasalo (Casares Quiroga), Alkokoz (Álvaro de Albornoz) y Kakiá abandonan el país asustados y se refugian en el territorio vecino.

Se producen manifestaciones, algaradas y huelgas, protestas, asaltos y robos, que socavan los dos pilares del Estado, el comercio y el campo. El rebaño -que gusta decir el autor-, los feticheros, la burguesía y la nobleza tachan abiertamente a Sioko de rey felón y la situación se hace insostenible. Pronto las masas se concentran ante palacio gritando:

"¡Queremos más jornal y menos horas de trabajo!
¡Tenemos derecho a vestir como los comerciantes!
¡Y a extraer el fruto de las plantaciones para nuestro sustento!"

     El rey ha de huir para salvar su vida, exilándose en París con Cleopatra, a la que hace su esposa. Kamola es nombrado Presidente de la República por aclamación y sus correligionarios forman el primer gobierno del nuevo régimen, ocupando los puestos clave de las Administraciones nacional y regional tras destituir a quienes antes los ocupaban.

El retrato que hace el autor de los dirigentes republicanos no tiene nada que envidiar al que antes ha hecho de los monárquicos. Jurgui/Sanjurjo sigue al frente de los guerreros y Aldefí/Romanones, al que se ha concedido la explotación de las canteras, continúa haciendo negocios con Azur:
"El nuevo régimen había defraudado a todo el mundo. Eran los mismos perros con distintos collares".

A pesar de todo, las masas le otorgan un margen de confianza y el régimen consigue establecer en un principio cierto orden, pero la justicia social no llega y las reformas son lentas e insuficientes. Los líderes republicanos no quieren incomodar ni a la burgueses, ni a los comerciantes ni a los terratenientes, y el Gobierno y las masas se van distanciando paulatinamente.

El autor arrastra paralelamente al lector en su desilusión: no se da la confrontación social prometida, que debería caracterizar a la verdadera República. Las estructuras republicanas coinciden con las monárquicas en el alejamiento del pueblo, que sigue condenado a la esclavitud o la indigencia.

Dicho sea de modo incidental, el autor incurre EN los tópicos de costumbre en las obras de esta laya: la escasez de recursos con que cuenta el género de la ficción utópica satírica tiene como resultado la semejanza entre unas utopías y otras, dando lugar a una serie de lugares comunes, que más o menos dijo Ketterer -no es una cita textual-. Aquí el Gobierno reparte comidas gratuitas a los hambrientos, pero no socorre a los verdaderos menesterosos, que tienen demasiada vergüenza y amor propio para ponerse en la cola del rancho, sino a los vagos que se espulgan al sol. El Gobierno sube los impuestos a los comerciantes, pero éstos suben aún más los precios y es el consumidor quien sale perdiendo.

Trasladada plenamente la acción a la España de 1932, se condena sin ambages la quema de templos que se produce, pero de seguido se dice que es una provocación que muchas mujeres, incluidas las esposas de algunos de los nuevos líderes políticos, luzcan sobre su pecho iconos de la antigua religión. En cualquier caso, el régimen da muestras de inconsistencia y falta de integridad.

       
 
 

Lurry (Lerroux), Jasala (Azaña), Kriko (Indalecio Prieto), Iohingo (Marcelino Domingo), Dekrios (Fernando de los Ríos), Kasalo (Casares Quiroga), Alkokoz (Álvaro de Albornoz).
Tras la frustrada intentona de proclamar la república, Lurry, Jasala, Kriko, Iohingo, Dekrios, Kasalo, Alkokoz y Kakiá abandonan el país asustados y se refugian en el territorio vecino.

Los nuevos prohombres siguen representando su farsa en el tinglado que han montado, sin percatarse de que el rebaño de ciervos se está convirtiendo en manada de fieras. Vuelven los asaltos y los robos, los motines y las revueltas y se llega a matar a dos guerreros del bosque. La represión de Jurgui es tan brutal que se le releva de su cargo, pero eso no soluciona las cosas, que empeoran de día en día. Hasta algunos políticos republicanos y feticheros, es decir, curas de la Iglesia Católico-bribonicia, se hacen eco de las protestas del rebaño, más de índole económica que moral.

Reina por doquier la anarquía y el sustituto de Jurgui, el débil Kameyes (Cabanellas), no sirve para restaurar el orden público. Perdido el respeto a las fuerzas armadas, desaparece toda seguridad personal, al tiempo que Bribonicia se sume en la miseria, el hambre y el caos. Todos los que pueden abandonan el país.

Un día se tiende una emboscada a Aldefí y Efrain Azur y ambos son muertos y sus cadáveres colgados en la plaza mayor de Brhibo con un cartel que dice: "Justicia tomada por los que ya no la esperan de este gobierno". Es el principio del fin, el Consejo de mojonkíes se reúne como podría hacerlo el gabinete español, con un Kamola/Alcalá Zamora enemigo de la violencia, que lamenta haber aceptado la presidencia, y un Jasala/Azaña, partidario de emplearla para la represión.

No llega a su término porque los braceros de Ixbiglia y Koroba, y los obreros de las canteras de las regiones del Norte llegan hasta la cabaña-palacio que antes fuera utilizada por Sioko y lo es ahora por la Presidencia de la República -lo que no deja de ser un símbolo de que las cosas siguen igual- y gritan:

"¡Abajo los jefes!
¡Tigres a los tenderos!
¡Muera la aristocracia!"

Y los acontecimientos se precipitan. A una orden de la vieja y sabia Sirika todos se desnudan, en una imagen bíblica de recuperación del Paraíso, y apilan sus vestidos contra las paredes de la cabaña-palacio. Después la muchedumbre, cruel y salvaje -todas las muchedumbres lo son, dice el autor-, prende fuego a las ropas, quemando vivos a los componentes del Gobierno, que mueren de rodillas implorando su salvación.

"Gracias a la sabia y vieja Sirika en Bribonicia todo volvió a su estado primitivo. Ni rey, ni dictador, ni presidente de república, ni tirano soviético, ni nobleza, ni burguesía. Todos iguales. Así no era posible lucrarse del esfuerzo ajeno, ni abusaban los fuertes de los débiles, ni los ricos de los pobres, ni los pobres de los ricos. Habían caído de nuevo en el salvajismo, pero vivían tranquilos y felices y no se moría nadie de hambre, como en los países ultracivilizados."

La civilización del dinero, ¿ha sacado al hombre de la selva o lo ha encadenado a ella? ¿Es más salvaje el primitivo pueblo selvático de Brhiba que el posterior civilizado por el dinero, el comercio y las clases sociales enfrentadas?

Para Mas está claro que no. Ha identificado el mal y lo ha sacado a la luz. En su novela siguiente, El rebaño hambriento en la tierra feraz, definirá el mundo al que aspira cuando el pueblo pronuncia las palabras definitivas:

"¡Arriba las águilas de la revolución social!
¡Viva el comunismo libertario!"

Escribe Northrop Frye en su Anatomy of criticism que "la sátira requiere cierta dosis de fantasía, un contexto que el lector reconozca como grotesco y un nivel de moral implícito que es esencial en una actitud militante frente a la experiencia". Y Ketterer [6] apostilla que "los otros mundos de la sátira existen en una relación racional con el mundo real. El valor literario de la ficción utópica es potencial que se concentra mejor por medio de la creación de mundos que son espejos distorsionados del nuestro". Pienso que son palabras aplicables a la novela de José Mas.

* * *

Este artículo se publicó como una separata del futuro cuadernillo de Apuntes para la historia de la ciencia ficción española: Novelas del los años treinta, Madrid, 2006.

 

NOTAS

1. Mas, José. En la selvática Bribonicia. Madrid, Edit. Pueyo (Arenal 8), 1932, rúst., 315 pp. de 19x13 cm., 5 pta.

2. Caudet Yarza, Francisco. Prólogo a la reimpresión de Edit. Ayuso, Biblioteca Silenciada, Madrid, 1980, de donde he recogido también otros varios datos y comentarios: ha sido una buena guía y una gran ayuda.

3. Declaraciones al diario "La Libertad", de Madrid, en 1931.

4. ver los Apuntes dedicados a los españoles que fueron a Marte.

5. Al igual que en el caso de la representación de la constitución alfonsina por Liko y de algún otro personaje que no hubiera acertado a identificar por mí solo, leo en Caudet que Patra simboliza la Unión Patriótica de Miguel Primo de Rivera, que sería Cleo. Sioko se arroja en los brazos de Cleopatra como Alfonso XIII en los del general, una comparación, por más que implícita, nada halagüeña para éste.

6. Ketterer, David. Apocalipsis, utopía, ciencia ficción. Buenos Aires, Las Paralelas, 1976.

 

 

 
 

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