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II. El territorio de caza selenita de Colmenares

¡Viva Inglaterra!
¡Viva la Reina!
¡Viva la Sociedad Geográfica!

Hay nobles que escribieron narraciones de fantasía o proto ciencia ficción, los más conocidos los barones ingleses de Dunsany, que firmó Lord Dunsany, y de Lytton, que firmó Edward Bulwer-Lytton. El ejemplo español es desconocido: ¿Quien ha leído hoy la Seleniaa [1] de Colmenares, que ni siquiera está en la Biblioteca Nacional, o quién sabe algo de su autor?

No fue fácil identificar a D. Aureliano de Colmenares y Tarabra, conde de Polentinos [2]; los datos que ofrezco los encontré por cortesía de su bisnieto, D. Ignacio de Colmenares. Nació nuestro autor en Madrid el 17 de diciembre de 1846, hijo de D. Segundo de Colmenares y D. Teresa Tarabra, casó con D. Francisca de Paula Orgaz y tuvo dos hijos, Aurelio y María del Carmen. Fue un terrateniente que se licenció en Derecho y amó apasionadamente la literatura, escribiendo varias novelas y algún ensayo, libro de leyendas y poemas [3]. Falleció igualmente en Madrid, a la temprana edad de 43 años, el 11 de febrero de 1890.

En la ciencia ficción, se ha escrito, pueden confluir simultáneamente técnicas y actitudes pertenecientes a escrituras distintas, tales la inverosimilitud y los espacios que comparte con la literatura fantástica y de aventuras. Un ejemplo común podría ser esta Selenia, donde un aristócrata inglés idea y construye un globo con que dirigirse a la luna.

La novela encierra aventura desbordante y exótica, que en ocasiones roza la truculencia, con perfiles propios de la ciencia ficción, como la descripción de sociedades alienígenas y de una utopía positiva para nosotros, reflejada en el hecho de que sean las mujeres quienes mandan en la luna, y otra menos positiva, representada por una raza dominante y otra dominada, integrada ésta por seres de mayor tamaño y fuerza física, pero de menor inteligencia y hermosura, lo que era idea entonces comúnmente aceptada: aún hay una tercera raza, compuesta por seres capaces de producir cosas bellísimas, pero que carecen de alas y, en la luna, si no vuelas, no eres nada. El otro rasgo cientificticio, el viaje espacial, es irrelevante; la cosmología del autor se limita a una Tierra y una luna cercanas, la segunda sobre el hemisferio austral de la primera, y ambas envueltas por una misma atmósfera.

Su argumento arranca de que el Doctor lord Harry S'lay idea y construye el gran globo Regina, en forma de cilindro horizontal rematado por dos conos, que dispone de una no menos grande barquilla con habitaciones separadas. Lleva un mechero de gas y un abanico-timón en el que éste sirve para gobernar el aerostato y aquél, ayudado por un fuelle, para dirigir los vientos hacia las velas, que son a modo de aspas de molino.

Al atardecer del 1 de abril de 1868 el doctor S'lay, su hija Sessy y su yerno Flere Ketrli -extraños nombres para unos nobles ingleses- se embarcan en el globo y, a los gritos de "¡Viva Inglaterra!", "¡Viva la Reina!" y "¡Viva la Sociedad Geográfica!", se dirigen al cielo austral tal como si fueran de excursión. Al día siguiente disfrutan de una temperatura primaveral por la mañana, por lo que salen a tomar el sol, y por la tarde han de capear una fuerte tormenta y derribar a tiros a algún cóndor de las alturas, cuando estos grandes pájaros les atacan.

Mientras que la cosmología antes apuntada va sorprendiendo al lector a medida que se desarrolla el viaje, el doctor se entretiene en impartir de tirón a sus acompañantes una serie de lecciones que supuestamente responden a verdades físicas. Y es que el autor, como dice en la dedicatoria, pretende haber producido un "trabajo científico" en el que simplemente "la ciencia física se halla amenizada un tanto con la novela".

Esa noche ven pasar la luna bajo ellos, descubriendo un mundo en que hay mares y ríos, selvas y bosques con caza abundante, así que echan el ancla y Flere se desliza por la cuerda hasta la superficie, cobrando la primera pieza extraterrestre de la historia, pieza que los viajeros despachan con apetito, acompañada de un par de botellas de vino, pues las provisiones que han embarcado no son muchas.

En su segundo descenso, el joven queda atrapado en un cepo, lo que les hace suponer que en la luna hay cazadores nativos, como así es [4]. Prescindiendo de la lección de selenografía, de las amplias descripciones de los terrenos, la vida animal y vegetal de la luna, sus pobladores inteligentes pertenecen a tres especies distintas.

"Los selenios no tenían de alto más que dos pies y ocho pulgadas de estatura media; su cuerpo era flexible y prolongado, sus articulaciones tenían la apariencia del vigor; sus espaldas, dotadas de grandes alas, más largas en la hembra que en el macho [...] pudiendo de este modo el selenio gozar de un vuelo valiente y rápido". Y así ha de ser porque el hombre lunar ha de cumplir en la atmósfera la mayor parte de sus funciones.

Los machos se cubren con pieles grises y las hembras con blancas. Unos y otros poseen un cutis claro y ojos azules, con largas cabelleras que llegan hasta la cintura en ellos y hasta los pies en ellas, que son de extraordinaria hermosura. Al lado de esta especie aparece otra de seres más oscuros y grandes, de formas más rústicas y menor inteligencia, que miden cuatro pies, con alas carentes de plumas. Son los vespertilos [5], que no poseen la extraordinaria facultad de los selenios para volar distancias enormes sin descanso, aunque son originarios de pequeños astros cercanos a la luna y la han alcanzado en vuelo, para que los selenios los redujeran a la esclavitud. Los signos físicos de los selenios son semejantes a los de los hombres de la Tierra, mientras que los vespertilos presentan rasgos que denotan su inferior capacidad intelectual.

Ni qué decir tiene que los selenios atacan el globo, cuyos tripulantes han de ahuyentarlos con disparos al aire y remontar el vuelo, no antes de que un vespertilo lo alcance y tenga que ser abatido por una bala cuando está a punto de acabar con la vida de Sessy.

Luego los viajeros presencian desde lo alto una cruel batalla entre civilizados vespertilos vestidos y salvajes vespertilos desnudos, en la que se tiran a degüello con cortantes cuchillos de piedra y, cuando los pierden, buscan como fieras la yugular del adversario con los dientes. Después, "sobre los castillos o parapetos, y en medio de aulladores gritos, lanzaban aquéllos combustible ardiendo sobre las cabezas de sus enemigos y de sus amigos, pues allí estaban también sus hermanos, sus padres, sus hijos, sus maridos, esperando ¡tristes víctimas! la muerte de sus propias manos. ¡Escena horrible de barbarie!"

Siguen las aventuras, un tanto al estilo verniano, a las que no hace justicia su simple enunciado. Al cabo de unas horas el Regina sobrevuela una ciudad de la tercera raza lunar, los castores, semejantes a los terráqueos aunque inteligentes, que viven en las orillas de un lago en chozas primitivas. Sorprendentemente, su música es una armonía tan dulce como no se conoce en la Tierra, producida por extraños instrumentos.

Asisten a continuación a una sorprendente procesión nupcial que encabezan los castores con su música, seguidos por los vespertilos que transportan al lugar una verdadera arboleda, y rematada por los selenios que bailan una danza ritual en el aire hasta que la hembra, con la libertad de que gozan las mujeres en la luna, elige a uno de los machos, todo vivamente descrito. Entonces los vespertilos prenden fuego al ramaje para que el humo oculte "las caricias, ya más tiernas que castas, que van a prodigarse los amantes".

El Regina continúa su curso hasta que llega a un país de caza, al que baja Flere para ser hecho prisionero por una tribu de vespertilos salvajes. Las descripciones vuelven a ser muy vivas y si no lo matan de inmediato se debe tan sólo a que Kaoghut, la jefa de la tribu, se interesa por él "con más pasión que castidad". Es conducido a una ceremonia en la que se descuartizan niños selenios que han raptado para comérselos crudos y, cuando el cazador rechaza encolerizado el bocado que le ofrecen, pierde su oportunidad de escapar a la muerte.

Lo encierran y, cuando un a modo de sunami, producido por un súbito deshielo alcanza el lugar, los vespertilos prenden fuego a la choza y levantan el vuelo. Flere es arrastrado por las aguas y parece condenado a sucumbir lejos de su familia y su mundo, en una situación que no se resuelve con rapidez, sino que mantiene largamente el suspense. Su suegro desciende a la superficie lunar para buscarlo a pie, pasando de un peligro a otro:"

El monstruoso reptil se quedó inmóvil al ver la majestad imponente de su adversario. Harry se fue derecho a él; este astuto animal, comprendiendo sin duda el ataque, se elevó sobre su cabeza en toda su longitud, asentando en el espacio la inmensa mole de su cuerpo. El doctor apuntó, pero el reptil, con la rapidez del rayo, se dejó caer, sacudiendo con la furia de un huracán su enorme cola sobre el brazo de Harry. El arma se escapó de sus manos y él mismo hubiera caído, falto de sentido, si el peligro no le hubiera hecho fuerte en aquellos instantes. Sacó
de su cintura el cuchillo y se adelantó hacia el animal..."

La lucha sigue por largo rato y a cada escena sucede otra: autor conoce el mundo de la selva y lo describe con viveza. Al fin el doctor regresa al globo más muerto que vivo para encontrarse con que Sessy es víctima de una fiebre abrasadora, donde el autor deja el capítulo para ocuparse en el siguiente otra vez de Flere.

Las cosas no han mejorado para él; medio arrastrado por las aguas, medio nadando, ha alcanzado un desierto. Cuando el sol asciende en el cielo -sólo los comentarios sobre la larga duración de los días y las noches nos recuerdan en qué mundo estamos-, sus rayos lo abrasan. Una pantera roja, el otro ser vivo en el desierto, cae exhausta a sus pies y él, con sus últimas fuerzas, excava un pequeño pozo del que toma agua con su sombrero y la arroja sobre la fiera. Ésta revive y se muestra agradecida, permitiéndole primero que se amamante a sus pechos y cazando luego para él. Marchan juntos hasta que se topan con una terrible grieta que se abre en el suelo exhalando vapor ardiente y amenazando con tragárselos, momento en que el terrestre salta sin pensarlo dos veces sobre un gran pájaro que pasa a su lado en su huida.

Sigue un angustioso capítulo en el que, a lo largo de sus páginas, una Sessy abrasada por el calor y la fiebre, pide desesperadamente agua a su afligido padre, que no puede dársela porque no queda ni una gota a bordo. El sabio está a punto de incendiar el globo para acabar con los sufrimientos físicos de su hija y los morales suyos, cuando descubre a Flere perseguido por otra partida de vespertilos salvajes. El viejo acerca el aerostato a tierra y mata a uno con su escopeta, mientras el joven acaba con otro con sus manos desnudas, aprovechando el desconcierto para ponerse a salvo en el navío aéreo.

Encuentran agua y empiezan a sobrevolar un país fértil, con granjas con ganado y campos cultivados en los que trabajan vespertilos domésticos vigilados por selenios. El doctor recuerda cuanto han dicho Drummond y Hevelius, que realizó una expedición al cielo austral en 1647, de la que nunca regresó, sospechando que pudiera haber sido víctima de los vespertilos.

Al fin divisan la capital, Selenópolis, una ciudad de planta octogonal con viejas torres de vigilancia en cada uno de los vértices del polígono. Las construcciones son circulares y no tienen puertas sino ventanas triangulares, con un vértice hacia abajo, por donde entran y salen los seres alados sin alterar su vuelo, unidos los edificios no por calles sino por galerías elevadas.

Las fábricas en que trabajan los vespertilos están separadas de la ciudad por una gran hendedura del terreno. Si para Aristóteles el problema de la esclavitud no era moral, sino práctico -se acabará cuando las máquinas hagan el trabajo de los esclavos-, para Colmenares sí es moral. Ya ha dado muestras de que los vespertilos son una raza inferior y ahora les hace vivir intimidados por un terror saludable, para que no hagan nada tan malo que obligue a los selenios a imponerles castigos ejemplares, indignos de un pueblo lleno de cordura y civilización.

Los viajeros echan el ancla y enarbolan el pabellón británico, mientras los selenopolitanos toman el globo por un avatar del Gran Espíritu y los reciben con un respeto rayano en la adoración. Hablan un idioma que viene a ser una mezcla del árabe y el puma de los indios norteamericanos (!), lenguas ambas que el doctor domina, lo que hace que se entienda con facilidad con la jefa político-religiosa de aquel pueblo.

Asisten en primer lugar a una escena con su poco de morbo, la elección de amo por parte de las doncellas vespertilas que han alcanzado la pubertad, y luego a la queja de una de esas esclavas a la que su amo trata a latigazos y no le da de comer, lo que no basta para que su demanda sea atendida, aunque después expone que el móvil es "querer él de la niña y la niña no querer de él", lo que sí acarrea la ruptura del contrato de adquisición y la condena del amo por "deseo". Al final del día, los castores que a su vez trabajan vigilados por los vespertilos en los talleres, regresan a la ciudad y enloquecen, poniéndose a apedrear el globo como posesos, lo que hace que los terrestres remonten una vez más el vuelo y abandonen la capital.

Al cabo de unas horas divisan desde el aire el último acto religioso que van a contemplar en la luna, una ceremonia de expiación, que vuelve a describirse con gran riqueza de detalles. Participan en ella unos diez mil alados, en la proporción de dos vespertilos por cada selenio, lo que el autor aprovecha para apostillar que es "una manifestación más de la justicia celeste que somete la fuerza y el número a la inteligencia". En un momento dado los vespertilos se azotan furiosamente unos a otros y los selenios pasan por encima de ellos, "expresión simbólica de una fe religiosa respecto de las clases y jerarquías de cada una de las razas".

Los pierden de vista y alcanzan un feraz valle en las inmediaciones del polo Norte lunar. Cuando han echado pie a tierra les sorprende una erupción volcánica que les hace regresar a la carrera al globo y arrojar por la borda todo cuanto llevan -agua, provisiones, armas, instrumentos y demás- para conseguir una ascensión lo suficientemente rápida. Logran que la materia ardiente no alcance a hacer arder el globo, mas se quedan en él a la deriva, víctimas desgraciadas del sol abrasador, el hambre y la sed.

Parece increíble que no se hayan preguntado sobre cómo podrían regresar a la Tierra, máxime cuando piensan que la tienen bajo ellos y a corta distancia, pero así es. Los aeronautas, sin agua ni provisiones, siguen su curso en el globo privados de toda esperanza, dispuestos a morir. Un fuerte viento los hace alejarse de la luna y, cuando ya no tienen ni alimentación para el mechero, inician el último descenso que, para su gran sorpresa, los precipita sobre el mar en las cercanías de Zanzíbar.

Son recogidos por un vapor que se dirige a Plymouth, desde donde al doctor le falta tiempo para viajar a Londres y proclamar sus descubrimientos ante la Sociedad Geográfica. Flere y Sessy se retiran a una finca del primero en compañía de Verde-verde, un pájaro lunar que se salvó por muy poco de ser comido en su mundo y ahora vive tan contento en el nuestro.

Así concluyen las notas del Dr. Harry S'lay sobre las que dice haber redactado su novela D. Aureliano de Colmenares, VI conde de Polentinos.

* * *

Este artículo se publicó como separata del futuro cuadernillo de Apuntes para la historia de la ciencia ficción española: Viajes espaciales en globo del siglo XIX, Madrid, edición de autor, 1998.

 

NOTAS

1. Colmenares, Aureliano. Selenia, viaje científico recreativo de descubrimientos en el cielo austral, verificado por la familia S'lay, redactado en vista de las notas del mismo Doctor Harry S'lay, y original por D. Aureliano Colmenares, Madrid, Imprenta a cargo de Juan Iniesta (Hortaleza 128), pedidos a Librería de Teodoro Sanchiz (Plaza de Matute 2), 1873. 220 pp. + índice, rúst., 81, 1 pta.

2. Cejador, y con él Santiáñez-Tió, le confunden con su hijo Aurelio, que le sucedió en el título, en un evidente error, pues éste nació en 1873, el año de publicación de Selenia.

3. Además de Selenia escribió las novelas El guante gris. Viaje imaginario a las costas de Guinea, El drama del Tchamoulari, Noche de luna y Miss Ettire (de costumbres), Los ecos de mi lira (poemas), Mis recuerdos, o el Retiro de 1864 y el Retiro de 1865 (leyendas), Estudio trascendental del corazón de la mujer (ensayo) y la disertación Derecho de asilo.

4. Si en las primeras narraciones de viajes a la luna el conocimiento de nuestro satélite era exógeno, pues se recurría al sabio anciano que todo lo explicaba, en las siguientes pasa a ser endógeno, pues son los propios viajeros quienes van descubriendo por sí mismos el astro.

5. Vespertilos decían los romanos a los murciélagos. Existe igual palabra en castellano pero ha caído en desuso.

 
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