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Si he incluido en estos Apuntes los más variados títulos fantásticos, creo que puedo hacerle un huequecito a la obra menor El imperio de los enanitos, un cuento para niños con un componente de fantasía religiosa, pues incluye la revelación de un G-1 (Génesis menos uno), que hasta ahora permanecía oculto.

Hay que tener en cuenta el momento en que se escribió. Yo era chico cuando lo leí y me acuerdo malamente de aquellos tiempos, aunque sí lo suficiente como para aseverar cuál era el ambiente que se respiraba: El imperio de los enanitos, bondadosamente concebido, no fue una rara avis auriense, sino una entre más de una. Escribe al respecto Encarna Bermúdez en su tesis doctoral Análisis sociolingüístico de textos de literatura infantil y juvenil contemporáneos:

"El niño de la «zona nacional» y el simpatizante forzado a vivir entonces en la «zona roja» eran los destinatarios de una parte de la labor de la recién creada «Radio Nacional» en Salamanca, a través del programa Ondas animadas. En cuanto a los tebeos, «Flechas y Pelayos (1938-1949) llegó a ser el ejemplo más claro de la concepción de aquellas publicaciones dentro de la deseada formación para el niño, enfocada con un indudable cariz proselitista ... Por lo que respecta a la a la narrativa, puede servir de ejemplo una obrita de Casimiro Diz Lois titulada El imperio de los enanitos (1937) ... que exalta el modelo político de un Estado totalitario".

El imperio de los enanitos fue un cuento de la Imprenta, Encuadernación y Papelería "La Industria", que apareció en Orense en 1937 firmado por C. Diz Lois, con autorización de las censuras eclesiástica y militar, la primera con un "Nihil obstat" y un "Imprimatur" personalizados, la segunda atribuida genéricamente al Gobierno Militar de la provincia; rústica, 80 páginas de 16x12 cm. de letra grande, con cubierta y sencillas ilustraciones de Jesús Soria y una peseta de precio.

Su autor, Casimiro Diz Lois (Porriño, Pontevedra, 1899-Orense, 1972), fue un médico de Sanidad Nacional, inspector de Sanidad, que trabajó en el Hospital Provincial de Higiene de Orense.

Arranca el cuento con una salida a la montaña en el día de Nochebuena de unos jóvenes de Teahuapán. Cae una nevada tan copiosa que se borran los senderos y, cuando la oscuridad se les viene encima, deciden pasar la noche en una gruta del monte. Penetran por la bocamina y llegan a una amplia caverna natural en la que se echan a descansar.

Pronto se quedan dormidos hasta que, cuando suenan las campanadas de las doce de la noche en una iglesia, los despierta una luz deslumbradora que sale de la lámpara que lleva en la mano un enanito de luengas y blancas barbas que muestra en su cara una expresión de profunda tristeza y resignación. Cuando ve a los muchachos su semblante se transfigura y en su boca se dibuja una sonrisa de alegría.

Con enormes muestras de júbilo los hace descender por una angosta escalera de caracol hasta un salón como nunca hubieran imaginado que pudiera existir. Abre una a modo de caja y de ella se alza otro enanito que se sienta en un trono y les habla, tras darles a beber en una copa tallada en un diamante un líquido que hace que comprendan su lengua.

Él y su servidor llevan allí millones de años como castigo a un pecado que han cometido. Al servidor se le permite salir de aquel salón hasta la entrada de la gruta por espacio de una hora una vez por año, para ver de hallar a un ser humano que escuche el relato de su señor, pues sólo así quedarán libres. Nunca lo había encontrado hasta entonces.

El enano les dice que, antes de crear el mundo que habitamos, Dios creó otro semejante, aunque más pequeño, con un Adanito y una Evita de su tamaño, de la talla de un niño de tres años. (Se da una notable coincidencia con los megamicros del Icosameron de Casanova, fruto igualmente de una primera creación de Dios de pequeños seres humanos). Los puso en un jardín sin árbol del Bien y del Mal y sin serpiente tentadora, dictándoles directamente los diez mandamientos. Es adelantado para su época que, quienes no los cumplan no irán al infierno, su solo castigo será no entrar en su Reino.

Como entre los megamicros, esta primera pareja se reprodujo rápidamente hasta componer todo un pueblo, un imperio de ciudades de calles más anchas que altos eran los edificios que daban a ellas (el obligado pinito urbanístico de utopismo), con carreteras, ferrocarriles, telégrafo, teléfono, radio y televisión.

Los municipios tenían un jefe asistido por los presidentes de las Juntas de cada una de las actividades que en ellos se desarrollan y que componían el Consejo Municipal. En la misma manera, y por elevación, había Juntas Provinciales, Regionales y la Junta Imperial que era la que asesoraba al Jefe Supremo o Emperador. Éste era quien, bien informado, con el mayor conocimiento y mejor voluntad, dictaba las leyes e impartía las órdenes, como corresponde al orden natural de las cosas.

El relato se inicia como una utopía de cualquiera de nuestros clásicos del género, para terminar como un cuento ejemplarizante o de escarmiento. Existe el dinero y los ciudadanos pagan al Estado impuestos proporcionales a sus ingresos, recursos con que el Estado atiende a las necesidades comunes y a subsidiar a los que no tienen bastante para comer, adquirir una vivienda o atender a la educación de sus hijos. Cada uno trabaja en aquello para lo que está mejor dotado y todos viven felices como hermanos, sin envidias, holgazanería ni ningún otro vicio....

...hasta que, pasado mucho tiempo, un mal día el más grande de los sabios, el dotado de mayores conocimientos, se rebeló contra la autoridad establecida y pretendió ser como Dios, captando bastantes seguidores. Se presentó entonces el Señor para juzgarlos, y bendijo a los que le servían, a quienes invitó a su reino: unos luminosos seres alados salieron de sus cuerpos y pasaron a ser los ángeles del cielo. Luego maldijo a quienes servían al falso Dios y de sus cuerpos salieron unos horribles pájaros negros que echaban fuego por los ojos y que pasaron a ser los demonios. Es patente la inspiración en el episodio de la rebelión de los ángeles y el ángel caído.

Nuestro enano y su servidor vacilaron por unos instantes sobre si seguir al malvado y, aunque a la postre no lo hicieron, esa vacilación hubieron de expiarla con el castigo que ya conocemos, para llegar purificados al Paraíso. Lo último que Dios les dijo a los enanitos es que estaba muy satisfecho con la forma en que se había organizado su pequeño pueblo y que desearía que lo imitasen los seres de la superficie de la Tierra, a los que después iba a crear a su imagen y semejanza.

Dios reduce el conjunto de cuerpos ya sin alma de los enanitos buenos al tamaño de un cuerpo humano que con ellos conforma, soplándole luego su aliento para infundirle vida. Cada antiguo cuerpo se convierte en una célula del nuevo, sus vías de comunicación pasan a constituir el sistema nervioso y así sucesivamente. Los cuerpos de los enanitos malos se convierten en los microbios patógenos. Y el ex sabio es ahora Lucifer.

 

 
 
 

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