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I. EN 1532 LA ALCANZÓ EL CLÉRIGO MALDONADO

La historia universal de los viajes a la luna se inicia con el diálogo Ícaro-Menipo de Luciano (ca.125-192), el sirio de cultura griega, originario de Samosata, que hacia el año 180, cuando era algo así como procurador de los tribunales en Egipto, escribió esta narración satírica en la que Menipo vuela hasta nuestro satélite con un ala de buitre y otra de águila y desde allí observa la naturaleza humana [1]. A continuación se lee que siglos más tarde le siguió el Somnium del famoso astrónomo Kepler (1571-1630), mas no es así: casi cien años antes que el alemán, un español escribió otro Somnium que, curiosamente, se ocupa también de un viaja a la luna.

Los libros de referencia dicen más adelante que el primer español que pisó este astro fue Domingo González, al que hizo volar hasta allí el escritor inglés Francis Godwin [2] (1562-1633), obispo que fue de Llandarf y Hereford, pero, en virtud de lo anterior, tampoco es así. Mucho antes el clérigo castellano Juan Maldonado llegó en persona hasta nuestro satélite y fue el primer cura, dicho sea sin ironía, que dijo haber estado en la luna. La narración, aunque de forma embrionaria, contiene ya tres elementos propios de la ciencia ficción: viaje espacial, seres extraterrestres y descripción de una sociedad distinta, por mejor, que la de la Tierra.

A Juan Maldonado se le ha dado siempre por natural de Salamanca, mas nació realmente en Bonilla (Cuenca) [3], hacia 1485. Nada se sabe de su familia ni de sus primeros años, excepto que fue «diestro en lanzar el dardo y veloz en la carrera» En la Universidad de Salamanca cursó tres años de Derecho Canónico y Civil, pero en 1505 lo dejó para seguir su verdeara vocación, que eran las Humanidades. Hay que decir que entonces Salamanca era un centro de estudios libre y avanzado, donde se explicaba a un Copérnico prohibido en París y Oxford, donde se establecían las bases de la futura economía internacional y del Derecho de Gentes, donde se discutía la licitud de la conquista de América y la manera de llevarla a cabo.

En 1510 está ya en Burgos, ordenado sacerdote, y de allí pasa por diez años a Frechilla (Palencia), donde ha obtenido una capellanía. Siempre bajo la protección del corregidor D. Diego de Osorio, vuelve a Burgos, a la capellanía de la iglesia de la Visitación (en cuyo suelo se puso un epitafio a su muerte) y ocupa cargos como el de examinador de sacerdotes en la curia burgalesa, es preceptor de un sobrino del obispo y, en 1532 (el año que nos importa), obtiene una cátedra de Gramática, pasando así a cobrar del erario público.

En sus escritos se manifiesta como un erasmista entusiasta —críticas a los frailes incluidas—, hasta que declina la estrella del humanista de Rotterdam, con el que se carteaba, y deja de ser políticamente rentable sostener sus ideas. Llegó a ser vicario general de la diócesis de Burgos y falleció en 1554. Como curiosidad, fue jugador y dejó un par de diálogos sobre juegos de cartas.

En 1532, cuando el cometa al que luego daría nombre Halley se veía en los cielos castellanos, escribió una narración llamada Somnium [4]. Esta obra, junto con otras más, fue editada en 1541, en Burgos, en 108 hojas en 8º, por Ioanne Iunte (Juan de Junta), con el título de [Ioannis Maldonati] Quaedam opuscula nunc primum in lucem edita (Maldonado siempre escribió en latín).

Narra nuestro buen clérigo cómo en la noche del 14 al 15 de octubre de 1532, poco después de medianoche, se dispuso a esperar la salida del cometa en la torre de las murallas que está en la esquina de la ciudad, junto a la ceca, pero se quedó dormido. En su sueño recibe la visita de la prócer burgalesa Dª. María de Rojas, hija precisamente de D. Diego de Osorio y recientemente fallecida, la cual le hace contemplar otras ciudades y países.

«—Puesto que te gusta remontar a menudo el vuelo de tu mente a lo más sublime, velando por rastrear las estrellas y las órbitas celestes, me vas a acompañar para que puedas entender a fondo cómo vuestras mentes, nubladas por la ignorancia, yerran en el mismo grado en que están dejadas a la podredumbre de la carne.»

Más adelante añade:

«—Pero ahora dejemos el globo terráqueo. Levanta hacia arriba tu mente y tus ojos.»

Y sigue la narración:

«Miré hacia la Luna y quedé asombrado de su tamaño. Estábamos en aquella región del espacio que hay entre la Tierra y la Luna. Su tamaño era aparentemente igual al de la Tierra, la cual, en aquellos lugares en que los mares la cubren, comenzaba ahora a brillar por el oriente con los reflejos del Sol. De la misma forma que la Luna se mostraba menguada y con cuernos, así el océano que rodea las tierras lucía también un poco arqueado y formando cuernos.»

Tanto en la precisa datación de tiempo y lugar, cuanto en estas descripciones que intentan ser tan realistas, se advierte el empeño que pone el autor en presentarnos su viaje como algo plausible, propósito que va a mantener a lo largo de todo el relato. Dice de los sueños, por ejemplo, que sueños son, pero que no dejan de responder a las preocupaciones que uno tiene y a lo que uno está pensando cuando se queda dormido.

Cuando María y Juan arriban a nuestro satélite, ella le dice:

«—¿No te acuerdas de esas manchas que a vosotros os parecen la nariz y los ojos de la Luna? [...] Pues bien, la nariz y los ojos corresponden a regiones habitables. Lo que brilla alrededor es un mar de aguas que, al reflejar la luz del Sol, ilumina vuestras noches. Nosotros estamos ahora en el ojo izquierdo.»

Aquel suelo era florido y lozano, con huertos repletos de árboles de sabrosos frutos, entre los que crecían plantas aromáticas de bellas flores. El sacerdote se extasía ante esta vista y expresa que no concibe nada más dulce y placentero que vivir allí. La dama le responde que eso mismo podría haber en la Tierra si los hombres no se apartaran de las normas de la naturaleza y la ley divina.

El viaje a la luna es el arquetipo de los viajes que se utilizan para hacer una crítica social, para describir una utopía cuya «isla feliz» se ha situado muy lejos: es seguramente la primera utopía que se escribió en nuestra literatura [5]. Una utopía erasmista, habría que añadir, una utopía influida por la crisis ideológica por que atravesaba la cristiandad.

«Aunque no sean totalmente sinónimos», escribe Francisco Aguilar [6], «los estudiosos del género suelen asimilar el concepto de utopía al de viaje fantástico o imaginario, que no pasa de ser la ensoñación de una mente bien despierta. El uso del sueño como recurso literario se justifica plenamente en este género de relato por el carácter quimérico e irrealizable de la utopía. Y nada hay más eficaz para evadirse de la realidad como el sueño, donde caben todas las fantasías imaginables». Le cuadra a esta narración.

Cuando se aproximan a la ciudad, observan que ésta presenta una arquitectura armoniosa en sus siete murallas y sus torres, con construcciones muy bien realizadas a partir de materiales bellísimos —incluido el puente de plata que se extiende sobre el río (la plata, además, era el símbolo de la luna en la alquimia)— y, llegados a la plaza principal, ven que está rodeada de casas todas iguales. Las referencias a la simetría y las construcciones geométricas en las ciudades utópicas se repiten desde las más antiguas narraciones griegas del género [7] hasta Moro, Campanella y demás, como un esfuerzo de la razón por dominar el desorden de la materia y los caprichos de la historia. Por otra parte, la preocupación por el urbanismo va a estar presente en buena parte de las utopías socialistas de siglos posteriores: las casas de la Nueva Utopía de Mella [8], por ejemplo, eran también todas iguales, como primera consecuencia de la igualdad entre los hombres.

En esa plaza se ocupan públicamente de los asuntos de gobierno el rey y la reina, rodeados de jóvenes de ambos sexos. De tanto en tanto las muchachas se desnudan y se zambullen en el estanque que hay en el centro, donde por un rato nadan y juegan. Después se visten y acogen en sus regazos a los muchachos. Suena un tanto hippie y la cosa no pasa de ahí: son todas virtuosas.

A continuación doña María pretende elevar al mortal hasta la esfera de Mercurio, pero no se le permite llegar hasta el planeta, sólo vislumbrar a lo lejos una muchedumbre de seres que aplauden, exultan, gozan y dan muestras de inmensa alegría; entrevé indicios y señales de un placer inaudito e increíble, en una visión que le produce un gozo inmenso. doña María le explica que más gozo le causaría aún la contemplación de los seres de Venus, Marte, Júpiter, Saturno y el propio Sol, lo que en cierto modo anticipa la creencia de Kant y Bode de que los habitantes de los astros eran tanto más angélicos, más espirituales y menos corpóreos, cuanto más alejado estaba su mundo del centro del sistema solar.

«Llegamos, entonces, a un lugar del espacio, cercano al fuego, desde donde la Tierra entera parecía una isla rodeada por el mar. Desde allí bajamos a la zona del espacio en que se condensan las nubes, desde donde ya se distinguía bien el mar de la tierra.»

La pareja sobrevuela el Mediterráneo, lo que aprovecha el autor para tratar del origen de las aguas de este mar, de su salinidad y del escaso recorrido de sus mareas. Sobrevuelan también Egipto, lo que provoca asimismo una explicación acerca de las crecidas del Nilo y la descripción de sus fuentes. Maldonado fue un hombre de gran erudición e inquietudes, pues no de otro modo puede entenderse su interés por las fuentes del Nilo en el siglo XVI.

Al llegar a América, doña María lo deja solo en un paraje encantador, que sólo ha sido visitado durante tres meses por unos navegantes españoles. Han evangelizado a sus habitantes, aunque éstos practican el cristianismo de acuerdo con su buen natural, lógicamente ajenos a los ritos establecidos. Aquí el autor presenta la ciudad indiana, que viene a demostrar que la utopía es posible no sólo en la luna, sino igualmente en la Tierra, cuando el hombre domina su avaricia y su lujuria. Ya apunta aquí la tensión bipolar entre la ciudad que es y la ciudad que debería ser, entre el lugar en el que viven los hombres y el lugar en que les gustaría vivir.

Los artesanos provisionan sus tiendas de las mercancías que fabrican, mas no pasan el día en ellas: marcan los precios, dejan abiertas las puertas y cada cliente toma lo que gusta y deja su precio sobre la mesa. Más interesante todavía es el hecho de que la agricultura —su labor principal— la desarrollan moderadamente: se limitan a sembrar los campos y a cultivarlos ligeramente. Esta idea aparecerá rotundamente expuesta en la citada Nueva Utopía —la obra magna de los utopistas sociales españoles—, donde la mejora de los medios de producción no se refleja en un aumento de ésta, sino en la reducción de la jornada de trabajo.

Por cuanto respecta a la conducta de las doncellas, su pudor es todavía menor que el de sus colegas lunares.

«—Nos gusta divertirnos [...] Los besos, los abrazos y toda clase de caricias nos parecen normales y a nadie se niegan, porque carecen de maldad caprichosa. Ninguno se avergüenza ni se ruboriza de lo que no es perjudicial ni repulsivo.
—¿Acaso no se ruborizan las mujeres de que los hombres las acaricien en lo más íntimo?
—No más que si las tocasen las ropas o los collares. Es frecuente también que las doncellas organicen concursos sobre la blancura de su piel o sobre la belleza de sus formas íntimas, y no les importa desnudarse para mostrar cualquier parte del cuerpo, incluso ante los varones, para quedar las primeras y ganar el certamen.
Sólo los casados se ocupan de hacer hijos. El resto de la juventud se enamora y se excita con frecuencia, mas tan sólo dan gusto a sus ojos o, si les place, a sus manos.»

Cuando al final Maldonado se embarca, su nave choca contra un arrecife y el estrépito lo despierta.

Hay otras obras del autor, como la Oratiuncula con que abrió el curso de 1545, en las que se expone más ordenadamente su pensamiento utópico, pero no es lo que aquí nos interesa. En el mundo del fandom cientificticio nunca se ha mencionado este relato como el primer viaje español a la luna y es lo que pretendo dar a conocer aquí.

* * *

Acerca del vuelo sobre la Tierra, cabría decir que el primer ingenio volador descrito por un español, del que se tiene conocimiento, aparece en el Libro de Alexandre, un poema anónimo de mediados del siglo XIII, rimado en quaderna vía, del que se conocen dos manuscritos, uno leonés y otro aragonés, con versiones lingüísticas ligeramente distintas.

Alejandro Magno quiere contemplar el mundo en toda su extensión, desde lo alto, y manda disponer un saco de cuero al que se hace coser, con la cabeza y las manos por fuera. A este saco hace atar dos grifos a los que ha dejado tres días sin comer y enarbola desde él una pértiga, con un trozo de carne en la punta. Los grifos van a por ella y el rey los hace subir o bajar, irse a la derecha o a la izquierda desplazando la garrocha. Tras ver medio mundo, el África y el Mediterráneo —como Maldonado—, hace descender satisfecho a las aves.

Cuando ya hubo el rey la tierra bien mirada,
que tuvo a su placer su voluntad lograda,
les fue bajando el cebo, guiólos de tornada,
fue en poco de rato con los de su mesnada.

* * *

Este artículo se publicó en la revista Asimov ciencia ficción nº 16, enero-febrero 2005, Madrid, eds. Robel, en The New York Review of Science Fiction nº 256, diciembre 2009 y, junto con los tres siguientes, en el cuadernillo de Apuntes para la historia de la Ciencia Ficción española: Españoles que fueron a la Luna, edición de autor, Madrid, 1997.

NOTAS

1. Cicerón, en su República, narra cómo Escipión Emiliano sueña que es arrebatado al espacio por el alma de su abuelo, Escipión el Africano y allí escucha el pitagórico sonido que produce el curso de los astros, empezando por el de la luna, que es el más agudo por ser el círculo que describe el más cercano a la Tierra. Cicerón es anterior a Luciano, mas el episodio no se suele mencionar ni como un precedente remoto de los viajes a nuestro satélite.

2. Existe una versión española, Aventuras de Domingo González en su extraño viaje al mundo lunar, en traducción de Domingo Manfredi Cano de la segunda edición inglesa, publicada por la Librería General de Victoriano Suárez, Madrid, 1858, y también una reedición facsímil de 100 años después. Lo he detallado en el fanzine Finis Terrae nº 12, Santiago de Compostela, julio-agosto 2000.

3. Éste y otros datos biográficos suyos los he tomado de De motu Hispaniae, de Manuel Martínez Quintana, publicado por el Servicio de Reprografía de la Editora de la Universidad Complutense, Madrid, 1988.

4. La obra ha sido traducida, estudiada y dada a conocer por el profesor Miguel Avilés, en Sueños ficticios y lucha ideológica en el siglo de oro, libro publicado por la Editora Nacional, de Madrid, dentro de su colección de Visionarios, Heterodoxos y Marginados, en 1981. Es el texto donde más me he documentado para este comentario.

5. El episodio utópico conocido como El villano del Danubio o Discurso del garamante es anterior, pero no se trata de una narración independiente, sino de un pasaje del Libro áureo del emperador Marco Aurelio o Relox de príncipes, de Antonio de Guevara. (Lo he detallado en el fanzine BEM nº 50, Valladolid, abril-mayo 1996).

6. «La anti-utopía dieciochesca de Trigueros», en Las utopías en el mundo hispánico, Universidad Complutense y Casa de Velázquez, Madrid, 1990.

7. Un buen ejemplo lo constituye Hipódamo de Mileto (ca. 475-400), que construyó el puerto del Pireo y la colonia ateniense de Turiori en el tiempo de Pericles según un criterio geométrico, de inspiración pitagórica, que también informa su doctrina social. Su amor por la simetría fue tal que le granjeó las pullas de Aristófanes, que en Las aves se burla de él con el nombre de Metan.

8. Ricardo Mella (1861-1925) ganó con la Nueva Utopía el primer premio del II Certamen Socialista español, que tuvo lugar en Barcelona en 1889. Expone en ella, con gran lógica y poder de convicción, cómo podría establecerse un régimen anarquista en la sociedad del porvenir. Ver los apuntes dedicados a las Utopías anarquistas españolas.


 
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