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II. DOS SIGLOS MÁS TARDE LE SIGUIÓ
EL GRAN PISCATOR DE SALAMANCA

El segundo viaje español a la Luna, el que se ha venido tomando por el primero, aunque sólo fue el primero escrito en castellano, estuvo retrasado respecto a su tiempo, tanto en la forma de llevarse a cabo como en su concepción del universo y las ideas que la sustentaban.

En cuanto a la forma de llevarse a cabo porque es sólo un sueño, cuando ya un siglo antes, y como ya he comentado, Francis Godwin, en The Man in the Moone (1638), había hecho volar hasta nuestro satélite desde la isla de Tenerife a Domingo González en un asiento remolcado por gansas, e incluso Daniel De Foe había hecho llegar a la luna una máquina voladora, el Consolidator, en l narración que lleva ese nombre (1705). Para nuestro autor el sueño es un recurso fácil y no necesita más.

En cuanto a la concepción del universo porque ya Copérnico había hecho saber que su centro era el sol, y no la Tierra, y, en cuanto a las ideas que la sustentaban, porque ya Kepler había escrito también su viaje a la luna, su Somnium (1634) —para algunos la primera obra de ciencia ficción de la historia—, precisamente para negar que la Tierra fuera un astro impar en los cielos y afirmar, por el contrario, que era de naturaleza estelar, como la luna lo era de naturaleza terrenal. Esto significaba que la Tierra no era la única morada posible del hombre, como lo probaría la existencia de otros mundos habitados. Kepler no especula sobre la habitabilidad de la luna, dice sencillamente que está habitada, lo que supone un paso adelante sobre las elucubraciones anteriores, que partían de una postura religiosa tomada de antemano y sólo pretendían justificarla, ignorando los conocimientos científicos que pudieran aportar datos en contra.

Como era de temer, otros no razonaron tan bien y se revolvieron contra él con los últimos coletazos que surgen indefectiblemente antes de que se imponga una idea de progreso, sea del orden que sea. Así hizo Kircher, con su Itinerarium Extaticum (1659), la postrera gran defensa de la teoría tolemaica del universo, subordinando la ciencia a una obtusa interpretación literal de la Biblia, en el pasaje que tanto complicó la vida a Galileo: «Detente, sol, en Gabaón, y tú, luna, en el valle de Ayyalón. Y el sol se detuvo y la luna se paró» (Josué 10, 12-13). Y suponiendo cierta, asimismo, la afirmación de Aristóteles de que el mundo sublunar está corrompido y es sustancialmente distinto del celestial de la pureza, aseveración grata a quienes concebían la humanidad como una masa damnata por el pecado original. Kircher visita otros planetas y el sol mismo, que gira alrededor de la Tierra, por supuesto, y los encuentra habitados, mas no por seres humanos [1].

Las dos obras, el Somnium en negativo y el Itinerarium en positivo, son las que tiene en cuenta bastante después —y, como Maldonado, en ocasión de un eclipse— Diego Torres de Villarroel para escribir el Viaje fantástico del Gran Piscator de Salamanca. Jornadas por uno y otro mundo, descubrimiento de sus substancias, generaciones y producciones. Ciencia, juycio y congetura de el eclypse de el día 22 de mayo de este presente año de 1724 (de el qual han escrito los Astrólogos del Norte), etc., por su autor, el bachiller Don Diego de Torres, Profesor de Filosofía y Matemáticas, substituto a la cátedra de Astronomía de Salamanca. La primera edición del libro, de 110 páginas de un tamaño de 19x14 cm., no indica el nombre del editor ni el año y lugar en que se imprimió, mas la dedicatoria y la censura llevan fecha de 5 de agosto de 1724, la licencia de 14 de agosto y la «tassa» de 20 de octubre de ese mismo año, las tres últimas en Madrid.

Un día en que el autor ha leído justamente el citado Camino extático de Kirquerio [2] y las novedades de la Gazeta sobre el eclipse de sol del 22 de mayo de 1724, se queda dormido y recibe en sueños la visita de unos amigos con los que parte para un viaje que se desarrolla en cuatro jornadas de camino y una de reflexión, que sirven de pretexto al autor para proporcionar una serie de explicaciones físicas y astronómicas. La primera jornada se dedica al mundo subterráneo; la segunda a la superficie de la Tierra, mares y ríos; la tercera al ayre, el fuego y la lluvia, y en la cuarta se asciende hasta los espacios, empezando por la luna, que está deshabitada.

«Con pasos más azelerados que los que llevaran mis amigos quando caminaban por las entrañas cercanas al infierno, llegaron al vasto mundo de la Luna. Allí empezamos a discurrir por sus montes, valles, y llanadas, no vimos ni en los más ocultos rincones aquellos vivientes que dixo Pytagoras, con que tuvimos por apócrifa la opinión de su Escuela. Ni vimos monstruo alguno, solo pudimos percibir que era un globo muy parecido al de la Tierra en lo desigual y escabroso.»

A pesar de que Villarroel arranca de un eclipse y explica correctamente que los de sol se producen cuando la luna se interpone entre este astro y la Tierra, su teoría es todavía la ya superada tolemaica. Supone la Tierra en el centro del universo, rodeada por las once esferas clásicas, la del ayre, la del fuego, la de la luna, de Mercurio, Venus, el Sol (su posición normal en la teoría geocéntrica), Marte, Júpiter, Saturno (en esta novena esfera estuvieron las aguas del Diluvio hasta que el Señor las hizo caer sobre la Tierra), el cielo o firmamento y, finalmente, en onceno lugar, el Empyreo, la ciudad de Dios y de los bienaventurados, como dice Ptolomeo, «el príncipe de los astrólogos». El autor, en fin, proporciona farragosas explicaciones astronómicas.

Diego Torres de Villarroel nació en Salamanca en 1694, de una estirpe de libreros. Estudió en su ciudad natal y, a los 19 años, marchó a Portugal. Si nos atenemos a sus biógrafos rigurosos, llevó allí una existencia normal y corriente, pero, si hacemos caso a su Vida, fue criado de ermitaño en Trasosmontes, médico, guitarrista y danzante en Coimbra, soldado en Oporto y torero en Lisboa. Esta autobiografía, estas memorias que tituló Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras del Doctor Don Diego Torres Villarroel (Madrid, 1743), están dedicadas a su propia alabanza y responden a su irrefrenable deseo de hablar de sí mismo.

A su regreso a España se enfrascó en la lectura de libros que le apasionaban, sobre astrología y matemáticas, mas pronto, a raíz de su intervención en una disputa entre jesuitas y dominicos, fue encarcelado, primero, y hubo de regresar a Madrid, después, donde en 1721 inició la publicación de sus Almanaques y Pronósticos, que firmó como el Gran Piscator de Salamanca: duraron hasta 1756 y le proporcionaron popularidad y fama de adivino y brujo, pero él nunca se los tomó en serio. Entre innumerables fallos, logró algunos aciertos, como la predicción de la muerte del rey Luis I o, incluso, la Revolución Francesa en el Pronóstico de 1756, esto es, treinta años antes de que tuviera lugar.

En 1726 volvió a Salamanca, en cuya Universidad obtuvo la cátedra de matemáticas, cosa que los alumnos celebraron rindiéndole un homenaje apoteósico, no por su saber, que no era tanto, sino por las simpatías de que gozaba entre ellos. No mucho después, a causa de un lance de honor, tuvo que huir a Francia y en 1732 fue desterrado a Portugal, país en que permaneció otros dos años. En 1745 fue ordenado sacerdote y en 1750 solicitó la jubilación anticipada, que se le concedió un año después; eso le permitió dedicar su tiempo a la literatura y llevar a cabo la labor, insólita para la época, de editar sus obras completas, en 14 tomos, por suscripción popular, lo que da prueba cabal de la extraordinaria popularidad que se ganó a base de hacerse pasar por fantástico. Murió en 1769.

El Viaje fantástico es una obra menor, entre las muchas que produjo, que hay que encuadrar dentro de sus escritos para aleccionar al lector sobre los temas más diversos. No destaca por su valor científico ni por las aventuras que no narra, sino por el aire de polémica y misterio que envuelve a su prolífico autor, poco frecuente en los medios académicos.

 

Mas en su vida real, Villarroel no fue nada fantástico, sino un burgués acomodado que acertó a sacar pingües beneficios de sus libros, otra cosa bien poco frecuente entonces. Eso explicaría que un tratado elemental de física y astronomía, como éste, lo vistiese de viaje a la luna y de polémica Kepler-Kircher. Quizá sus conocimientos no superaran la teoría geocéntrica y seguro que ésta era más fácil de «vender» que la heliocéntrica en aquella Salamanca. Lo que decía en el artículo anterior sobre paralelismo entre utopía y viaje fantástico no es aplicable a este caso, pues la conexión de esta obra con la utopía es más bien endeble. (Sí, en cambio, encierran algo de «utopía popular» sus Almanaques).

En cuanto a su estilo, aunque el autor manifiesta su solo propósito de exponer claramente sus ideas y su desdén por los aspectos formales del lenguaje, su descuido es sólo fingido. Escribía «con abundancia desaliñada de lengua», dejó dicho de él Menéndez y Pelayo, mas pienso que en realidad su estilo es más cuidado que descuidado, intencionadamente elegido para causar el mayor impacto posible en el lector: como un peinado «despeinado» está meticulosamente elaborado [3].

NOTAS

1. Estos libros y las ideas religiosas y astronómicas de la época los he tratado largamente en el artículo «Kepler: ciencia y ficción», publicado en el fanzine electrónico Ad Astra nº 6, Barcelona, otoño 1996.

2. Era frecuente castellanizar los nombres propios. A Villarroel sólo le faltó decir Quirquerio, lo que hubiera hecho las delicias de Madariaga, quien, por ejemplo, elogiaba a un embajador de Felipe II en Londres que al conde de Knox le decía en sus cartas conde de Quenoques.

3. El lector interesado sepa que ha sido reeditado en 1997, en Barcelona, por Edicomunicación, colección Fontana, con el título de Viaje fantástico y otras obras.


 
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