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III. EL ABATE MARCHENA VIAJÓ JOVEN Y REBELDE

En 1787 le tocó el turno de viajar a la luna al abate Marchena, por entonces un joven estudiante rebelde, quien soñó que un turbillón (claro galicismo por tourbillon) le arrastraba hasta nuestro satélite. He visto dos citas iguales, tomadas la una de la otra, que hacen referencia a esta narración que dicen simplemente que «el periódico El Observador, editado efímeramente por José Marchena, en 1787 incluyó en su cuarto número un viaje a la Luna».

Una lectura superficial de esta referencia podría inducir a error. El Observador, que no era un periódico de noticias sino de discursos, se publicó semanalmente —salía los lunes— en el otoño de 1787; tenía 12 páginas de tamaño chico (15x10 cm.) y costaba 5 céntimos. No llevaba fecha ni pie de imprenta, pero hubo de imprimirse en Salamanca, donde estudiaba su editor, o en Madrid, adonde había que enviar la correspondencia.

Como recogen Sáiz [1] y otros, el autor pretendía ocupar el espacio dejado por el famoso El Censor [2], que había desaparecido poco antes. «Esta obra periódica», afirmaba Marchena, «será muy semejante a la que salía antes con el nombre de El Censor». Y realmente se consideraba capaz de sacar un periódico importante, basado en la honradez y la verdad.

Se interroga Saiz Cidoncha [3] sobre si el hecho de que no se publicara la prometida continuación de este viaje a la luna se debió a la desaparición del periódico, a un toque de atención gubernamental o a una súbita prudencia del autor. Lo cierto es que El Observador publicó solo seis números porque fue prohibido por la Inquisición.

Desde el punto de vista del Santo Oficio no le faltaban razones para ello. Marchena era un utilitarista ilustrado, que entendía que la falta de crítica y el conformismo mantenían al país en la ignorancia. Era antirreligioso o, por mejor decirlo, anticlerical, pues se oponía a la escolástica vigente y afirmaba que el modo de enseñar de la Iglesia en las Universidades conducía al oscurantismo. Era antipatriota, pues apoyaba apasionadamente, hasta la injusticia, la tesis del artículo de Mason de Morvilliers en la Enciclopedia Metódica que se resume en «¿Qué se debe a España, qué es lo que ha hecho por Europa?».

Era inmoral en su defensa de la sensualidad, de izquierdas en su condena de las desigualdades sociales, afrancesado en su entusiasmo por la Revolución Francesa... ¿qué más podía pedir el inquisitorial censor? Así que prohibió el periódico porque criticaba en exceso a la Universidad de Salamanca [4].

El menos acerbo de sus discursos es el que nos ocupa, el cuarto (pp. 51 a 63), titulado «Parábola sobre la religión y la política entre los selenitas». La sociedad del mundo lunar es igual a la de la Tierra: no se conocen de modo fijo los derechos y deberes del soberano y sus súbditos, los sabios que afirmaron que la Luna se movía alrededor de la Tierra fueron castigados por irreligiosos, hay dos sectas de seguidores de Theoxârco, a modo de católicos y protestantes, que se aborrecen mutuamente, etc.

El protagonista escucha de labios de un sabio, con él encarcelado, la historia de Selene, que coincide con la de Geos. A Grecia, con otro nombre, la perdieron la ambición y la avaricia que terminaron por dominar a sus habitadores. Le sucedió Roma, que había erigido como principio la máxima de que los Dioses la habían destinado para dar leyes al mundo y que pereció a impulsos de las contestaciones sangrientas que las riquezas excesivas hicieron nacer. Llegaron luego los salvajes o bárbaros y la historia se interrumpe, quedando para otra semana.

Parece interesante recoger que en tiempo de los romanos Theoxârco bajó del cielo para sustituir las religiones locales por otra universal. En sus palabras se aprecia lo que antes he dicho de que Marchena no era antirreligioso sino anticlerical o antieclesial. Véase, sino:

«...á la necedad extravagante de la pluralidad de Dioses substituyó el sublime pensamiento de la exîstencia de un solo Dios eterno, independiente, omnipotente, criador, inteligente, libre, bueno, y sumamente perfecto. Los hombres escucharon con espanto una doctrina tan nueva y tan grandiosa, y se preparaban á seguirla con entusiasmo...» (hasta que llegaron los que él llama los Bonzos).

Se podría añadir que los selenitas no creían que la Tierra estuviese habitada, pues tenían su propio primer hombre. Los sabios teólogos solucionaron la presencia del terráqueo resolviendo que no era un racional.

Éste es el tercer viaje español a la luna que conozco: Marchena tenía 19 años cuando lo escribió. Era de gustos literarios franceses, verdaderamente galófilo, admirador de Rousseau y Voltaire —también de Molière— y socialmente adelantado a su tiempo en la condena de las desigualdades sociales:

«Cuando veo un soberbio palacio de un gran señor [...] me asalta la idea de los miserables vasallos de aquel excelentísimo que gimen oprimidos bajo el peso de las miserias más gravosas».

Y en la misma línea:

La indigencia pintada sobre los rostros abatidos; los pequeñuelos pidiendo el pan a las madres que responden apretándolos a los pechos entre sollozos repetidos “no le hay”; el robusto padre que viniendo de noche del campo trae apenas lo que basta para remediar a sus primeras y más urgentes necesidades.

Y si la sociedad está mal, no digamos el Estado, con un impuesto que llega como:

impío exactor que el azote levantado arranca de estos miserables el pan [...] que les hacía sobrellevar una vida llena de trabajos.

Todo esto antes de Dickens, por supuesto. El abate Marchena ha pasado a la historia con este sobrenombre, mas nunca fue tal, pues, aunque sus padres lo destinaban a la carrera eclesiástica, él la rechazó enérgicamente. Era terriblemente feo y no menos inteligente, cualidades que no quiso dedicar al sacerdocio.

José Marchena Ruiz y Cueto nació en Utrera (Sevilla) el 18 de noviembre de 1768, no hijo de labrador, como en más de una ocasión quiso hacer creer, sino de un agente fiscal del Consejo de Castilla. Hasta los 11 años cursó estudios de francés, latín y primeras letras en su pueblo natal, pasando después a Sevilla y luego a Madrid, donde permaneció de los 12 a los 16 años.

Conoció en la capital la sociedad de las dos Españas, donde a pesar de su buena posición, se alineó desde la más corta edad con los pensadores de la filosofía frente a los ideólogos de sacristía, por decirlo en vulgar lenguaje de la época. A continuación marchó a Salamanca, en cuya Universidad estudió Derecho, interesándose mayormente por las instituciones civiles, y en 1890 se graduó de Bachiller en Leyes. Propagandista de sus ideas con celo de misionero, supo conciliar su actividad literaria y política con una vida llena de aventuras: su vida fue siempre más interesante que sus escritos.

Perseguido por la Inquisición hubo de exilarse por veintiún años en la grata Francia de la Revolución, país al que tuvo por hogar, como a la literatura y la política galas tomó por ejemplo. Marat le hizo redactor de su periódico L’Ami du Peuple y Robespierre lo encerró en prisión, de donde no salió hasta que aquél fue guillotinado. Perteneció al Consejo de Salud Pública, atacó al Directorio —que le aplicó la ley de extranjería—, fue confirmado en sus derechos de ciudadano francés por el Consejo de los Quinientos y el general Murat lo trajo a España como secretario.

De regreso a su patria fue inmediatamente encarcelado por el Inquisidor General, teniendo que rescatarlo por la fuerza una compañía de granaderos enviada por el propio Murat. José Bonaparte lo nombró redactor de la Gaceta de Madrid y Archivero Mayor del Ministerio del Interior, volviendo a exilarse a la caída del rey francés y tornando a regresar tras el triunfo de Riego. Se aposentó en Sevilla, donde no fue perdonado por la derecha más conservadora, y, desprovisto de recursos, falleció en casa de un amigo, en Madrid, un día de enero de 1821, a los 53 años de edad, tras hacer testamento y dictar declaración de pobreza, así como de que moría en la fe católica.

Cosechó críticas muy duras, tal la de Chateaubriand: «Fue un sabio inmundo y un aborto lleno de talento» y ha sido una mentalidad posterior la que lo ha reivindicado.

Se han escrito sobre él múltiples ensayos, entre los que hay que destacar la monografía que le dedicó Menéndez y Pelayo, quien dijo de él que «tanto en lo bueno como en lo malo rebasó el nivel ordinario». Para este artículo, del libro que he tomado más datos ha sido el muy completo El abate Marchena, de Fernando Díaz-Plaja [5].


NOTAS

1. Sáiz, Mª Dolores. Historia del periodismo en España, tomo I: Los orígenes. El siglo XVIII, Madrid, Alianza, 1983.

2. En 1784-85, El Censor publicó en tres discursos un relato utópico que guarda cierta semejanza con éste, aunque los protagonistas, empujados por una borrasca, se limitan a llegar al país de los Ayparchontes, en una desconocida tierra austral.

3. Saiz Cidoncha, Carlos. La ciencia ficción como fenómeno de comunicación y de cultura de masas, tesis doctoral, Madrid, Facultad de Ciencias de la Información, Universidad Complutense, 1988.

4. Presentó a la censura ocho números más, que fueron rechazados por el Juez de Imprenta Fernando de Velasco, quien en un informe de 17 de abril de 1788 condena también los seis números publicados. Lamentablemente los inéditos se han perdido y es posible que entre ellos figurase la prometida continuación del viaje a la Luna.

5. Díaz-Plaja, Fernando. El abate Marchena, León, Diputación Provincial-Universidad, 1983.


 
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