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IV. DON ANTONIO MARQUÉS Y ESPEJO TAMBIÉN
FUE CURA, SOÑADOR Y CASTELLANO

En el prólogo de Los terrestres en Vénus [1] escribe Camille Flammarion de las narraciones de viajes a tierras celestes algo bien parecido a lo que hubiera escrito si hubiera prologado la obra que comento, por más que datada cien años antes:

"Los pueblos viven en fraternal consorcio, gobernándose por sí mismos y en libertad completa. No tienen nada que temer de la guerra, vencida al fin. Sus soberanos y sus representantes son virtuosos, desinteresados e inteligentes; no piensan sino en la prosperidad pública, olvidándose de ellos mismos, en aras del bien común, del general bienestar. Cada año disminuyen los gastos, al propio tiempo que los impuestos. Ni se conceden puestos al favoritismo [...] ni se conceden más que al mérito puro las condecoraciones y los honores [...] reinando por doquier la armonía y la más perfecta felicidad."

La obra en cuestión es el Viage de un filósofo a Selenópolis, aparecida a poco de iniciarse el siglo XIX, que es una nueva novela utópica. La utopía se presentaba por entonces con más fuerza que nunca, intentando imponerse a la realidad y obligar a la Historia a reconocerla.

Es una utopía burguesa, en la que hay Estado, propiedad privada, escala social, negocios lucrativos, leyes y jueces. Responde al modelo clásico en que el protagonista es un viajero que atraviesa la frontera que separa lo conocido de lo desconocido y halla en el nuevo territorio una sociedad más justa y más feliz que la suya. Si en la Baja Edad Media española este territorio pudo ser el reino de Granada, en el siglo XVI lo fue la recién descubierta América y, agotado el mito del buen indio, en siglos posteriores la absolutamente desconocida Luna pasó a ser el Paraíso del ideal posible. Con ligeras variantes el esquema se repite una y otra vez, hasta que el alejamiento puede no producirse en el espacio, sino en el tiempo, en una sociedad del futuro que h evolucionado sobre la propia Tierra.
 
El título completo del libro es Viage de un filósofo a Selenópolis, Corte desconocida de los habitantes de la Tierra, escrito por él mismo y publicado por D. A. M. y E., Madrid, 1804; impreso por Gómez Fuentenebro y Cía, 182 páginas de 15x10 cm., aprox., donde las iniciales D. A. M. y E. corresponden al presbítero de Guadalajara Don Antonio Marqués y Espejo [2]. De haberlo escrito un autor de hoy, bien podría haberlo titulado El satélite ilustrado.

Es bien sabido que por aquel entonces, e incluso tiempo después, los autores contaban entre sus obras tanto las originales como las traducciones o, mejor, las adaptaciones que hacían, a veces para acomodarlas a los usos de España, con frecuencia para evitar problemas con la censura que impidiesen su publicación y siempre para seguir el gusto del traductor/adaptador. Marqués, que estrenó como suyas piezas teatrales de origen francés, hizo lo mismo con esta novela, traducción/adaptación de Le voyageur philosophe dans un pays inconnu aux habitants de la Terre, de Mr. de Listonai, seudónimo de Daniel Villeneuve [3], publicada en Amsterdam en 1761.

Desconocía este dato cuando escribí la primera versión de este artículo. Supe de ello cuando, en la Enciclopedia de la utopía de Versins, me fijé en que título y portada de Le voyageur philosophe eran semejantes a los de El Viage de un filósofo y comprobé que párrafos que reproducía del uno se repetían en el otro. Tengo entendido que quien primero lo puso de manifiesto fue Martin Jamieson en 1987. Leo que luego Álvarez de Miranda cotejó ambos textos y señaló que Marqués había desgajado y fragmentado drásticamente la novela francesa, de la que sólo aprovechó una parte reducida, añadiendo de su cosecha el capítulo dedicado a la Biblioteca del bello sexo selenito, muy en su línea, que rompe con el resto del la narración.

No conozco en su integridad el texto francés, mas, en algún resumen que he encontrado, veo que Listonai aborda cuestiones que no recoge Marqués, particularmente algunas que afectan a su consideración como una novela de proto ciencia ficción.

"Si los planetas están habitados, pueden estarlo por seres de una naturaleza completamente distinta de la nuestra".

Sobre la luna, en virtud de su comercio con la Tierra, se conservan obras que nosotros no conservamos, tales bastantes libros de la Biblioteca de Alejandría y otros perdidos desde la Antigüedad. También mapas de las Tierras australes y del interior de África.

En un pasaje el autor imagina las invenciones del siglo XXIV, entre ellas la de desplazarse permaneciendo inmóvil, dejando que la Tierra gira bajo el viajero, hacer el cristal maleable para fabricar muebles duraderos con él, una especie de taquigrafía a modo de lenguaje algebraico universal o cómo sacar utilidad de los animales feroces.

Dice de la novela española Juan Ignacio Ferreras [4] que se trata de uno de los libros más sugestivos de estos años, que desarrolla un utópico viaje al reino de Selenópolis, donde se da una vida auténticamente ideal, pues imperan allí la justicia, la verdad, la igualdad y el progreso, con todo un programa político y social inspirado en la ideología liberal del autor.

 

Señala asimismo que, como aspiración del autor, Selenópolis está en la propia Tierra. El Voyageur es para Listonai un medio de ofrecer a Francia reformas conformes a la razón, lo mismo que es el Viage para Marqués y España. Y abunda igualmente en que es una novela burguesa: era el tiempo en que nacía la burguesía, seguramente en España más tarde que en otros países europeos, pues la nobleza siguió conservando por más tiempo las tierras.

Parte de las obras de nuestro cura pecan en exceso de moralizantes, aunque otras no lo son tanto. Es más, en el Archivo Histórico Nacional se conserva una petición suya, de ese mismo año de 1804, para editar una revista que llevaría por título Liceo general del bello sexo [5], a la que se acompaña el manuscrito del número 1, que se entendió inconveniente, por lo que se le negó la preceptiva licencia, como igualmente se le denegó en 1806 el permiso para editar el periódico El Plausible. Su consideración me anima a pensar que Marqués era capaz de hacer algo más que moralizar.
 
Antonio Marqués y Espejo nació el 11 de junio de 1762 en Gárgoles de Abajo, un pequeño lugar de la Alcarria, entre el Tajo y el Tajuña, en el municipio de Cifuentes de la provincia de Guadalajara. Cuando lo visité en busca de más información sobre él, me contaron que fue en tiempos cementerio de obispos y me señalaron varias casas que lucían un escudo inquisitorial, que imaginé fruto de requisas.

Como se lee en la mejor fuente de información sobre su biografía, el libro de autores guadaljareños de Catalina [6], fue hijo de María Lorenza Espejo y de José Marqués, abogado, mayordomo de rentas, alcalde mayor y juez de residencias en los estados del Duque del Infantado, que siempre protegería a su hijo. A los 14 años comenzó éste sus estudios en la Universidad Complutense, donde a los 18 obtuvo el grado de Maestro de Filosofía.

A los 21 marchó a Valencia a proseguir los estudios que había iniciado en Alcalá, donde tres años más tarde recibió el grado de Doctor en Teología, para ordenarse sacerdote después, dedicándose a la predicación. Su verdadera vocación era la enseñanza, por lo que por dos veces opositó sin éxito a la cátedra de Filosofía de la Universidad de Valencia.

Fue Colector de las Recogidas de Madrid y Beneficiado Titular de la parroquia de Alberique. No se conoce el año de su fallecimiento, que debió ocurrir hacia los años treinta del siglo XIX, a juzgar por la fecha de publicación de su última obra. Como hago de sólito, he intentado seguir su pista en los arzobispados de Madrid y Valencia, las Recogidas madrileñas y la parroquial de Alberique, así como en el propio Gárgoles, sin ningún resultado.

Entre sus muchas obras habría que citar las Memorias de Blanca Capello (1803), inspiradas en el Nouveau Dictionaire Histoqique, una novela de pretensión histórica al gusto romántico, ejemplificadora y moralizante: Blanca enviuda en extrañas circunstancias y el Gran Duque de Florencia, que está enamorado de ella, se queda a su vez viudo y ambos se casan, con la oposición dl cardenal Fernando de Médicis. Los duques mueren envenenados y el cardenal pasa a ser el nuevo duque.

Asimismo la Retórica epistolar de 1803, un multieditado prontuario de misivas que ofrece toda clase de modelos de cartas, la Historia de los naufragios, en cinco tomos, de1803-04, y una serie de piezas teatrales, unas originales y otras en la línea de las citadas traducciones libres al estilo dieciochesco.

Y por encima de todo, dice Martínez García, fue autor de centones, de obras literarias compuestas de sentencias y expresiones ajenas. Como buen pirata literario que era, fue experto en apropiarse de textos ajenos, como es el caso del Diccionario feyjoniano de 1802, donde reproduce párrafos enteros de fray Jerónimo Feijóo, limitándose a disponerlos en oren alfabético de materias. Curiosamente, en un viaje a otro astro de más de cien años después [7], también el autor se inspirará en el pensamiento del fraile de la Orden de san Benito, al que llamará el primer socialista español [8].

En cualquier caso, es la primera vez, que yo sepa, que aparece en la literatura hispana un vehículo espacial que, por más que se trate de un velero, está tripulado y maniobrado por un (astro)navegador.

En un inicio que es traducción rigurosa del francés, nuestro Viage tiene lugar en 1799, futuro para Listonai, pasado para Marqués, anterior a la Revolución Francesa para aquél, posterior para éste, cuando el filósofo asciende a una montaña para contemplar desde allí las cataratas del Niágara y, al penetrar en la niebla -típico recurso para marcar el paso de la realidad a la irrealidad-, se topa con un vagel maravilloso en el que embarca una multitud con destino a la luna. El velero se eleva impulsado por un viento vertical y, con un golpe transversal de timón, escapa de la atmósfera de la Tierra por "un feliz tangente", para navegar por los espacios sometido a "una neutoniana fuerza invencible, en razón directa de la masa e inversa del cuadrado de la distancia", contando con la pericia del piloto, "intrépido calculador del infinito", que termina por hacerlo alunizar.

Escribe Versins que este calculador del infinito prefigura la moderna astronavegación, en una apreciación que encuentro exagerada. El autor proporciona oportunos detalles, poco frecuentes en otros, como el dato de que las distancias que maneja están medidas en leguas de veinticinco al grado, esto es, de 10.000:90:25 = 4'444 kilómetros. En cambio, comete un error de traducción al verter "3 secondes et 7 tierces" por el imposible "3 segundos y 7 tercios", en vez de 3 segundos y 7 terceros [9].

El mapaluni es igual a un mapamundi, así que encuentra una Europa en todo semejante a la terráquea, con sus mismas leyes, gustos y costumbres, lo que le apena profundamente, dando su viaje por inútil. Pero, cuando vaga más infeliz, halla al anciano sabio Arzanas, procedente del otro hemisferio, el que no se ve desde la Tierra y que se llama América, donde las cosas son diferentes, al estilo de como él quisiera que fueran en nuestro mundo.

Prácticamente no existe comunicación por mar entre ambos continentes, por lo que cruzan por el centro de la luna revestidos de pieles de salamandra y sábanas del amianto impregnadas de un barniz resistente al fuego. Llegados a América, cesa la acción y Arzanas le va explicando todo cuanto ve y respondiendo a sus preguntas, en un diálogo que es recurso frecuente de la utopía. El reino americano es uno, a diferencia de lo que sucede en Europa, donde españoles y portugueses, franceses e ingleses, austriacos y prusianos viven divididos, en vez de formar una sola república, sin aduanas.

Siguen capítulos dedicados a la educación, el estado de la literatura y los usos y opiniones de los selenitas. Como todo utopista que se precie, nuestro autor basa la felicidad de un pueblo en la educación física y mental de sus individuos, ya que el hombre nace bueno por naturaleza y es la sociedad la que lo corrompe. Una buena educación potencia la salud y la moral, elimina las enfermedades y los vicios y da lugar a una sociedad más justa y, por ende, más feliz.

El autor no es sólo novedoso en su aspiración de una Unión Europea, sino en su exposición de una educación liberal y práctica que haga felices a los hombres, más desgraciados que malos, educación que, en escuelas públicas y desde su primera edad, se imparte con todo rigor y por igual a los niños y a las niñas, de modo que después las mujeres están presentes en las Academias y los Tribunales para provecho de la sociedad. Entre las féminas, obviamente, han desaparecido las diferencias entre mogigatas y bonitas, &c.

Sólo se aprenden cosas útiles, nada de lenguas muertas ni cosas por el estilo, y todos han de ser ambidextros, porque en la Naturaleza no hay derecha ni izquierda. A los 14 años cada muchacho o muchacha elige el trabajo a que quiere dedicarse, que coincide con aquél para el que está mejor dotado. Como en todas las utopías, éstas elecciones cubren todas las necesidades laborales de la sociedad ideal que presentan.

En lo tocante a la religión, escribe Marqués que su primacía es absoluta, yo diría que por obligado compromiso, pues las pocas veces que la menciona lo hace como concesión formal: la gran "iglesia" de Selenópolis es el Templo de la Verdad, donde no se celebra culto. Quienes lo frecuentan salen de él no como hombres religiosos, sino como hombres iluminados por el conocimiento de la filosofía.

Marqués procura salvar la situación sin romper con lo dicho, afirmando que la Verdad es emanación del Ser Supremo, pero lo cierto es que la cultura de Selenópolis es laica y su religión un deísmo propio de la Ilustración, del mismo modo que lo será la religión de los marcianos en el antedicho Viaje a Marte de Brocos. En otro orden de cosas, en Selenópolis, como en la Civitas Solis de Campanella y, no digamos, en Restif de la Bretoone, se acepta la prostitución para salvar el honor de las mujeres virtuosas.

En capítulos sucesivos se advierte el conocimiento por parte de Listonai de los temas económicos y financieros. Por más que dicho con otras palabras, propone que no exista el impuesto de sociedades sino tan sólo sobre la renta y el patrimonio de las personas físicas. Entre las pocas exenciones que a éstas se otorgan, figuran las que se conceden a las madres trabajadoras que por sí mismas sustentan a sus hijos.

El soberano no honra a los nobles, sino a quienes practican la agricultura y el comercio, y se estiman tanto o más estas artes que las liberales. El crédito es el alma del comercio, por lo que se mira como una puerta abierta a la industria, distinguiéndolo claramente de los préstamos de usura.

Con respecto al comercio hay un detalle propio de las novelas de ciencia ficción de las que es remoto precedente. Los selenopolitanos están entre nosotros y el sabio indígena dice al filósofo alienígena:

"Nosotros tenemos un comercio secreto con vosotros en el que vosotros suministráis siempre sin recibir nada a cambio; por esta vía nos hemos apropiado de vuestros mejores descubrimientos que habéis hecho en las ciencias y las artes."

El comercio se ve favorecido por el ordenamiento de los ríos y las carreteras, como señala Trousson, los servicios cómodos de correos y la supresión de aranceles a la exportación. Existe un servicio público postal, con carruajes que admiten viajeros y mercancías por un precio moderado. El arte hidráulico está muy desarrollado y cada poco se construyen diques de represa y canales de riego. Poseen magníficos caminos en los que cada tanto hay mapas de itinerarios y relojes a los que se da cuerda dos veces al año. Y cada diez se envían expediciones al extranjero para que traigan cuantos inventos redunden en felicidad para los ciudadanos.

Las leyes y costumbres de los selenitas son adelantadas para su tiempo y así vamos conociendo sucesivamente cómo apenas se producen conflictos bélicos y el "desgraciado derecho de guerra" está mucho más desarrollado que entre nosotros. No se aplica la pena de muerte, sino que se castiga a los reos de delitos mayores a los trabajos más rigurosos de entre los que son útiles a la sociedad, como el de las minas, trabajo para criminales, no para arruinar la salud de hombres honrados. Tampoco se aplica el tormento, pues la tortura es cierta y el delito, no:

"¿Puede haber algo más precioso que la sangre de una criatura humana?, ¿No vale más exponerse a salvar veinte culpables que a sacrificar a un solo inocente?"

A quienes se embriagan se les hace ingerir una bebida que les da para siempre disgusto y aversión por los licores, de igual modo que se pretenden remedios antipáticos para todos los otros vicios. Cuando es posible, se castiga a quien ha hecho un daño a sufrir por un tiempo la condición del dañado.

En tono menor, quizá el autor no estuviera muy satisfecho de las críticas recibidas a sus libros, porque escribe:

"Los diaristas y los críticos de profesión, sometidos por estado a la autoridad del Tribunal del Gusto, tenían la obligación de sostener ante él sus censuras, y de hacer reparación auténtica a los autores heridos por las flechas iniqüas de la envidia, de la malignidad o de la sugestión."

Con lo que entramos en la última parte de la novela, obra toda de Marqués, no de Listonai, que se ocupa de "la biblioteca particular del bello sexo selenito, por la que se arregla su moral", en la que descuellan tres antiguas cartas.

En la primera se recomienda a una mujer, cuyo marido le es infiel, que no se divorcie -posibilidad que supone un adelanto para aquel tiempo-, "a no ser que se trate de un hombre enteramente libertino". En la tercera se aconseja a una futura madre sobre cómo debe elegir nodriza para su hijo, ni tartamuda ni muy dormidora, cómo suplementar la dieta del bebé con vino cuando la leche no es bastante y otras lindezas, que de todo sabía el buen cura.

En el capítulo postrero, en fin, tras seis meses de estancia del filósofo en Selenópolis, todo se resuelve una vez más en un sueño: "Eppur troppo é la vita un sogno", concluye. Y es que la utopía es un sueño, "el sueño del orden de vida verdadero y justo", que dijo Neusüss.

Este viaje fue posterior al gran Viaje del abate Hervás y Panduro [10], y lo conociese o no Marqués, éste era su pensamiento sobre

"autores peregrinantes y medio dormidos, que con títulos de sueños, recreación y entretenimientos hablan de los cielos, criando caprichosamente nuevos mundos, fingiendo ridículamente pobladores, e inventando leyes y modos fantásticos de gobierno."

De los cuatro autores españoles que, entre 1540 y 1804, viajaron a la luna, Maldonado, el Gran Piscator de Salamanca, el abate Marchena y Marqués, aunque tres fueran curas, ninguno empleó en su obra ese "tonillo eclesiástico de predicación agresiva" que sí utilizó Hervás, en palabras de Lefebvre [11], ni interrumpió constantemente la acción de la novela para moralizar al lector.

Remata Flammarion su mentado prólogo escribiendo:

"Estas novelas valen mucho más que los habituales folletines de nuestros periódicos cotidianos. En ellas [...] se desvía el espíritu a las regiones superiores, donde todo difiere de nuestra morada sublunar, siendo esto un reposo para nuestro espíritu, un oasis de tranquilidad desconocida. Allí pueden encontrarse humanidades extraterrestres diametralmente opuestas a la nuestra, allí existen agradables novedades. El ejemplo del griego Luciano fue seguido por Ariosto, Rabelais, Kepler, Godwin, Wilkins, Borel, Cyrano de Bergerac, Kircher, Huygens, Holberg, Voltaire, Swedenborg, Rounier, Gudin, Edgar Poe, Boitard, Egrand, Wells, etc."

¿Por qué no aparece en esta relación un autor que no debería faltar, como Maldonado? Con toda probabilidad porque Flammarion no lo conocía. No hemos sabido dar a conocer esta literatura hispana.

* * *

Una primera versión de este artículo se publicó en la revista Asimov ciencia ficciónnº 19, julio-agosto 2005, Madrid, eds. Robel, y junto con los tres anteriores en el cuadernillo de Apuntes para la historia de la ciencia ficción española: Españoles que fueron a la luna, edición de autor, Madrid, 1997.

NOTAS

1. Déglantine, Silvain. Los terrestres en Vénus, Barcelona, Ramón de S.N. Araluce, 1910, prólogo de Camille Flammarion.

2. Existe una versión moderna on line en Liceus.com de Ediciones Paipérez, 2007, edición, introducción y notas de José Carlos Martínez García, de donde he recogido algún dato y comentario.

3. Apenas se encuentra nada sobre Daniel Jost de Villeneuve. Sólo he visto que Querard, en Les supercheries littéraires dévoilées, apunta que fue director de las finanzas de Toscana. Con respecto a su bibliografía, en el catálogo de la Biblioteca Nacional de Francia figura además con tres obras de carácter musical.

4. Ferreras, Juan Ignacio. Los orígenes de la novela decimonónica (1800-1830), Madrid, Taurus, 1973. Como me une amistad con él, en cuanto supe del origen del libro lo puse en su conocimiento.

5. Hay que entender que de contenido no muy distante del citado capítulo añadido al Viage sobre la Biblioteca del bello sexo selenito.

6 Catalina García, Juan. Biblioteca de autores de Guadalajara, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1890.

7. Brocos, Modesto. Viaje a Marte, Valencia, Arte y Letras, 1930.

8. Ver mis Apuntes dedicados a los Españoles que fueron a Marte.

9. Un tierce o tercero era una rara unidad de tiempo que se empleó antes de las décimas o centésimas. Al igual que el minuto se divide en sesenta segundos, el segundo se dividía en sesenta terceros.

10. Hervás y Panduro, Lorenzo. Viaje estático al mundo planetario, Madrid, Imprenta de Aznar, 1793.

11. Lefebvre, Alfredo. Los españoles van a otro mundo, Barcelona, Pomaire, 1968.
 
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