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Ii. CUENTOS ILUSTRADOS

El segundo libro en que recogió Fabra sus consejas fue Cuentos ilustrados, editado en Barcelona en 1895, en la imprenta de Henrich y Cª., que estaba en el Pasaje Escudillers nº 4; más grande que el anterior, 261 páginas de 22x16 cm. con grabados de una docena de conocidos dibujantes, entre los que uno, Agustín Querol, hizo su retrato. Algún relato, como es el caso de "Cuatro siglos de buen gobierno", había aparecido ya en el volumen anterior.

Ya he dicho de este cuento que utiliza un artificio ucrónico  que es tal porque la historia no tiene mayor acción ni descripción de personajes: al rey Miguel lo retrata simplemente como una máquina de tomar decisiones. La narración es regeneracionista, con un autor que supone que el desarrollo de la sociedad se basa en el avance de la ciencia y el buen gobierno, que representa la monarquía: estamos en tiempo de la Restauración.

A continuación, "El presente juzgado por lo porvenir" vuelve sobre lo mismo, aunque ahora el presente real no se confronta con otro ucrónico que nunca existió, sino con el que se supone que va a existir a mediados del siglo XX. En lo científico, la electricidad ha sustituido al vapor y mueve fábricas, barcos y trenes, de modo que las mercancías se abaratan notablemente y artículos que antes se consideraban de lujo pasan a estar al alcance de todos. los ferrocarriles son aéreos y discurren en línea recta y con pendiente uniforme, con los vagones colgados de cables entre columnas; las construcciones de Eiffel cautivaron también a Fabra.

"Nada contribuye tanto a los adelantos morales de un pueblo como el progreso material", escribe el autor, quien, en lo moral, supone que el siglo XX va a liberar al individuo de la tiranía del asociacionismo, "de la inflexible autoridad del silbato o la campana", resultando muy interesante su idea de que la subdivisión y especialización del trabajo, que es lo contrario de lo que predicaban los utopistas, van a permitir que los operarios laboren en sus propias casas.

En lo político, el ataque a los gobernantes españoles es muy duro, tachándolos de mirar sólo por su propio interés y no por el de sus gobernados: "Aquí los espíritus más rectos [...] se hacían cómplices de la iniquidad", "Era en vano reclamar justicia de quien carecía de autoridad moral para aplicarla", y es especialmente cáustico con los impuestos:

"A despecho de las quejas generales de las clases contribuyentes, que pedían en vano ministros de Hacienda prácticos, equitativos, administradores del Estado y no agentes ejecutivos [...] Para conseguir tales triunfos, de los cuales eran ostentoso trofeo los estados de recaudación en la Gaceta, falsos a veces, amañados otras y artificiosos casi siempre, se apelaba a irritantes procedimientos, inspirados en las argucias y sutilezas de la mala fe vergonzante".

De esta situación nos salva Europa, pues, condenada España a ser una nación continental, ha de seguir el rumbo de las demás, donde, vencido el socialismo de Estado, "que tantos temores y sobresaltos inspiraba a finales del siglo XIX", el progreso material que se ha referido, con su consecuente progreso moral, la creciente depreciación del capital a causa del crecimiento del ahorro y la riqueza, la mejora de la instrucción pública, etc., crean en el siglo XX un panorama opuesto al del XIX, primero en Europa y después en España.

En la misma línea, usando ahora como referente la sociedad de otro mundo, se sitúa "En el planeta Marte". Nadie viaja hasta allí, pero los astrónomos martícolas -sólo una vez se dice marcianos- se ponen en comunicación con los del Azul, como llaman a la Tierra, y averiguan cómo marchan las cosas aquí. El periódico planetario, en un largo artículo que se extiende a lo largo de la mayor parte del cuento, lo describe con detalle.

En Marte sólo existe un periódico, el Resonancia Universal, como también un solo estado y una sola religión. El diario es hablado porque la lectura y la escritura han caído en desuso. Los progresos científicos son notables, de modo que conocen la televisión bajo la forma de un aparato llamado telefoteidoscopio, que transmite las imágenes a distancia y las reproduce sobre un espejo, que puede emplearse también en las conferencias particulares. Las carreteras son rodantes, con cintas de velocidad progresiva que alcanzan los 250 Km/hora, de uso gratuito.

En el artículo en cuestión se va comparando a la Tierra con Marte, siempre en demérito de la primera, que está en la situación por la que pasó el segundo en su época semiculta. Los marcianos ya no usan el vapor sino la electricidad, no viven en pesadas casas de hierro sino en esbeltas edificaciones de aluminio, no visten ropas hechas a partir de vegetales sino tejidas con fibras metálicas, no sacrifican animales para comer sino que se sustentan con píldoras nutritivas, no envían sus estudiantes a las clases de un profesor sino que les enseñan por medio del sueño hipnótico.

En lo social las diferencias son todavía mayores. "Nos dicen que en la Tierra hay a veces justicia, pero que resulta lenta y costosa, como si el más primordial de los deberes de un Estado no consistiera en administrarla pronto y cumplida, como si por parte del fisco no fuera el colmo de la iniquidad explotar la razón en tela de juicio. ¿Cuándo alcanzarán los terrícolas nuestra perfección forense?". La perfección forense martícola consiste en que, en un pleito, cada parte confiesa su versión de los hechos a lo que se supone una especie de contestador automático del Tribunal y éste decide inmediatamente después.

El telefoteidoscopio transmite las imagenes a distancia.

El habitante de Marte de finales del XIX está más liberado de la tiranía de la campana que el de la Tierra de mediados del XX, mas a la hora de la oración, que anuncian con voz potente los megáfonos de todos los templos, estas gentes se detienen, estén donde estén, alzan sus ojos al cielo y repiten todos la misma plegaria, el Padrenuestro martícola. Es muy parecido al cristiano, desde el "Padre común" hasta el "líbranos del mal", excepto en que los marcianos, en vez de pedir el pan cotidiano, suplican que Dios les conserve la inteligencia.

La apoteosis del ferrocarril llega con "Un viaje a la República Argentina en el siglo XXI". El protagonista solicita un billete de tren Madrid-Buenos Aires mediante UNA llamada a la Compañía Telefónica y Neumática, pero ésta no es automática, ha de pedir la conferencia. El pasaje cuesta la exorbitante cantidad para la época de 1.500 pesetas, que serían la modesta cifra de 9 euros del año en que transcurre la acción [1].

Los vagones-palacio, destinados a salón, comedor y biblioteca, lucen lámparas de cristal de roca, tallas de los mejores escultores y cuadros de los más admirados pintores, están decorados con tapices y maderas exóticas, el servicio es de porcelana de Sèvres y la cubertería de plata. La biblioteca, en fin, está provista tanto de centenares de volúmenes impresos como de más aún que se pueden leer en una pantalla, lo mismo que los periódicos.

El autor echa su cuarto a espadas en las noticias del día: los diputados franceses podrán asistir a las sesiones de la Cámara desde sus casas, participando en los debates y las votaciones desde ellas; los viajeros del tren Montevideo-Santiago han sido indemnizados por haber llegado aquél con quince minutos de retraso; ha fallecido el almirante argentino que aniquiló en la batalla del golfo de Méjico a la escuadra yanqui; un general mejicano informa de que ha ocupado San Francisco en virtud del tratado de paz firmado con los Estados Unidos. Por cierto que las indemnizaciones de guerra pagadas por este país permiten a algunas repúblicas iberoamericanas cerrar con superávit sus presupuestos y amortizar totalmente su deuda pública.

El convoy va de Madrid a Gibraltar, cruza el estrecho por un túnel submarino, atraviesa la provincia española de Marruecos y llega a Cabo Juby, donde descienden los pasajeros que se dirigen a Canarias y toman un barco, pues el puente que unirá las islas con el continente africano está todavía en construcción. Los 3.622 kilómetros que separan Madrid de Dakar, en Senegal, los recorre el ferrocarril en menos de 18 horas, lo que supone una velocidad media de unos 200 Km/hora. El trayecto entre Dakar y el cabo San Roque, en Brasil, se realiza por medio de un ferry submarino de 60.000 toneladas de desplazamiento, que emplea dos días en la travesía. Después Río, Montevideo y Buenos Aires, ciudad que es "emporio del comercio y de las artes", con su centro en San José de Flores.

"La locura de los anarquistas" es una sátira de intencionalidad sociopolítica, lo que no constituye precisamente el fuerte del autor, sobre las teorías de Lombroso. Un abogado salva del verdugo a veinte anarquistas comparando sus mediadas craneales con las de Emilio Castelar; son deportados a las islas Carolinas, mas once terminan ejecutados y los nueve restantes encerrados de por vida. Resulta muy elemental la discusión que mantienen con los indígenas, que son "burgueses en estado latente", puesto que cultivan tierras propias y poseen mujeres y chozas de forma individual. Y parece de interés y actualidad su referencia final a que deberían silenciarse los atentados terroristas.

El cuento siguiente, muy breve, se titula "Las tijeras" y es una de las menos acertadas prospecciones del futuro de Fabra, aunque la historia de Pedro se podría reescribir realmente haciendo protagonista a la inflación. Pedro vive en el principal de una gran casa, pues disfruta de una renta de 40.000 pesetas anuales que le proporciona el millón que tiene invertido en títulos de Deuda al 4 por ciento de interés. Fortunato es un sastrecillo que habita la buhardilla y gana 1/64 de lo que percibe Pedro, 625 pesetas al año. Mas, cuando las rentas del capital descienden del 4% al 1/16% y las del trabajo ascienden en proporción inversa, los papeles se invierten, Pedro pasa a la buhardilla y Fortunato al principal.

"El dragón de Montesa o los rectos juicios de la posteridad" es un cuento encajado en una línea poco habitual entonces, pero bastante explotada después en las narraciones de humor de la ciencia ficción. Un cometa se acerca tanto a la Tierra que ocasiona la desviación de ésta de su eje: la Península Ibérica, por ejemplo, pasa a situarse a 85º de latitud Norte. Además se producen grandes lluvias, inundaciones de la tierra firme por los océanos y una temperatura glacial. Sólo se libran de la muerte las tribus que habitan las tierras altas del Himalaya.

Siglos después un barco ballenero encuentra frente al Palacio de la Plaza de Oriente, de Madrid, un dragón de Montesa momificado con su caballo, una estatua de Sancho el Grande, la garita del centinela y el puesto de una aguadora. Los sabios de entonces lo celebran como el hallazgo de un tesoro arqueológico y explican que el soldado de dragones es un sacerdote -basta con ver sus vestiduras- que se disponía a inmolar a su víctima -el caballo- con el arma ritual -el sable- ante el ídolo de su tribu -la estatua del rey-, frente a su templo -la garita-, en el altar de los sacrificios -el puesto de la aguadora-.

El casco del dragón invertido se supone que es una lámpara votiva, la caja de hojalata de los azucarillos se entiende como el cepillo de las limosnas, transparente por encima para que se vea cuánto echa cada uno, y un trozo de cristal de una botella que tiene pegada una etiqueta de Anís del mono da pie a que se identifique su religión con la de los sectarios de Visnú, que llevaban sobre su pecho una medalla con la efigie del mono Anumanta. Un disco de cobre, en fin,  con una matrona sentada en el anverso y un león haciendo equilibrios para sostenerse sobre sus patas traseras en el reverso, se ve calificado como "medalla commemorativa de una domadora de leones", y así pasa a la posteridad el último perro chico de España.

Se remata el volumen con una corta broma, "El fin de Barcelona", donde un afamado científico predice la destrucción de esta capital por un terremoto, aunque, con la gente ya evacuada, resulta que lo ha adelantado en cien mil años.

 

NOTAS

1. El cuento se titula "Un viaje a la República Argentina en el año 2003" en su versión de revista.

 


 
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