Presentación
Apuntes
Artículos Biblioteca
Contacto
 
[1]   [2]   [3]   [4]   [5]

II. SEIS DÍAS FUERA DEL MUNDO DE PÉREZ ZÚÑIGA

La otra novela a que me he venido refiriendo en el apartado anterior es Seis días fuera del mundo, un poco más larga pero de idéntico trazado que La conquista de un planeta. Fue su autor Juan Pérez Zúñiga, nacido en Madrid el 18 de octubre de 1860 y fallecido también en Madrid el 5 de noviembre de 1938. Estudió violín en el Conservatorio y ganó su primer dinero tocando en orquestas. En 1982 se licenció en Derecho e hizo carrera en la Función Pública, aunque ya desde dos años antes se había entregado de lleno a la literatura. Formó parte de la otra generación del 27, discípula de Gómez de la Serna, la de los poetas festivos que se agruparon en torno a Sinesio Delgado en Madrid Cómico, populares por sus producciones para el teatro por horas.

Colaboró en ABC, Blanco y Negro, El Liberal, Heraldo de Madrid, Nuevo Mundo y otras muchas publicaciones. Escribió más de veinte mil poesías, una cincuentena de obras teatrales del género bufo y una treintena de novelas, entre las que destacan los Viajes morrocotudos. Estaba dotado de mucho ingenio y gran vis cómica y poseía gran facilidad para la burla y la parodia, aunque los años no han pasado en balde por su humor.

En 1905 dio a la imprenta Seis días fuera del mundo. Un viaje involuntario, publicado en la Imprenta de los Hijos de M.G. Hernández (Libertad 16 dupl.), de Madrid, con ilustraciones de Xaudaró [1], que adornó muchas de sus obras: 155 páginas de 18'5x12 cm. y 2 pesetas de precio. Hubo una edición de quiosco de Editorial Dólar (San Bernardo 67), de Madrid, en la colección Escritores Célebres, y en 1917 la adaptó el propio autor, abreviada, para la Novela Corta. Portada con la fotografía del autor, 34 páginas de texto de 17x11 cm. y precio de 10 céntimos.

Se trata de una novela de las que entonces se decían desternillantes, de humor fácil con chistes del estilo de la doncella que tiene una voz argentina porque ha nacido en Buenos Aires o de la prima llamada Segunda, pero que en realidad es prima carnal. Los juegos de palabras son constantes en Pérez Zúñiga, sin ellos no sería el mismo.

El autor narra en primera persona cómo una noche se presenta en su casa el estrambótico Don Pompeyo Marrón, que hace que una caja se eleve hasta el techo, explicándole a continuación que ha inventado un mecanismo que permite vencer la fuerza de la gravedad y surcar los espacios. No es como la cavorita de Wells, dice eruditamente, sino algo mucho más eficaz. No ha construido una nave por falta de recursos, pero ha dispuesto al efecto un armario de luna para ir a ese astro y lo ha escogido a él para acompañarlo tras haber leído los Viajes morrocotudos.

Al día siguiente recogen a Xaudaró y los tres se dirigen a la residencia del inventor, el solar del número 105 de la calle Ayala de Madrid. Don Pompeyo muestra a Don Juan el interior del armario, donde hay dos asientos, el mecanismo en medio y un jamón. Le espeta que si tiene el ombligo estirado que no se le encoja, cierra rápidamente la puerta, mueve la palanca de puesta en marcha y el mueble sale disparado con ellos dentro, a la exacta velocidad de 564 metros por segundo, unos dos mil kilómetros por hora.

Pronto llegan a la luna, donde se detienen porque al inventor le ha sentado mal el jamón que ha comido y ha de atender a una necesidad fisiológica. Si Domingo González fue el primer terráqueo que pisó la luna, otro español, Don Pompeyo Marrón, fue el primero del que explícitamente se afirma que evacuó aguas mayores en ella.

Se dice en las críticas que mereció la novela que evacuó detrás de una gran seta -el paisaje es tal como lo describe Wells en Los primeros hombres en la luna-, aunque una lectura más atenta descubre que se dirigió a evacuar sin que se sepa de cierto si lo consiguió o no, lo que, agravado por una apendicitis que venía padeciendo, fue causa de su súbita muerte. Zúñiga lo arroja fuera tras escribir su epitafio sobre la parte de atrás de su chaleco:

Este es Pompeyo Marrón,
inventor estrafalario.
Tenía su alma en su armario
y ha muerto de sopetón.
¡Dedicadle una oración!

En un bolsillo llevaba las instrucciones para el manejo del mecanismo, redactadas en griego, lengua que desconoce el protagonista. Se apoya sin querer sobre la palanca de puesta en marcha y el armario despega de la superficie lunar. Pasando de Wells a Verne, observa con espanto que el cadáver de Marrón glacé viaja orbitando en torno al armario.

Por si esto fuera poco, recibe una llamada desde la Tierra de Xaudaró, que en el solar de Ayala 105 recibió de Marrón un aparato telefónico espacial, para decirle que su mujer no ha creído en su viaje, piensa que se ha ido de juerga y que vaya bronca le va a armar cuando regrese, si es que algún día regresa.

Y no terminan ahí sus preocupaciones pues, cada vez con mayor espanto, se da cuenta de que está cayendo vertiginosamente hacia un planeta. Se le ocurre la feliz idea de mover la palanca de arranque en sentido opuesto a como lo hiciera Don Pompeyo para iniciar la ascensión y eso lo salva, ya que el armario se frena y cae suavemente sobre la superficie del astro, un astro al que llega igualmente el cadáver del infeliz Don Pompeyo.

Ha aterrizado en Venus y lo ha hecho sobre una especie de tela de araña que, al cabo de un rato, tira de él. Recibe un golpe en la cabeza que le hace perder el sentido y, cuando lo recobra, se encuentra en un lugar a oscuras. Enciende una cerilla y ve que se trata de un espacio triangular que se dilata y por el vértice aparece el armario, que cae a sus pies.

Sale por una abertura lateral y divisa a sus primeros venustianos. Tienen una cabeza sin boca ni orejas, con un pitorro por el que silban, que tal es su medio de comunicarse. Sus dos ojos son practicables, lo que quiere decir que los cogen con la mano y los meten dentro de la boca del terráqueo para mejor ver lo que tiene dentro. Poseen cuatro extremidades que usan indistintamente como brazos o piernas, provistas de tres articulaciones y tres dedos en cada una. Lucen además dos tentáculos y su cuerpo es esferoidal, lo que les da el aspecto de sandías.

Conducen a su alienígena en un extraño vehículo en el que ha de introducirse por una de las aberturas en forma de cuchara por las que los indígenas entran y salen con toda facilidad, y termina por caer en una vivienda donde una mujer está alimentándose, aplicando el extremo de sus tentáculos a una carnosidad local. La señora silba repetidamente y llegan doce comensales que le chupan la sangre a él, dejándolo materialmente exangüe.

Lo llevan luego a una especie de museo en una de cuyas vitrinas está expuesto el cadáver de Don Pompeyo, empujándolo hacia la contigua, por lo que toma la decisión heroica de abrirse paso a tiros con el revólver que ha heredado del inventor. Penetra en el armario, cierra la puerta y empieza a mover a ciegas las palancas hasta conseguir que el mueble se eleve.

Lo maniobra como puede hasta Madrid, donde cae una mañana de domingo en el Rastro, sobre un montón de alfombras de un prendero. Éste, habida cuenta de que el armario no le ha costado nada, que carece de llave y tiene un peso desmesurado, se lo vende en quince pesetas a una señora que se lo lleva a su casa.

Cuando su marido consigue abrirlo y encuentra a Don Juan le exige explicaciones y, al oírle decir que salió el lunes de Ayala 105, fue a la luna, sufrió la pérdida de su compañero, llegó después a Venus y, de no matar a una serie de venustianos, no estaría allí, lo acusa de violación de domicilio y asesinato del finado Don Venustiano, por confesión propia, entregándolo a la policía. Afortunadamente el comisario lo conoce y lo deja libre.

Entra desfallecido en la taberna más próxima y pide una chuleta y un vaso de tinto, tras lo cual se encamina a su domicilio. Cuando su mujer lo ve pálido y ojeroso, con la ropa destrozada y oliendo a vino, le organiza una bronca que le hace lamentar no haberse quedado en Venus. Restablecida la paz, no vuelve a haber un armario en su casa.

A más de un completo disparate, la obra tiene algo de parodia de Los primeros hombres en la luna, de Wells, publicada ese mismo año en español por Guarner, Taberner y Cía. en la colección La Vida Literaria. Ésta se inicia cuando Mr. Bedford recibe la visita del Dr. Cavor, descubridor de una sustancia transparente a la gravedad, con la que establece un obvio paralelismo Seis días fuera del mundo.

Ambos se desplazan a la luna contra la voluntad de Mr. Bedford y el inventor se queda en ella, aunque no muerto. A los protagonistas les esperan en las dos novelas problemas en la Tierra. Y se dan otros varios ingredientes comunes que permiten afirmar que Zúñiga acababa de leer la obra de Wells [2]. Es claro que igualmente había leído el Viaje a la luna, de Verne.

NOTAS

1., Joaquín Xandaró y Echau nació en 1872 en Virgen, Filipinas, cuando aún era posesión española, y murió en Madrid en 1933. Fue un nexo de unión entre los ilustradores del siglo XIX y los del XX, con valiosas observaciones sobre la cultura y las nuevas tecnologías de su tiempo. Empezó a dibujar precisamente para Madrid Cómico y luego se hicieron famosas sus viñetas diarias en ABC, siempre con "el perrito de Xaudaró".

2. Los primeros hombres en la luna apareció sólo dos meses antes que Seis días fuera del mundo, una señal más de lo rápido que escribía Pérez Zúñiga. Sus coincidencias las estudia con detalle Álvaro Ceballos Viro en su artículo Viaje a la luna de Juan Pérez Zúñiga: Seis días fuera del mundo, que puede verse on line en:
http://e-archivo.uc3m.es/bitstream/10016/8685/1/viaje_ceballos_LITERATURA_2008.pdf

 

 
[1]   [2]   [3]   [4]   [5]

 

 

© Augusto Uribe. No está permitida la reproducción de los contenidos de esta web sin el permiso expreso del autor.