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V. UN MUNDO AL DESCUBIERTO DE SALAVERRĶA

Pocos meses después de El embajador de la luna, y en la misma colección, vino Un mundo al descubierto, de José Mª Salaverría, de nuevo un viaje a la inversa, de Marte a la Tierra, que ni siquiera llega a verificarse. A diferencia de las anteriores, la sátira de la sociedad terráquea es de seriedad de fondo dentro del humor que reviste..

Apareció en el nº 360 de La Novela de Hoy [1], correspondiente al 5 de abril de 1929. Para entonces, desaparecidos El Cuento Semanal de Zamacois y su trasunto editorial, Los Contemporáneos, La Novela de Hoy no tenía competidores en el mercado, mas el acosado Artemio Precioso se había visto obligado a vender la colección a la Compañía Ibero-Americana de Publicaciones, sostenida económicamente por la Banca Bauer que, cuando quebró, arrastró consigo a la C.I.A.P.

Pasó a dirigirla Pedro Sainz Rodríguez, que aspiraba a hacerse con toda la edición madrileña, y tenía sede en San Marcos 42. La edición corría a cargo de la Editorial Atlántida, con razón social en la Librería Fernando Fe, en el nº 15 de la Puerta del Sol de Madrid y editaba asimismo dos ambiciosas colecciones de 1 a 100, una dedicada a las mejores obras de la literatura universal y otra a las de la española.

Un mundo al descubierto [2] lucía cubierta en color e ilustraciones en negro de Bagaría [3], que sólo ilustró este número en la historia de la revista. Fueron las 64 páginas habituales cosidas con una grapa en un formato de 15x10'5 cm., aprox., que se vendieron al precio, siempre constante, de 30 céntimos de peseta.

Escrita en el mismo año de 1928 que el viaje a Marte de Brocos y El secreto de un loco de Bejarano, es una novelita que no describe un viaje de la Tierra al Planeta Rojo, sino el posible a la inversa. Expone el juicio que los marcianos han formado de los terráqueos, una vez más desde la perspectiva de una raza superior que descubre a otra inferior, aunque con un final distinto: el impetuoso joven Fi se ofrece a visitarnos seducido por un mundo en que aún no se sabe todo ni está todo reglamentado, donde existe el azar y se puede morir de hambre o de amor, donde se mata y se besa.

Esta historia fue una producción menor de su autor, aunque no carente de interés. De familia donostiarra, José María Salaverría Ipenza nació en 1873 en Vinaroz (Castellón), donde su padre era el torrero del faro. Autodidacta, sin otra instrucción que las primeras letras, hubo de trabajar en diversos lugares y oficios, tales como telegrafista o delineante, para entregarse por entero a la literatura y el periodismo a partir de los 20 años, escribiendo con regularidad en ABC desde 1906 hasta su muerte, acaecida en Madrid en 1940. También escribió en La Vanguardia de Barcelona y La Nación de Buenos Aires.

Simpatizó por un tiempo con el anarquismo teórico, simpatía que perdió después. Como dice García de Nora "de iconoclasta, nietzscheano y extranjerizante pasa a monárquico defensor de la Tradición y reivindicador del principio de autoridad". Esta evolución se advierte claramente a partir de 1914, cuando marcha como corresponsal de guerra a Londres.

El argumento de El mundo al descubierto es forzosamente breve. En unas palabras preliminares en las que los supuestos editores marcianos del libro dicen que se han creído en la obligación de explicar los sucesos que fueron origen de la influencia cada día mayor que el mundo mentiroso y bárbaro de Zú ha alcanzado en Tá. A renglón seguido, se asiste a la exposición que hace el sabio Bi ante la Asamblea Suprema marciana de cómo ha llegado a conocer el planeta Tierra y a sus habitantes mediante un sistema de espejos que permite acercar las imágenes cuanto se desee.

Marte -en su lengua Tá- es un mundo escaso en población y recursos, por lo que los marcianos se quedan extasiados ante la contemplación de la abundancia de agua, vegetación, frutos, animales comestibles y hombres y mujeres que hay en la Tierra -en su idioma Zú-. Particular asombro les causa que, siendo tantos, comamos, bebamos y hasta fumemos tanto, aunque no acaban de explicarse el placer que nos proporciona sacar humo de un tubo blanco, y que nos desplacemos tan desacompasadamente: les parecemos "bandadas de insectos que se movieran por un simple estímulo de actividad animal". Les asombra aún más que podamos morirnos de viejos, sin que el límite de nuestros días venga determinado por los cálculos establecidos para la duración de la vida.

No les hace gracia enterarse de que es errónea su creencia de que los humos que han aparecido sobre la superficie terrestre en los últimos siglos, y que tanto se han empeñado en el intento de descifrar, no son señales destinadas a entrar en comunicación con ellos sino "humos belicosos". Menos aún contemplar las imágenes de un hombre que se muere de hambre cerca de otros que viven en la abundancia y, como no pueden concebir que existan el odio o los celos entre los hombres, se horrorizan cuando ven a uno que mata a otro por una mujer: se trata de dos madrileños, por cierto, pues sucede en la celebración de una boda en la popular Bombilla capitalina.

Cuando se interrumpe el discurso de Bi para que los nanes sirvan un refrigerio, los editores españoles de la traducción de la edición marciana advierten en una nota a pie de página que esos nanes, por su menor inteligencia y su docilidad servidora, son para los marcianos lo que los perros para los terrestres, aunque en una escala absoluta de inteligencia y cultura se situarían por encima de nosotros, que estamos como estaban ellos en la cuarta era, hace ciento ochenta mil años [4].

Les sorprende la caprichosa distribución de funciones entre los hombres de la Tierra, no acertando a comprender cómo unos aparecen afanados y preocupados, moviéndose y gesticulando sin cesar, mientras otros permanecen plácidamente sentados, sin dedicarse a otra actividad que no sea la de sacar humo del misterioso tubito blanco. Se complacen por un momento en el paso acompasado de los soldados, los únicos que se mueven armónicamente, y entienden que la multitud los aclame, para ponerse literalmente enfermos cuando después los ven caer despedazados en los campos de batalla.

Los Hermanos Superiores se reúnen para dilucidar si deben reducir a los pobladores de la Tierra a su obediencia o si, por el contrario, y como proponen los no intervencionistas, deben limitarse a no permitir que sus complanetriotas viajen a ese mundo capcioso, tenebroso y aborrecible. Los primeros aducen que todo cuanto falta en Tá abunda en Zú, cuya conquista sería la solución a su perentorio problema de subsistencia y del deseado incremento de su demografía, mientras los segundos sostienen que su contacto supondría la perversión irremediable de sus costumbres.

Hasta aquí, simplemente expuesto, lo mismo que hemos leído en tantas narraciones americanas posteriores, el hombre de la Tierra juzgado por una raza que lo aventaja. Pero el final es distinto, como se podría esperar de un autor español: los marcianos quieren saber más de nosotros y optan por enviar a la Tierra un explorador que proporcione datos de primera mano y, en su caso, establezca una cabeza de puente para la invasión, misión para la que se presenta voluntario el impetuoso joven Fi.

Cuando Bi y Fi se retiran al laboratorio del sabio a preparar el viaje, éste confiesa a aquél que le atrae la belleza de la Tierra y le seduce ese "estado de imprevisión, de semi ignorancia" en que vivimos. Por eso quiere marchar a un mundo en que existe lo que falta en el suyo, la alegría y el amor.

Cabría decir que el juicio de la Tierra por Marte pretende ser imagen del que a veces hacen de nuestro país los extranjeros. Sostuvo Salaverría en un principio que las relaciones de los españoles con otros pueblos habían sido siempre difíciles por nuestra falta de sociabilidad y nuestro individualismo destructivo, para decir luego que España era distinta pero no peor que Inglaterra o Alemania, y que no hay que hacer una crítica totalmente negativa de lo nuestro, sino ensalzar también lo que tiene de positivo.

NOTAS

1. Ver "El embajador de la luna de Carrere" en esta misma página.

2. Algunos ejemplares titulan en la portada El planeta prodigioso. Entiendo que pudo facilitarse un título provisional al dibujante de la cubierta y otro definitivo distinto a la imprenta. El error se advertiría cuando se estaba tirando el número y se modificó sobre la marcha lo más fácil, la portada..

3. El pintor y dibujante Luis Bagaría nació en Barcelona en 1882 y murió en La Habana en 1940, tras haberse exilado a América en 1936. Desarrolló una gran actividad en la prensa gráfica madrileña y colaboró en la revista alemana Simplicissimus y en la francesa La Rire, estando considerado como uno de los dibujantes críticos más importantes de su época.

4. Los marcianos cuentan su tiempo por años, de una duración cercana al doble de los nuestros, y cinco mil años componen una era: en la novela están iniciando la 23ª.

 

 

 
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