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I. LOS ZOOTAUROS DE MARTE QUE ASOLARON LA TIERRA

"En la sesión extraordinaria de la Academia Francesa, celebrada el 27 de marzo de 1967, fueron designados con el nombre de zootauros". Así comienza su novela N. Tassin, que era frecuente que abreviara su nombre de Nicolás a su inicial N, pero que sólo en esta obra aparece con su apellido escrito con dos eses, quizá por error.

Son pocas las referencias que hacen a él los libros de consulta. Escriben Pedraza y Rodríguez Cáceres: "También se suma a la causa revolucionaria Biblioteca Nueva [...] Publica una serie histórica sobre la revolución rusa escrita por Nicolás Tasin" [2]. Esta serie la compusieron La revolución rusa (1919), La dictadura del proletariado (1920) y Héroes y mártires de la revolución rusa (1921), a más de varias traducciones de los clásicos de la Revolución que hizo el mismo Tasin.

Uno de estos libros incluye algunos datos biográficos suyos, muy genéricos, que no dicen ni que Tasin era un seudónimo ni dónde y cuándo nació y exageran su relevancia histórica, pues no es cierto que fuera amigo personal de Trotsky ni de Lenin [3]. Eso es todo cuanto en principio supe de él y he de agradecer sus datos biográficos reales a la amabilidad del segundo secretario de la Embajada de la Federación Rusa en Madrid, el señor Mijail Rossiyski, y a la señora Tatiana Korolkova, de Moscú [4].

El judío ruso Naum Yákovlevich Kagan nació el 8 de abril de 1874. Activista político de ideología socialdemócrata, fue condenado a trabajos forzados en Yakutsk, consiguiendo evadirse en 1907 y exilarse en Francia. Colaboró en algunos periódicos rusos y conoció a M.S. Milrud, del diario Segodnia (Hoy), de Riga, en el que después escribiría. Pasó la guerra en la capital gala, dándose a conocer por sus relatos militares reunidos en el libro En la Francia combatiente. Editó el periódico pacifista de izquierdas Ótkilki (Ecos), que terminó siendo cerrado y Tasin expulsado del país, creo que en 1917, todo lo más a principios de 1918.

Pasó entonces a España, donde pronto acreditó el buen dominio de la lengua que demuestra en sus colaboraciones periodísticas, de un modo particular en El Sol, y en sus traducciones al castellano, versiones de los clásicos rusos que aún se siguen editando. Publicó en Madrid las tres novelas antes citadas más La catástrofe, de modo que lo mejor de su vida de escritor lo dio en España y en español. Tras adoptar el nombre definitivo de Naum Tasin Kagan, al cabo de bastantes años de estancia entre nosotros abandonó Madrid para trasladarse a Viena, donde contrajo matrimonio con una mujer no judía, una alemana de Dantzig llamada Amalia, catorce años más joven que él. No mucho después, cuando los nazis se anexionaron Austria en 1938, su firma desapareció de los periódicos y se le fijó su residencia en Liepaja (Letonia), donde fue muerto en 1941, ignorándose la suerte que corrió su mujer, aunque sí parece que le sobrevivió su hijo Alexander Abel.

Fue nuestro autor difusamente español, aunque reitero que lo más y mejor de su producción lo escribió en nuestro país y en nuestro idioma: los pocos que mencionan La catástrofe la incluyen en la bibliografía nacional del género cientificticio . Es poco sabido que conoció una primera versión en Berlín, Katastrofa, no publicada en Rusia por lo que supongo motivos políticos, mas el propio autor la reescribió enteramente en español, expandiéndola hasta cerca del doble de su extensión original cuando residía y publicaba en España y española la consideraron las críticas que mereció en su momento. Es una novela de ciencia ficción moderna, como ninguno de los nuestros había escrito antes, sin que su adscripción diga nada en favor o en contra de su calidad e interés.
 
Su acción principal se desarrolla en París, ciudad bien conocida de Tasin, que en la madrugada del 26 al 27 de marzo de 1967 [5] es atacada por los seres monstruosos bautizados como zootauros, que vuelven a la noche siguiente dejando un largo reguero de víctimas y destrozos: catorce mil muertos y centenares de casas destruidas, así como la estación del Norte, que es materialmente arrasada cuando está llena de gente.

En medio de la confusión y el pánico generalizados, llegan noticias de pérdidas semejantes en Londres, Berlín, Madrid y Nueva York, donde los muertos superan los ciento cincuenta mil. Muchos de los que se han refugiado en los sótanos han quedado atrapados bajo los escombros y otros han sido agarrados por los zootauros como gavillas, para precipitarlos después desde lo alto.

Miles de personas llegan a la capital en busca de una seguridad que no encuentran, guareciéndose en los edificios públicos por la noche y buscando desesperadamente comida durante el día, lo que sume a la ciudad en una gran confusión, por más que se fusile sobre el terreno a los saqueadores.

"En el curso de la tercera noche sobrevino un acontecimiento propio para provocar la estupefacción aun en los tiempos en que el espanto era el estado de ánimo normal de las gentes": en la plaza de Nôtre-Dame, junto a los restos de la catedral, apareció muerto un zootauro. Medía más de 100 metros de largo y 170 de envergadura, con unas alas que desplegaban cerca de 3.000 metros cuadrados cada una, rematadas por siete garras de metro y medio. Pesaba entre 800 y 900 toneladas y su cuerpo estaba recubierto por un caparazón que no fue posible perforar. A los lados de las alas llevaba catorce excrecencias de gran capacidad que podrían contener el gas que respiraría mientras atravesaba los espacios interplanetarios, pues se decía sin mayores pruebas que procedían de otro mundo, probablemente de Marte [6].

Poseía dos ojos, uno en la frente y otro en la nuca, que funcionaban como reflectores de gran alcance y serían su único punto vulnerable, pensándose que no se adaptaban a la visión diurna y por eso atacaban de noche. Carecían de nariz y orejas y se comunicaban mediante otros catorce discos de colores que se encendían y apagaban según un código de lenguaje que no se supo descifrar. Este autor ni especula ni establece teorías fantásticas, a partir del catacronismo o el hecho fundador, que dicen los franceses, que supone la aparición de los zootauros, va narrando los acontecimientos en la medida en que con toda lógica se van sucediendo. Ni qué decir tiene que los zootauros son imagen de los zeppelines alemanes que bombardearon París durante la guerra, aparentemente invulnerables [7]. El zootauro caído sobre Nôtre-Dame parece evocar aquel primer zeppelin que cayó en el bosque de Cambray.

A los pocos días, en una reunión de la Academia a la que asisten todos los miembros que no han fallecido, se da cuenta de que un zootauro ha cogido un elefante en el zoológico de París y lo ha dejado caer menos de cuatro minutos después en una población situada a 2.200 kilómetros de distancia, lo que permite establecer que su velocidad ha superado los 33.000 kilómetros por hora, cerca de 10 kilómetros por segundo.

En los países del primer mundo se procura mantener la autoridad y el orden posibles, mientras los científicos se afanan por encontrar un medio de combatir a los monstruos, aunque no faltan ni los predicadores de la cólera divina que exhortan a la penitencia, ni las bandas de delincuentes que se entregan al pillaje. En los más atrasados, en cambio, impera el caos, apareciendo en unos sectas que adoran a los nuevos dioses y les ofrecen sacrificios humanos -un reyezuelo africano hace degollar a trescientas de sus seiscientas esposas, para ser víctima él mismo del ataque de esa noche- y convirtiéndose en otros el saqueo en una actividad de Estado, con gobernantes que se suceden sin cuento cuando mueren a manos de quienes aspiran a sucederlos o a garras de zootauros.

Corren rumores disparatados que atienden las muchedumbres aterradas a las que el instinto de conservación les impide estar quietas. Cuando se propala que los zootauros no atacan a los barcos, verdaderas multitudes se dirigen a los puertos, pagando precios desorbitados por los pasajes o tomando al asalto los navíos. Y cosa parecida ocurre después con los aeropuertos, cuando se extiende el rumor de que hay territorios remotos que no son visitados por los monstruos, mas todo es pura invención. Los campesinos aún pueden cultivar los campos de día y tratar de guarecerse en grutas naturales por la noche, mas, a los habitantes de las ciudades, no les cabe ese recurso.

En medio del pánico que cabría esperar, los Estados Unidos de Europa, que están perfectamente organizados como tales, celebran un Consejo extraordinario en el que se toma la decisión de atacar a los zootauros con todas las armas disponibles, descargas eléctricas, proyectiles de gases asfixiantes y de los bacilos de las enfermedades más letales, disparados desde tierra, y bombas explosivas de la mayor potencia arrojadas sobre ellos desde el aire por las fuerzas aéreas coaligadas de Francia, Alemania, Inglaterra, Italia y España. Nunca falta la figura de un español, aquí presente en el jefe de nuestra aviación, el general González Diego, tan afable como enérgico, como demostró en la represión de los últimos disturbios de Barcelona: es una novela española, no habría lugar para González Diego en una rusa.

Ante la expectación de todo París, los zootauros parecen divertirse al principio con los rayos eléctricos, los proyectiles y las bombas que los alcanzan sin producirles el menor efecto, hasta que se cansan del juego, derriban los aviones y se entregan a una devastación como no se había conocido. Al llegar el día la ciudad amanece deshecha y sin fuerzas: París agoniza.

La decisión siguiente, tomada en previsión de que la anterior fracasase, es construir una ciudad subterránea a gran profundidad. Otro novelista podría haber rematado enseguida la ya interesante novela, mas Tasin no ha hecho sino iniciarla. Se va a plantear la resolución de un gigantesco proyecto de ingeniería enmarcado en una ambiciosa utopía influida por su visión, que se diría ya un tanto preocupada, hasta desencantada, de la revolución rusa.

El autor, que ha escrito en otro libro que a partir de esa revolución existe "una línea de demarcación entre el viejo mundo y el mundo naciente, entre el régimen capitalista y el socialista", presenta aquí el orden social nuevo: los hombres que han visto la muerte tan de cerca y no albergan otro deseo que el de sobrevivir, van a descender todos iguales bajo tierra, a casas todas iguales [8], con todos los bienes colectivizados.

Como corresponde a una buena utopía, la ciudad se diseña con el más cuidado y moderno urbanismo, dotada de todas las comodidades que antes tenía y aún más, con magníficos centros de trabajo y espléndidos lugares de esparcimiento, con arte, espectáculos y hasta un lujo racional.

"Seamos socialistas, colectivistas, comunistas o cuanto queráis", dice el Presidente de la Comisión Subterránea, pálido y enflaquecido, a los delegados de una Asamblea sobre la que parece volar el ángel de la muerte. "¡Se trata de la salvación del género humano!", y esta salvación no podrá lograrse sin grandes sacrificios, sin igualdad y sin justicia.

El Gobierno francés -el americano hace lo mismo en Nueva York- promulga un decreto de movilización general del trabajo y otro de impuestos progresivos sobre el capital que van del 30 al 80 por ciento. Como era de esperar, protestan los anarquistas por la izquierda, que pretenden aprovechar la situación para acabar con el sistema, y protestan los rentistas por la derecha, que no quieren perder su dinero. Pero la respuesta general es positiva al divisar por fin las gentes un rayo de esperanza.

Un popular artista va cantando por las calles de París, con música de conocidos cuplés, letrillas alusivas al momento, como la que reproduzco, que creo que abona la tesis de que la novela se reescribió para su edición española:

Los zootauros, tauros, tauros,
nos tienen fastidiaos.
Los zootauros, tauros, tauros,
se nos han atravesao.

300.000 obreros inician de inmediato la construcción de una pequeña ciudad de mil casas de seis pisos, que se estima darán cobijo a 150.000 personas, mientras que las necesidades totales de París se cifran en unas cuarenta mil viviendas. El cálculo parte de la hipótesis de que los zootauros acaban cada día con la vida de 6.000 personas en la capital y 40.000 en toda Francia, a las que hay que añadir otras tantas que perecen a causa de la difícil situación por la que atraviesan: con que las cosas sigan así un año, la población gala se verá reducida a la mitad.

La edificación avanza sin pausa y en las afueras van creciendo montañas de tierra excavada, mientras la ciudad es víctima de dos inconvenientes más: por un lado, millones de provincianos se siguen dirigiendo hacia ella, enfrentándose a las tropas que les impiden el paso, con muertos por ambas partes, acampando después a la intemperie, donde son víctimas fáciles de los zootauros, las enfermedades y la inanición; por otra parte, los propios ciudadanos de París se levantan con frecuencia contra el gobierno al dar crédito a falsos rumores, el más insidioso el de que los primeros en descender bajo tierra y ponerse a salvo van a ser los políticos y las personas ricas o influyentes -si es que no son las mismas-.

Mas lo peor está aún por llegar y, como siempre, el autor lo describe con un frío distanciamiento y una precisión aterradora. Los zootauros, que suelen acudir en número de tres o cuatro, llegan una noche a los cuarenta y las muchedumbres, enloquecidas por el pánico más irracional, asaltan la ciudad subterránea en construcción en busca de refugio, auténticamente fuera de control, sin que los soldados que tiran a matar sean capaces de detenerlas. Las entradas se convierten en cuellos de botella en que muchos mueren aplastados; los que consiguen entrar han de descender cerca de tres mil peldaños a pie; los que se detienen producen tapones que llegan hasta el techo, y los que se ven impedidos de proseguir son aplastados por los que les siguen.

Esa noche los zootauros atacan con saña y sus víctimas se cuentan por decenas de millares. Y, por si fuera poco, los provincianos aprovechan que los soldados han tenido que acudir a defender las entradas a la ciudad de abajo para invadir la de arriba, aumentando la confusión. Cuando se evalúan los daños, los muertos ascienden a más de 300.000.

Los cadáveres han de enterrarse, mas la extracción de los que se vieron atrapados en las profundidades es lenta y laboriosa y, en esa atmósfera emponzoñada, una epidemia azota a los supervivientes matando a muchos más. La descripción del horror se extiende por páginas y más páginas del libro.

Por fin llega el día en que queda terminada y habitable la primera parte de la ciudad subterránea, levantada en un plazo muy corto a pesar de estar construida con los mejores materiales, con elegancia y hasta con lujo. Se detalla su urbanismo, de dos calles paralelas de kilómetro y medio de largo, por las que se deslizan vehículos giroscópicos apoyados en un solo raíl; por su canal navegan los barcos e incluso su cielo lo surca una pequeña flotilla aérea. Mientras que el París de arriba está rodeado por una inmensa fosa común, el de abajo lo está por campos cultivables, económicamente regados por niebla de vapor de agua. A estas calles, llamadas Bulevar de los Italianos y Avenida Richelieu, dan las fachadas de mil casas idénticas, que están separadas de diez en diez por una huerta-jardín que proporciona legumbres y donde crecen los árboles frutales. Los edificios públicos están ubicados en la Plaza de la Concordia y son singulares: un esquema clásico de urbanismo utópico.

Y arranca la utopía, que se narra encerrada en un París aislado, donde existe escasa información de provincias y ninguna del extranjero, en una novela que por unas páginas pierde acción para ganar en discursos. No va a durar mucho.

Poco a poco -es un decir, porque todo transcurre a un ritmo vertiginoso- se termina la construcción de la ciudad y se excavan túneles que alcanzan las otras ciudades que se han ido construyendo y que llegan a comunicar el país entero: todos se han instalado bajo tierra y han buscado después a sus vecinos. El aislamiento ha hecho surgir brotes independentistas que, en la situación que se vive, no pasan de testimoniales. Por su parte los zootauros continúan atacando por las noches en la superficie, que está materialmente arrasada, pero van dejando de causar víctimas humanas en una población que ya no podría soportarlo, pues ha disminuido de un modo dramático.

Después se atraviesan las fronteras y se visitan poblaciones subterráneas del extranjero, donde siempre se dedican largos pensamientos nostálgicos a la ciudad perdida: "¿Qué es Roma sin el Coliseo?" Y lo mismo sucede con España, en San Sebastián, Sevilla o Madrid, aunque en la capital se invita a los viajeros a presenciar una corrida de toros bajo un sol artificial.

El autor va pasando de la nostalgia al pesimismo: él lo ha puesto todo de su parte pero sus personajes no han respondido como esperaba. En París muchos obreros movilizados han sido despedidos al terminar las tareas para que lo fueron y están sin trabajo, la vida se encarece por días y la mayoría de las personas ha perdido la esperanza y el ánimo. Los extremistas de derecha e izquierda explotan el descontento para comportarse de modo cada vez más airado, dando lugar a una revolución social que termina ahogada en sangre. Y cosa parecida se sabe que ha ocurrido en otros ciudades subterráneas. La utopía se va desvaneciendo al no haber igualdad ni justicia y sí una autoridad que, legitimada en principio por la Asamblea y, por más que pese a quien la detenta, se ha convertido en un poder personal sustentado por la fuerza.

"Las utopías psicológicas y filosóficas del siglo XX", estableció Frank Manuel, "abordan el problema de la organización social como un conflicto que está incrustado en la naturaleza biológica del hombre. Son en su mayoría anti-utopías o distopías" [9] y La catástrofe no es la excepción. La novela puede leerse de un modo superficial que sólo atienda a la aventura, que no es poca, pero no lo es todo. "¿Cómo hacéis huelga si la fábrica está colectivizada y ya no tenéis patronos?", clama el jefe a los obreros. Quizá porque hay jefes... El autor acepta resignadamente que sigue habiendo clases sociales, ricos y pobres, explotadores y explotados.

En otras ciudades francesas triunfa la revuelta social y se arría de las Casas de la Villa la enseña tricolor para izar la bandera roja, aunque, una vez más, lo que se detalla son los acontecimientos de París, donde se produce una batalla campal que dura varios días, en los que la multitud se arma asaltando los arsenales, se lucha casa por casa y barricada por barricada y una interrupción del suministro de energía eléctrica deja la ciudad sin ventilación y sin luz cerca de veinticuatro horas. Cuando las fuerzas gubernamentales sofocan la revuelta, el París subterráneo está seriamente dañado y, por segunda vez en su corta historia, lleno de cadáveres.

Se reconstruye con menos ilusión que cuando se construyó por primera vez y se despachan fuerzas militares a las ciudades en que hay que restablecer la situación. Sólo Lyon y Lille se resisten y han de ser sometidas por la fuerza, reponiéndose el poder central.

"La Francia subterránea volvió a su vida apagada y gris. Los días      transcurrían monótonos y sin alegría... Las gentes trataban de adaptarse     a las condiciones de la existencia subterránea, ahogando en sus corazones la nostalgia. Y al propio tiempo que los corazones, se empañaban las facultades de la inteligencia, parecía faltar espacio para que se desenvolvieran... Por todas partes reinaba una profunda apatía. Muchas gentes abandonaron por completo sus ocupaciones y durante días enteros iban de una a otra parte o se quedaban en sus casas sin saber qué hacer, indiferentes..."

Aumentan de modo incontrolable las enfermedades mentales, hasta convertirse en un serio problema, y también las físicas, como la tuberculosis. La mortalidad alcanza porcentajes aterradores,      especialmente entre los niños y con una natalidad que hay que entender ya reducida. Muchos vuelven desesperados a la superficie para ser víctimas de los zootauros.

La utopía se ha convertido en una horrible distopía. La tierra parece reclamar que, si hasta entonces sólo habían encontrado reposo bajo ella los muertos, así siga siendo en el futuro, pero no existe alternativa: los países que no han construido ciudades subterráneas han visto su población reducida a límites cercanos a su extinción.

Y, aquí llegados, vuelve la aventura al aparecer Juan Granadier, un antiguo catedrático de Física de la Universidad de París que, considerando que sus ojos son el único punto vulnerable de los zootauros, ha ideado unos campos magnéticos que los dejarán ciegos cuando los atraviesen. Después, privados del sentido de la orientación, terminarán por estrellarse, como aquél que lo hizo contra la catedral de Nôtre-Dame.

Se fabrican electromagnetos gigantes que se montan durante el día sobre los soportes que se han construido. La curiosidad puede más que el miedo y, a más de periodistas y fotógrafos, muchas personas acuden a presenciar el experimento. Tarda en llegar el primer zootauro que, cuando atraviesa el campo, se altera nerviosamente, aunque termina por remontar el vuelo ante el desencanto de la multitud. Mas a poco llega la noticia de que ha caído agonizante en las afueras de Liverpool: es una fecha tan significativa como la del Primero de Mayo. Al día siguiente caen dos más, uno en las costas noruegas y otro en Lanjarón, en Granada.

En días sucesivos varios zootauros más son atrapados en las redes invisibles, dejando de atacar París, de modo que los países adelantados instalan campos y campos magnéticos que los ahuyentan. En los más atrasados, los aborígenes miran con un sentimiento de fatalismo desesperado a los monstruos, cuando no de veneración religiosa rayana en la abyección, y agotados, hambrientos y sumidos en la más negra miseria, se oponen a quienes pretenden instalar los campos, hasta que son sometidos por la fuerza. Un día ya no hay zootauros, que nunca regresarán a la Tierra y jamás se volverá a saber de ellos.

La novela, reitero, admite una lectura superficial que sólo se detenga en la aventura, que es bastante, y otra más profunda, que atienda a las ideas que hay detrás de este ex revolucionario preocupado o desencantado. Es notable para su época y sólo cabe ponerle un pero menor, el tempo: lo que sucede en un mes debería ocurrir en seis.

Con arreglo a las diferencias en principio establecidas, la amenaza de extinción de la Humanidad no proviene de sus actos, sino de una catástrofe exterior, una raza alienígena hostil. No por eso se deja de juzgar a la sociedad, ya que la deseada utopía fracasa y la nueva sociedad parece que va a ser la misma que había y no otra de valores superiores, no se dará la utopía.

* * *

Este artículo se publicó en la revista Arbor nº 747, enero-febrero 2011, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, y en el cuadernillo de Apuntes para la historia de la ciencia ficción española: Narraciones del fin del mundo, edición de autor, Madrid, 2002.

 

NOTAS

1. Tassin, N. La catástrofe, "novela fantástica", Madrid, Librería Editorial Madrid (Conde de Peñalver 8), colección Escritores Contemporáneos, 1924, rústica, cubierta de Yuste, 398 pp. en 8º mayor (19x12 cm.), 5 pta. Está impresa por Sucesores de Rivadeneyra, a veces citados como sus editores.

2. Pedraza Jiménez, Felipe B. y Rodríguez Cáceres, Milagros. Manual de Literatura española. Tomo X: Novecentismo y vanguardia. Introducción, prosistas y dramaturgos, Cenit eds., Pamplona, 1991, p. 122.

3. Sólo se menciona una vez en las Obras Completas de Lenin, en una carta de éste a Krestinsky, tomo 54, p. 22, de la 5ª ed., Moscú, 1965.

4. En un trabajo realizado por Tina Balabanova y Natalia Svéshnikova, amablemente traducido por mi buena amiga Natela Topuria.

5. Hecha la corrección de calendario, la fecha corresponde a la del 50º aniversario de la revolución rusa de febrero de 1917.

6.Marte, el planeta rojo, guarda una cierta relación con la estrella roja de la revolución, con la que más de una vez fue asociado.

7. Al tiempo que la combinación zeppelin-zootauro parece evidente, me apunta el señor Rossiyski que zootauro le suena a mote de colegio, quizá alguno de los compañeros de clase de Tasin fuera así motejado y le dio la palabra hecha.

8. Menciono más de una vez que no hay utopista que no construya sus ciudades con criterios geométricos, lo que se completa con la igualdad de todas las casas. Entre los españoles es así desde Maldonado en su Somnium de 1532 hasta Mella en La Nueva Utopía de 1889.

9. Manuel, Frank. "Hacia una historia psicológica de las utopías", en Utopías y pensamiento utópico, Madrid, Espasa-Calpe, 1982, pp. 104-106.
 
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