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Quien diga con Borges que los géneros crean sus propios precursores, podrá decir que las narraciones del fin del mundo se remontan a una lejana antigüedad, recogidas en los textos sagrados de diversas religiones antes que en textos profanos.

Como a su vez señalan Clute y Nicholls, hay tres temas que se repiten en la literatura fantástica pre-siglo XX, las utopías, los cuentos aleccionadores o de escarmiento y las visiones apocalípticas del fin del mundo que, con el paso de los años y los mayores conocimientos científicos, fueron abandonando el ámbito de lo sagrado para penetrar en el de lo profano.

Renunciando a precedentes rebuscados, hay que empezar por decir que el francés Jean-Baptiste Grainville escribió en 1805 Le dernier homme, una obra que es piedra miliar del género para Versins. En ella el autor encuentra al Tiempo encadenado en una profunda caverna próxima a Palmira y éste le desvela el porvenir para que quede memoria del último hombre sobre la Tierra. No será el último, sin embargo, porque intervendrá el Genio de la Tierra para anunciarle que en Brasil hay una joven con la que podrá procrear y dar vida a una nueva Humanidad.

Dentro del dominio de la ciencia ficción son muchos los que entienden que la primera novela de la estirpe fue el Frankenstein de Mary Shelley, publicado en 1818. La misma autora escribió ocho años después The Last Man, donde el último hombre sobre la Tierra es realmente el último: tras una mortal epidemia de peste, el 1 de enero de 2110 graba desde su barca esta fecha en la cúpula de San Pedro, cuyo nivel han alcanzado las aguas, y se dispone a esperar la muerte. Al igual que la anterior, es una obra no traducida al castellano.

Sí está múltiplemente vertida a nuestra lengua La máquina del tiempo de Wells, en la que el Viajero a través del tiempo remata su periplo en un futuro remoto en el que la Tierra está sumida en un eterno crepúsculo gris, despoblada de todo vestigio humano y habitada por unos cangrejos inmundos que se arrastran hacia el viajero provocando sus náuseas. La sensación de abominación atroz que lo sobrecoge nos transmite un fin del mundo que pocos han podido igualar.

En estas novelas el autor se compromete, obligado a enjuiciar a la Humanidad que va a hacer desaparecer. Partiendo en principio de un progreso sin límites de la civilización, esta idea termina por dar paso a la contraria y surge la gran pregunta: ¿La Humanidad perece por azar o infortunio, o como consecuencia de sus actos?

Se van escribiendo obras tan interesantes como La nube purpúrea de Shiel en 1901 o La peste escarlata de London en 1915, por poner bien conocidos ejemplos, hasta llegar a esa obra impar del declinar de la civilización que es La Tierra permanece de Stewart en 1949, con la que guarda semejanza la reciente La carretera de McCarthy.

La lista sería muy larga, entre otras con Barbagris de Brian Aldiss, La hora final de Nevil Shute, La gente del margen de Orson Scott Card y esa joya olvidada por la perestroika que es La última nave de William Brinkley en 1988. Algunas de ellas se han llevado a la pantalla y son las más conocidas del gran público.

Una división comúnmente aceptada para estas novelas atiende a las causas de la destrucción del mundo, que pueden ser un accidente, una epidemia, la degeneración biológica de la especie humana, un cataclismo cósmico o nuclear entre las ordinarias y un castigo divino u originado por una raza extraterrestre entre las extraordinarias.

Otra es la que diferencia aquellas historias en las que la Humanidad realmente se extingue de aquellas otras en que se salva un reducido grupo de hombres y mujeres, en ocasiones una sola pareja que dará origen a una raza nueva, de valores morales superiores a los de la desaparecida. Unas pocas veces, como en la novela que comento a continuación, es la Humanidad entera la que colectiva y solidariamente se enfrenta a la destrucción que la amenaza y consigue acabar con ella para sobrevivir.

Como ya he apuntado, hubieron de transcurrir siglos antes de que esta literatura pasara del ámbito de lo sagrado al de lo profano. Empezó escribiéndose en el siglo XIX en Inglaterra y en Francia, naciones en las que proliferó abundante desde el inicio del XX. Algunos años más hubieron de transcurrir en España para que se escribieran las primeras narraciones del género que, como se ha hecho en otros países, es de justicia rescatar del olvido en que están sumidas. La mejor fue La catástrofe de Tassin [1].

I. Los zootauros de Marte que asolaron la Tierra

II. Las confesiones proféticas de Cayac-Hamuaca

 
 
 

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