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II. LA MEDITACIóN DEL ÚLTIMO HOMBRE, DE AZORÍN

Vengo tratando estas narraciones desde la perspectiva de la ciencia ficción, además de porque soy aficionado a ella cuando tiene calidad1 [1], porque pienso que va a ser la literatura del siglo XXI o, al menos, parte importante de ella: dime lo que lees y te diré la sociedad en que vives. El mainstream utiliza cada vez más los recursos hasta ahora reservados a lo cientificticio y éste va abandonando su rústico estilo tradicional para escribirse cada vez más como literatura grande.

Y llego a un corto relato grande que por su calidad escapa del encasillamiento, trasciende el género en que se quiera encuadrar. Me refiero a "El fin de un mundo" [2]o la meditación del último hombre sobre la Tierra, que propone un joven José Martínez Ruiz, Azorín, (Monóvar, Alicante, 1873 - Madrid, 1967), tan conocido que exime de toda presentación. Aficionado a los cuentos futuristas, ésta fue su más clara incursión en su laya. Se trata de un cuento realmente breve que, sin acción ni diálogos, es una pura meditación filosófica sobre la desaparición de la Humanidad y, con ella, del universo que conoció.

La idea del tiempo es en verdad desoladora para Azorín y su sentimiento impregna de melancolía toda su obra. Aquí nos ofrece una melancólica meditación nostálgica sobre su consumación, que es evidentemente melancólica y es nostálgica porque encierra un aire de doliente déjà vu, de evocación de un crepúsculo que los fieles lectores de historias del fin del mundo tenemos ya en nuestro recuerdo. Más allá de sus méritos literarios, que son muchos, consigue transmitir lo que otras narraciones no logran.

Santiáñez-Tió [3], al que hay que recurrir en cuanto ha dado a conocer como ciencia ficción, dice de este cuento, sin complejos y aportando interesantes apreciaciones, que relata la lenta agonía de la raza humana en una clave literaria muy afín a Wells, particularmente al Wells de La máquina del tiempo.

"El control absoluto de las fuerzas de la naturaleza, la desaparición de las pasiones y la maquinización de la vida han causado en el hombre el aburrimiento, la atrofia, la falta de ideas. Azorín establece en «El fin de un mundo" una relación causal entre el nivel más alto del progreso social y científico y el inicio de la decadencia del hombre: del progreso germina la entropía. El resultado final, la extinción de la humanidad, guarda cierto parentesco con la decadencia de los Eloi y el posterior fin de la vida en el planeta descritos por Wells en La máquina del tiempo".

Apuntaría yo dos cosas más, la facilidad con que pasa Azorín del campo de la imaginación al de las ideas, aquí sobre la condición humana, y la preocupación que muestra el último hombre sobre la Tierra porque el universo que la Humanidad ha conocido va a desaparecer con él, ya que el único universo que existe es el que ha llegado a nosotros por nuestros sentidos. Podrá haber en el futuro otros seres sobre la Tierra, con otros sentidos que percibirán de otro modo la misma realidad, pero que ya será otra realidad distinta. En esta clave, el autor se confiesa devoto del griego Parménides, como también del tedesco Schopenhauer.

En el mundo del futuro que nos presenta han desaparecido las iniquidades del presente, mas es un mundo en que el hombre ha muerto, lo mató el hastío de las bienandanzas que realizaron la ciencia, la industria y el arte, que convirtieron en realidad de presente el sueño de pensadores prehistóricos. Sin el trato humano, la ambición, la envidia, la crueldad, la ira, los celos y la codicia, amándose todos los unos a los otros, quieto el pensamiento y con todo el trabajo fiado a las máquinas, los hombres languidecieron felices por siglos sin odios ni pasiones, sin el ensueño de la esperanza ni la voluptuosidad del desconsuelo.

Y, así, la amplia y fecundadora ley del progreso se trocó en deprimente ley de ruina y acabamiento, en una inversión ideológica que, de una u otra forma, se dio con frecuencia a partir de los últimos años del siglo XIX y se exacerbÓ con el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Un día quedó un solo hombre sobre la Tierra, un anciano que no podía dejar de pensar que con su muerte se acabaría el universo:

"El mundo -continuaba- es mi soberbio yo. Fuera de mí no hay nada, la humanidad, hastiada de esperanza satisfecha, ha desaparecido. Quedo yo solo en la tierra [...] Voy a morir también..."

Y cuando el sol declinaba, en el silencio augusto de la Tierra desierta, expiró el anciano y único morador del planeta. Y en el mismo momento, un universo dejó de ser.

Otro cuento del autor, titulado casi igual "El fin del mundo" [4], muestra ya desde su subtítulo de "en 1598" que no es un cuento futurista, no trata del fin del universo sino de un fin del mundo particular que es llegado para Víctor Montano cuando sabe anticipadamente el tiempo de la muerte de Felipe II en España y de la firma por Enrique IV de Francia de un edicto en que se reconoce a los protestantes la libertad de conciencia y de culto. Azorín tenía verdadera maestría para escribir cuentos que eran a modo de biografías resumidas en un solo acontecimiento. Tiene intención política:

"...el cuento lleva una aleccionadora moraleja que, seguramente, es como un aviso para esos sectores tradicionalistas, reacios a la República Española, «que no saben dónde situar el punto de arranque de la ruina del mundo moderno [...] El mundo se transforma.. o podrán todas las fuerzas humanas detener esa transformación. Y esa transformación s mirada por unos con tristeza y por otros con alegría». Son palabras esperanzadoras", concluye Vidal [5].

Hay otro cuento más que parecería en principio que encajaba en esta categoría. Me refiero a "Se acabó el sol" [6]. Tras una advertencia que perturba al protagonista, una mañana no sale el sol en Madrid y las gentes se lanzan aterradas a las calles, con velas y linternas, presas de un pánico atroz. Hasta los pájaros de los alrededores de la capital vuelan hacia esas pocas luces que ven y se posan en inmensas bandadas en calles, plazas y balcones.

Hombres y mujeres corren despavoridos de una puerta a otra y buena parte de ellos terminan por concentrarse ante el Ministerio en la Puerta del Sol. El Ayuntamiento hace encender los faroles y el Consejo de Ministros se reúne en sesión de urgencia, sin que nadie pueda explicar lo inexplicable: el sol se ha ido.

Llegan noticias, primero de provincias y después de otros países, de que en todas partes sucede lo mismo y los periódicos titulan "Se ignora el paradero del sol" o "Habrá que buscar sustituto al sol". Tantos siglos de civilización, de ciencia y de progresos maravillosos no sirven ahora para nada. Ante el hecho más grande que se ha producido en la Historia del mundo, no cabe más que cruzarse de brazos.

El autor emplea la técnica del cuento dentro del cuento y aquí termina el primero, sin explotar la situación que ha creado.

Esta historia es la que lleva un día un redactor a su periódico y el director la rechaza porque no publica disparates: la Humanidad sin el sol se acabaría. El primero le replica preguntándole si soportaría una presión de seiscientas atmósferas, una temperatura cercana al cero y sin la menor pizca de luz. Pues en el fondo de los mares, a seis mil metros de profundidad, viven perfectamente unos seres orgánicos que han descendido del litoral y con el tiempo se han ido acomodando a ese medio.

El cuento interrumpido termina de invalidarse al desvelarse que es sólo la excusa para felicitar a don Antonio Ballesteros por la publicación de una Historia de España, que sirve a Azorín para decir que no existen leyes infrangibles en las sociedades humanas. Lo que parecía inqubrantable en tiempo de Roma no lo ha parecido después. Como los seres que descendieron de la orilla del mar a las profundidades abisales, la Humanidad sigue su ruta y nunca se puede afirmar que "de ahí no henos de pasar". El hombre de hoy no es más que un fragmento de humanidad es una afirmación final que redime al cuento.

* * *

Al igual que el anteruior, este artículo se publicó en la revista Arbor nº 751, mayo-junio 2011, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, y en el cuadernillo de Apuntes para la historia de la ciencia ficción española: Novelas del fin del mundo, edición de autor, Madrid, 2002.

 

NOTAS

1. Una vez le preguntaron a Theodore Sturgeon por qué el noventa por ciento de la ciencia ficción era mala y respondió con lo que se conoce desde entonces como la regla de Sturgeon: "porque el noventa por ciento de todo lo que se escribe es malo".

2. "El fin de un mundo" apareció el 18 de junio de 1901 en la revista Madrid. Tanto María Martínez del Portal en Fabia Linde y otros cuentos (1992) como Santiáñez-Tió en De la Luna a Mecanópolis 1995) -quizá el uno lo tomó de l otra- dicen Madrid Cómico, en un explicable error, ya que Azorín publicó con frecuencia en esa otra revista.

3. Santiáñez-Tió, Nil. Op. cit., p. 26, del que he tomado más.

4. Publicado en Ahora el 1 de noviembre de 1934.

5. Vidal Ortuño, José Manuel. Tesis doctoral Tradición y modernidad en la cuentística de José Martínez Ruiz, Universidad de Murcia, 2004 (en Internet).

6. Publicado en Ahora el 20 de noviembre de 1935.

 

 
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