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III. EL OCASO DE LA HUMANIDAD, DE BLANCO BELMONTE

La tercera historia es "El ocaso de la Humanidad" [1], de Marcos Rafael Blanco Belmonte (Córdoba, 1871-1936), que dedicó su vida al periodismo, formando parte de las redacciones de El Español, El Imparcial y La Ilustración Española y Americana. Destacó en la composición de narrativa breve, como autor de cuentos recopilados en los volúmenes Negros y azules, Almas de niño, De la tierra española y El último cuento azul. Entre los que he leído hay varios de carácter fantástico, aunque de una fantasía romántica alejada del fantasy que va aparejado a la science fiction, con dos excepciones. La una, sin duda, esta narración que comento; la otra, más discutible, La ciencia del dolor [2], un cuento con ribetes fantásticos de medicina o biología.

Si los cuentos de Clarín y Azorín se enmarcan entre los textos que suponen la desaparición total y definitiva de la Humanidad, éste de Blanco Belmonte pertenece a la estirpe de los que suponen que se salva un reducido grupo de hombres y mujeres limpios de los vicios que acaban con el resto de la raza humana, que darán origen a otra nueva mejor.

Su contrafactual o condicional contrafáctico, que gustamos de decir en términos cientificticios o cienciaficcioneros [3], es un avatar del progreso científico que acaba con el hombre, el arma definitiva, en un relato escrito en clave de humor del todo ausente en el anterior.

"El ocaso de la Humanidad" se escribió en 1918, el último año de la Guerra Europea y, aunque no se refiera directamente a ella, muestra una clara preocupación por el desarrollo armamentístico que el autor condena desde la sátira en un cuento corto, ingenuo y humorístico, con los rasgos propios de las narraciones del fin del mundo.

Se descubre un día que, con sólo un tubo metálico y un trozo de alambre de acero, es fácil construir un ingenio que capta las ondas malditas del rayo ananké [4], lo que pone al alcance de cualquiera la capacidad ilimitada de matar: cuando se apunta a una persona con el fulminador, ésta siente un beso en el corazón y se desploma de inmediato.

Como he escrito en uno de mis "Apuntes para la historia de la ciencia ficción española" [5], en El amor dentro de 200 años. La vida sexual en el futuro, de Alfonso Martínez Rizo, publicado en 1932, aparece un fulminador de que dispone todo ciudadano y que puede enfocar contra cualquiera que le desagrade. La proyección aislada de un solo artefacto no causa mayores molestias que un ligero cosquilleo, pero la acumulación simultánea de las descargas de muchos envía al otro barrio a su infeliz víctima, de modo que la sagrada mayoría tiene también el derecho de muerte sobre la minoría.

Volviendo a El ocaso, caen primero todas las fuerzas de seguridad y policía del mundo, guardias civiles, gendarmes y carabineros, a los que siguen las autoridades civiles y militares, ministros, gobernadores, alcaldes, generales, almirantes y demás mandos. Caen a continuación los prestamistas, banqueros y rentistas, mientras los curas se mantienen por un tiempo porque la religión es el único consuelo que resta, hasta que terminan por caer desde dentro, víctimas de sacristanes, monaguillos, rapavelas y pertigueros [6].

Un viejo que predica la paz desde un dirigible sobrevuela un mundo ya vacío, hasta que encuentra una isla intocada por el ananké, donde una reducida comunidad bondadosa pone un punto de esperanza en el futuro de la Humanidad: ella va a dar origen a la nueva especie que poblará la Tierra.

* * *

Al igual que loos dos anteriores, este artículo se publicó en la revista Arbor nº 751, mayo-junio 2011, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, y en el cuadernillo de Apuntes para la historia de la ciencia ficción española: Novelas del fin del mundo, edición de autor, Madrid, 2002.

NOTAS

1. El ocaso de la humanidad" se publicó el 19 de mayo de 1918 en el nº 1409 de la revista Blanco y Negro, y fue reproducido en el nº 8 del buque insignia español del género que fue la revista Nueva Dimensión, correspondiente al bimestre marzo-abril de 1969.

2. Publicado primero en El cuento semanal el 20 de diciembre de 1907 y después en Los Contemporáneos el 28 de julio de 1921.

3. A cuentos como los de Clarín o Azorín hay que decirlos cientificticios, término que particularmente prefiero al más extendido de fantacientíficos. A cuentos de menor entidad es frecuente que se les diga, en revistas populares o fanzines, cienciaficcioneros, que es la palabra acuñada por el fandom.

4. El ananké griego correspondía al fatum romano, la fatalidad.

5. Se puede ver en mi página web www.auguribe@com, en el capítulo dedicado a las utopías anarquista españolas, una literatura de anticipación peculiar.

6. Los pertigueros eran seglares preeminentes que asistían a las funciones religiosas provistos de una larga vara y rapavelas era despectivo común para dependientes de iglesia.

 

 

 
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