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A diferencia de lo que ocurre con otros autores del fantástico, casi desconocidos, Justo S. López de Gomara fue persona relevante y es copiosa la información sobre su vida y su obra.

Fue ante todo un periodista apasionadamente entregado a su profesión, aunque escribió también muchos libros, entre ellos el titulado Locuras humanas, que recoge una colección de once narraciones fantásticas y otras tantas fábulas cortas, de las que cuatro o cinco se encuadran en la proto ciencia ficción.

Conoció el libro dos ediciones, una primera en Argentina, en 1886, y otra posterior en España, ésta profusamente ilustrada y con una amplia introducción, obra de Rafael Carrillo Sánchez en su Galería de españoles notables en el Río de la Plata, de la que he tomado los datos biográficos de los primeros años de la vida del autor. Fue tan intensa e interesante que apetecería enrollarse con ella casi tanto como con sus historias.

Nació en Madrid el 6 de mayo de 1859, en un elegante edificio de la casa de la familia en la calle Mayor. Fue hijo de Santiago Sanjurjo, oriundo de Guadalajara, que había cursado la carrera de Medicina en Santiago, siempre con matrículas de honor que le ayudaron a costearse los estudios, y de María López de Gomara, natural de Brihuega, emparentada con la aristocracia madrileña y cuyo apellido escogió para su firma.

Entre los ocho y los nueve años quedó huérfano de padre y madre, pasando a ser su tutor su padrino, el célebre Eugenio Montero Ríos, gran amigo de su padre. Estudió en el internado del colegio de los Escolapios en Getafe y concluyó el bachillerato en el Instituto San Isidro de Madrid. A partir de los 15 años cursó tres de la carrera de Derecho en la Universidad Central, al tiempo que hacía periodismo republicano de combate. Lo dejó todo y marchó a Gante, coincidiendo con la llegada al trono de Alfonso XII.

Eran por entonces una plaga de Madrid los usureros, organizados en una mafia que prestaba a los menores contra los bienes que heredarían al alcanzar la mayoría de edad, con una comisión de entrada del 10 por ciento y unos intereses mensuales del 5 ó el 6 por ciento. Como otros de sus amigos, Gomara cayó en las garras de este benemérito cuerpo y se vio desposeído de su herencia.

Sin recursos, indispuesto con su familia y su tutor por sus ideas políticas, al margen de una sociedad que lo había conocido rico y pródigo, recibió la ayuda de su amigo de la infancia Tomás Ruiz de Velasco, que se preparaba para ingresar en la famosa Escuela de Gante, y allí marchó a compartir con él su modesta pensión, hasta que pudo contribuir a los gastos dando lecciones de español.                                         

Los tribunales españoles consideraron por entonces que los préstamos de usura no obligaban a los menores que los habían suscrito e hicieron que los usureros devolvieran los bienes así adquiridos. Mas Gomara renunció a presentar reclamación ninguna e, insatisfecho con la vida que llevaba en Gante, decidió marchar a Argentina.

Llegó allí con 20 años, a punto de cumplir los 21. El cónsul argentino en Hamburgo le prestó 500 marcos sin intereses, tomando en garantía su reloj, que recuperó un año más tarde. y así pudo hacer el viaje. Con los 200 marcos que le sobraron, convertidos en moneda del país, tomó un modesto alojamiento en Buenos Aires.

El mismo día que llegó, en una librería en la esquina de Cangallo y Reconquista, vio un ejemplar del diario El Correo Español, en el que figuraban los retratos de Méndez Núñez y Daoiz y Velaede. Escribió de inmediato una carta al director, Enrique Romero Jiménez, y al día siguiente estaba trabajando en la redacción de este periódico para españoles, con un jornal de 1.500 pesos moneda corriente al mes, equivalentes a unos 1.500 reales.

Romero era un compatriota, huido de España condenado a muerte por su participación en las revueltas de 1868. Su fuerte carácter le había granjeado muchos enemigos y un día, por un "quítame allá esas pajas", que dice Gismera, en el Centro Gallego de Buenos Aires concertó un duelo a muerte, con pistola, con otro español, un personaje retratado por Galdós en su España trágica, José Paúl Angulo. Era éste el director de otro diario para españoles, España moderna, y también estaba huido de España por su presunta instigación del asesinato de Prim.

El desafío tuvo lugar fuera del país, en el cercano Montevideo, tres meses después de la llegadaa América de nuestro autor, que fue uno de los padrinos de Romero. El duelista fue mortalmente herido, cayendo en brazos de Gomara. En su lecho de muerte le pidió que siguiera publicando El Correo Español mientras hubiera en él "una tabla que quemar".

La conmoción en la colonia española fue inmensa y la suscripción al diario que puso en marcha Gomara proporcionó 20.000 duros en tres meses. Pero los adversarios eran muchos: cuando se tropezaron en la calle el nuevo director de El Correo Español y el de La Nación Española, Manuel Barroso, se saludaron a disparos de revólver. Sin embargo, las dos publicaciones terminaron por fundirse, gracias a los esfuerzos de Gomara, con el título de la primera.

Gomara había de dedicar cada día algunas horas al manejo de las armas de fuego, preparándose para los duelos que lo amenazaban. Adquirió tal destreza que disparaba contra una patata o una cáscara de huevo colocadas sobre la cabeza de otro, sin errar ni una sola vez, y ya nadie lo retó nunca en duelo. (Alternaba los disparos con un compañero, que sí le rozó una vez su cabeza y no lo mató por un centímetro).

La viuda del fallecido propietario de El Correo, una sevillana ciega que deseaba volver a España, ofreció a Gomara cederle la propiedad del periódico si aceptaba su activo y su pasivo. Era una oferta envenenada, pues el activo ascendía a 60.000 pesos m/c y el pasivo a 470.000, aunque Gomara, de 22 años entonces, terminó por aceptarla.

La colonia española se volcó de nuevo con él y dos años después, liquidado el pasivo, se mudó de local, duplicó el tamaño d El Correo y participó de forma activa e influyente en la política argentina.

Ese mismo año contrajo matrimonio con una muchachita de 15 de edad, de familia distinguida, y su gran casa, en el Mar del Plata, llamada "Villa de Madrid", estuvo siempre abierta para los compatriotas que llegaban a Buenos Aires.

Por su integridad, el Gobierno argentino lo nombró director del Banco de Piedad y después del Banco de la Provincia, puesto que nunca había desempeñado un extranjero. También fue director de ferrocarriles.

En 1888, once años después de haber dejado España, volvió a ella, visitando Madrid y Guadalajara y el pueblo de su madre, Brihuega, que siempre llevó en su corazón.

Aquí termina cuanto escribe Carrillo, precisamente en 1888, y paso a seguir lo que escribe Tomás Gismera Velasco, en sus Biografías de gentes de Guadalajara.

A su regreso a Argentina, la crisis de 1890 lo arruinó, perdiendo la fortuna que tenía invertida en Bolsa. Enfermo de tisis, hubo de ir a recuperarse a Guaymellán, en la provincia de Mendoza, población que convirtió materialmente en una gran ciudad. Fundó allí periódicos, bancos y cooperativas, siguiendo el ideal socialista de la época. En poco tiempo recuperó su capital y volvió a ser el mismo en el comercio y la política.

El gobierno lo honró nombrándolo Cónsul de Argentina en Guadalajara, lo que le permitió hacer ondear la bandera de esta provincia en la fachada de su casa. Comentó que le hubiera gustado ser cónsul en Brihuega, pero que le pareció excesivo.

Murió en Guaymellán el 12 de agosto de 1823, dejando viuda y cuatro hijos.

Una anécdota: En 1913 el gordo de la Lotería de Navidad correspondió a un número vendido en todas sus series en una administración de la Puerta del Sol, de Madrid, pagado con un cheque del Banco Español del Río de la Plata. Uno de los mayores agraciados fue Gomara, mas se dice que no le tocó ni una peseta porque había repartido todo cuanto jugaba entre los empleados de sus empresas.

Fundó media docena de periódicos, los Bancos Agrícola y Comercial y el de la Provincia de Mendoza,, el Instituto Agronómico, los Talleres Municipales de Cerámica y Tejido, el Ateneo Artístico del Mar del Plata, la Asociación Patriótica Española y la primera Sociedad Pescadora que hubo en Argentina.

Otra anécdota: Esta Sociedad bonaerense vendía los langostinos que se pescaban en el Mar del Plata de martes a domingo. Los lunes todo el pescado que entraba iba a parar a los hospitales y centros benéficos de la ciudad, sufragando íntegramente Gomara su coste.

Intervino muy activamente en la regularización de la situación de los inmigrantes españoles "sin papeles", logró un indulto para los encarcelados con motivo de la boda del rey Alfonso XIII y consiguió del presidente Yrigoyen que declarara el 12 de octubre Día de la Raza, después de la Hispanidad.

Su labor era tan reconocida que llegó a ser Presidente de Honor de cien Casas de regiones españolas en Argentina.

* * *

LA VIDA CEREBRAL, que se puede leer en la revista Delirio nº , de La Biblioteca de El Laberinto de Paco Arellano, con igual noticia de la biografía de su autor, es un cuento larga, de terror hasta lo gore mismo. Su narrador es un paisano del Alto Aragón que cruza una montaña para visitar en la falda francesa a quien fuera gran amigo de su padre, el Dr. Charcot, un médico que podría ejercer en las mejores clínicas de París pero que ha preferido la tranquilidad de un pequeño pueblo para mejor llevar a cabo sus experimentos.

El arriero que conduce su carro le pone en antecedentes por el camino de que va a ver a un brujo, cosa que el narrador interpreta en el sentido de que ha conseguido con su ciencia curas tan maravillosas para algunos pacientes, que las gentes sencillas las han atribuido a la magia.

Una de las historias que cuenta el arriero es de verdad sorprendente. Hacía poco merodeaba por aquellos parajes una partida de bandoleros, fugados de presidio, que tenía aterrorizados a los habitantes por sus constantes robos y hasta matanzas. Los mandaba el Señalado, así conocido por la gran cicatriz que marcaba su frente.

Privados de su fuente de ingresos, que era el contrabando, un día los lugareños se reunieron en gran número de todos los pueblos de la comarca y organizaron una batida. Buenos conocedores del monte, consiguieron atrapar a los bandidos y llevarlos presos a la aldea del Dr. Charcot.

Los bandidos de a pie fueron condenados a ir de vuelta a la cárcel, con penas más largas, y el Señalado y sus dos lugartenientes, a morir en la guillotina, siendo ejecutados en la plaza mayor del pueblo. El médico habló con el alcalde, el juez y los gendarmes, y los tres cuerpos descabezados y el cesto con las cabezas fueron llevados a su casa.

Un par de días después devolvió los tres cuerpos y dos de las cabezas, que fueron enterrados en un rincón apartado. Conservó, eso sí, la cabeza del Señalado, de la que dijo Pedro, su criado, que la mantenía con vida y hasta habla con ella.

Cuando nuestro hombre llegó al pueblo, M. Charcot lo recibió con los brazos abiertos y lo condujo a su casa. En su conversación surgió obligadamente el tema de la cabeza con vida, y el doctor invitó a su huésped a verla.

Tras una larga disquisición sobre el alma humana, que puede existir por sí sola, sin necesidad de un cuerpo que la acoja, le explica cómo ha mantenido esa cabeza viva por espacio ya de cuatro meses, haciéndola respirar y nutrirse de manera artificial. Finalmente lo conduce a la habitación oscura en que está la cabeza.

"Desde que la voz había empezado a hacerse oír, sentí como el rápido castañeteo de unas mandíbulas y me estremecí [...] Enfrente de mí estaba la horrorosa cabeza, suspendida en el aire por el negro y enmarañado cabello.

"Su aspecto era horrible y repugnante. La expresión feroz que ya debía tener en vida el bandido, se había redoblado en aquella existencia artificial; los ojos parecían saltarse de las órbitas; la frente estaba hinchada, partida en dos por la asquerosa cicatriz que dio sobrenombre al que la llevaba; los labios contraídos y abiertos entre la espesa y salvaje barba; crispados los músculos todos del rostro, amoratados por el constante esfuerzo".

Es una lástima que no pueda hablar, dijo el doctor con ironía, porque me diría muchas cosas dado lo mucho que me quiere, a lo que la cabeza responde con los ojos incendiados por la ira. Nuestro hombre suplica al médico que ponga fin a esa agonía, mas éste le replica que hace sufrir al bandido como castigo por sus crímenes, no sólo con el dolor moral que aprecia su huésped, sino también con el físico de la guillotina, pues sigue experimentando constantemente el mismo dolor que la causó la cuchilla al cortarle el cuello. La cabeza lo oye con una tremenda expresión de rabia y de angustia.

Un día M. Charcot decide situar la cabeza sobre una mesa, para que se intensifique el dolor del cuello cortado al apoyarse sobre la madera. Descolgada y puesta sobre la tabla, cuando el doctor se inclina sobre ella, con un esfuerzo supremo consigue saltar sobre él y cerrar sus dientes sobre su cuello.
Así los encuentra Pedro, en un charco de sangre, que sale despavorido a dar cuenta de lo acaecido.

Cuando se consigue separar la cabeza del cuerpo sin vida del galeno, lleva entre los dientes un pedazo de su tráquea.

LA CIUDAD EL SIGLO xxx es otro extenso cuento fantástico, dividido en dos partes. En la primera se exponen las muchas y sabias medidas que tomó entre 1886, fecha en que se escribió el cuento, y 1920, el año en que se sitúa el narrador, un extraordinario Presidente de la República Argentina. Obviamente son las medidas que Gomara desearía que se tomaran, entre ellas la división de la República en múltiples estados autonóomicos. Así, la Confederación Argentina arrebató en poco tiempo la hegemonía mundial a los Estados Unidos.

En la segunda parte nos presenta la magnífica ciudad de Equis, ubicada en uno de los Estados del Sur, que ha realizado los mayores progresos pero carece de elementos sólidos para la construcción. Entonces un industrial descubrió la manera de despoblar los cementerios, convirtiendo los cadáveres en ladrillos y otros materiales útiles, como el gas para el alumbrado.

"Nunca la Humanidad se acercó tanto a la Divinidad en la concepción de sus ideas ni en la realización de sus obras [...] Aquello era la muerte cobijando la vida, las familias viviendo en el seno de sus difuntos, cuyos cadáveres entregaban recibiendo a cambio aquella materia convertida en materiales útiles. Los muertos formaban el hogar de los vivos."

Aquello llegó a configurar una manera de ser y hasta de hablar en la ciudad. Se podía oír a un anciano diciendo a su familia "Cuando mi cuerpo os alumbre..."

No podía durar. Los vivos vivían satisfechos mas los muertos, que al principio no se habían dado cuenta de su transformación, poco a poco se fueron percatando de ella Y un día las casas empezaron a moverse, las rejas a hervir, faltó la luz y los vecinos se congregaron en la plaza pública. En su centro había un monolito construido con los cuerpos de los ciudadanos beneméritos y desde él se escuchaban las voces de cada uno de ellos, una voz que decía:

"habéis fundado una gran ciudad resolviendo un problema trascendental, cuya resolución no estaba asignada a este siglo en las leyes del progreso humano. Dios no quiere que se trastornen esas leyes y, como castigo a vuestra osadía, a la vez que como recompensa a vuestro genio, labor e iniciativa, todos nosotros nos hemos animado y os arrastraremos por el espacio, donde permaneceréis perdidos durante diez siglos. Cuando se cumplan descenderemos de nuevo al planeta para ocupar el mismo lugar de que os hemos arrancado y ser la ciudad modelo del trigésimo siglo."

En el Estado del Sur, en el lugar en que estaba la ciudad de Equis, hay ahora un gran hundimiento del terreno. En el año 3.000 podrá verse allí la maravilla que se describe en el cuento.

LOS HOMBRES DE PALO es un cuento más corto, curioso, aunque no el único de su estirpe en nuestra literatura. Particularmente, me recuerda a los Hommes artificials, de Pujulà, aunque Gomara da un paso más.

Jehová era un extraordinario escultor anatómico, cuyas reproducciones en cera de cuerpos humanos resultaban realmente maravillosas. A fuerza de hacer estos hombres de cera, completos y exactos, concibió un día la idea de ir más allá.

De su mesa de disección de cadáveres tomó pulmones aptos para respirar, corazones capaces de latir, arterias y nervios. La masa encefálica fue lo que más trabajo le dio. Para la caja del cuerpo escogió la madera y así formó el primer hombre de palo que, al correr la sangre por sus venas, se convirtió en un ser vivo.

Al primero le siguieron otros que, al principio, permanecieron sumisos a la autoridad de su creador, mas al cabo de un tiempo se proclamaron independientes porque lo tenían todo para ganarse la vida y vivirla a su gusto. El escultor los escuchaba y se reía, con una risa que irritaba profundamente a los muñecos.

Un día, reunidos en Asamblea, fueron subiendo el tono de sus palabras hasta decidir que, para ser realmente libres, tenían que matar al amo. Éste, que los contemplaba desde una alta tribuna, los dejó hacer sin cesar de reírse cada vez más, permitiendo que le pusieran la cuerda al cuello y lo condujeran a la horca.

"Colgáronse todos los muñecos del cabo de la cuerda y tiraron hasta que, por no poder más y, antes de confesar su impotencia, declararon todos que el pobre Jehová estaba bien ahorcado [...] Aunque para satisfacer su orgullo personal se lo repiten así los hombres de palo, lo cierto es que Jehová continúa siempre en su alta tribuna, riéndose de sus asambleas, burlándose de sus vanidades y aun favoreciéndolos algunas veces con buenas inspiraciones..."

Por si la intención se le escapara a algún lector, el nombre de Jehová la pone de manifiesto.

EL VENCEDOR DE LA MUERTE es un relato más corto, moralizador y ejemplarizante, de los que se decían cuentos de escarmiento: "Escucha, lector, cómo el egoísmo redunda en perjuicio de aquél a quien domina".

El médico alemán Armand Goeg ha inventado un aparato maravilloso que, aplicado a un enfermo desahuciado, le hace recuperar la salud. Se movilizan las Academias y la prensa para que divulgue su secreto, le lloran esposas y madres sin recursos para que salve a sus maridos o a sus hijos, mas él no se conmueve ante nada. Su aparato es sólo suyo y objeto de una subasta permanente: quien más paga, a ése se le aplica.

Ni qué decir tiene que el doctor amasó una inmensa fortuna. Pero un día cayó enfermo de gravedad y no tuvo tiempo ni de
manejar el aparato en su beneficio ni de explicar a otros médicos cómo hacerlo funcionar. Se murió y sus sirvientes lo enterraron bajo una sencilla lápida y se repartieron su dinero. Hoy ya nadie se acuerda de él.

EL HOMBRE MICROBIO es un relato en que Gomara especula, brevemente y de pasada, sobre un tema tangente a la ciencia ficción: que los hombres seamos los microbios de un cuerpo mucho más grande que nosotros, como los infusorios lo son de nuestros cuerpos.

 

 

 
 
 

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