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Julio Bravo Sanfeliú (1894-1987) fue un notable médico zaragozano que estudió en la Universidad de Zaragoza primero, y en la de San Carlos de Madrid después, donde se licenció con premio extraordinario. Especializado en dermatología, tras l primera Guerra Mundial viajó largamente por Alemania, estudiando con celebridades mundiales. Regresó a España con tratamientos modernos y técnicas nuevas. Alcanzó puestos de relevancia en la lucha antivenérea y de divulgación sanitaria, realizando en 1936 el filme “Vidas nuevas”.

Escribió obras de teatro y narraciones, la más conocida la que publicó en 1924 El tratado de Heligoland [1], una novela corta, de poco más de cien páginas, desgajada no ya en capítulos, sino en poco más que párrafos, reeditada en 1932 con el título de Hombres [2]. Después de la guerra civil, establecido en consulta particular, continuó su labor literaria con obras como La jaula mágica, un premiado guión cinematográfico, luego convertido en novela.

Julio Bravo

El tratado de Heligoland se inicia en diciembre de 1920 con una cena que celebran en el Krantz, uno de los mejores restaurantes de Viena, diez miembros del elitista Sun Club, diez hombres de diferentes nacionalidades.Su entusiasmo por la confraternidad universal les lleva a querer contribuir a ella por su cuenta, creando un falansterio al modo Fourier en una isla desierta que será habitada en comunidad por ellos solos.

Pocos días después embarcan en Hamburgo rumbo a la isla de Heligoland, en el mar del Norte, para concretar todos los detalles y firmar un tratado que los comprometa. Llegan a la isla, que les parece salida del mismo infierno, pero encuentran en ella un buen alojamiento en un hotel en el que comen como ogros y beben como esponjas, en expresión del narrador, que es un español porque cita el dicho de su tierra “no hay quinto malo” y repite la frase de la zarzuela Marina, sin nombrarla, “hay muchos tiburones junto a la orilla”.

Suscrito por todos, el tratado establece que vivirán en comunidad como monjes de una misma orden, obedientes a la misma regla. Cada uno hablará en el idioma que guste, con tal de que sea una lengua que los demás entiendan. Se decidió por mayoría que la mujer sería un elemento perturbador en la isla, por lo que solo se permitirá la entrada de las esposas. Se acordó prohibir toda manifestación religiosa, cada uno guardaría para sí sus creencias. Se acordó igualmente prohibir las manifestaciones patrióticas, no tendrían otra patria que el planeta. Y se decidió finalmente que el ensayo duraría dos años, al cabo de los cuales cada uno podría seguir en la comunidad o abandonarla.

Parten desde allí a Ciudad del Cabo y en Port Elisabeth adquieren gran cantidad de víveres, armas, útiles y herramientas. Cien millas al sureste, en el paralelo 35º, está “Blue Bird Island”, lejos de cualquier ruta de navegación. Es una isla con una configuración curiosa, como un sombrero de ala ancha y copa puntiaguda, con un macizo rocoso en el centro de un espeso bosque.

Aunque del todo abandonada, conserva un desembarcadero y las ruinas amarillentas de una antigua leprosería. Cundo la recorren ven con gran satisfacción que contiene agua fresca, caza abundante, árboles frutales y carbón a flor de tierra. Las tiendas de campaña les parecen un pobre alojamiento, por lo que deciden construir una casa común, un espaciosos edificio levantado del suelo, en el que una gran nave da acceso a diez celdas iguales, y detrás una cocina. Quinqués de petróleo y lámparas de acetileno.

Viven por un tiempo felices y dichosos, llevando a cabo cada uno una tarea, hasta que Andereas –todos han adoptado nuevos nombres- lo estropea. Propone y consigue, tras una violenta discusión, que la isla se divida en diez partes iguales y que cada uno sea dueño de una de ella, como si de diez naciones confraternizadas se tratara. Cada una con su choza, una contendría la fuente y el arroyo, otra la huerta, otra el carbón y demás. Andreas se ofrece a quedarse con el yermo, de sólo tierra y piedras, que ningún otro querría.
 
Andreas maneja el pico, excava, recoge piedras y un día se va a Port Elisabeth con Valerius, que iba allí todos los jueves a llevar y traer la correspondencia. Valerius se enamora, se casa con la bellísima Mary, a la que lleva a la isla pero, tras la ceremonia, Andreas no regresa a casa.
 
Mary convierte el bungalow de Valerius en un hogar ideal y éste, para estar siempre con ella, renuncia a su labor de enlace con correos, encargo que recae en el resignado narrador, que ha tomado el nombre de Mansuetus. Éste se enamora a su vez de de Betty, la hermana de Mary, y se la lleva también con él a la isla. Andreas regresa a ella con una partida de zulúes: había encontrado diamantes en su zona y quería explotarlos.

Intenta comprar las áreas de sus vecinos, donde igualmente hay tierra azul, y las ambiciones desatadas se convierten en sobornos y chantajes, y suceden las primeras muertes. A su vez Betty se queja al narrador de que Antonius la acosa y cuando éste se dispone a abusar de ella, su marido lo mata. Hay otra muerte por una pelea de herencias, dos más por un rayo. Uno abandona la isla.

Andreas mata a su capataza zulú acusándolo falsamente de haberle robado un diamante y, cuando se descubre, los otros zulúes se vengan de él enterrándolo vivo, cabeza abajo con los pies fuera, en los que clavan un escrito que dice “El amo está buscando diamantes”. Es una muerte que recuera intencionadamente alguna ejecución de la Revolución rusa.

Se adivina el final, que aún es peor de lo esperado porque Mansuetus contrae la lepra y su esposa se suicida, indefensa ante el acoso del otro hombre que queda en la isla. El perro de la colonia le lleva lo que roba al otro, una vaca calma su sed con su leche y hasta las moscas lo respetan: vista la naturaleza humana, los animales son mejores que los hombres.

Suelo leer las críticas ajenas a las obras que comento, y sólo he encontrado noticia de ésta en el gran libro Sueño sostenible [3], al que ya he recurrido en otras ocasiones, que lo hace larga y acertadamente. Califica la novela de “parábola anticomunista con la que se enfrentaba [el autor] a los optimismos desbordados de otros escritores probolcheviques ante la posibilidad de importar la utopía colectivista rusa”.

“Es probable que Julio Bravo compartiera aquella admiración generalizada en la época ante las primeras noticias de la Revolución rusa, pero en cualquier caso terminó coincidiendo con quienes comenzaban a rectificar su encandilamiento inicial o, simplemente, lo rechazaban.”

 

NOTAS

1. Bravo, Julio. El tratado de Heligoland, Madrid, 1924, Viuda de López de Haro, rúst., 112 pp. de 18x14 cm.

2. Bravo, Julio. Hombres, novela sintética, nueva edición de El tratado de Heligoland, Madrid, 1931, Imprenta Gráfica Universal, rúst., cm., 110 pp. de 18x14 cm.

3. Calvo Carilla, José Luis. El sueño sostenible, estudios sobrela utopía literaria en España, Madrid, 2008, Marcial Pons, ediciones de Historia.

 

 

 
 

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