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Nuestro primer Frankenstein doméstico no fue el Hombre artificial de Bedoya, que alguna vez se ha escrito, sino los Homes artificials de Pujulà. Como han dicho Santiáñez-Tió en su antología De la Luna a Mecanópolis y Munné-Jordà y Solé i Camardons en el artículo sobre la ciencia ficción catalana que publicaron en BEM, se da además la circunstancia de que es la primera novela de ciencia ficción en esta lengua. Saiz Cidoncha, en su muy mentada tesis La ciencia ficción como fenómeno de comunicación y de cultura de masas, sintetiza bien que narra el intento de sustituir la raza humana por otra creada artificialmente y que se supone libre de los malos instintos de aquélla, intento que acaba por fracasar.

Homes artificials se editó en 1912 [1] y se reeditó en 1986, reescrita para acomodarla a la normalización lingüística posterior (i por y, c por ch, incluso en el nombre del autor, etc.) y suprimiendo los castellanismos (carn de porc por tocino, por ejemplo). Incluye una noticia sobre el autor debida a Joaquim Martí, de la que he tomado datos y comentarios, lo mismo que de la tesis de David Martínez i Fiol Els "voluntaris catalans" a la Gran guerra: 1914-1918 (que conocí por esa amable terrassenca que es Angels Carles i Pomar), del Diccionario Espasa y de la Enciclopedia Catalana.

Frederic(h) Pujulà i Vallès nació el 12 de noviembre de 1877 en Palamós. A los dos años marchó con sus padres a Cuba en cuyas escuelas, según sus propias palabras, aprendió a amar la libertad de los pueblos. A su regreso a Barcelona terminó sus estudios en el colegio Vilar y después cursó la carrera de Derecho en la universidad. A partir de su licenciatura viajó por Bélgica, Holanda, Alemania y Francia.

Sus primeros escritos en catalán aparecieron en La Senyera, de Palamós, y en castellano en diversos periódicos barceloneses. Pero su labor literaria más importante la desarrolló en Joventut, la revista más importante del movimiento modernista: "Pujulà fou un home de Joventut". En 1902 apareció su primer libro, Francisco Pi y Margall, y entre 1902 y 1907 escribió tres obras importantes más, Titelles febles, El geni y El boig, las tres en colaboración con Emili Tintorer.

Durante estos años alternó la producción literaria con la actividad política en defensa del autonomismo y el federalismo, militando en el ala más izquierdista de la Unió Catalanista, de cuya revista Llevant fue director. Con Unió intentó aunar catalanismo y obrerismo, atrayendo a las clases populares al nacionalismo radical.

En 1905, seducido por las ideas de fraternidad universal del esperanto, fundó con algunos amigos la sociedad "Espero Kataluna". Publicó una gramática y dos diccionarios de esta lengua (catalán y español) y escribió artículos para su mayor revista, La Revuo, de París; estaba preocupado por el problema lingüístico y le atraía la idea de un idioma universal. En 1906 organizó un congreso de esperanto en Barcelona. Fue el período más fecundo de su literatura, que se cerró en 1912 con la publicación de Homes artificials.

En 1914, nacionalizado francés, le llamaron a filas. Fue corresponsal de guerra de El Poble Català y su dolorosa experiencia quedó reflejada en En el repòs de la trinxera (1918). La que entonces era su esposa, Germanie Rebours, apoyó desde la prensa a los voluntarios catalanes y suya fue la idea de los "padrinos de guerra", que sostenían desde la retaguardia a un soldado del frente, costumbre extendida en la guerra civil del 36, aunque como "madrinas de guerra".       

El hombre que en 1918 volvió a Barcelona no era el mismo que la había dejado y, por si fuera poco, el movimiento novecentista había desbancado al modernista y Pujulà se encontró marginado. Dividió entonces su tiempo entre el silencio y las colaboraciones en El Diluvio, del que fue corresponsal en París a partir de 1921, año en que contrajo segundas nupcias. Permaneció en Francia hasta 1933, llegando a ser Secretario General de la Asociación de periodistas extranjeros.

Regresó en mala hora, porque en 1939 fue condenado a muerte por un consejo de guerra sumarísimo, aunque la pena le fue conmutada por la de prisión, en razón de su edad, siendo encarcelado en Alcalá de Henares. Al salir renovó su dedicación al esperanto y colaboró en algunas revistas del exilio, como Pont Blau, editada en Méjico. En 1958 apareció su último libro, Cants a la Costa Brava. Falleció el 14 de febrero de 1963, a la edad de 85 años, en la casa de su hijo en Bargemont (Francia).

Fue un ideólogo radicalmente autonomista y federalista, como dice Martí, desde la óptica pi-i-margallista y almirallista, con su pensamiento expresado dentro de la forma modernista y lleno de sus teorizaciones sobre la regeneración del individuo y la sociedad: "Uno de los puntos básicos de su concepción del hombre es la defensa del individualismo, basada en el egoísmo y en la voluntad, como un motor de progreso social y, en último término, como un camino para llegar a la felicidad de la humanidad", lo que es muy aplicable a su obra más original, Homes artificials.

Esta obra se inicia con una narración que ya apareciera en 1904 en Joventut, en la que el eminente Doctor Pericard cuenta que, como todo hombre de ciencia, ha sido presa de las ideas radicales y ha llegado a la conclusión de que la sociedad que conoce no tiene razón de existir. Se muestra particularmente contrario a los códigos, que conceden libertad a unos a costa de la de otros y son enemigos del progreso, al enjuiciar actos de hoy con leyes del ayer, llegando a la conclusión de que la clave podría radicar en el vestido: en una sociedad perfecta cada uno sería por sí mismo y no por lo que aparentara su ropa. ("Según tu hato, así te trato, que abonaría en su favor el refrán).

Instala un laboratorio en una heroica ciudad catalana, triste, fea y clerical, de la que sólo quiere aclarar que no es Girona, y, para mantenerla aislada durante el experimento que va a realizar, envía telegramas diciendo que en ella se han declarado el cólera, la viruela y el tifus, primero, y que a la fuerza obligan a ir a misa todos los días, después. No dan resultado y sólo consigue que no viaje nadie a la villa cuando envía otros telegramas diciendo que para llegar hasta ella se precisa ser buen catalán.

Esparce la sustancia que ha fabricado y todos los tejidos se destruyen. Quienes sobreviven a resfriados y pulmonías andan completamente desnudos y no obedecen ni al alcalde, ni al juez ni al cura. El sabio se frota las manos hasta que los vecinos proclaman solemnemente el Código de la No-Ley, cuando ningún código es admisible, ni siquiera ése. Así que retira la sustancia y envía nuevos telegramas diciendo que todo fue una broma y que se puede llegar a la ciudad sin ser buen catalán, lo que restablece el tráfico de viajeros hacia ella.

Se vuelve a estrujar el magín y en los capítulos siguientes cuenta cómo ha llegado a su gran conclusión de "vers la perfecció, no per la reforma, sino per la creació". Hay que crear una nueva raza humana. ¿Cómo? Pues a partir de una evolución artificialmente acelerada, según la conocida fórmula

EIS = EP + T + [P + (M - X)]

donde EIS es la especie superior en un grado a la primitiva, EP; T es la unidad de temperatura de un siglo, P la presión atmosférica y M la marítima del mismo período de tiempo, y X la cantidad que hay que restar, que es la incógnita a encontrar.

Instala de nuevo un laboratorio, esta vez en Berlín, y encarga a una casa especializada que le sirva tres focas, dos machos y una hembra, que nunca hayan estado en contacto con el hombre. Trata los óvulos y los espermatozoides para hacerlos evolucionar desde la especie focà hasta la humà y, tras cinco años de ensayos, consigue una bella sirena, lo que aprovecha para tirarle un viaje a las feministas, como otros fantásticos de su época de signo bien distinto. Un tiempo después logra un macho de la especie y ya se lanza al experimento definitivo.

Las "bodas" de los espermatozoides con los óvulos se celebran en doce incubadoras con líquidos nutrientes (no en una sola, para preservar el individualismo de los nuevos seres), donde se desarrollan doce criaturas humanas, que van a recibir los nombres de las doce primeras letras del alfabeto griego. El quinto, Epsilon, muere accidentalmente al nacer, pero los otros once logran superar el trance y Pericard los hace crecer de un modo igualmente acelerado, de manera que al poco tiempo ya son adultos en todo iguales a humanos, excepto en que son asexuados.

Empiezan por incendiar el laboratorio e instalarse en el jardín. Theta se encierra en una gruta con el feto de Epsilon y no para de gritar: "Soy materia y a la materia he de volver". Alpha se sube a una columna, mira despreciativamente cuanto le rodea y dice al doctor: "Miserable, tú eres como ellos, inferior a mí; sólo yo, ser superior creado para ser feliz, desarrollo mi vida dulce y apaciblemente".

Kappa, que es el más fuerte, se ríe de la debilidad de su creador y lo amenaza con destrozarlo si no obedece sus órdenes y le da las gracias cuando le pegue, asustando tanto al sabio que se proclama su esclavo. En cambio Mu, el más débil, no hace uso de la fuerza, sino de la palabra; enseguida conoce el doctor que tiene instintos de policía.

Con un trozo de carbón Iota dibuja un árbol con tal detalle que consigue una verdadera fotografía. Gamma le propone un trueque por su próxima ración de caldo, que Iota acepta, pero Delta desaconseja. Gamma ha nacido para mercader y Delta es un crítico.

Dzeta es el burgués que sólo aspira a vivir bien. Eta no se ocupa de nada, por lo que ni hace ni dice cosa alguna. Lambda dice que se ocupa de todo, pero tampoco hace, entiende ni responde a nada. Beta, en fin, es el que pretende encontrar la explicación de todo.

El doctor está preocupado, mas no pierde la esperanza de que sus "hijos" puedan corregirse mediante una buena educación. Sus vicios o atavismos los atribuye a su contacto con la raza humana, primeramente al suyo propio y, después, al de los científicos que asistieron a su concepción y al más reciente de los bomberos que acudieron a sofocar el fuego del laboratorio. La mirada de los hombres sometió sus cerebros a una presión que los deformó.

Empieza entonces por querer educar al pintor Iota, al que pretende sacar de su dibujo fotográfico y convertirlo al arte abstracto; realiza un retrato tan horroroso de su creador que éste se irrita profundamente con él. Cuando le entrega a Theta libros de metafísica y teología, éste se convierte en un fanático de signo contrario y exige que todos piensen como él, actitud que sólo depone cuando Kappa lo tumba de un puñetazo. Y cuando reprocha a Gamma que es un egoísta que no vive más que para hacer transacciones con beneficio, éste regala cuanto tiene y destruye cuanto sus hermanos poseen, hasta que Kappa le hace correr la misma suerte que a Theta.

Días después el atribulado Pericard reúne fuerzas de flaqueza para bajar de nuevo al jardín y decir a Alpha que se cree feliz pero que es infeliz; Alpha le responde de modo que le hace exclamar: "¡Otro hijo perdido!", preocupándose cada vez más de que sus parlamentos no hacen sino empeorar el estado de sus criaturas.

Llama luego a su cuarto al burgués Dzeta, al que exhorta con un discurso que el autor expone con vehemencia (nunca exenta de ironía): "Hijo mío", le dice, "que fuera burgués yo, que nací en Barcelona de padres humanos, tendría un pase, pero que lo seas tú, nacido en Berlín de una máquina, no tiene perdón". "Eres conservador", sigue, "aunque no sé de qué, porque ni eres nada, ni tienes nada ni sabes hacer nada. Naciste y te dijiste: Aquí estoy y aquí me quedo hasta que me echen. Te tocaste la barriga y comprendiste que había que llenarla, pero no te tocaste la cabeza..., aunque si lo hubieras hecho sólo se te habría ocurrido comprarte un sombrero". Dzeta lo interrumpe: "No me digas más. ¡Me dedicaré a la política!"

Transcurren más días y con Kappa no le van mejor las cosas. Invita al sabio a pegarle para que vea cómo resiste el castigo, y aquél le responde contándole cómo acabó el "fuerte" que proponía poner la otra mejilla cuando te pegaban en una. Después cita a los que se convierten en esclavos al sostener que los golpes y las injurias hay que encajarlos sin protestar, buscando cada día tan sólo nuevos gestos de ironía con que contestar a los dominadores, en alusión clara a determinadas posturas políticas.

A personaje por capítulo, el doctor va desgranando la amargura que le produce no ser capaz de enmendar los desequilibrios de los seres que ha creado, tan semejantes a los humanos. Cuando le llega el turno al pequeño Mu, el que sospecha de todo, sale igual que entró. Al principio el científico se desconcierta, recordando cómo han modificado su comportamiento todos los demás, pero después comprende que se debe a que la manía religiosa, la brutalidad, la felicidad absoluta, la pasión por el intercambio, el detallismo y el burguesismo son posturas extremas, mientras que el sospechar no lo es, pues incluye todo.

A continuación le corresponde la vez a Delta, el crítico, el caso que el doctor tiene por más irremediable. El capítulo es largo, con extensas consideraciones sobre la pobreza personal y de los pueblos, y sobre quienes dicen que algo está bien o mal sólo porque ellos así lo dicen, o los que ponen su pluma mercenaria al servicio de intereses innobles. Dzeta lo decepciona hasta el punto de que lo echa de su cuarto gritándole: "¡No deberías estar hecho por un catalán!"

De los tres seres que quedan, Beta se interroga sobre el Yo y sus límites y, no contento con las especulaciones teóricas, hace que Lambda le vaya cortando partes de su cuerpo. Eta, el indiferente, avisa al doctor, mas éste llega cuando Lambda se dispone a privar a Beta de sus intestinos. Es demasiado tarde.

Y, tras la muerte de Beta, el buen doctor no resiste más e inyecta a los diez que quedan una dosis concentrada del líquido rejuvenecedor. En poco tiempo los adultos se vuelven jóvenes, después niños y, al final, se reducen a espermatozoides y óvulos que se separan. Es el fin del experimento y de la novela.

Conectada por su tema con el Frankenstein de Shelley y La isla del Dr. Moreau de Wells, para empezar se diferencia de ellas en que termina bien, es decir, con unos seres que se extinguen plácidamente sin dañar a nadie (cosa muy distinta de lo que ocurre con el hombre artificial de Bedoya). Y es que los homoides del doctor Pericard no son monstruos, sino seres a la postre inofensivos, descritos con ironía. Son caricaturas de las personas de la sociedad catalana de la época, como escribe Martí, al igual que de cualquier otra sociedad europea occidental, añadiría yo, excepto en lo que es específico de Cataluña en la visión del autor (en algún momento este reduccionismo le resta universalidad a la obra, pero es su claro propósito el hacerlo así). Su intención crítica es una razón más para considerar la novela como una obra de proto ciencia ficción.

Pujulà quiere ridiculizar a quienes pretenden transformar la sociedad manejando la ciencia. "Sociólogos, artistas, filósofos y pensadores en general, todos estaban equivocados al buscar la piedra filosofal del Superhombre en la mejora del hombre actual. Los sabios habían estado en todo tiempo ciegos de un gran pecado: el de la inmodestia. Inconscientes de nuestras fuerzas, no querían saber que el tiempo y el espacio pueden producirse en nuestros laboratorios y se limitaban a manipular la obra de Dios para modificarla, sin atreverse a convertirse en dioses y a crear a su vez". El experimento del Doctor Pericard, en cambio, que se considera a sí mismo un creador, lo que pretende conseguir es una sociedad nueva, que estará desocializada y será perfecta.

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Este artículo se publicó como separata del futuro cuadernillo de Apuntes para la historia de la ciencia ficción española: Ciencia ficción catala, Madrid, edición de autor, 1997, y en la revista Asimov ciencia ficción n1 16, enero-febrero 2005, Madrid, eds. Robel.

NOTAS

1. Pujulà, Frederich, Homes artificials, Barcelona, Biblioteca Joventut, 1912, depósito en la librería Farré y Asensio (Portaferiça 17), impreso en Fidel Giró (Valencia 238), 190 pp. de 17x12 cm., 2 pta. en rústica y 2'50 encuadernado.

 

 
 

 

 

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