Presentación
Apuntes
Artículos Biblioteca
Contacto
 
 

Llegó un momento en que la utopía se convirtió en un género tan manido que sus sociedades transitaban senderos trillados y sus escenarios se volvían recurrentes. Fue entonces cuando los autores empezaron a situar la acción de sus creaciones en lugares cada vez más inalcanzables, no ya islas remotas sino el interior de la Tierra y otros astros, y a describir extrañas sociedades justas y felices de seres semihumanos o ajenos al hombre.
 
La obra maestra de la primera categoría en su época fue el Icosaméron de Casanova [1], tan plena de invención como sobrecargada de erudición y que, como dice Trousson, "si la utopía va demasiado lejos en el derroche de imaginación, llega a ese punto de ruptura en el que no tiene ya nada de utópica sino un marco vago y convencional que la fantasía de los autores colma a su modo".

Los diferentes comentaristas que ha tenido, que tampoco han sido demasiados, se suelen referir a los libros que pudo tener entre sus manos el autor antes de escribir su obra y que entiendo que vale la pena comentar brevemente.

Los viajes mitológicos a los Infiernos

En términos generales, el viaje al interior de la Tierra es uno de los mitos más antiguos de la Humanidad. El sumerio Gilgamesh descendió en su epopeya a los infiernos para visitar allí a Utnapishim en busca de la fórmula de la inmortalidad, a quien se la habían concedido los dioses tras sobrevivir al Diluvio Universal. También bajó Orfeo al tenebroso Hades del centro de la Tierra para intentar recuperar a su esposa Eurídice, muerta por la mordedura de una serpiente venenosa, a la que perdió por mirar hacia atrás antes de lo permitido.

Ulises, en la Odisea, ofrece un sacrificio para que las almas de los Ancianos asciendan desde el interior del mundo a la superficie y lo aconsejen, y Eneas desciende a los infiernos para interrogar a su padre. Dante, en fin, describe en La Divina Comedia los nueve círculos del infierno, haciendo inmortal la inscripción de su puerta: "Lasciate ogni speranza voi qui entrate".
 
Pensaban los griegos que por las entrañas de la Tierra corría el Tártaro Y Platón, que suponía la Tierra esférica, trató de conciliar ciencia y ficción en su geografía infernal. Imaginó nuestro interior como una serie de regiones concéntricas, comunicadas entre sí, por las que corrían grandes torrentes de agua, barro y fuego, como los que atravesarán los protagonistas del Icosaméron.

Con el paso de los siglos el mito fue dando paso a la ficción y la especulación científica o seudocientífica, a veces con la una disfrazada de la otra. El famoso astrónomo inglés Halley, el descubridor del cometa que lleva su nombre, para explicar las desviaciones de la aguja magnética en determinados lugares, propuso en 1692 ante la Royal Society londinense que la Tierra contenía en su centro otro globo polarizado que giraba sobre un eje fijo, distinto de aquél sobre el que gira el planeta, dejando a la superficie terrestre como una simple concha. Un año más tarde propuso que no sólo la convexidad de la concha estaba habitada, sino igualmente su concavidad, como una casa de pisos.
 
En 1721 el inspector francés de Ponts et Chausées, un ingeniero de Caminos que diríamos hoy, propuso a su vez que esta concha o corteza terrestre tenía un espesor medio de cinco kilómetros y en su parte cóncava había montañas, valles, mares y ríos semejantes a los de la convexa, estando el resto casi vacío, relleno de un aire más sutil que el de la atmósfera.

Y hasta hace bien poco se sucedieron las especulaciones sobre hombres y animales prehistóricos que vivían bajo nosotros, como he comentado en algún otro artículo que se puede consultar en mi página auguribe.com.

Sabios posteriores creyeron que, si algún día se accedía al interior del planeta, se haría por los polos, debido en parte a las ficciones que sobre ello se habían escrito por ser regiones inexploradas, y en parte por fenómenos como las auroras boreales, los movimientos inexplicados de la brújula en sus inmediaciones y el desconocimiento de la forma exacta de nuestro planeta.

Las civilizaciones subterráneas en la ficción novelesca

La descripción de un nuevo mundo, llamado el Mundo Ardiente (The Description of a New World, called the Blazing World) pasa por ser la primera narración en que aparece una civilización de las profundidades. Fue obra de Margaret Cavendish (1624-1674), esposa de William Cavendish, primer duque de Newcastle, general realista a quien Carlos I confió la tutoría de su hijo, con el que marchó al destierro en Francia. La duquesa conoció una vida apasionante, fue la primera mujer admitida en la Royal Society de Londres y tenía una colección de telescopios mejor que la de la propia institución. Enterrada en Westminster, sobre su tumba se lee: "Todos los hermanos fueron valientes y las hermanas virtuosas".

En 1668, tras la Restauración, publicó esta extraña novela que tiene un poco de todos los géneros, el utópico, el sentimental y el de anticipación entre otros. Era la primera novela firmada en Europa por una mujer, además sin seudónimo, y su protagonista es igualmente mujer. Fue muy criticada por la alta sociedad inglesa, que pensaba que una mujer de su clase no debería escribir novelas.

El mundo ardiente de Margaret Cavendish

En un viaje con aventuras sin cuento, una joven noble raptada por un comerciante termina en las regiones polares. En una vasta ciudad bajo los hielos pasa a manos de hombres-oso, hombres-zorro, hombres-ganso, hombres-loro y otras especies híbridas semihumanas, como luego harán el chevalier de Mouhy, Holberg y Restif de la Bretonne.

Se convierte en Emperatriz por matrimonio con el Emperador del Mundo Ardiente y funda academias de sabios y unifica las religiones. La autora, desenvuelta e imaginativa, dotada de gran modernidad, multiplica las disgresiones eruditas o fantásticas y justifica la existencia de un estado fuerte, gobernado por un monarca absoluto de derecho divino, en el tono de la Restauración y de fiel súbdita de Carlos II. Menciona navíos propios del futuro y aviones bombarderos, y tanta anticipación y fantasía han hecho para algunos de este libro la primera novela de ciencia ficción de la historia. Dejémosla en un curioso ejemplo de la remota proto ciencia ficción y de precursora de las civilizaciones subterráneas.

La vida, las aventuras y el viaje de Groenlandia del Reverendo Padre franciscano Pierre de Mésange (La vie, les aventures et le voyage de Groenland du Revérend Père Cordelier Pierre de Méssange) lo escribió en 1720 el francés Simon Tyssot de Patot (1655-1738), nacido en Inglaterra donde su padre se había exilado porque era perseguido en Francia por hugonote. Pasó su vida sin demasiada pena ni gloria hasta que, a los 72 años, publicó sus Cartas escogidas (Lettres choisies), que causaron verdadero escándalo. Fue acusado de inmoral y antirreligioso y expulsado de su puesto de trabajo, para morir nueve años más tarde, a los 81 de edad.

Las ideas de las Lettres eran, sin embargo, las mismas que había expuesto tiempo antes en sus dos viaje imaginarios de carácter utópico, aunque esta vez no las pusiera en boca extraña, como la de un murciélago humano perdido bajo tierra.

A Tyssot le cabe el honor de haber sido el primero que imaginó en la ficción una Tierra verdaderamente hueca. En la novela en cuestión, el padre Pierre y sus acompañantes descubren en las cercanías del Polo Norte cuatro ciudades bajo tierra, fundadas por africanos allí llegados cuatro mil años antes, cuando su isla se desprendió del continente. En ese lugar todo es común y de todo se hacen porciones iguales, aunque la novela tiene más de aventura que de comunismo.

El fraile exclaustrado alcanza luego un reino de pequeños seres humanos alados. Como anécdota, cuando le oyen hablar de las excelencias del cielo, empiezan a suicidarse para llegar antes a él, habiéndose de dictar una ley que obliga a los parientes de los suicidas a comérselos después de muertos. Y otra anécdota es que, en ocasión de dos gemelos que heredan el reino y ninguno quiere gobernarlo sin el otro, lo que va contra lo dispuesto, su madre se sube al trono e inicia una era de matriarcado: más allá de la anécdota, Tyssot sostiene con firmeza la igualdad de los sexos. Nutre sus ideas del spinozismo y de los manuscritos clandestinos que circulaban bajo cuerda.

Estamos en el reino subterráneo de Rusfal, regido entonces por un soberano varón que gobierna asistido por un Consejo elegido por el pueblo, sin derecho divino ni cosa que se le parezca, que sólo conduce a la tiranía. El soberano nombra profesor de astronomía al padre Pierre, que no está nada mal allí, donde la castidad es un crimen contra el Estado, hasta que unas aventuras amorosas que van más allá de lo admisible, lo hacen perder el favor real y alejarse del lugar.

Tyssot se muestra implacable con muchas creencias religiosas, como la idea de que el alma se volverá a unir al cuerpo después de la muerte, "cara a los idiotas". Sustenta concepciones spinozistas -no voy a entrar en sus diferencias sobre la naturaleza naturante y la naturaleza naturada-, diciendo de Dios:

"Creo en una sustancia increada [...] que ha hecho el Cielo, la Tierra y todas las cosas [...], que las gobierna, las conserva y las ama, pero de una forma tan oculta y tan poco proporcionada a mi nada, que no tengo sino una idea imperfecta al respecto."

Lamékis o el viaje extraordinario de un egipcio en la tierra interior (Lamékis ou le voyage extraordinaire d'un Egyptian dans la terre interieure) fue obra en 1721 de Charles de Fleux (1702-1784), oficial de caballería que firmó sus varios libros como el caballero de Mouhy. Lamékis, según él, recoge la narración que le había hecho un armenio.

La tierra hueca de Lamékis

650 páginas de una original novela en la que se suceden cinco aventuras diferentes. Ubicada en un pasado distante, anterior al florecimiento de la civilización griega, sus protagonistas son personajes del antiguo Egipto que viajan a través de imaginarios países fantásticos, en una serie de historias al estilo de las de Las mil y una noches.

El padre del mismo nombre de Lamékis es un alto sacerdote egipcio que nos introduce en los vecinos reinos de Abdalles y Amphicléocles, donde la princesa Nasildaé y el príncipe Moracoa, que han sido desterrados al mundo subterráneo, se han hecho amigos del joven Lamékis. Rescata éste a un hombre de piel azul que le cuenta que procede del país de Trifolday, en el centro mismo de la Tierra, donde ha luchado contra razas de hombres-serpiente, hombres-sapo, perros gigantes y demás.

Luego el autor hace un esfuerzo para situarse en un realismo acatable para el lector y la tercera historia nos presenta a un Lamékis maduro que ha alcanzado Abdalles y Amphicléocles y nos explica sus terribles celos, la cuarta describe su interesante viaje a la isla de las Sílfides y la quinta su regreso a los citados reinos. Obviamente es pura aventura, sin visos de utopía.

Charles de Fieux, chevalier de Mouhy

Relación de un viaje del polo Ártico al polo Antártico por el centro del mundo (Relation d'un voyage du póle Arctique au póle Antarticque par le centre du monde) es relación anónima de 1723, que hay que citar porque es la primera en que los protagonistas alcanzan físicamente ellos mismos el centro de la Tierra, aunque sea sólo de pasada, pues son absorbidos por un torbellino en el polo Norte y, por el medio del mundo, arrastrados hasta el polo Sur, donde se desarrolla el grueso de la acción. No pasa de ser una curiosidad.

Niels Klim descubre el fondo de la Tierra (Nicolai Klimi iter subterraneum) [2] es de mayor entidad y fue obra, en 1741, de Ludvig Holberg, nacido en 1684 en Noruega como duodécimo hijo de un militar de fortuna, que perdió pronto a sus padres y fue educado por parientes religiosos. Se le considera danés porque vivió en Dinamarca y fundó su teatro nacional. Desde los dieciocho años viajó por toda Europa y desempeño los más curiosos oficios. Finalmente, llegó a ser catedrático de Metafísica de la Universidad de Copenhague y alcanzó el favor de Federico V, que lo hizo barón. Murió en 1754, "en plena resignación sarcástica".

La novela es una odisea filosófica que en su día se consideró peligrosamente radical por sus comentarios más que irónicos sobre las costumbres europeas, que van desde el abuso de la teología -hay un país en que está castigado con pena de muerte tratar de los atributos de Dios, que nadie conoce- hasta la moral -alguien se postula para un cargo público alegando como mérito la paciencia con que lleva los cuernos que le pone su mujer-. No es Cyrano, queda aún lejos de plantearse la posible no existencia de Dios, pero satiriza sobre la religión y el poder temporal, hay otro país donde sólo se puede prosperar si se jura por Dios que una caja alargada es cuadrada.

Edición española de Niels Klim Iter Subterraneum

Niels Klim, en todo semejante a su creador, cae al interior de la Tierra en un planeta habitado por árboles inteligentes. Peripecia tras peripecia, se ve impotente para explicar a los interiores las costumbres de la sociedad exterior, construyendo una sátira social más ácida que la de los Viajes de Gulliver. Sin el menor respeto por sus títulos académicos, sólo consigue un empleo de mensajero por la ligereza de sus pies.

Inicia entonces una larga serie de viajes por todos los países del planeta, el país en que todos son ricos y ninguno es pobre, el país en que todos se dedican a especular y nadie trabaja, el país en que todos nacen con su edad marcada, de cuatro a cuatrocientos años, el país en que la vida marcha al revés, de modo que los más viejos son los más fuertes y animosos, el país en que se practican todas las religiones, "cloaca de sectas", el país en que no hay penas de horca, hierros al fuego ni azotes para los escritores, sino que los médicos-censores los purgan hasta que se corrigen. Nada es en vano, todo son sátira de naciones europeas. Al final visitará otro país cuyos habitantes hablan por el trasero, dejando el aire pestilente después de una conversación.

Ludvig Holberg

En el país en que ha caído, quien propone un cambio en las reglas establecidas espera con la soga al cuello el veredicto de los jueces: recompensa si se acepta, verdugo si se rechaza. Condenado sólo al exilio por su extraña condición, Niels llega a un mundo de animales humanos, tales los hombres-gallo que lanzan flechas envenenadas desde el aire y otros a cada cual más insólito. Se embarca y vive episodios como el de las sirenas-mendigas, que se acercan nadando a las naves para pedir limosna. Termina por comportarse como el yanqui en la corte del rey Arturo y es proclamado emperador. En el reino más remoto descubre un libro escrito por un subterráneo que ha visitado Europa y que sigue siendo motivo para su sátira festiva: "En Europa hay animales terrestres y acuáticos; también los hay anfibios, como las ranas o los holandeses".

La novela de Casanova

La novela se inscribe en la larga serie de viajes imaginarios de los utopistas en busca de otras sociedades. Casanova había pensado en un principio recurrir como cláusula de autentificación a un manuscrito salvado de las llamas de un incendio en la biblioteca del duque de Newcastle, quizá porque su remota antecesora Margaret Cavendish fue duquesa de Newcastle. Y tanto en el título del libro como en la dedicatoria se refiere a la traducción de un manuscrito inglés.

A más de fantástica, contiene largas disgresiones sobre la gravitación universal, el achatamiento de la Tierra en los polos, la libertad de comercio y otras, que hacen su lectura fatigosa. Aún así fue prácticamente inencontrable desde el año mismo de su publicación [3].

Dado quien la firmaba, algunos quisieron verla como una producción erótica y de algún modo lo es -no sería quién su autor si no lo fuese-, mas no es lo esencial en ella. Es esencialmente una utopía teratológica por anómala y hasta deforme, es la concepción casanovista de la sociedad ideal y, seguramente, la invención de la gran autobiografía que a él le hubiera gustado tener. En su introducción se lee:

"Un nuevo mundo, un nuevo género humano, un nuevo código de leyes civiles, una buena religión, otra manera de alimentarse, de engendrar a sus semejantes y de obtener la aprobación de toda la Tierra."

A lo largo de su vida Casanova representó el personaje de Don Juan, pero en 1785, cuando abandonó Venecia para dirigirse al castillo de Dux, en Bohemia, aceptando el puesto de bibliotecario que le ofrecía el conde Waldstein, tenía sesenta años y estaba ya retirado. Tomó forma entonces en él la tarea de hacer la apología de sí mismo y escribió el Icosaméron, su única novela.

Jean-Jacques Casanova de Seingalt cuando escribía en francés y (Giovanni) Giacomo Casanova cuando lo hacía en italiano (1725-1798) fue el aventurero veneciano a quien se conoce por sus Memorias eróticas, un libro "hecho para ser quemado", en palabras de su autor, aunque bien se libó de hacerlo. Escribió también una obra mucho más considerable para nosotros, el Icosaméron ou Histoire d'Edouard et d'Elisabeth qui passèrent quatre-vingt-un ans chez les Megamicres, habitants aborigènes du Protocosme dans l'intérieur de notre globe, traduite de l'anglais par Jacques Casanova de Seingalt, Vénintien (1788).

En abril de 1785 Casanova escribía al conde de Lamberg a propósito del Icosaméron: "Hace tres años, cuando estaba en Venecia, descontento de todo, me asaltó la fantasía de erigirme en creador de un nuevo mundo [...] Al final de esta obra diré, como Ovidio en sus Metamorfosis, «He aquí una obra que me llevará a la inmortalidad»", una gran ironía, ya que fueron sus Memorias las que lo llevaron a ella.

Una historia de un viaje al interior de la Tierra por el autor de las Memorias es de por sí inesperada. Que aguardara en la oscuridad ochenta años hasta que se le consagró un estudio, es extraño [4]. Y que, aunque fuera traducida al alemán en 1922 y reeditada en francés en 1928, nadie se interesara seriamente por ella hasta mucho tiempo después resulta incomprensible.

Sólo se comprendería este silencio si el autor fuera un desconocido o la obra de escasa calidad. Mas, en opinión de Conrad, que fue quien la tradujo al alemán, la razón de su olvido estriba en que las 150 primeras páginas, de las 1.750 que componen la novela, desaniman de su lectura a cualquiera, al ocuparse de una larga dedicatoria a su mecenas, el citado conde Waldstein -a quien dedicó asimismo Beethoven la famosa sonara que lleva su nombre-, una lánguida introducción y un comentario literal de los tres primeros capítulos del Génesis.

Pero este comentario no está falto de interés. Como señala Versins, "bastaría para otorgar a Casanova un lugar de privilegio en el panteón de los escritores heteróclitos que ciertos espíritus se han empeñado en construir". Casanova se las ingenia para demostrar con la Biblia en la mano que el Génesis describe un mundo interior de la Tierra y no el exterior de su superficie, como generalmente se cree:

"Quiero probar que en el propio Génesis se leen pasajes que pueden convencer de que nuestro globo fue creado por Dios principalmente habitable en su bella concavidad interior, y que sus felices habitantes, que en la obra se llamada megamicros, pueden ser los descendientes de la buena pareja que Dios creó, al mismo tiempo al hombre y la mujer, que no fue Adán, el sexto día de la creación.

"Aprenderéis que el Mundo es el Paraíso Terrenal, aquel mismo Jardín del Edén del que no podemos negar su existencia, aunque nos resulte prohibida su localización. Algunos sabios han dicho ya que lo podría encontrar en el interior de nuestro globo, pero nadie ha ido a buscarlo. Puede que se tenga el temor de encontrar, en vez del Paraíso, el Infierno.

"Está escrito que Dios nos ha puesto en el exterior, luego estábamos antes en el interior, y el exterior de todo interior no puede ser sino sus murallas [...] Dios condenó a nuestra raza rebelde a alojarse sobre las murallas del hermoso jardín."

Como es sabido, el libro del Génesis contiene dos relatos de creación. El primero, escrito en el exilio de Babilonia, es aquél en que Dios dice el día uno "¡Hágase la luz!, y la luz se hizo", para decir luego en el día seis "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" y terminar con la frase "Esta es la historia de la creación del cielo y la Tierra", sin que nunca aparezcan los nombres de Adán ni de Eva.

El segundo relato es mucho más antiguo y colorista, tuvo su origen en la corte del rey Salomón y es el que cuenta cómo Dios hizo a Adán del barro al que insufló su espíritu y sacó después a Eva de una de sus costillas, para terminar siendo ambos expulsados del Edén por haber comido del fruto del árbol prohibido.

Casanova expone que, en cuestiones de fe, la Escritura ha de aceptarse al pie de la letra, pero, que en temas profanos, puede y debe interpretarse. Arguye que la primera pareja que creó Dios el sexto día la creó en el interior de la Tierra y fue de megamicros. Estos megamicros nunca fueron expulsados del Jardín del Paraíso y allí los encontraron Eduardo e Isabel, en un feliz estado edénico de perfección, habitantes de un Protocosmos que ha permanecido aislado por su apartamiento geográfico.

Tiempo después Dios volvió a la tarea y creó a Adán y Eva, igualmente en el interior de la Tierra, aunque esta segunda pareja fue arrojada a la superficie cuando pecó: "Y el Señor Dios lo expulsó del Paraíso para que labrase la tierra", etc. [5].

La novela propiamente dicha arranca en 1615 en un castillo inglés donde reciben la visita de dos jóvenes que aparentan tener unos veinticinco años. Dicen que son los niños Eduardo e Isabel, desaparecidos ochenta y un años antes, cuando tenían catorce y doce, respectivamente, y viajaban hacia el Norte en el Wosley. A lo largo de veinte jornadas, y de ahí el título de Icosaméron, obviamente en la estela del Decamerón de Bocaccio, cuentan su odisea a un círculo de atentos oyentes. La razón de que aparenten esa juventud, en vez de la vejez que tienen, se debe a las condiciones del mundo en que han permanecido, el aire, la alimentación y la luz perpetua.

No estará vedado, sino al contrario, pensar que Casanova hubiera tenido en sus manos la anónima Relación de un viaje del Polo Ártico al Polo Antártico, que había conocido cuatro ediciones entre 1721 y 1734 y había sido olvidada cuando en 1787 se escribió el Icosaméron. Pudo conocer también otras utopías subterráneas antes comentadas, como El mundo ardiente, de Margaret Cavendish de 1668, La vida, las aventuras y el viaje de Groenlandia, de Tyssot de Patot de 1720, Lamékis, del caballero de Mouhy de un año después, y el Descubrimiento de Niels Klim del fondo de la Tierra, de Holberg, aparecido en 1741 en latín y vertido pronto a las principales lenguas europeas.

Icosaméron de Casanova

En el Wosley había un cajón grande y pesado que iba a ser el ataúd inviolable de un viejo oficial de marina que quería permanecer intacto en el fondo del mar hasta el día del Juicio Final. Cuando no lejos de las costas de Noruega el barco empezó a sumergirse en el torbellino del maëlstrom, los dos niños cayeron dentro de él, el cajón se cerró herméticamente sobre ellos y se precipitó en el abismo. Se produjeron choques y deslizamientos y en algunos momentos, por las sólidas ventanillas que tenía el ataúd, vieron cómo atravesaban cavidades con aire y ríos de fuego; encontraron masas blandas y se deslizaron por lodos que no los retuvieron porque su habitáculo providencial era solicitado por fuerzas más poderosas; en ocasiones se sintieron gravitar y, después, al pasar la líneas, se encontraron en estado de ingravidez, para luego invertirse la situación. Finalmente se detuvieron en el fondo de un río de aguas rojas donde nadaban vivamente unos pequeños seres desnudos que sacaron el cajón del río y rescataron a los niños.

Es un viaje iniciático y de purificación a través de los cuatro elementos, sucesivamente agua, aire, fuego y tierra. Y lo que no sabría decir es si el cajón guarda relación con la habitación cerrada en que reflexionaban los candidatos a ingresar en una logia masónica la víspera de la ceremonia, como algunos han pretendido. En cualquier caso, los pequeños seres desnudos los sacan de su encierro destruyendo el plomo del ataúd con mercurio, el disolvente de todos los metales, despojando a los niños de todo objeto metálico que pudiera reflejar la luz e impedirles ver la luz definitiva de la verdad.

Los seres son pequeños porque su altura es de 18 pulgadas, menos de medio metro [6], y desnudos no con la desnudez del salvaje sino con la de la inocencia. Son los megamicros, andróginos, telépatas y ovíparos, que expulsan los huevos por la boca y luego los incuban al "baño María". Los miembros de cada pareja son engendrados en un mismo momento, nacen al mismo tiempo, rompen su huevo al unísono y son inseparables para siempre. Al más bello se le atribuyen los rasgos femeninos y al otro los masculinos.

Nacen sabiendo que van a morir al cumplir la edad de 192 cosechas, que no coinciden con nuestros años. Son anfibios y los más ricos poseen un "pie a tierra" bajo las aguas. Su mundo es singular, con día perpetuo porque los alumbra "un sol cuyo calor dulce e influyente no varía jamás". Este sol, al que adoran como representación de Dios, permanece inmóvil en el cielo, en tanto que la lluvia surge del suelo en pequeños chorros de agua.

"Tienen sus pasiones, pero veréis que no son manchas, en todo caso se considerarían simple polvo. Todas las pasiones están hechas para hacerlos felices, son como las plantas [...] que el arte convierte en medicinas."

Forman un nuevo género humano que se rige por un nuevo código de leyes y poseen buenas creencias primitivas. Dice su teogonía que al principio era el caos, luego Dios creó el mundo y a ellos, dotándolos de un alma inmortal que a su muerte vuelve a Dios enriquecida por la experiencia adquirida durante su vida.

Su Dios, como el cristiano, es increado, eterno, omnipotente y omnipresente e inalcanzable, no se puede comprender. Del mismo modo que en Campanella, Dios se manifiesta en el Sol, al que rinden culto porque lo reconocen como su creador y creen recibir de él grandes beneficios físicos. A este Dios lo llaman Aeiou, que es el máximo de su lengua, y dice Casanova que el nombre de Dios en la Escritura reunía igualmente las cinco vocales, Jeoua.
Su jefe religioso es el Gran Helion, que tiene 8.158 años de edad y pasa por inmortal. La organización de su Iglesia, que recuerda a la católica, es piramidal, tiene 100 prelados o ministros, 20.000 escribas, 65.400 abades o funcionarios y 3.027.000 canónigos o funcionarios de segunda categoría para una población de treinta mil millones de almas, repartida en una confederación de extensos reinos cuadrados y feudos triangulares más chicos, siguiendo la pauta común de los utopistas de conformar un reparto geométrico del territorio.

Los reinos son todos parecidos, como en Moro, y cada uno posee un soberano que lo rige a su manera, aunque todos reconocen la autoridad de un único monarca supremo. El soberano es también la autoridad judicial, aunque existe un tribunal especial al que pueden elevar recurso los ciudadanos.

No es la abundancia de un metal precioso lo que determina la riqueza de un reino, sino el comercio, la industria y el precio de los alimentos. El comercio, en particular la exportación, es el alma del Estado. El Icosaméron es una utopía con los pies en el suelo en la que no se da que no exista el dinero o la propiedad privada, sino al contrario. El comercio es fuente de riqueza y, de hecho, el principal ingreso del erario público proviene de los impuestos a la exportación, incluida la mano de obra, mientras que la importación está libre de todo gravamen.

Cosa extraña, Casanova apenas se ocupa de la educación. Se enseñan casi exclusivamente cosas útiles y a nadie se le obliga a aprender materias que lo sobrepasen o simplemente que no le interesen.

Los miembros de la pareja se sustentan recíprocamente con la "leche roja", que los protege de la enfermedad, la vejez y la necesidad de dormir. Eduardo e Isabel son amamantados por sus anfitriones, lo que da lugar a problemas porque les priva de fuerzas irremplazables. Así, a pesar de lo virtuosos que son, estalla la guerra entre ellos, la primera guerra que conocen, pugnando por si se permite o no a los recién llegados que se alimenten de los frutos reservados a las serpientes sagradas. Triunfan los partidarios de la permisión y queda asegurada su subsistencia.

Forzados por las circunstancias, Eduardo e Isabel caen en el incesto y, a lo largo de cuarenta años, tienen dos gemelos, varón y hembra por cada gestación anual. Estos gemelos se casan entre sí al cumplir los catorce y se reproducen a la manera megamicra: tienen igualmente gemelos por temporada, siempre varón y hembra, a lo largo de los siguientes cuarenta años, de modo que los hombres del exterior proliferan hasta alcanzar los cuatro millones. Los del interior no se inquieten porque ellos, como ya he dicho, son varios miles de veces más.

Un excurso. Como a mí me cantaron las cuatro reglas como canciones de cuna, no he podido resistirme a la tentación de calcular cuántos serían los descendientes de Eduardo e Isabel en las condiciones que propone el autor, sin fallos ni muertes, que no dice que los hubiera. Suponiendo que tardaran dos años en casarse, esto es, los que tardó Isabel en alcanzar los 14 de edad, y que regresaran a la superficie antes de los partos del año 81, el resultado es de más de trescientos millones. No estimó Casanova que, aunque la primera generación subterránea fuera sólo de 80 miembros y la segunda de 3.200, la parte de la quinta que nació antes del año 81 se elevaría ya a más de doscientos millones.

Pero lo más importante va más allá. A partir de que hay cosas que son posibles, Eduardo va a recrear una civilización sublunar en el interior del globo terrestre. Como casi cien años más tarde hará Cyrus Smith en La isla misteriosa de Verne, ha de ganarse la vida. Aprende pronto el idioma local, un lenguaje cantarín compuesto por sólo las cinco vocales y el diptongo ou, que modulan hasta el infinito, danzando los complementos hasta llegar a formar 29.479 palabras. Es un lenguaje para oír y ver, tan hablado como bailado, pues lo acompañan de movimientos que tienen más de danza que de los gestos habituales en una conversación.

En cuanto al urbanismo, en el mundo subterráneo no falta el gusto por la simetría de las construcciones. Poliarcópoli, la capital del reino en que han caído los habitantes de la superficie, está levantada sobre una gran explanada y rodeada de un ancho canal que es un polígono regular de 24 lados. Como diagonales o apotemas, las calles discurren rectas y con aceras para loa peatones en toda su longitud, conformando 96 (4x24) barrios.

No presentan el habitual igualitarismo utópico. Hay ricos y pobres, casas más grandes y más lujosas que otras. La clase más alta es la de los "rouges", los rojos, que son los únicos que pueden procrear y desempeñan los mejores empleos públicos. Las castas estériles son dos, la de los "unis" y la de los "bigarrés". Los primeros, los llanos o sencillos, son abogados o se ocupan de las ciencias y las artes. Los abigarrados, menos inteligentes, se ocupan de los trabajos más humildes.

Eduardo se pone manos a la obra y paulatinamente va introduciendo reformas de leyes, instituciones, sistema educatico y hasta religioso en la utopía estática de los megamicros. A medida que va creciendo el número de sus descendientes su influencia se hace cada vez mayor. Simplifica su sistema de escritura, en que cada una de las vocales se representa con un color diferente para marcar su entonación, crea una imprenta, descubre la pólvora y fabrica armas de fuego y gases de guerra.

Construye mandolinas, elabora perfumes y fabrica pelucas, a la manera en que Niels Klim lo enseñaba a los monos, aunque sin la intención satírica del danés.

Pretenden adorarlo como a un dios, cosa que rechaza enérgicamente. En cambio, según un lugar común de la época, convierte a muchos megamicros a la religión que predica, lo que siguió siendo frecuente en autores posteriores. Por poner un ejemplo, nuestro inefable Lázaro Clemdábims, seudónimo de Carlos Mendizábal, consiguió que su protagonista convirtiera a la fe verdadera nada menos que a los eloi y los morlocks de Wells. Y cosa parecida sucede en El amor en el siglo cien del Coronel Ignotus.

La religión que propone Eduardo es un cristianismo simplificado, con un dodecálogo cercano a nuestros diez mandamientos, de los que el primero dice: "Amarás a Dios que es único y creador de todo, sin buscar la comprensión de sus misterios" (tiene un punto de spinozismo). Acepta uno de los dos sacramentos instituidos por Cristo, el bautismo, y dos de la Iglesia, la confesión y el matrimonio.

No enseña a estos seres, en principio inocentes, cómo pecaron Adán, Eva y los hombres que los siguieron, habiendo de ser redimidos por Dios con el sacrificio de su propio unigénito. Eduardo, en fin, es el pantafilarca de esta religión y sus hijos los patriarcas, archiexarcas, exarcas y sacerdotes, edificando templos y fijando las reglas de la liturgia.

Eduardo hace revivir a un dignatario al que se daba por muerto mediante sangrías repetidas y, con detalles minuciosos, el autor describe cómo lleva a cabo una operación moderna de cataratas, con extracción del cristalino [7]. Toma bastante de Bacon y, como precursor de la ciencia ficción que es, imagina el automóvil, el avión, el telégrafo y la televisión, aunque sea en forma primaria. Descubre finalmente la electricidad, que se empieza empleando para hacer señales a distancia.

Levanta un teatro en el que se representan dramas, comedias y óperas en las que son actores, actrices y cantantes sus descendientes, y organiza espectáculos de fuegos artificiales, muy a la manera de su Venecia natal de finales del XVIII, decadente mas todavía orgullosa y en constante busca de placeres.

No podía faltar la crítica de la Serenísima y la ciudad de los Dogos a modo de remedo en el reino subterráneo. Los megamicros disfrutan con los nuevas espectáculos, el billar y los juegos de azar, a los que se aficionan enseguida. Los nobles disponen de habitaciones submarinas en las que pueden entregarse a estos juegos y al del amor.

Se descubre que existe la corrupción, no siempre son los mejores los que reciben los cargos más elevados, aunque se da un curioso sistema de sorteo para determinados empleos. Y todo está expuesto con un realismo sorprendente para la época, de modo que recuerda más la anticipación al estilo verniano de finales del XIX que la utopía del viaje a un país imaginario del XVIII.

Casanova no escamotea las dificultades que encuentra Eduardo para recrear la civilización que ha conocido e incluso ir un poco más allá. Insiste a la inversa en no suponer en su héroe conocimientos que no hubiera poseído otro hombre de su condición, sabe simplemente que tal máquina ha existido y servía para esto o lo otro y, tras muchos ensayos y fallos, construye la máquina. No sería cosa mala que los héroes de algunas novelas posteriores de ciencia ficción conocieran tantos fracasos y tuvieran que esforzarse tanto para lograr sus objetivos, no se salva a la Tierra tan fácilmente de una catástrofe planetaria o una invasión alienígena.

Eduardo e Isabel reencuentran la luz del día que conocemos cuando, experimentando con una mina, una explosión los devuelve a la superficie, junto con un megamicro que lamentablemente muere despedazado al alcanzarla, como murió ahogado el morlock que traía consigo el Zacarías M. Blondel de Clemdábims.

La lectura de la obra es un tanto fatigosa porque cada uno va a su aire y las interminables conversaciones y los más que extensos comentarios hacen perder el hilo del relato, aunque algunos pueden seguirse con interés, empezando por el sabroso sobre los tres primeros capítulos del Génesis, un tema que Casanova conoce bien y explota con ingenio. Y también son interesantes las innovaciones que introduce de máquinas voladoras, perfumes sintéticos que pueden llegar a convertirse en gases asfixiantes y un fuego eléctrico que da origen a una formidable arma de guerra. El autor señala con claridad que cualquier invento útil puede devenir en algo perjudicial según el uso que de él se haga.

En el siglo XVIII la utopía buscaba nueva vías y el Icosaméron bien merece ser incluido entre los renovadores del género. No había llegado aún el momento de que semejantes intentos devinieran en rotunda fantasía científica, pero constituye un más que válido ejemplo de proto ciencia ficción. Cabría reprocharle que el aumento del alejamiento no justifica la liberación autárquica de la extravagancia, que dice Trousson.

* * *

Este artículo se publicó en 2011 en la página web El sitio de cienia ficción, de Francisco José Súñer Iglesias.

 

NOTAS

1. Me he documentado largamente sobre la obra en la Encyclopédie de l'utopie de Versins, la Histoire littéraire de le pensé utopique de Trousson, el artículo del mismo en bon-a-tirer.com y alguno más, y para los descensos a los infiernos en "Les voyages au centre de la Terre dans l'imaginaire littéraire et scientifique occidental", de Loïc Pierre Guyon, para hacer luego una elaboración propia.

2. El Grifón, Madrid, 1954; reeditado por Abraxas.

3. Se tiraron 330 ejemplares, de los que 165 fueron para las suscripciones que se habían logrado y los 165 restantes se vendieron al público en librerías.

4. "Un viaje de Casanova", de L. Larchey, en 1869.

5. La tesis del preadanita ya estaba presente en Les aventures de Jacques Sadeur dans la decouverte et le voyage de la Terre Austral, de Gabriel de Foigny (1692) y nunca se dejó de especular sobre ella después. Tras el primer relato de creación, la Biblia no vuelve a hablar del supuesto andrógino original, lo hace sólo de Adán y Eva y sus descendientes, que componen la historia del pueblo judío.

6. El nombre de megamicros procede de que eran grandes de alma y chicos de estatura.

7. La extracción del cristalino opaco la llevó a cabo por primera vez el oftalmólogo francés Jacques Daviel hacia 1747, antes se "reclinaba" el cristalino fuera del campo de la pupila.

 
 

© Augusto Uribe. No está permitida la reproducción de los contenidos de esta web sin el permiso expreso del autor.