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Todos los años la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción concede los Premios Ignotus y seguramente El Coronel Ignotus es el más conocido entre los lectores de la proto-cf hispana. Se llamaba José de Elola y Gutiérrez y fue en realidad coronel del Estado Mayor del Ejército.

Nació en Alcalá de Henares, provincia de Madrid, el 9 de agosto de 1859, hijo de Eduardo Elola y Pardid y Vicenta Gutiérrez Maturana. Cursó sus primeros estudios en su ciudad natal e hizo el bachillerato en Madrid. En 1876 ingresó en la Academia de Estado Mayor del Ejército, que entonces era un centro independiente, de donde salió con el nº 3 de su promoción.

Debió ser hombre de poca salud, pues su historial militar está plagado de permisos por enfermedad y, sobre todo al final, de excedencias voluntarias, pero de grandes inquietudes en el campo del saber, de ideología marcadamente conservadora y muy activo.

Realizó algunos inventos en el campo de la topografía, como los premiados de la brújula-taquímetro de su nombre y la mira permeable, y fue condecorado en tres ocasiones por sus logros científicos con la Placa al Mérito Militar, la Encomienda de la Orden Civil de Alfonso XIII y un Premio de Honor en la Exposición de Industria de Madrid de 1907, además de con varias cruces al Mérito Militar de diversas clases.

A partir de 1891 conoció diversos destinos en los más diversos puntos de España -Andalucía, Baleares, Galicia...-, en general de escasa duración, y después estuvo destinado en Puerto Rico, donde se ocupó principalmente de trabajos topográficos, así como de los planos de artillado de varios puertos de la isla, entre ellos el de San Juan. Quizá fuera más exacto decir modestamente que se ocupó de la mejor disposición y emplazamiento de las piezas de artillería disponibles: ahora que nadie discute que el Maine lo hundió la impericia de su capitán, queda como única baja estadounidense en la guerra de Cuba el navío que perdieron en Puerto Rico.

Viajó bastante, a lo que contribuyó que dominara el inglés. Entre 1893 y 1904 estuvo comisionado en los Estados Unidos para la compra, por suscripción patriótica, de material de campamento y trincheras para el ejército de Melilla, material que adquirió y entregó satisfactoriamente.

A su regreso a la Península fue profesor de geometría descriptiva, topografía y nociones de electricidad, así como de historia militar en la Academia General Militar, la Academia de Estado Mayor y la Escuela Superior de Guerra.

Escritor extraordinariamente prolífico, que disfrutó como ya he dicho de numerosas situaciones militares de reemplazo que llegaron a durar años, publicó cerca de medio centenar de libros sobre los más diversos temas. Dentro de su especialidad dio a la imprenta unos Estudios topográficos sobre el análisis planimétrico (1902), que editó el Ministerio de la Guerra, y una Planimetría de precisión (1903), obra de casi 700 páginas que fue galardonada con el premio Gómez-Pardo. Este premio, que se mantenía con el legado hecho por el ingeniero de este nombre, permitió a Elola publicar su primer gran trabajo profesional después de vagar por años de imprenta en imprenta con obras menores y, probablemente, le dio la idea para que el Instituto de Investigaciones Planetarias lo fundase un legado. Todos estos autores de anticipación confiaron poco en la intervención estatal y atribuyeron los grandes logros del futuro a la iniciativa privada.

 

Levantamientos y reconocimientos topográficos (1908) fue libro de texto en las Escuelas de Arquitectura, Agricultura, Minas y Montes: en mis tiempos de estudiante aún conocí la reedición hecha por Dossat muchos años después. Esta obra la publicó por primera vez la que iba a ser su gran editorial, Sucesores de Rivadeneyra, que tenía sus talleres en la Cuesta de San vicente nº 20, de Madrid.

Los títulos de sus obras literarias, que empezó a publicar en cuanto regresó de Puerto Rico, son Eugenia (1898, Tipografía Herres, de la que menciono como curiosidad que fue uno de los primeros establecimientos que tuvo teléfono en la capital, con un número que no tenía más que tres cifras) y La prima Juana (1900, Librería de Victoriano Suárez, que, como otra curiosidad, tenía el mérito de haber editado en 1858 la Aventura de Domingo González en su extraño viaje al mundo lunar, escrita en 1673 por el obispo Godwin). Son dos novelas en formato de bolsillo, la segunda en dos tomos.

Bosquejos (1910, Establecimiento Tipográfico El Trabajo) es una selección de catorce cuentos breves y Corazones bravíos (1913, Sucesores de Rivadeneyra), un libro muy chico de ocho narraciones, de las que la primera da título al volumen: ni los unos ni las otras son del género fantástico. No ocurre lo mismo con Cuentos estrafalarios de hoy y mañana, entre los cuales Amor y fuerza. Cuento del año 10.000, publicado originalmente con ilustraciones de Romero Calvet en Los Contemporáneos nº 237, de 11 de julio de 1913 (30 céntimos), estuvo elegido para aparecer en Nueva Dimensión e ignoro por qué nunca llegó a hacerlo.

Dentro de ocho mil años un sabio, al que se presenta con los caracteres del científico malo, descubre cómo extraer energía del amor y almacenarla en acumuladores. Durante la conferencia de presentación se produce la rotura de estos acumuladores y el escape que se origina hace que el sabio se abalance sobre una mujer vieja y fea, como si de una Venus se tratara, y que los asistentes al acto se besen y se abracen unos a otros sin poder reprimirse. La cosa no pasa a mayores porque el propósito del autor sólo era hacer ver la fuerza del amor, por lo que dejó el escape en una fuga reducida.

Sigo con sus obras. Escribió igualmente Remedio contra ceguera y La nietecilla (comedias en dos actos), In articulo mortis y Precocidad (comedias en un acto) y El salvaje y Luz de belleza (dramas). Se trata de piezas cortas, juguetes cómicos aparecidos en la citada revista Los contemporáneos y recopilados en 1913 en un volumen titulado Obras dramáticas, que fue editado por la Imprenta de Alrededor del Mundo, de Madrid, nunca editó fuera de la capital. Dentro de su producción teatral cabe mencionar aún que realizó una notable versión del inglés de Macbeth.

En 1914 publicó la novela El anzuelo roto. La última escena de un drama (Los contemporáneos nº 273) y un año después otra más, ésta de anticipación, El fin de la guerra. Disparate profético soñado por Mister Grey, por la copia Ignotus, con una Introducción que su autor fecha en noviembre de 1914 (Madrid, Imprenta de Alrededor del Mundo, 1915). Es un libro en 4º de 196 páginas impresas a una columna, con cubierta y unas pocas ilustraciones interiores a dos tintas nuevamente obra de Romero Calvet, que son muy simpáticas. Contiene además una profusión de huecograbados -linóleos- intercalados en el texto. Se vendió al precio de 3'50 pesetas.

Fue la primera vez que Elola utilizó el seudónimo de Ignotus, empleado hasta por tres escritores españoles, y que quizá por eso, y porque había ascendido a tal empleo, amplió luego a Coronel Ignotus. También usó el de Don Nuño.

Esta narración no es un fenómeno aislado. Desde antes de iniciarse la que en principio fue la Guerra Europea y luego la Primera Mundial, se escribieron en España novelas de lo que entonces se conocía como fantasía política y hoy llamamos política ficción, obras en las que sus autores tomaban partido por una u otra de las partes contendientes, generalmente la alemana, y trataban de explicarlo en forma de anticipación de lo porvenir. Ésta en concreto se escribió poco después del exitoso El secreto de lord Kitchener, de Cirici Ventalló, y a veces parece como si siguiera su ejemplo, aunque con menor fortuna: no era el estilo de Ignotus.

Si lord Kitchener era el Ministro de la Guerra, que tenía un secreto, mister Grey es el del Foreign Office, que tiene un sueño, sueño en el que, provisto de un anteojo que ve a lo lejos en la distancia y en el tiempo, asiste a la derrota de Inglaterra y a la victoria de Alemania. Cuando le sube la fiebre empieza a delirar y su sueño se convierte en un delirio esperpéntico. Se suceden los disparates y, por poner un ejemplo, un sabio alemán descubre la antigravedad y tumba las pirámides sobre el canal de Suez para que los soldados turcos, llamados a la guerra santa contra los ingleses, lo atraviesen con facilidad. En el mismo Egipto los reservistas alemanes se disfrazan de momias para asustar a los nativos y, en otros países, los dirigibles de la germánica gente surcan los cielos adoptando la forma de los dioses y los demonios locales, con los rasgos fisionómicos de los dirigentes alemanes para los dioses y de los ingleses para los demonios.

El final de la guerra es igualmente tremendo. Desembarcan en las islas británicas tres millones de soldados alemanes que son seducidos por las inglesas -con sus hombres luchando fuera de casa-, por lo que las teutonas pretenden desembarcar a su vez y tomar venganza. Sólo la idea de una matanza generalizada de mujeres hace reaccionar a los países neutrales y se consigue la paz. En el reparto del planeta que sigue a cada conflagración universal, Inglaterra pierde mucho y España todavía más, lo que se dice para aviso de los germanófobos que no querían entrar en la guerra a favor de los Estados Centrales: somos anexionados por Portugal, bajo el dominio del emperador Bernardino I.

Dos excursos. El primero que ni qué decir tiene que Grey es un personaje real. Eduardo, vizconde de Grey, fue por muchos años ministro de Asuntos Exteriores británico y, con anteojo o sin él, siempre vio la guerra como algo inevitable, porque "mantenerse al margen habría supuesto el dominio de Alemania, la subordinación de Francia y de Rusia, el aislamiento de Gran Bretaña y que la odiaran tanto los que habían temido su intervención como los que la habían deseado y, finalmente, que Alemania controlara por completo el Continente", según escribió en sus memorias.

El segundo, que para combatir el alarmismo y la propaganda germanófila, se publicaron en Gran Bretaña libros sarcásticos -entre los que éste de Ignotus no hubiera desentonado si se conociera- sobre una invasión de Inglaterra que, por ejemplo, en The Swoop, or How Clarence Saved England, del popular humorista P.G. Woodehouse, llevan a cabo no sólo los alemanes, sino también los rusos, los chinos, los suizos, los monegascos y los marroquíes del "mulá loco".

Alguna vez muestra Ignotus sus muchos conocimientos y especula razonablemente, como en la firma de la paz entre Rusia y Alemania o entre esta nación y la francesa. Como señala Saiz Cidoncha en la Tesis a que varias veces hago referencia, acierta al profetizar que a la falda francesa, abierta por un lado, seguirá la inglesa, abierta por todas partes. Inmediatamente a continuación señala el bueno de mister Grey que Inglaterra creará una escuela de cocottes, para privar de este tradicional privilegio a las francesas.

También escribió Elola una serie de libros a los que calificó de obras morales, sociales y políticas, como El credo y la razón (1909, Impr. de San Francisco de Sales), tratado de teología en que cada uno de los capítulos explica uno de los artículos del símbolo de la fe cristiana, prologado por una carta de felicitación del novelista cántabro José María de Pereda; Campaña de España en Marruecos. Mapa de la influencia española en la zona, La campaña del Rosellón, La recuperación nacional, Lo que en España puede hacer un ministro decidido y La enfermedad de la peste y su saneamiento al alcance de todos, a las que aún cabría añadir su traducción del inglés de La verdad de la guerra, además del citado Macbeth.

Ya retirado el coronel, con el empleo honorífico de general, como de costumbre, hombre activo y aficionado a escribir que era, quiso dedicarse a la labor de divulgación de las ciencias físicas, según la receta en boga de "instruir deleitando", así que inició la publicación de una "Biblioteca Novelesco-Científica" que llegó a alcanzar los diecisiete títulos, todos firmados por Elola con el seudónimo de "El Coronel Ignotus", y de los que se imprimieron y vendieron en total la notable cantidad de 120.000 ejemplares.

Acostumbrado a ediciones modestas, de tiradas reducidas, hechas a salto de mata, nuestro hombre debió disfrutar de lo lindo al encontrarse con el éxito y la fama cuando descendió de lo culto a lo popular, de la sabiduría a la aventura llevada hasta el límite del folletín. Quince de estas diecisiete novelas pueden considerarse de proto ciencia ficción y ocho incluyen viajes a otros mundos y presentan un hilo conductor común. Como no podía ser menos, están en la línea de Julio Verne, aunque el español sacrifica la acción a la escrupulosidad científica más que el francés, lo que da lugar a largos diálogos que son mero pretexto para explicar cuestiones físicas y son causa de muchas y extensas notas de pie de página.

Un sabio menor, por ejemplo, enuncia una teoría errónea y otro mayor lo corrige. Ignotus llama a pie de página y escribe algo de esta guisa: "Adviértase cómo en el siglo XXII hay todavía científicos que se empeñan en el error que ya en el siglo XX, etc."

Aquellos autores de anticipación fustigaban siempre en el futuro lo que no les complacía del presente, mientras que por lo general se limitaban a desarrollar la ciencia de su tiempo, con pocas extrapolaciones y no demasiadas imaginaciones novelescas, con especial interés por la transmisión a distancia de imágenes y sonidos. Un mundo del siglo XXII en que las comunicaciones se establecen en base a un rapidísimo reparto de telegramas, nos dice ya poco a nosotros, aunque la invención del autoplanetoide en la era de las naves espaciales a modo de proyectiles lo redime y basta para justificarlo.

Decía peyorativamente Verne de Wells "Il Invente" y yo he escrito que Ignotus no inventa, sólo divulga, y quizá haya sido injusto con él al afirmarlo con tanta rotundidad. Sus novelas conocieron un gran éxito y le procuraron una fama que no le habían otorgado antes sus trabajos más serios. De haber escrito en francés o en inglés, hoy su nombre figuraría en todos los libros de referencia del género.

Federico Carlos Saiz de Robles, en su Ensayo de un diccionario de la literatura (Madrid, Aguilar, 1949), escribe así de él: "Como literato fue un novelista fecundo, originalísimo, ameno, de prosa castiza y de estilo correcto. Su justa fama de narrador excepcional se la dieron sus novelas científicas en nada inferiores a las de Verne o Wells, y algunas de ellas superiores por su solidez científica".

Ya he mencionado que el autor era de ideas muy conservadoras, cuya formulación choca hoy más que entonces. El líder ultraderechista Blas Piñar, el autor de aquel "Hipócritas" del que se dice que irritó a Franco y es seguro que hubiera complacido a Elola, manifestó en una entrevista periodística que estas novelas eran una de sus lecturas favoritas. El añorado Miguel Miranda sr., un librero de viejo amigo mío que tenía su tienda en Madrid, en la calle Lope de Vega, "antes Cantarranas" que añadía siempre, al que cita Cela por haberle cobrado 25.000 pesetas de los años 69 por una colección de El mono azul, me contó que poco después pasó por allí un seguidor de Piñar y arrampló con un ejemplar de cada uno de los títulos de El Coronel Ignotus para hacerle un regalo a su admirado correligionario. Como le digo a su hijo, Miguel Miranda jr., en otro número de la misma calle, que todavía conserva tomos de los Viajes planetarios, encarece el material la gente más insospechada.
 
La relación de las obras de la "Biblioteca Novelesco-Científica", que hay que reseñar detalladamente porque el autor daba con frecuencia el titulo de la serie a la primera novela de la misma, es la siguiente:

I. De los Andes al cielo, primera etapa de Viajesplanetarios del siglo XXII
II. Del océano a Venus, segunda etapa
III. El mundo venusiano, tercera y última etapa

IV. El mundo-luz, primera parte de La desterrada de laTierra
V. El mundo-sombra, segunda parte

VI. El amor en el siglo cien

VII. Los vengadores, primer episodio de La mayor conquista
VIII. Policía telegráfica, segundo episodio
IX. Los modernos Prometeos, tercer y último episodio

X. Los náufragos del glaciar, primera jornada de Tierrasresucitadas
XI. Ana Battori, segunda jornada
XII. El guardián de la paz, tercera y última jornada

XIII. Las pistas del crimen, primer episodio de El crimen del rápido 373
XIV. La clave del crimen, segundo episodio

XV. La profecía de don Jaume, primera etapa de SegundoViaje planetario
XVI. El hijo de Sara, segunda etapa
XVII. El secreto de Sara, tercera y última etapa

Cuando traté de este autor en la revista BEM, en un trabajo que recibió precisamente el Premio Ignotus al mejor artículo del género en el año, decía que no había podido establecer con exactitud la fecha de publicación de la primera trilogía, aunque había tenido que ser entre 1916 y 1920, y la situaba más hacia el final que hacia el principio de ese período. Posteriormente las localicé en la revista Bibliografía española, reseñada en los números de abril y diciembre de 1919 y agosto de 1920, por lo que las novelas tuvieron que aparecer entonces o muy poco antes. Las sacó V.H. (Viuda e Hijos) de Sanz Calleja, con casa editorial en Madrid, en la calle de la Montera nº 21, y talleres gráficos en la Ronda de Atocha nº 23.

Empezaron siendo libros en 4º, de 24x18 cm., aproximadamente, de 100 a 116 páginas de letra menuda, impresos en papel pluma a dos columnas, intonsos, con los márgenes con sus barbas, que se vendían al precio de 3 pesetas. Tenían cubiertas de papel, en color, de las que sólo la tercera edición, que es la más vistosa, está firmada por Nombela, y fotograbados interiores en negro de Avial. No conozco el acuerdo entre el autor y la editorial, pero el proyecto era ambicioso.

Su argumento es el siguiente. Un cuantioso legado permite fundar en España el "Instituto de Viajes Planetarios" que, a finales del siglo XXII, premia un invento genial de la ingeniera zaragozana María Josefa Bureba, más conocida por María Pepa. Curiosamente, la primera mujer que en 1931 obtuvo el título de piloto en España tenía el mismo nombre, Mari Pepa Colomer (Barcelona, 1913 - Surrey, Inglaterra, 2004).

La historia la sabe el autor porque se la cuenta una futu-vidente psico, a la que hay que suponer bien pagada puesto que le hizo una adivinación del porvenir de un millón de palabras. No merece tomarse a broma. Mari Pepa, que es, a cada cual más inteligente, valerosa y bella, construye su invento, una nave espacial, y se dispone a dirigirse a Venus con la colaboración de tres ancianos sabios, el italiano Fognino, el alemán Haupfty y el catalán Jaume Ripoll, que forman su Consejo, tienen derecho a llamarla Pepeta y terminan por alcanzar el rango de abuelos adoptivos suyos.

No merece tomarse a broma. María Pepa, que es, a cada cual más, inteligente, valerosa y bella, construye su invento, una nave espacial, y se dispone a dirigirse a Venus con la colaboración de tres ancianos sabios, el italiano Fognino, el alemán Haupfty y el catalán Jaume Ripoll, que forman su Consejo, tienen derecho a llamarla Pepeta y terminan por alcanzar el rango de abuelos adoptivos suyos.

Otros países tiene representantes en la expedición, pues hay hasta veinticuatro sabios menores de otras tantas nacionalidades, y otras partes de España están también representadas, aunque a distinto nivel: la doncella de María Pepa es sevillana y su novio, gallego. Incluso danza por allí un científico portugués, D. Álvaro Fairelo Carvoeiro, que va más de guapo que de sabio.

El navío aéreo es una esfera de 600 metros de diámetro, dotada de capacidad de movimiento, a la que el autor llama "orbimotor", "autoplanetoide" o "novimundo", al mando del cual está María Pepa o, sencillamente, la Capitana. Como él mismo ha contado, George H. White, el excelente Pascual Enguídanos Usach, leyó estas novelas antes de escribir la saga de los Aznar y se inspiró en ellas para su autoplaneta Valera. Siempre dijo que fueron las únicas novelas de ciencia ficción que leyó.

Como era de esperar, la señorita Bureba encuentra una adversaria en la perona de Sara Sam Bull, comandante de aviación del ejército nordatlántico que integran los Estados Unidos y la Gran Bretaña, que es también muy hermosa, aunque taimada y traicionera, una mujer que no vacila ante el mismo crimen. Se advierte claramente que nuestro coronel respiraba todavía escocido por la derrota de España ante los yanquis en 1898 y por la victoria de le Entente en la guerra del 14, cuando él había tomado decidido partido por alemanes y austriacos.

El orbimotor, que ha despegado de un punto alto cercano a la frontera entre Argentina y Chile para encaminarse a los orbes estelares, y de ahí el nombre de De los Andes al cielo, cae al océano Pacífico, víctima de las malas artes de la rival sin escrúpulos de María Pepa, y la expedición parece condenada al fracaso.

No es así. En la segunda entrega, Del Océano a Venus, el autoplanetoide llega a nuestra estrella vespertina tras luchas pasionales, conspiraciones, motines, combates sin tregua e inesperados fenómenos que la ciencia explica. Perdido el gobierno de la nave, a punto está de precipitarse en el sol, cuando una hábil maniobra de la Capitana le permite alcanzar Venus, aunque sea para caer de nuevo sobre un océano. El libro incluye un mapa planetario con la trayectoria del novimundo, en el que Ignotus se excusa porque las exigencias gráficas le han impedido representar a escala los planetas y las distancias entre ellos. Frente a esta minuciosidad, el autor de la cubierta parece que no se había leído el libro y dibujó un gran cañón que dispara un proyectil, seguramente inspirándose en las ilustraciones de Un viaje a la luna, de Julio Verne.

Y la aventura se remata por el momento en El mundo venusiano, donde María Pepa le inflige tal derrota a Sara que no sólo la deja en Venus sino que le arrebata a su marido, el portugués D. Álvaro, con el que estaba casada, todo hay que decirlo, sólo por lo civil. La aragonesa pone rumbo a la Tierra llevándose consigo, para cuidarlo amorosamente, a un hijo de Sara y Álvaro, aunque más tarde las exigencias de la trama le van a dar otro padre.

La nave llega al mar, como al final de cada etapa, pero esta vez la reciben las aguas del océano Atlántico, frente a la costa de Lisboa, el 23 de abril del año 2187, lo que resulta una afortunada coincidencia, pues ese mismo día, liberados de las garras del águila bifronte -EE.UU. & GB, ni qué decir tiene-, Portugal y Brasil ingresan en la Confederación de Pueblos Hispanoamericanos. Una vez más se transparentan aquí las ideas iberistas del autor de una odisea que, en sus propias palabras, "hace palidecer a la de Homero".

Pese al éxito de la Biblioteca, o quizá por eso mismo, autor y editorial rompieron sus relaciones. Ambos pretendieron continuar la colección y la segunda, tras un primer intento anunciado pero fallido, contrató para ello al Capitán Sirius, aunque quien se llevó el gato al agua fue el primero. Ignotus fichó por Rivadeneyra, que entonces ya no tenía tan sólo los talleres gráficos de la Cuesta de San Vicente, de Madrid, sino que había abierto casa editorial y librería en la calle del Conde de Peñalver 8 y 10, igualmente de Madrid, que publicaba la conocida Biblioteca de su nombre, y el año 1921 Elola vio editadas siete obras suyas.

Agotadas los tres primeros títulos de la Biblioteca, los que acabo de reseñar, fue lógico que se reeditasen, lo que se llevó a cabo en la segunda mitad del año. Se hizo con idéntico texto y similar presentación, con un aire un poco más moderno, quizá, y papel de inferior calidad, lo que hoy llamaríamos papel reciclado. Llevaban las mismas láminas, ligeramente mejoradas al colorearlas un poco, y unas cubiertas menos lucidas dibujadas por Max Ramos, que se inspiró mucho, por no decir del todo, en las de la primera edición. Su precio subió a 4 pesetas.

Creo recordar, no estoy seguro, que es Alejandro Pérez Lugín quien cuenta, en La casa de la Troya que el cabildo compostelano, harto de que los estudiantes se quedaran pasmados ante la opulencia pectoral de la figura de Esther en el Pórtico de la Gloria de la catedral santiaguesa, dispuso que un escultor -o un desescultor- la dejase "tanquam tabula rasa". Y cosa parecida le sobrevino a María Pepa: en la primera cubierta aparecía de perfil con un brazo levantado que apuntaba al planeta Venus y una muy discreta curva que insinuaba que era mujer. Max Ramos, tras el que veo la mano del autor, la planchó hasta dejarla lisa, le cerró las piernas, le cortó el pelo, le suprimió los tacones de las botas, le puso un pañuelo al cuello para dejarla sin escote, le bajó un poco el brazo y le quitó el cinturón para que no se le marcase el talle. Como dijo un hijo mío cuando la vio, la dejó tan sin curvas como la Olivia de Popeye.

Y eso no es todo. El entusiasmo internacional que pone el autor en la ficción hizo que María Pepa concediera unos besamanos multitudinarios que en la primera edición los representaba una lámina que reproducía las palabras del texto: "Doce solemnísimos besamanos, poco besar en opinión de muchos". Mas el entusiasmo es tan grande que se proyecta su imagen en lugares adonde no ha llegado su persona y se besa la mano a la figura transmitida. Esto es lo que aprovecha la segunda edición, de modo que la lámina reproduce la frase que excluye todo equívoco: "Veinticinco simultáneos besamanos de otras tantas Marías Pepas, proyectocopizadas en igual número de telones".

Al mismo tiempo que estas reediciones, y de igual manera, se publicaron sus condenaciones -si alguien las hubiera llamado "secuelas", Ignotus habría cargado con furia contra él-, que ya había dejado preparadas en la última las anteriores novelas, en cuyo final se excusaba por no haber hablado de la rica y antigua civilización venusiana y prometía hacerlo en el titulo siguiente. Éste iba a ser La desterrada de la Tierra, en referencia a que Sara se había quedado en Venus, pero dio para dos novelas que llamó El mundo-luz y El mundo-sombra, según las teorías de Schiaparelli y Louwell que sostenían que el lucero de la tarde presenta siempre la misma cara al sol. El autor de las cubiertas siguió siendo Max Ramos, que pasó a dibujar también las láminas interiores.

Como todo pecador llamado a redimir sus culpas, la aleve Sara lo pasa muy mal: el coronel se complacía en motejarla de "aleve", del inglés laeva, traidora, como si nos hubieran transmitido algo más que la palabra. Los venusianos son diferentes de los terrestre, por lo que unos la reputan humana mientras que a otros les parece más bien un simio, lo que origina un enfrentamiento que entonces pudo recordar al que se dio entre Darwin y Owen, aunque ahora evoque más bien al que se da en Pierre Boulle en El planeta de los simios. Echando la vista atrás, si Elena era una mujer que bien valía una guerra, "una odisea que hace palidecer a la de Homero" forzosamente tenía que narrar una guerra por una mujer, no ya de Troya, sino de un planeta entero.

Luchan "nulistas" y "aolistas", que toman nombre de Nul, el que la tiene por mona, y Aol, el que la considera humana. Tras innumerables peripecias, Aol y Sara terminan por enamorarse, aunque ella no se decide a casarse con él por temor a que de su unión no nazcan seres completamente humanos. Nul se fuga del manicomio en que ha sido recluido y pone fin al dilema matándolos a los dos. Sara muere muy bellamente.

Venus se describe como un planeta gemelo de la Tierra, excepto por los fuertes vientos que azotan su superficie, al presentar siempre el mismo hemisferio al sol. Como curiosidad, tiene una gran sima geológica que es un auténtico túnel que atraviesa el planeta de un lado a otro. Con este par de salvedades, la acción podría desarrollarse en la Tierra. Se sigue manifestando la preocupación científica del autor y así, por ejemplo, en el capítulo llamado "Un concierto fotofónico en Lasga", se trasluce un interés por la trasmisión de luz y sonido. El tema interesó al dibujante -probablemente fue el autor quien hizo que se interesara por él- e ilustró hermosamente una frase que reza: "Simultáneamente, con los primeros sonidos que a lo alto ascienden, bajan de lo alto amplios resplandores".

Por las mismas fechas y, dada la buena disposición de Ignotus y Rivadeneyra, se editaron también catorce artículos de divulgación científica que había escrito el primero, con amplias ilustraciones, reuniéndolos en un volumen que se tituló Modernas brujerías de la ciencia. El Espasa menciona cada capítulo como una obra distinta pero, a diferencia de la Enciclopedia, hago gracia de su enumeración al lector.

A principios de 1922, con las mismas características, apareció El amor en el siglo cien, basado en aquel cuento estrafalario del año 10.000, aunque con un final distinto y, más aún, con un desarrollo que ya no es esperpéntico, sino que reviste pretensiones de seriedad. Y de moralismo, también. La obra podría haberse subtitulado perfectamente "El triunfo del agape sobre el eros".

Aunque su acción no abandona la Tierra, es una de las más cientificticias de sus novelas, tal como entendemos hoy la ciencia ficción, pues la sociedad de su mundo ha cambiado por completo. No sé si el coronel tenía quien le escribiera, pero a él no le gustaba escribir en vano: cuando esbozaba un tema lo desarrollaba después. Y en las obras anteriores ya había insinuado la posibilidad de una larga hibernación.

En ésta, los bilbaínos Inés Ramírez y Juan García son hibernados accidentalmente y no despiertan hasta el siglo cien, en una novela con notas explicativas de pie de página que la ocupan casi por enero. No es un tema nuevo, ciertamente, ya que se había tratado con anterioridad por autores como Bellamy en El año 2000 (1888), William Morris en Noticias de ninguna parte (1890), Wells en Cuando el durmiente despierte (1899) y aun Mercier en el famoso El año 2440 (1771), cuyo protagonista duerme 672 años, aunque todo sea sólo un sueño. Son todos dormidos que despiertan en el futuro, aunque Ignotus es el primero que lo trata como una hibernación, o de los primeros, si se acepta como tal lo que sucede en Las maravillas del año 200 de Salgari y alguna otra obra menor.

No reviven en España, que ahora es Iberia, con capital en Jafetópolis, en la isla de Mallorca, sino en Mundiápolis, a orillas del lago Alberto, la capital de la Confederación Mundial. Su castellano es tan arcaico que nadie lo comprende, así que se comunican en euskera, que los vascos siguen hablando sin apenas variaciones. El idioma planetario es el esperanto y el adjetivo ha de entenderse en un sentido amplio, pues varios planetas y satélites del sistema solar han sido colonizados y están habitados. Si el Estado Mundial, con una capital exótica, recuerda al muy editado en España El mundo tal cual será en el año 3000, de Souvestre, los astros habitados son toda un anticipación para la época.

La pareja revienta dos yuntas amatorias a causa de su desaforado vibrar, contrae matrimonio en secreto y ella se escandaliza de las modas mundopolitanas. Me explico:

Se utilizan en ese mundo energías de origen solar, geotécnico, mareomotriz y otras más o menos novedosas, de las que una en concreto es excepcional, la del amor, que proporcionan las parejas que se quieren, conectadas por un cable y estimuladas mediante descargas eléctricas, que duelen pero no importa, es cosa que se aplica sólo a los pobres. Se mide en electrcupidios y se almacena en acumuladores gigantes, para luego distribuirse por todo el planeta.

Señala Saiz Cidoncha que el tema tiene un precedente en La Diosa de Alvatabar, de William R. Bradshaw, publicada en 1892, donde las devotas de la diosa practican un sexo suave, sin orgasmo, para así conservar la eterna juventud, lo que no es el pensamiento de Ignotus.   

Los chicos vibran desaforadamente porque, queriéndose como se quieren, llevan ochenta siglos de casto noviazgo. Por eso en cuanto pueden se casan, aunque hayan de sacar de las cuevas al sacerdote, que les pide que mantengan en secreto su legítimo matrimonio por precaución.

En las profundidades no viven sólo los curas. De manera muy parecida a lo que sucede en Elois y Morlocks, del Dr. Lázaro Clemdábins, seudónimo de Carlos Mendizábal, una novela publicada en 1909 de la que me ocupo en mis Apuntes dedicados a Las proto-máquinas del tiempo de la literatura fantástica española, el mundo está dividido en la proporción de 1 a 3.000 entre superpensantes o supergozantes y ni pensantes ni gozantes, los parias. Para Mendizábal había un explotador de superficie por cada 120.000 explotados del subsuelo, mas la proporción debió parecerle exagerada a Ignotus.

Los parias practican la religión, están excluidos de los beneficios de la ciencia y son los que suministran las yuntas amatorias. Los favorecidos por la fortuna, en cambio, disfrutan de servidores robóticos o automs, se alimentan de síntesis orgánica tan nutritivas como sabrosas y descuella entre ellos el gobernador del mundo, un Supremo Manager que ha de salir obligadamente del Sindicato de Banqueros -que era el cuarto poder en la citada obra de SouvestreSouvestre-.

El escándalo de Inés, como es fácil suponer, está provocado por las modas mundopolitanas, ya que las elegantes de la clase superior enseñan demasiado. Nuestro autor, ya lo he apuntado, como todo prospector del futuro que se precie -cada uno desde sus posiciones ideológicas-, fustiga en el porvenir las costumbres que no le gustan de la sociedad en que vive y, así, los poderosos del futuro se desprenden de sus hijos para entregarlos a educatorios donde se crían en promiscuidad.

Para terminar, en una experiencia con las yuntas amatorias, unos acumuladores se sobrecargan y estallan, expandiéndose por todo el mundo una ola de amor puro que nadie puede resistir. Los parias se liberan de sus tristes condiciones y fundan entre todos una sociedad nueva, basada en principios cristianos de bondad, solidaridad e igualdad.

Y tras esta incursión en una novela de ideas, Ignotus vuelve a la aventura. Igualmente en 1922, unos meses después, con el mismo formato, presentación e ilustrador, se editaron las novelas séptima, octava y novena de la Biblioteca, respectivamente intituladas Los vengadores, Policía telegráfica y Los modernos Prometeos, los tres episodios de La mayor conquista. Se puede decir que es una obra de ciencia ficción porque sucede en un futuro remoto y se ocupa de un avance científico, como es el de la explotación de la energía solar que se distribuye sin cables por ondulaciones electromagnéticas. Pero también hay que reconocer que, con ligeras modificaciones, los mismos acontecimientos podrían haber tenido lugar en un mundo de poco después, no es una gran prospección del futuro.

Fue un tema caro a Elola éste de las transmisiones inalámbricas, como lo fue igualmente el de la Confederación Iberoamericana: aquí el inventor Pepe Lobera, que es argentino, pertenece a esta Confederación. Está preocupado asimismo el autor por un tema de fondo, que el carbón y el petróleo se están agotando, pero lo que escribe es por encima de todo unas novelas de aventuras, con una acción en la que "el mundo civilizado" lucha contra "la barbarie musulmana", entre otras cosas porque la energía solar se capta en el Norte de África y, probablemente, porque ya se enfrentaba él por su cuenta a los que veía como enemigos de España en la guerra de Marruecos.

Es despiadado. En una ocasión en que los africanos huyen despavoridos, los dirigibles y los aviones de la Heliodinámica los persiguen y les arrojan bombas hasta que quedan tan pocos y dispersos que no compensan el gasto de explosivos. Al día siguiente, unas desde el aire y otras desde el mar, son bombardeadas todas las ciudades de la región.

En 1923 apareció Los náufragos del glaciar, primera jornada de Tierras resucitadas, y el coronel volvió a no entenderse con su editor. En la cubierta posterior de esta obra se leía "editada por Librería y Editorial Rivadeneyra", pero Ignotus lo tapó pegando encima una tira que decía "serie de interesantísimas y vibrantes novelas... en todas las librerías a 4 pesetas tomo" y se lanzó a distribuirlas por su cuenta, como haría ya hasta el final de la Biblioteca. Se decía asimismo que los libros podían adquirirse pidiéndolos al domicilio del autor, en la calle de la Princesa nº 12 de Madrid. Si alguien me dice que en lo que es hoy Princesa 12 había entonces una iglesia, tiene razón, pero es que la numeración ha cambiado; el 12 correspondía en aquel tiempo a unas casas militares.

Prometía Ignotus que aparecerían tres o cuatro novelas de la Biblioteca por año, pero fueron sólo siete en cinco años, los números undécimo a décimoséptimo, que salieron en un formato un pro más chico, lo que sería casi un 4º menor, redujeron márgenes y el autor dijo que rebajarían en una peseta su precio, aunque no pudo mantener su promesa; también dijo que se mantendrían las láminas del texto, pero éstas dejaron de ser tales para pasar a fotograbados en negro de tres cuartas de página, impresas por fotomecánica. Llevaban una faja que decía "Al entrar esta Biblioteca en su segunda época, tiradas duplicadas por crecientes ventas, márgenes reducidos -Ignotus no vende papel blando-, con más lectura en página, sin perder calidad y láminas entre texto -cuatro en vez de seis-, reportan economía, que permite corresponder al favor del público, rebajando a tres pesetas, etc." (Cuando el buen amigo Domingo Santos redujo el formato de Nueva Dimensión, dejando las dos columnas en una, no nos dijo "Santos no vende papel blanco...").

Después de la guerra, los ejemplares no vendidos de estas dos novelas los reentapó la Imprenta Futura de Barcelona (Rosellón 146), con modernas cubiertas de Freixas que recordaban a las de la editorial Molino, y se vendieron al precio de 4'50 pesetas la primera y 3'50 la segunda. Al m ismo precio de 4’50 se vendió La profecía de Don Jaume, en cuyo 4º de cubierta se anunciaba la próxima aparición de El hijo de Sara, que nuca he llegado a ver.

En 1923 salió Ana Battori y en 1924 El guardián de la paz, todavía con ilustraciones de Ramos la primera y de Pedrero la segunda, e impresos por Rivadeneyra, ya que el conflicto de Ignotus era con la editorial, no con los talleres gráficos. Los libros perdieron algo de presentación, sin que se pudiera mantener su abaratamiento de una peseta, y es novedad que, tras el nombre del autor en letras grandes, que siguió siendo "El Coronel Ignotus", figurara en letras más pequeñas "José de Elola", quizá para propaganda de los libros firmados con su propio nombre que tenía en su casa sin vender.

Son los volúmenes décimo, undécimo y undécimo de la Biblioteca y se pueden calificar de obras de ciencia ficción strictu sensu, puesto que son aún más fantásticos que los anteriores, sobre todo los dos últimos. Porque Los náufragos del glaciar es una novela de aventuras, por más que ubicada en el año dos mil en un escenario remoto, al más puro estilo verniano, que narra el salvamento de unos náufragos polacos en el Ártico.

Pero en Ana Battori las cosas cambian de raíz. El autor se excusa por haberse dejado llevar por la pasión del drama en la jornada precedente y nos presenta un mundo en que, tras la Primera Guerra Mundial, ha habido una Segunda de la que sólo se han librado los veintidós países de la Confederación Iberoamericana, que han crecido así en paz y prosperidad. La Unión se asemeja un tanto a un mercado común, pues los estados subsisten y cuentan con instituciones en algo parecidas a las de la actual Unión Europea.

El gallego Eduardo Arteijo -los héroes españoles de Elola se repartían por toda la geografía hispana-, ingeniero de Caminos por la Escuela de Vigo, electricista por la de Lisboa y químico por la de Valparaíso, descubre un «excitador atómico» que separa los electrones del núcleo y provoca la destrucción de la materia, con el que pretende y consigue fundir los hielos polares y así ganar terreno para la Humanidad: de ahí el nombre de Tierras resucitadas, que originariamente iba ser Un mundo nuevo.

El guardián de la paz sigue los pasos de Ana Battori sin solución de continuidad y nos cuenta cómo, antes de conseguir el deshielo polar, Arteijo interviene en la conflagración planetaria del 2002, donde todas las naciones, excepto otra vez las de la Unión Iberoamericana, se han alineado en dos bandos conocidos como la Cuádruple y la Séptuple Alianzas, en alianzas contra natura.

El español intenta obligarlas a firmar la paz destruyendo una parte de sus flotas aéreas y navales, aunque no tiene éxito, sino que, por el contrario, lo que consigue es que todas estas naciones se coaliguen en la Endécuuple Alianza y se vuelvan contra la Unión. Explica aquí Ignotus que las guerras modernas se ganan con la opinión y no con las armas, de modo que el Consejo Federal Iberoamericano remite a todos los periódicos de sus adversarios una serie de artículos que han de publicar en sus siguientes ediciones si no quieren ser arrasados hasta los cimientos por los rayos aniquiladores de Arteijo. El final es el esperado, se firma la paz, que es duradera porque se asienta sobre «la solidísima base del miedo».

Ana Battori es una doctora y el guardián de la paz es el propio Arteijo. Los dos se aman y terminan casándose, poniendo casa en La Coruña. La pareja de enamorados no falta nunca en las novelas de Elola.

En la mente del autor estaba escribir una a modo de «historia del futuro», que inició con La mayor conquista y siguió con Tierras resucitadas, que enlaza con aquella, a la que hace referencia expresa: el aprovechamiento y transmisión de la energía solar, según el invento de Lobera, han sido desarrollados y están siendo utilizados activamente. Cabe imaginar cómo continuaría este ambicioso proyecto, pues al final de El guardián de la paz, para poner en práctica la idea del colombiano Balboa de modificar la inclinación de nuestro eje planetario para mejorar el clima, se constituye la «Compañía para el Enderazamiento -no total- de la Tierra», tema que Ignotus prometía desarrollar en otra novela, pero que no llegó a realizar.

Los tomos XIII y XIV no tienen fecha de edición ni pie de imprenta; aparecieron en 1925 y los imprimió una vez más Rivadeneyra. Las cubiertas e ilustraciones fueron de Pedrero, las interiores de presentación más modesta. Se titularon Las pistas del crimen y La clave del crimen, los dos episodios de El crimen del rápido 373. Su acción se sitúa en un futuro cercano, en un país supuestamente imaginario pero que se corresponde claramente con España y no se pueden entender como novelas de ciencia ficción, ni de anticipación siquiera, lo que las convierte en la excepción de la colección.

Entre Las pistas del crimen y La clave del crimen, Ignotus sacó una tercera edición de los Viajes interplanetarios, repitiendo las cubiertas aunque recortándolas por su borde inferior para suprimir «Librería y Editorial Rivadeneyra», con lo que suprimió asimismo la firma del portadista.

El ritmo de producción del autor se fue ralentizando progresivamente con los años pero, aún así, entre principios de 1926 y finales de 1927, publicó una última trilogía, tomos XV, XVI y XVII de su ya parta entonces famosa Biblioteca. Les dio el título comercial de Segundo viaje planetario, pero más que una obra científica, lo que produjo fue un auténtico culebrón. Empieza con unas perturbaciones en las comunicaciones que aquel anciano sabio catalán, Jaume Ripoll, que acompañó a la Capitana en su viaje a Venus y que no puede borrar de su conciencia haber formado parte del Consejo que decidió abandonar allí a mistress Sara, hurtándole la condena a sus legítimos jueces, acierta a interpretar que son señales intencionadas, procedentes de Venus. Se ahí el título del primer tomo, La profecía de Don Jaume, a la que se llama «predicción astrotelegráfica».

Sara había fallecido. Al final de El mundo-sombra, Ignotus la había declarado muerta, junto con Aol, a manos del loco Nul en el palacio del podestá de Lasga. Pero, como resucitaría más tarde Mallorquí a Lupita, sirvienta y luego esposa de «El Coyote», o como el emérito autor que primero mató y luego resucitó a Tarzán en los tarzanes apócrifos de Rovira, el coronel declarará ahora que Sara estaba sólo aparentemente muerta y que revivió, consiguiendo tiempo después enviar un estelograma a la Tierra.

Estamos en el año 2204, diecisiete después de que regresara a la Tierra el antes orbimotor, ahora aviestelar, Y María Pepa ha pasado a ser Maripepa. Este aviestelar está varado en los astilleros de Paramillo, donde fue construido, por un acuerdo internacional que veta su salida de nuestro planeta. Ignotus se entretiene demasiado en criticar a los políticos, comentar cómo los Consejeros se reúnen sólo para cobrar suculentas dietas y cosas por el estilo.

Y el verdadero culebrón comienza con el enamoramiento de Carlos, el hijo de Sara, y Luisa, la hija de Maripepa de quienes se cree que ambos son hijos también de Don Álvaro. Estamos en El hijo de Sara, aquél a quien la Capitana se había traído de Venus cuando tenía un mes de edad y lo había criado amorosamente desde entonces. Carlos conoce su propia historia, pero no que Luisa es su hermana, pues, aunque hija de Álvaro y Maripepa, no vive con ellos porque, cuando tenía siete meses, la raptaron en Méjico, , una nodriza infiel y un monedero falso que murieron en un accidente de automóvil sin llegar a pedir rescate y la recogió un peruano llamado Guzmán. Se averigua su identidad gracias al obligado lunar de los niños raptados y ¡menuda preocupación la de Maripepa ante el amor imposible de los dos hermanos de padre!

Nuevamente al mando del autoplanetoide, vuela a Venus para rescatar a la madre de Carlos y, en El secreto de Sara, se averigua que el muchacho no es hijo de Álvaro sino de un individuo que había violado a su madre en ocasión de haber sufrido un desmayo. Las dos antiguas enemigas, la española y la yanqui, se reconcilian plenamente y se convierten en consuegras al casarse sus hijos a los dos días de que el aviestelar regresara a la Tierra, en una ceremonia en la que también se bautiza Sara.

A pesar de estar impresa con letra menos apretada de lo habitual, la novela se quedaba muy corta, por lo que el autor le añadió un epílogo en que, todo desvelado, se entretiene con una nova que surge en este viaje de retorno, tornando a dar la vara científica con más empeño que nunca.

Las cubiertas e ilustraciones fueron todavía de Pedrero en la primera novela, de un autor no identificado que firmó con sus iniciales en la segunda -que contiene varias ilustraciones astronómicas de otro origen- y de Cobalto en la tercera. Particularmente prefiero las de Max Ramos, excepción hecha de la de De los Andes al cielo,por inferior, y de la de La profecía de Don Jaume, por superior. A veces alguna encuentra ese sense of wonder de las cubiertas de los magazines clásicos.

Uno de sus más grandes inventos de El Coronel Ignotus es ese vehículo espacial esférico, de 600 metros de diámetro, que se mueve por la energía atómica que le proporciona un mineral llamado "cinetorio". Y pocas invenciones más. Como es lógico en un anticipador, habiendo conocido la radio pronostica la televisión y hasta un proyectofotocopizador que trasmite imágenes en tres dimensiones, todo tratado con no demasiada visión de futuro. Pongo un ejemplo: es capaz de suponer que la técnica de las comunicaciones va a cambiar y hace que el pregonero sea sustituido por "parlófonos" municipales, mas no imagina que vaya a cambiar la naturaleza misma de la comunicación entre los regidores de un Ayuntamiento y sus administrados. No es cosa de él solo, suele ocurrir que el futuro sea nada más que una extrapolación del presente.

En 1928 volvió a imprimirse El credo y la razón y en los últimos meses de 1929 aún se publicó otra edición de la primera parte de La desterrada de la Tierra, subtitulada ahora "novela de aventuras extraterrestres". Y, cuando parecía que el autor ya no haría otra cosa que reediciones, en 1931 publicó todavía El peligro comunista: sus causas y sus resultados, "ensayo político social", editado por Regina.

Sé que, siendo teniente, casó el 14 de febrero de 1884 con Doña Elisa Garrido Villasán, natural de La Coruña y seis años más joven que él, pasando la licencia de matrimonio en Valdepeñas, provincia de Ciudad Real, y todos los datos de que dispongo indican que no tuvieron hijos.

En 1898, a su regreso a la Península, se instalaron en Madrid, en la calle de Velázquez nº 40, y en 1914 se trasladaron a un bajo de la de la Princesa nº 12 -lo que debió facilitar la venta directa de sus libros-, cuyo arrendamiento costaba 200 pesetas al mes y donde tenían una doncella, Petra, y una cocinera, Andrea, que cobraban 40 pesetas cada una, según el Padrón Municipal de entonces. En esto se iba la mitad de los haberes del coronel, que ganaba 600 pesetas al mes, por lo que no le vendrían mal los ingresos que pudieran proporcionarle sus escritos.

Falleció en Madrid el 13 de julio de 1933 en el nº 14 de la calle de Blasco Ibáñez, a los 76 años de edad, dejando dispuesto que así se hiciera saber al Ejército para que lo consignara en su Hoja de Servicios y al Ayuntamiento para que lo hiciera en el Padrón Municipal, donde he encontrado estos datos y algunos más.

LOS ILUSTRADORES

Rafael Romero Calvet, "el otro Durero", nació en Marbella (Málaga) en 1886, de familia muy humilde. A los 11 años ingresó en la Escuela de Artes y Oficios de Málaga, donde estudió algo de dibujo, y pronto se trasladó a Madrid para trabajar como ilustrador de libros y revistas, hasta que Eduardo Zamacois le encargó la realización de las cubiertas de El cuento semanal: como eso le daba para comer, hizo ya pocos trabajos remunerados, aunque pintó algunos excelentes cuadros que sólo mostraba a sus más íntimos. De carácter solitario y retraído, perteneció sin embargo a la tertulia pombiana de Ramón Gómez de la Serna y su dibujos, junto con los de Bertolozzi, contribuyeron a darle el perfil con el que se la conocía. A los 37 años perdió la razón y fue recluido en una casa de salud, donde fue víctima de una parálisis progresiva y falleció. Escribió algunos cuentos exóticos, más cercanos a la fantasía macabra que a la proto ciencia ficción.

Emiliano Nombela Campos, hermano del escritor Julio Nombela, nació en Madrid. Pintor y dibujante, fue discípulo de Emilio Sala y de Wolf. Además de sus trabajos de ilustración, produjo excelentes óleos y aguafuertes, que basó en el predominio del color, dedicándose con igual mérito a la pintura de género y al retrato y el paisaje. Concurrió con éxito a varias exposiciones.

Federico Avrial Alba nació en Madrid en 1896 y fue un pintor que estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Fue discípulo de Sorolla y destacó sobre todo en el paisaje. Participó en exposiciones, tanto individuales como colectivas, y concurrió a certámenes y concursos artísticos, en algunos de los cuales obtuvo menciones honoríficas.

Máximo Ramos López nació en La Graña, cerca de El Ferrol (Coruña) en 1880 e inició muy joven los estudios de marino, como su padre y la mayoría de los varones de su familia. Mas, a los 17 años, se quedó huérfano y, para ganarse la vida, se dedicó a su afición: dibujar. A los 30 años, ya casado, marchó a Méjico y Cuba y, cuando regresó a España, colaboró en varias revistas, llegando a ser redactor jefe de La Ilustración Española y Americana. Durante la guerra civil y la posguerra fue historietista de tebeos como Flechas y Pelayos, donde publicó la serie "Aventuras de Quico y Caneco". Grabó, pintó, dibujó e ilustró, estando representado en varios museos. Ganó medalla en la Nacional de Bellas Artes durante la República (1934) y el franquismo (1941). Murió en 1949. El Ayuntamiento de Ferrol ha instituido un premio de grabado que lleva su nombre.

Mariano Pedrero López nació en Burgos en 1865. Cursó estudios artísticos en la Escuela Provincial, llamada del Consulado, y literarios en el Instituto de la ciudad, para graduarse luego en Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca. Como pintor destacó por sus paisajes y, en sus muchos viajes por España y Europa, dejó hermosos apuntes a pluma y la acuarela de numerosas ciudades. Como dibujante ilustró gran cantidad de libros, colaboró asiduamente en las revistas más importantes y creó carteles publicitarios y propagandísticos. Celebró exposiciones de su obra y concurrió a certámenes, en los que fue premiado. Murió en Madrid en 1927.

 
Mariano Pedrero López
 

Juan Pablo Bocquet Bertran nació en Barcelona en 1904 y falleció en la misma ciudad en 1966. Como dibujante se especializó en la ilustración de novelas románticas y de aventuras, con frecuencia en mundos exóticos, e introdujo en España el llamativo estilo americano en las portadas de diversas revistas y cubiertas de libros. Fue también historietista. Entre otras numerosas publicaciones, colaboró asiduamente en Lecturas y El Hogar y la Moda.

 

 
 

 

 

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