Presentación
Apuntes
Artículos Biblioteca
Contacto
 
 

Juan Iturralde y Suit, escritor, historiador, paleontólogo y pintor, siempre circunscrito al ámbito del antiguo Reino de Navarra, nació en Pamplona en 1840 y falleció en Barcelona en 1890, antes de cumplir los cincuenta años. Abandonó los estudios de una ingeniería por motivos de salud y, a instancias de su padre, que era Director de Banco, cursó la carrera de Comercio en Burdeos y París, donde también prendió a pintar y dibujar.

De vuelta en Pamplona, de cuyo Ayuntamiento fue concejal en varias ocasiones, en 1878 fundó la Asociación Euskara de Navarra, antecesora de la Sociedad de Estudios Vascos, y su órgano de prensa, la Revista Euskara. Fue correspondiente de las Reales Academias de la Historia y de San Fernando.

Realizó una gran cantidad de trabajos históricos y escribió sobre leyendas de Navarra, en publicaciones que abarcan la totalidad de la prensa vasca de la época. Además, al decir de su gran amigo Arturo Campión, en su casa se conservaban 150 óleos suyos, paisajes de su tierra y copias de cuadros célebres, así como numerosos dibujos a pluma. Descubrió dólmenes donde se creía que no existían e hizo excavaciones arqueológicas, en una labor continuada, sólo interrumpida por la Segunda Guerra Carlista.

En el índice del volumen del que he tomado La ínsula de los Penelópides 1 sorprende en principio encontrar esta antiutopía entre tantos relatos dedicados a temas navarros. Leyéndolos, sin embargo, se observa que hay seis o siete sátiras sobre los gobiernos europeos. Dejó escrito su autor que pertenecía a la especie de sátira política que tan sonoramente chasqueó en "Las santas misiones de El Imparcial".

Esta su primera edición es una recopilación tardía de sus cuentos, pues el que nos ocupa está fechado en octubre de 1882. Se iniciaba entonces la era de las grandes utopías socialistas o anarquistas, y se trata además de una infrecuente utopía negativa, por lo que Iturralde navegó por dos veces contra corriente, con un pensamiento conservador expresado con tal vehemencia que casi podríamos hablar de literatura de combate 2.

La historia se inicia como la de tantas utopías de insularidad. Un viajero arriba a la playa de una isla desconocida, mientras que los demás pasajeros y tripulantes del barco perecen todos ahogados.

Lo que ve son llanuras y colinas sin un árbol ni un arbusto, ni siquiera una yerbecilla. Al rato observa que se dirige hacia él un individuo gordo y sonriente, vestido de un modo estrafalario. Lo mira y le dice que conoce en el misérrimo aspecto de su rostro y su destrozado traje que es español t le. Le habla en su lengua porque en esa isla se hablan todas.

Creía el viajero haber llegado a una isla desierta y le dice su interlocutor que no lo es, aunque lleva camino de serlo, pues los malditos indígenas emigran refunfuñando, sin apreciar las excelencias de las leyes que les dan los penelópides, así llamados, es de suponer, por su tejer y destejer como Penélope.

-Así que es usted un político.

-Aquí lo somos todos,

-Como en mi tierra.

Pero mi especialidad es restaurar. Mis colegas y yo lo restaura todo, las leyes, las costumbres, los idiomas, los monumentos, los ríos, las selvas, las libertades y las tradiciones, todo.

-¡Hermosa misión!

- Calle usted, hombre. Nosotros construimos lo más respetable de esta hasta ahora decadente sociedad. Amamos a este país con el delirante amor que Saturno profesaba a sus hijos... Sentémonos a la sombra de las frondosas selvas seculares que aquí huno en la odiosa época del oscurantismo y escuchadme.

-¿Frondosas?

-La observación de usted es la voz del ignorante. Estos campos se repoblarán, mas para ello era condición indispensable que antes se despoblaran. ¿Cómo restaurar lo que no está arruinado? Esa es la base de nuestro sistema. Nosotros, elevándonos sobre el nivel vulgar de las inteligencias, dejamos destruir, o destruimos, los venerados y soberbios monumentos de la religión y de la patria, después recogemos algunas piedras y constituimos curiosísimos museos con ellas. Aventamos bibliotecas formidables y rescatamos páginas de ediciones descabaladas.

Sigue largamente este parlamento, con sarcasmos crueles sobre la justicia y el clero, que el viajero remata diciendo:

-Vamos, lo mismo que en ciertos países que yo me sé. ¡Ustedes merecerían ser europeos!

E iba a proseguir el penelópide cuando llega corriendo un hombrecillo que le entrega un papel:

-Se necesita nuestra constancia y abnegación para no echarlo todo a perder. Me avisan de la capital que un mar furioso lo invade todo y amenaza con sepultar el país entero a consecuencia de haberse demolido los grandes diques que lo contenían.

El desgraciado echó a correr, pero ya era tarde. Una masa inmensa de agua crecía sin cesar y avanzaba sepultándolo todo. No había un árbol ni una construcción a que subirse, no había salvación... Despertó entonces el protagonista, agarrado a los barrotes de su cama y bañado en sudor.

Y concluye el autor:

-¿No es la historia inverosímil de esa ínsula fantástica la historia de nuestra vieja Europa? ¿No contemplamos también aquí la inundación que avanza y continuamos, sin embargo, derribando estúpidamente los diques destinados a contenerla?

NOTAS

1. Iturralde y Suit, Juan. "La ínsula de los Penelópides" en Obras I. Cuentos y leyendas navarras, Edit. Minoztoa, Pamplona, 1990, pp. 329-338.

2. Esta vehemencia se muestra en su plenitud en una breve pesadilla que vuelve a sufrir el protagonista al despertar del sueño insular. En ella cree escuchar cantares obscenos y blasfemias, vocear de periódicos revolucionarios con la relación de los salvajes atentados anarquistas, incitaciones al saqueo y el asesinato e invitaciones a la asistencia a congresos librepensadores y espiritistas. La he omitido porque sobraba, la historia está mejor sin ella.

 

 
 
 

© Augusto Uribe. No está permitida la reproducción de los contenidos de esta web sin el permiso expreso del autor.