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I. UN VIAJE A MARTE PASANDO POR DEIMOS Y FOBOS

La literatura de fascículos estaba pendiente de estudiar en tiempos de Unamuno, como él denunció, y sigue estando igual. El 8 de abril de 1933, J. Sanxo, después Sancho [1], editor de Barcelona, puso a la venta el primero de los 24 cuadernillos de la colección Nick-Fox, titulados Un viaje al Planeta Marte, a los que habían precedido los 16 de la misma colección Un viaje al Polo Norte. Su aparición no la he visto recogida en ningún sitio ni quizá se reseñó por nadie.

Sanxo tenía su Casa en la Rambla de las Flores 30, 11, y los fascículos, que salían cada sábado y se vendían en quioscos al precio de 10 céntimos, estaban descuidadamente impresos por la propia editorial en Montserrat 6: tampoco su precio permitía grandes lujos. Contenía cada uno la cubierta en cuatricromía y doce páginas más, diez de texto y dos de ilustraciones a página entera de 17x12 ó 18x13 cm., que no venían desbarbadas.

El autor de los textos, W. Barrymore, sólo se cita una vez y sin apenas relieve [2], al principio del primer episodio, y lo tengo por seudónimo de un escritor español: no sólo no aparece en publicación extranjera ninguna, sino que utiliza expresiones que no son traducciones sino originales castellanos, además de que el primero de los protagonistas es español. Fue un desconocido predecesor de los muchos que escogerían luego un pen name anglosajón.

Las cubiertas e ilustraciones son obra de Alberto Mestre Moragas (Barcelona, 1896-1973), que se especializó en el dibujo deportivo [3]. Fue también autor de la colección de cromos "Un viaje a la luna", aunque los más conocidos de entre los suyos son los que componen la "Historia de Catalunya", de chocolates Juncosa. Tenía un trazo ágil y estaba dotado de bastante imaginación.

El 2 de enero de 1920 el Chicago Tribune publica la noticia de que el profesor J. H. Whites, de la Universidad de Harvard, ha descubierto que en Marte existe una extraordinaria cantidad de carbono y que deben encontrarse en él diamantes de un enorme tamaño, y esa misma tarde cinco ingenieros deciden viajar al planeta rojo, el simpático español Juan Recio, un inglés, un italiano y dos americanos.

Para su desplazamiento proyectan y hacen construir un sideroplano, un vehículo formado por una parte central habitable, consistente en un cilindro de quince metros de longitud por cinco de diámetro, y dos conos de dos metros y medio que rematan sus extremos y donde se ubican los motores: su peso total es de 25 toneladas. Para soportar las temperaturas extremas de su calentamiento por el roce con el aire, primero, y el frío interplanetario, después, está construido a la manera de los termos en que se conservaban los alimentos calientes o fríos.

Son conscientes de que el cuerpo humano no podría resistir la aceleración producida por un disparo del proyectil, a la manera de como lo imaginó Julio Verne, por lo que deciden propulsarlo con motores a reacción, los traseros para impulsarlo y los delanteros para frenarlo, ayudados aquéllos por un empuje inicial.

Idean primero que el sideroplano sea lanzado desde una rueda gigante que gire a gran velocidad, mas vista la imposibilidad de resistir la fuerza centrífuga a que daría lugar, deciden lanzarlo desde un armazón vertical, a la manera de como hoy se hace, aunque favoreciendo la partida mediante la liberación de unos también gigantes resortes metálicos situados en la base del ingenio. El combustible empleado está fabricado con derivados del radio.

Contratan a un mecánico y un cocinero, cargan provisiones, medicamentos, toda clase de armas, explosivos y, en un detalle wellsiano, hasta cepas de los microbios más letales de la Tierra, y parten el 24 de octubre de ese mismo año. Acelerando constantemente a razón de un g, alcanzan pronto su velocidad de crucero, que es de 40 kilómetros por segundo, 144.000 kilómetros por hora, y al cabo de doce días salen de la influencia de la gravedad terrestre para entrar en la marciana, momento en que le techo se vuelve suelo y viceversa, para lo que están perfectamente equipados: los muebles son todos reversibles. Supone el autor que Marte es seis veces más pequeño que la Tierra y de ahí que la inversión de gravedades no se realice en el punto medio de la trayectoria sino en este otro, correctamente calculado.

 

Ni qué decir tiene que el sideroplano no posee mecanismo alguno de corrección de dirección, Marte los atrae y sobre él caen al cabo de 17 días y unas horas. Caen suavemente pero no tanto como para que no se dañen los motores del cono que impacta sobre los árboles de un bosque.
 
Abren la portezuela, comprueban que el aire es respirable y la gravedad menor, y se recrean en la contemplación de un paisaje en que todo es rojo. Cazan su primera presa alienígena, una especie de gallina, y se la comen con gusto después de tantos días sin probar carne fresca. A continuación deciden pasar la noche al caluroso aire libre y todos duermen sobre la hierba a pierna suelta, sin disponer ni un solo centinela.

Cada fascículo contiene su aventura, siempre en relación con seres exóticos, en su mayoría implausibles, aventura que en éste corresponde a unos enormes murciélagos vampiros que les hieren de consideración y ponen en peligro sus vidas, aún defendiéndose con sus armas de fuego y cuchillos de monte, hasta que consiguen ahuyentarlos encendiendo una hoguera.

A la mañana siguiente encuentran a sus primeros marcianos, unos homínidos de escasa talla y aspecto un tanto ridículo, pues sus caras son como de pájaro y parecen presentar una permanente mueca de espanto. Su pelo es rojo, así como el manto que visten y el gorro frigio con que se tocan, que refulgen al sol porque están tachonados de diamantes.

Son sumamente pacíficos y amistosos y los conducen a las casas de plata bruñida en que viven, casas sin puertas ni muebles, con sólo un armario en que guardan las ánforas que contienen los líquidos con que se alimentan y unos amplios divanes. No hay otro mobiliario, ni cocinas ni baños, ni relojes, ni libros ni periódicos. Tampoco se ven por ninguna parte viejos o niños, ni jefes o agentes de la autoridad.

Por la noche los terrícolas duermen en una de esas casas donde son visitados y tocados por unos seres a los que llamarán "fantasmas" porque resultan invisibles. Si encienden una cerilla ven la llama pero su luz no penetra en las tinieblas, y lo mismo ocurre con las linternas eléctricas. Cuando consiguen hacérselo entender a los marcianos amigos, éstos reaccionan aterrados gritando "¡Balaoo!, ¡Balaoo!".

 

Una muchacha con la que han intimado, Endeya, se atreve a conducirlos hasta las cercanías de donde se supone que viven estos balaoo. Llegan a un pozo de 20 metros de diámetro y 500 de profundidad, cerrado en su parte inferior por una plancha metálica, y, cuando están examinándolo, el suelo se hunde bajo sus pies y descienden esos 500 metros, para al cabo de un rato volver a subirlos, como si de un ascensor se tratara.

Y, tras varios intentos infructuosos de ver a esos seres, vuelven al sideroplano para descubrir con horror que ha desaparecido, alguien se lo ha llevado. Se dedican entonces a aprender la lengua del planeta y, cuando lo consiguen, se enteran de que los habitantes de la superficie hace tiempo que no trabajan, no viajan, no poseen nada y ni siquiera saben leer ni escribir, aunque guardan los viejos objetos en un almacén: lo visitan y hay allí toda clase de herramientas, aperos de labranza y gran cantidad de libros.

Van conociendo la historia de este pueblo hasta que una noche son tomados por los balaoo y conducidos al pozo, donde los recibe un anciano de porte magnífico que los saluda en correcto inglés, lengua que han aprendido del americano John Carter, que tuvo amores con una princesa marciana sesenta años antes.

Tras pedirles perdón por las bromas que les han gastado y tranquilizarlos respecto a la suerte del sideroplano, les explica que ellos son los "obreros", que llevan muchos siglos viviendo bajo tierra, y los otros son los "señores", que efectivamente fueron en tiempos sus amos y los redujeron a la esclavitud, pero ahora dependen en todo de ellos para sobrevivir.

Es el exacto esquema de La máquina del tiempo de Wells y, quizá aún más, de Elois y Morlocks de Mendizábal [4], con la diferencia de que éstos no son feos y brutales, sino que el trabajo y el estudio los ha hecho progresar frente a la holganza permanente de aquéllos. La sustracción de la nave por parte de los balaoo/morlocks es la misma, la muchacha Endeya juega el papel de la Weena clásica, el almacén hace las veces del museo en que se guardaban las cosas antiguas y hasta el tiempo de la Nueva Era, cerca de un millón de años, se corresponde con el año 802.701 de Wells y Mendizábal.

El autor posee una cierta formación pero la trama no es bastante para sostener tantos fascículos, así que, en los episodios siguientes, va a hacer volar su imaginación sin límites, sacrificando hasta el mínimo rigor a la emoción de la aventura desbordante.

El anciano, de nombre Alión, les muestra verdaderas maravillas, entre ellas la "luz sólida": con su herramienta favorita, los imanes, son capaces de tomar cualquier sustancia, entre ellas el fluido lumínico que llega del sol, reducirla a un tamaño muy pequeño suprimiendo los espacios intraatómicos, y almacenarla. Coge un pedazo de luz sólida y lo hace encenderse, produciendo una verdadera luz solar que tardará siglos en extinguirse.

Sus descubrimientos son muchos y notables hasta lo prodigioso. Los invita a visitar la luna Deimos, a donde viajan en una esfera propulsada por la fuerza que mueve los astros y que son igualmente capaces de aprendeher. Allí viven varias razas, algunas de las cuales tienen un poder muy superior al suyo.

 

Aterrizan en Deimos en una mañana de cielo azul con sólo algunas nubes en el cielo, y todo lo que ven es exótico y colosal: cualquier planta o animal es diez veces más grande que en la Tierra porque su naturaleza está intocada por el hombre. Entre los árboles los hay que viven muchos miles de años y dan fruto una vez cada cien, pero la ingesta de este fruto supone una fuente de energía inagotable para el organismo. Otros tienen una flor que, al abrirse, deja escapar un líquido que se solidifica enseguida y se utiliza para fabricar armas y vestidos.

La fauna no le va a la zaga a la flora. Al llegar a un canal -los de Deimos son más chicos que los de Marte- encuentran a un amenazador monstruo antediluviano semejante a un plesiosaurio y han de matar a un pájaro gigante y espantoso que les ataca. En cambio, un elefante tan pacífico como enorme, que obedece a la voz de Alión, les ayuda a salvar un obstáculo para ellos infranqueable.

El autor no concede tregua al lector y pronto se topan con los primeros nativos inteligentes del satélite. Son a modo de tortugas de caparazón carnoso, con un solo ojo con el que miran fijamente a sus visitantes. Alión entra en comunicación con ellos y se ponen en marcha como avanzadilla de la expedición, para pronto desaparecer en una grieta cuando el suelo se abre en una erupción volcánica.

Encuentran más tarde a los alakus, semejantes a los anteriores pero que han aprendido a sostenerse erguidos sobre sus patas traseras. Un aerolito que atraviesa la atmósfera de Deimos produce una succión del aire que deja sin resuello a los terrestres, pero los alakus los socorren atrayéndolos a una zona con aire respirable mediante una fuerza desconocida e invisible.

Penetran en sus dominios donde les muestran sus maravillosos secretos, entre ellos el de la fuerza que los ha salvado. Finalmente, nuestros protagonistas se embarcan en su esfera muy a tiempo, pues acaban de despegar cuando ven cómo otra erupción volcánica lanza por los aires a gran cantidad de alakus.

Parecería que se habían ganado un merecido reposo, pero se encaminan de inmediato a Fobos. En esta otra luna las erupciones volcánicas son tan intensas y frecuentes que la superficie del astro está completamente mineralizada, brillando en ella deslumbrantes el oro y el cobre, la plata y el plomo, rodeada permanentemente por una nube de gases tóxicos, por lo que han de descender con escafandras y botellas de aire comprimido. Tiene también habitantes inteligentes e igualmente de un solo ojo, aunque están menos desarrollados que los de Deimos y, siendo la superficie de Fobos inhabitable, viven en cavernas.

Penetran en una de ellas y allí aparecen unos seres negros e informes, que se arrastran por el suelo, pero que los contemplan con la mirada inteligente de su gran ojo inmóvil. Una erupción hunde el suelo de la cueva y unos desaparecen en el abismo mientras otros consiguen ganar otra caverna a través de una estrecha abertura en la pared por donde los siguen los marcianos y los terrestres.

El capítulo se titula "A dos dedos de la muerte", mas todos podrían llamarse así, porque siempre están a punto de perecer, particularmente el cocinero, que, siendo el último en la escala social del grupo, marcha siempre en último lugar. El ruido es infernal, semejante a los aullidos de los perros que acompañaron a Dante a los infiernos, escribe el leído autor.

Son atacados por una legión de animales parecidos a serpientes o grandes lombrices con el cuerpo rematado otra vez por un solo y grande ojo, bichos que enfrentan a martillazos, cuidando que no se arrollen a sus cuerpos y habiendo de matarlos a todos.

Entonces la caverna comienza a inundarse y las aguas van subiendo de nivel con rapidez, amenazando con ahogarlos, hasta que ya entregados a la muerte, la presión hace saltar el techo por los aires y quedan libres, para constatar que apenas les resta aire. Se encaminan a toda prisa a la esfera y esta misma prisa les impide aproximarse para ver de cerca a un pájaro colosal que echa llamaradas de fuego por la boca.

Uno respira con los expedicionarios a bordo, pero sólo han ido a tomar repuestos de aire. Descienden de nuevo a la superficie de Fobos y, sorteando los cráteres llameantes que aparecen en el suelo, se van a buscar al gran pájaro. Este inmenso animal tiene una boca por la que expulsa unas doradas chispas ardientes que parecen piedras preciosas, aunque cuando las recogen comprueban que son sólo la baba cristalizada del ave.

   

En ésas están cuando el pájaro levanta sorpresivamente el vuelo, coge al cocinero con sus garras y se lo lleva por los aires. Lo persiguen con la esfera, consiguen chocar contra él y desde una ventanilla del vehículo agarrar las piernas del cocinero. Después, un tiro en el ojo del monstruo hace que éste suelte su presa.

Al infeliz cocinero ya lo han rescatado cuando estaba asido al borde de una grieta sin fondo, cuando una gran serpiente se arrolló a su cuerpo y en alguna peripecia más, pero ahora está muerto. Eso creen al menos sus compañeros, que se disponen a enterrarlo, pero Alión, dando muestras una vez más de la maravillosa tecnología de los "obreros" marcianos, lo hace revivir con una máquina extraordinaria que el autor describe con detalle. El proceso utiliza aire líquido conseguido según los procedimientos de licuefacción de los gases de Cailletet y Pietet [5].

Los terrícolas visitan detenidamente las fábricas y talleres que los "obreros" han construido bajo tierra, aprenden muchas cosas de ellos y deciden regresar a la Tierra, momento en que sus anfitriones los conducen hasta el sideroplano que han reparado y mejorado. Además, han dispuesto en él provisiones y una colección de diamantes que alcanzará un valor incalculable en la Tierra y les permitirá financiar la larga serie de logros científicos de su nuevo saber.

Antes de partir quieren ver de nuevo a los "amos" de la superficie, los "enanitos" que los recibieron a su llegada. La novela abandona entonces el ritmo de las aventuras trepidantes en Deimos y Fobos y recupera el esquema de Elois y Morlocks, pues Juan Recio, como hiciera Zacarías Blondel, el protagonista de Mendizábal, se empeña en reconciliar a "amos" y "obreros" antes de dejar el planeta y, por inverosímil que parezca tras una confrontación de miles y miles de años, termina por conseguirlo, misión en que juega un papel fundamental la decidida muchacha Endeya.

Se embarcan los terrícolas en el mejorado y mejor equipado sideroplano, se despiden entrañablemente entre promesas de volver a verse y ponen rumbo a la Tierra.

La imaginación del autor se ha agotado y los capítulos van perdiendo interés y se van haciendo más cortos, dejando los fascículos varias medias páginas en blanco. El sideroplano marcha tranquilamente y los terrícolas se complacen en el reencuentro con su gato, escuálido pero vivo, se extasían en la contemplación de los antiguos libros marcianos que les regaló Endeya y disfrutan ordenando sus valiosísimos diamantes.

Hasta que un día, cuando ya se acercan a la Tierra, un astro negro choca contra ellos y Nick-Fox se despierta en su cama gritando: "¡El sideroplano arde en el espacio! ¡No hay salvación!". Todo ha sido un sueño del muchacho y con este manido recurso se consigue que la novela forme parte de la colección Nick-Fox.

NOTAS

1. Los fascículos 1 a 16, que incluían en la cubierta posterior un resumen de Los mundos planetarios de Flammarion, aparecían editados por J. Sanxo. Los fascículos 17 a 24 incluían publicidad y el editor era J. Sancho.

2. Ninguna de las demás colecciones de fascículos aparece firmada, ni la citada Un viaje al Polo Norte, ni la anterior Aventuras de un boy-scout en Marruecos, ni la posterior Los pequeños mosqueteros, ésta ilustrada también por Mestre. Sí aparecen firmados los libros de la colección Joyas Infantiles de Sanxo por Agustín Piracés, el autor de la novela de ciencia ficción Rinker, el destructor del mundo, o José Polo Barbero, pero no hay dato que permita atribuirles estos fascículos.

3. Sanxo publicaba desde 1926 la revista "Información Deportiva" en la que colaboraba Mestre.

4. Ver los Apuntes dedicados a las proto-maquinas del tiempo españolas.

5. Se trata de dos investigadores realmente existentes, Louis Paul Cailletet y Raoul Pietet, en un recurso frecuente para poner un toque científico en la narración y hasta hacerla más verosímil.
 
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