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Ii. UN VIAJE A MARTE LLEGANDO A BETELGEUSE

Con igual título de Un viaje al planeta Marte de Sanxo Editor aparecieron un poco antes [1] otros 24 fascículos de similar factura, que publicaba Ediciones Marco [2] y se vendían también al precio de 10 céntimos en quioscos. Tenían cuatro páginas más que anteriores y las portadas, al igual que las ilustraciones interiores, aquéllas en color y éstas en negro, estaban dibujadas, que no firmadas, por Farell [3].

No se menciona el nombre del autor, que fue español, como todos los demás de su estirpe. Como anécdota, a un ignorante muchacho caucasiano se le escapa decir "¡Por el santo Cristo de Limpias!". Más concretamente, debió ser de habla catalana: lo delatan vocablos como el coloquial "engrapar" por coger o solecismos como picar de pies por trasposición literal de "picar de peus".

Escrito de mi cosecha lo anterior, leo en "El desván del abuelito" que este autor bien pudo ser José Canellas Casals, "hombre clave en la ciencia ficción demente y popular" de los años 30 y 40, "prolífico de argumentos locus", que fue colaborador habitual del editor Tomás Marco. He leído su novela de ciencia ficción Después de la bomba de hidrógeno y he visto alguna más, que no todas, pues sólo en el catálogo de Blasi figura con más de treinta. En Los buscadores de diamantes en la Guayana venezolana he encontrado algunos difusos datos biográficos suyos.

Abandonó el hogar paterno a los trece años, movido por su afán por la aventura, y desempeñó muchos oficios, uno al menos en Sabadell. Escribe, pinta, toca el violoncelo y se vuelve un estudioso, cuando había sido todo lo contrario en su juventud. Se convierte en director de una editorial, publica gran cantidad de literatura infantil y es guionista de cine: suyo es el argumento de La escuadrilla del Pacífico, protagonizada por Kent Taylor, Ray Milland y Wendy Barrie, dirigida por H.C. Potter y producida por Hispano American Films.

Viaja por Francia e Italia y llega hasta Canadá, los Estados Unidos y el Caribe, donde es capataz de negros, para internarse luego en las selvas de América del Sur como buscador de diamantes.

 

El ilustrador Marc Farell Jorba, nacido en Sabadell en 1902, empezó dibujando para publicaciones infantiles y en 1925 ganó el primer premio del concurso de historietas organizado por la revista Lecturas. También se dedicó a la ilustración de libros y en 1948 ganó el concurso de la I Exposición Ex-libris de Igualada. Precisamente para la iglesia de los capuchinos de Igualada, así como para la de los escolapios de Mataró, pintó algunos frescos.

Se trata de una novela de aventuras, dirigida a un público juvenil, donde los protagonistas han de estar en inminente peligro de horribles torturas y muertes no menos de una vez por fascículo: Atados a dos lanzas en el cráter de un volcán, cuando la lava ardiente llega a sus pies, cae del cielo una nave voladora que los rescata sin levantar ni una ola que los abrasaría.

Aunque el autor derrocha imaginación, le falta coherencia y aun interés, a fuerza de que los acontecimientos fantásticos hasta la extravagancia se sucedan unos a otros con precipitación indigestible. Por otra parte, la violencia de algunos acciones es realmente bárbara: el autor se complace en la descripción del ensañamiento de los tigres de un asteroide con los cuerpos todavía vivos de loa hombres a los que han arrancado de una dentellada un brazo o una pierna y han abierto sus entrañas con sus garras, o narrando cómo los salvajes llegaban enristrando en sus lanzas la cabeza del último enemigo muerto. Júzguese, si no:

"Cogió a un salvaje por el pecho y apuntándole ambas manos, una a cada lado de las costillas, le abrió el tórax como si fuera una simple granada. Las entrañas del desventurado quedaron al descubierto repugnantemente.

"Luego, con una mano lo arrojó como un muñeco por encima de la multitud. Al pasar sobre los dos muchachos los roció con su sangre.

"A otro, de una dentellada horripilante le seccionó el cuello de cuajo."

Cuando se inicia la trama, el sabio físico Lyeman, de la Universidad de Teherán, lleva años preparando un viaje al planeta Marte. Los periódicos publican la noticia de que un prestigioso astrónomo francés ha descubierto que las montañas marcianas están compuestas de oro y diamantes, y el profesor recibe a la par dos noticias: una, que la "Banda de los Tres Tigres" le conmina a abandonar su proyectado viaje, pues van a hacerlo ellos, y la otra, que los marcianos han respondido por fin a las llamadas que repetidamente les ha lanzado desde la Tierra, enviando un dibujo de dos globos unidos por una escalera y unos hombres que abren los brazos a la espera en el más chico.

Al profesor y su ayudante les falta tiempo para acercarse al vehículo que tienen dispuesto, mas antes de llegar a él reciben sendos disparos y caen al suelo en un baño de sangre. Los "Tres Tigres" suben sin perder minuto al que bautizan Fortuna y, moviendo la palanca que les parece más adecuada, aciertan y se remontan a las alturas.

Doy marcha atrás. El día anterior, al otro lado del Cáucaso, dos muchachos de Astrakán se han apoderado sin violencia de un globo en que un profesor ruso se disponía a emular las hazañas de Picard, que acababa de ascender a la estratosfera.  Uno es el trapisonda Benjamín, impetuoso e ignorante, y el otro el estudiante Isaak, el que todo lo sabe y proporciona a su compañero cuantas explicaciones pretende transmitir el autor a sus jóvenes lectores, en frases que suelen comenzar por "¡cáspita!" o "¡pardiez!": en una ocasión muy especial llega a exclamar "¡Por los sobacos de un mono!"

 

Suben a la barquilla del globo y en ella encuentran cuanto precisan, víveres, armas, oxígeno, trajes térmicos y demás. Cuando alcanzan los 50.000 metros de altura, batiendo todos los récords, deciden descender, pero la válvula que libera hidrógeno del globo se ha estropeado y siguen subiendo y subiendo hasta advertir con espanto que el balón se ha desprendido de la barquilla y su velocidad los ha hecho escapar de la atracción de la Tierra y navegar por los espacios interplanetarios.

Muertos de miedo, pasan por el estado de falta de gravedad y, según la socorrida teoría de que al salir de la influencia de la Tierra se entra automáticamente en la del planeta siguiente, caen sobre Marte. Dice Isaak a Benjamín que están a 78 millones de kilómetros de la Tierra, pero no se sorprenden de haberlos recorrido en poco más de un día.

Caen sobre un río y descubren con satisfacción que la atmósfera de Marte es respirable y el agua del río potable, divisando desde la orilla un paisaje desolado y rojo, en un mundo en que no crece ni una brizna de hierba ni vive un solo animal. Una tempestad les obliga a refugiarse en una cueva en la ladera de un monte y, dentro de ella, ven con asombro que sus paredes están cuajadas de diamantes. Y en esas están cuando se presenta ante ellos un hombre de porte noble y amistoso que les dice lentamente: "Asia... Oceanía... África... Europa..."

Asienten a lo último y el marciano continúa: "¿Sois españoles, franceses, ingleses, italianos, rusos...?" Ante un nuevo asentimiento, comienza a hablarles con fluidez en esta lengua, explicándoles que han asimilado la instrucción transmitida desde la Tierra por el profesor Lyeman y les pregunta por qué no ha venido él, a lo que los desconcertados muchachos optan por no responder.

Descienden a las profundidades donde están obligados a vivir los marcianos porque las tempestades de la superficie son de una violencia irresistible y traen consigo lluvias torrenciales de ácido sulfúrico. Y, de sorpresa en sorpresa, advierten que todos los marcianos han aprendido las lecciones recibidas y hablan las lenguas de la Tierra. Les muestran una cámara repleta de máquinas imponentes y aparatos desconocidos, que es el "mecanismo" del planeta, y tras esta cámara se abre un mundo maravilloso de espléndida vegetación y hermosas corrientes de agua.

Cuando están más extasiados en su contemplación, el nativo recibe la noticia de que algo ha caído sobre el cercano lago Naha y los tres se encaminan hacia allí para encontrarse con que descienden del Fortuna los "Tres Tigres", uno de los cuales se hace pasar por el profesor asesinado.

 

 

Recorren el camino que antes recorrieron Isaak y Benjamín y uno de ellos, al ver los diamantes, se lanza sobre ellos y, fuera de sí, desenfunda su pistola y mata al marciano. Cuando llegan los demás, los bandidos culpan a los chicos de su muerte y, como las circunstancias parecen acusarlos, huyen a refugiarse en el proyectil. Suben a él, lo ponen en marcha y comprueban horrorizados que no pueden dirigirse a la Tierra porque los bandidos se han llevado la palanca que pone en funcionamiento los cohetes, así que simplemente se elevan y aterrizan al otro lado del planeta.

Se demoran en unas luchas y los bandidos recuperan la nave, regresan al lugar en que se hallan los diamantes y aceptan encantados la oferta del jefe supremo de los nahó de mostrarles los grandiosos tesoros de su pueblo, regocijándose por adelantado de lo poco que le queda de vida, pues, en cuanto alcancen los tesoros, le clavarán un cuchillo en el corazón y escaparán a la Tierra con el botín.

En la cámara se ha hecho el vacío, por lo que todos han de vestir trajes que el autor dice "como de buzo". Los bandidos ven con espanto que no pueden moverse dentro de los suyos y con no menor espanto oyen decir al jefe que él no es un marciano, sino un jupiterino que llegó como ellos a Marte para robar sus riquezas, mas su nave sufrió daños en el aterrizaje que no ha podido reparar. Ahora va a utilizar el proyectil de fabricación terrestre para regresar a su planeta. Les quita la llave de la puerta y la palanca que acciona los motores-cohete y los tres facinerosos se quedan allí inmovilizados. No vuelven a aparecer y sólo al final se sabe de ellos que se despeñaron y murieron.

Nuestros dos jóvenes exploradores demuestran su inocencia y son entregados al cuidado y compañía de dos hermanos nahóde su edad, Fedor y Ruzbel, con los que van a correr aventura tras aventura. Las primeras son semejantes a las que pudieran correr en la Tierra quienes se internaran en lo profundo de la selva y se toparan con hombres salvajes y bestias espantosas; las segundas tienen lugar cuando penetran en el espacio profundo y, a pesar de fascículos con títulos tan sugestivos como "Un bólido errante" o "El sol gigante", ya no encierran la misma acción, el autor no está en su elemento.

Todavía en Marte son hechos reyes de Khind-Hal por unos seres bárbaros que se abalanzan sobre su antiguo soberano, lo patean salvajemente y terminan por separarle la cabeza del tronco con una enorme cuchilla: como son antropófagos ofrecen a los muchachos la carne aún palpitante del hombre al que poco antes han visto descuartizar vivo.

Mientras aguardan una ocasión para huir, rodea el palacio una horda de jinetes que montan enormes monstruos de fábula con cuerpo de caballo y cabeza de dragón y ellos mismos son gigantescos engendros infernales que portan lanzas cuyas puntas enristran la cabeza del último enemigo muerto; arrastran una descomunal ballesta mecánica que arroja piedras de tal tamaño que atraviesan los muros y destrozan a muchos salvajes.

Isaak y Benjamín conducen a la batalla a los doscientos fieles que les restan y éstos atacan con tal ímpetu que más de uno atraviesa al tiempo con su lanza a una montura y su jinete.

Cuando los caballos-dragón empiezan a despedir lenguas de fuego por sus bocas, unos y otros forman un amasijo sanguinolento y humeante, momento que aprovechan los muchachos para escapar.

Vueltos entre los nahó contemplan invenciones por encima de lo imaginable, paisajes cuya hermosura raya en lo inverosímil y hasta el interior de un volcán a través de una pared transparente. Después Fedor y Ruzbel los conducen en un abrir y cerrar de ojos a cinco mil kilómetros de distancia, a su lugar más sagrado, donde existe una salida secreta a la superficie.

 

Aun avisados de que abrir la puerta pondría en grave peligro a aquel pueblo, a Benjamín le pierde una vez más su curiosidad y la abre sólo un poco, pero lo bastante para que un salvaje lo coja, al igual que otro a Isaak, que ha querido socorrerlo. Son los hombres-bestias del episodio anterior y un par de ellos toman a los muchachos y se los van pasando de unos a otros al galope, como si de pelotas se tratara, hasta que llegan a la presencia de su brujo, un repugnante enano contrahecho, lleno de horribles tatuajes y cicatrices, que pronuncia unas palabras que llenan de júbilo a los guerreros.

Los arrastran al cráter de un volcán en cuyo fondo se levanta la estatua de un monstruo de cuatro cabezas y dos vientres, y en una de las cabezas huecas los dejan atados a dos lanzas, mientras el nivel de la lava ardiente sube hasta alcanzar sus pies y los vapores los asfixian. Entonces se precipita sobre la superficie líquida el Fortuna, tripulado por el jupiterino, de nombre Jeys, que abre la escotilla, rescata a los chicos y, con la ayuda de Isaak, soluciona sus problemas de vuelo y lanza la nave rumbo a su mundo natal.

La situación se complica cuando el proyectil se interna en el espacio de los asteroides y la colisión de dos de ellos en las cercanías del proyectil hace que la presión del éter varíe el rumbo de la nave y vuelva a dirigirse hacia Marte. Camino de Júpiter, cuando bajó la temperatura al alejarse del sol, el jupiterino se quitó el traje que lo protegía del calor y ahora Benjamín no le permite recuperarlo, por lo que se asfixia y muere. Los dos terrícolas abren por un instante una escotilla y lo arrojan al vacío, sin que los pequeños marcianos, que jamás han visto una muerte violenta, tengan nada que decir.

Pero no caen en Marte, sino en un asteroide, nuevamente en un cráter en el que son atacados por una bestia terrorífica, a modo de un inmundo dragón de dos cabezas al que consiguen aprisionar con la puerta cuando pretende penetrar en el proyectil, inmovilizarlo y cortarle al unísono los dos cuellos con otros tantos cuchillos. Para su asombro, de uno de los cuellos surgen dos manos y, al seguir abriendo el cuerpo del monstruo, aparece un salvaje al que hay que suponer que se tragó y que intenta matarlos, aunque es Benjamín quien lo mata a él.

No se termina ahí el fascículo, han tomado tierra sobre un cráter cuyo fondo se alza, aunque no se trata de un terreno movedizo, como al principio imaginan, sino de un gigantesco diplodocus, semejante al antediluviano carnegiei terrestre, que sale del cráter para regresar a él enfurecido, con dos gruesos venablos clavados en su ojos por un compañero del tragado.

El diplodocus ciego se deja caer sobre la nave impidiendo la salida a sus ocupantes. Isaak levanta un cristal, saca un cuchillo y se lo clava en el vientre, revolviéndole las tripas, con lo que la bestia se levanta y huye, pero el brazo del terrícola es aprisionado por una asquerosa serpiente de piel recubierta de púas espinosas a la que ha de cortar la cabeza Benjamín.

Salen del cráter y divisan un paisaje muy parecido al de la Tierra, de plantas verdes y un bosquecillo a lo lejos al que se encaminan, para ser capturados por otros salvajes, enanos y jorobados, a los que llaman barribas porque "¡Barriba!" es lo que gritan. Los cuelgan por la cintura de unas ramas altas y, cuando se disponen a torturarlos, alanceándolos desde el suelo, aparecen unos horrendos tigres que los acometen furiosamente, mientras los muchachos contemplan horrorizados desde su altura cómo se ensañan con los cuerpos aún vivos a los que han arrancado de una dentellada un brazo o una pierna o les han abierto las entrñas con sus garras.

Cuando se retiran los felinos, Isaak pacta por señas con el jefe de la tribu que, si lo bajen de allí, él les proporcionará lo que precisan para luchar contra los tigres. Ha visto unas rocas que contienen azufre, hace fuego con dos palos -lo que espanta y maravilla a los barribas- y construye un horno. Con el azufre como combustible y, a partir de otras rocas que contienen hierro, obtiene este metal líquido y lo conduce hasta unos moldes de tierra. Cuando se enfría el metal, entrega unos aros pesados a los barribas que éstos se sujetan a los tobillos: su falta de peso en la ligera gravedad del asteroide era lo que les impedía moverse con soltura y hacer frente a los tigres.

Los salvajes los toman por dioses y les ofrendan trozos de carne que dejan a sus pies en el suelo. Los chicos no los comen porque están sucios de tierra y eso les ofende de tal modo que su repulsivo jefe reta a Benjamín a un duelo en que las armas son muñequeras rematadas en una afilada hoja de quince centímetros de largo. Como era de esperar, el terrícola va a ser acuchillado por su oponente cuando, en un esfuerzo supremo y heroico, saca fuerzas de donde no las hay, se rehace y mata al jefe. Lo barribas lloran sobre su cadáver y los muchachos huyen al proyectil, saltando al espacio a tal velocidad que pronto se ven fuera del sistema solar.

Se cruzan con el cometa Halley, que lleva años recorriendo el camino que ellos han hecho en días, y siguen jornadas de incertidumbre y hambre: Ruzbel, que es quien guarda la llave de la despensa y prepara y sirve las comidas, informa de que se han agotado las provisiones. Al cabo terminan por caer en lo que no es más que una roca de hierro dentro de la atmósfera de un gran astro, donde Benjamín, Fedor y Ruzbel sacian su apetito comiendo un sabroso musgo: sólo son tres porque el Fortuna ha despegado en un movimiento incontrolado e Isaak se ha asido a un saliente para remontar el vuelo con él.

   

Consigue pasar a su interior antes de que salga de la atmósfera y navega desesperado hasta que, casualidad de las casualidades, como reconoce el propio autor, divisa a sus compañeros sobre la roca. Aterriza y Benjamín y Fedor salen a recoger musgo alimenticio en el momento en que la roca comienza a calentarse y resquebrajarse. Toman el musgo ya humeante y embarcan justamente cuando el hierro se funde y la roca se parte en pedazos. El proyectil no importa cuánto se caliente, explica Isaak, que no está claro cómo lo sabe, porque está construido con hierro refractario al fuego.

En su vagar por los espacios "una noche" oyen golpes en el casco, como si alguien los llamase, y después un grito desgarrador de Ruzbel. Por la escotilla de su habitación ha penetrado una espantosa garra gigante que se la ha llevado. Los chicos ven por otra escotilla que el raptor es un colosal gorila alado, contra cuya cabeza dirigen la proa del Fortuna, alcanzándolo de lleno, al tiempo que Benjamín sale de la nave atado con una cuerda y recoge a la preciosa nahó cuando el monstruo la suelta antes de caer muerto.

Todavía lo están celebrando cuando son rozados por manos invisibles al atravesar un mundo de espíritus, quizá se han encontrado con las almas que suben al cielo. Poco después son atraídos por un sol gigante cuyo calor los abrasa hasta hacerles perder el sentido. Cuando lo recobran se encuentran en un planeta tan caliente que los tres muchachos -no la muchacha- se despojan de sus ropas.

Isaak descubre que pertenece al sistema de Betelgeuse, en la constelación de Orión, y da razón de que su volumen es veintisiete millones de veces el de nuestro sol [4], explica lo que es el interferómetro de Michelson que ha permitido averiguarlo y proporciona toda clase de datos astronómicos... omitiendo que han llegado en días a una estrella que dista años-luz de la Tierra, viajando a una velocidad muy superior a la de la luz, lo que no tendría mayor importancia si no fuera porque también habla de ella nuestro escritor por boca de Isaak.

Es un mundo de maravilla, con un firmamento de vapores rojos en que brillan puntos dorados de luz, unos fijos y otros que se desplazan velozmente, a la manera de las estrellas fugaces que conocemos. Una vez más, el proyectil no se ha estrellado, sino que ha caído blandamente en un lago, donde son aprisionados de inmediato por los anillos de una serpiente gigante, a la que matan de un disparo, y atacados por un ave colosal, a la que igualmente matan y llevan a su despensa.

Embarrancan a orillas de una isla cuya superficie es una inmensa pradera verde salpicada de brillantes círculos dorados que refulgen como pepitas de oro. Benjamín se apresura a saltar a tierra para regresar todavía más de prisa, porque aquel suelo quema. Y de pronto surgen los hombres de costumbre, esta vez unos seres que no alcanzan el metro de altura, de cuerpo deforme y apergaminado, cabeza desmelenada, brazos cortos y contrahechos y pequeñas piernas sin pies, rematadas en aletas. No andan, saltan: saltan todos a la vez y de un modo incesante, tocando apenas el suelo.

Cuatro de estos saltones cogen a los muchachos a hombros y los llevan a su guarida subterránea, donde el jefe los conduce por pasadizos y laberintos hasta una cripta en la que se abre un pozo y los conmina a bajar por él. Aunque muy asustados, así lo hacen, para encontrarse pronto con que un saltón alado rapta a Ruzbel, sale volando por la boca del pozo y lo cierra.

Tras intentar en vano levantar la tapa, reinician el descenso con un calor abrasador y a oscuras, iluminados tan sólo por el leve resplandor que despiden algunas rocas. Al doblar un recodo Isaak cae a unas ardientes aguas humeantes y Benjamín y Fedor se desesperan en su impotencia en la oscuridad. Avanzan por una estrecha faja de tierra hasta llegar a una pared que les cierra el paso.

La situación es realmente angustiosa aunque el autor no se detiene a explotarla: con algo que sucede "de pronto", pasa rápidamente a otra acción, que en esta ocasión es la aparición de Isaak, que surge "de pronto" entre las aguas y el descubrimiento "de repente" de una salida: he siso injusto, no siempre es "de pronto", a veces es "de repente".

Sigue una larga descripción de la lucha entre los puák-puák leales y rebeldes, uno de los cuales, de nombre Guillermo, es el que ha raptado a Ruzbel, con cráneos destrozados, cuellos cortados, muchos golpes y mucha sangre. Un saltón retira una enorme piedra que contiene unas aguas y la cascada que se origina arrastra y ahoga a la mitad de los combatientes. Los rebeldes que consiguen huir se llevan a la muchacha consigo y, perseguidos por los leales supervivientes, van a dar al lugar en que están Fedor y los terrícolas.

Tras otra serie de luchas atroces, los tres amigos terminan por llegar a un reducto sin escapatoria posible, con los rebelde enfrente, al otro lado del río, que los mantienen sitiados por hambre, mientras ven a Ruzbel colgada sobre el abismo por una cuerda a la que una cuchilla de piedra que se mueve como un péndulo va cortando uno a uno sus hilos.

Llevan dos o tres días sin probar bocado cuando se mueve una roca a sus espaldas y por la abertura aparecen puák-puák leales, también hambrientos, que se abalanzan sobre Guillermo para devorarlo. Isaak y Fedor son puestos fuera de combate y el trapisonda siente sobre su cuello el fétido aliento y los repugnantes dientes de quienes lo van a comer, pero se suelta en el desesperado esfuerzo de quien sabe que va a morir y se coloca en una postura "sagrada", como en éxtasis, y con esa facilidad que tienen para comunicarse por gestos, dice que le ha sido revelado que llegará comida en cuatro horas. Sus captores lo creen y lo dejan libre, echándose a dormir a la espera de ese tiempo, lo que aprovechan los chicos para escapar por la abertura.

Caminan por un largo túnel de roca hasta llegar a otra superficie en la que caen, comprobando con tanto asombro como placer que está compuesta de una materia comestible, semejante a una pasta de almendras. Al final llegan a una aún mas hermosa pradera verde, que ya no quema, donde unos jinetes parecidos a hombres del Caribe de la Tierra, montados en una especie de veloces búfalos, los cogen y los conducen a presencia de su jefe, que no hace sino decir "¡Mas Honoc!, ¡Mas Honoc!"

Al estudiante se le ocurre la feliz idea de responderle "¿¡Usted mas Honoc!?" y el rey se queda tan satisfecho con la pregunta que dice que sí y se interesa grandemente por ellos. Le explican por señas su historia, le piden su ayuda y él se la concede, con lo cual aquellos bufaleros aplastan a los puák-puák y los muchachos rescatan tan dramáticamente como cabía esperar a una ya desmayada Ruzbel.

En la última hoja, los cuatro felices compañeros salen por donde habían penetrado, suben al Fortuna y éste los conduce en dos días de Betelgeuse a Marte [7]. Allí se quedan Ruzbel y Fedor, e Isaak y Benjamín, sin llevarse un solo diamante de los que cuajan el suelo y las paredes, embarcan de nuevo y caen en un océano de la Tierra, ahora al cabo de tres días, sentándose a tomar el sol en la proa del Fortuna, mientras se felicitan de su éxito.

El nivel de la historia es reducido, sus aventuras no tienen ese aire de fantasía espacial que poseían las de la anterior, que habría sido una buena fuente de inspiración para una novela "de a duro" de ciencia ficción. En ésta, en cambio, las aventuras de guerreros salvajes, brujos y animales exóticos se desarrollan en Marte u otro astro igual que hubieran podido hacerlo en la Tierra, y las verdaderamente espaciales carecen del ritmo y la intensidad de las otras, de poco habrían servido a un autor posterior del género.

* * *

Este artículo, junto con el anterior, se publicó en el cuadernillo de Apuntes para la historia de la ciencia ficción española: Los viajes a Marte en fascículos, Madrid, edición de autor, 2005, y fue revisado en 2008.

NOTAS

1. En "El desván del abuelito" se fechan entre 1928 y 1930, según la publicidad aparecida en semanarios de la editorial como "La risa infantil" o "Don Tiro". Lo tengo por un dato fiable.

2. En esta tirada con portadas en color no figuraba el nombre de la editorial, aunque sí su Administración, que estuvo primero en Barbará 9 y después en Unión 21, de Barcelona. Aparecieron luego los fascículos con portadas en blanco y negro de los que sólo he visto el n1 1, por lo que no sé si llegaron a salir los posteriores. Marco editó bastantes fascículos más, algunos tangenciales a la ciencia ficción, como Los vampiros del aire y su continuación, El último vampiro, que después pasaron al cómic, El Titán de los mares o Mack-Wan, el invencible.

3. En una primera versión de estos Apuntes las atribuí a otro dibujante, por una información equivocada que me habían suministrado. Pedro Porcel, del que soy deudor, ¡gracias!, me ha sacado de mi error con datos que no dejan lugar a dudas.

4. Debo este dato a José Luis Fuentes, de la librería Utopía, de Madrid, a quien visitó el dibujante, ya mayor, en busca de material ilustrado por él.

5. La fecha encaja con expresiones como, por ejemplo, que los muchachos eran buenos cristianos y no creían que el hombre descendiera del mono ni otros racionalismos, traídas forzadamente, que son propias de la época y estarían fuera de lugar en otras.

6. El autor no se documentó en buena fuente, aún se queda corto.

7. Para recorrer en dos días la distancia que separa Betelgeuse de Marte habría que viajar a una velocidad más de cien mil veces la de la luz.

 
[1]   [2]   [3]

 

 

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