Presentación
Apuntes
Artículos Biblioteca
Contacto
 
 

Ya he escrito antes sobre la excitación que me produjo en los años 40, cuando tenía doce o catorce de edad, la lectura de la novelita de Ray Cummings La princesa del átomo. La idea de que pudiera existir en cada átomo un universo entero en miniatura me pareció un hallazgo fascinante, más de una noche me dormí pensando en ello, como debió ocurrirle a más de uno de sus primitivos lectores.

Cuando en 1911 Rutherford presentó el modelo de átomo que lleva su nombre, más tarde perfeccionado por Bohr, muchos autores de scientifiction se abalanzaron sobre la idea de que cada átomo podía constituir un sistema planetario en miniatura, con un sol-núcleo alrededor del cual giraban los electrones-planetas.

Y es que había autores que gustaban de describir mundos exóticos en los que tenían lugar grandiosas escenas de luchas singulares y guerras de pueblos enteros, sin que faltaran las no menos grandiosas historias de amor entre héroes y princesas. En cambio Gernsback pedía ciencia y el novedoso recurso que permitía el empequeñecimiento de los terráqueos y el engrandecimiento de los atómicos sirvió para aunar ambas exigencias. Era un recurso acientífico que hacía que estas historias resultaran menos plausibles que las de Edgar Rice Burroughs en otros planetas, por proponer el mayor ejemplo, pero que se aceptó como una convención admisible en los magazines de papá Gernsback.

Ya mucho antes Fitz-James O'Brien en The Diamond Lens (1858) se había asomado a un mundo que decía subatómico, a cuya contemplación pudo acceder un científico por medio de un gran microscopio equipado con una lente de diamante para enamorarse de una mujer de ese universo sólo vislumbrado. Pero ni se trataba del mundo de un átomo como el después conocido ni la novela era propiamente de proto ciencia ficción, sino más bien gótica, con mediums y locura del protagonista cuando pierde a su amada. Es claro que los tamaños relativos no se concebían a una verdadera escala atómica, sino a otra de mucha menor envergadura. El cuento está recogido en la antología de Valdemar La lente de diamante, editada en la colección Tiempo Cero y reeditada en Club Diógenes.

Un precedente más cercano fue The Triuneverse: A Scientific Romance (1912), del inglés R.A. Kennedy. Según leo en Clute y Nicholls, en un futuro lejano en que han ocurrido varios acontecimientos espaciales, el autor especula a modo de fantasía filosófica sobre nuestro universo, el microcosmos y el macrocosmos, que también hubo historias a sensu contrario que postularon que la Tierra era tan sólo un electrón de un átomo perteneciente a un universo macrocósmico.

El pionero de los modernos viajes al mundo del átomo fue indiscutiblemente Ray(mond King) Cummings (Nueva York, 30.08.1887 - Mount Vernon, 22.01.1957), que vivió de joven en media América siguiendo los pasos de su inquieta familia por los muchos lugares a donde la condujeron los muchos negocios que emprendió. Después se hizo escritor y permaneció activo durante más de treinta años, sobreviviendo a la crisis de los 30 y principios de los 40 y llegando a publicar 750 narraciones de diversos géneros. Por lo que al nuestro respecta, trató ampliamente de las modificaciones de la materia, el espacio y el tiempo, rompiendo moldes y aportando nuevas concepciones a la literatura de ciencia ficción.

El año 6 a.G. (antes de Gernsback, 1919 d.C.), cuando trabajaba para el famoso Thomas Alva Edison en un puesto modesto de su organización y no como su secretario, que a veces se ha dicho, en el número del 15 de marzo de All-Story Weekly publicó su primera historia, la novela corta The Girl in The Atom, que causó verdadera impresión. Fue un éxito de tal naturaleza que hizo que se interesaran por Cummings las grandes editoriales inglesas y americanas, honor e ingresos reservados hasta entonces únicamente al gran Burroughs entre los autores del género. Esta historia se recoge en la antología de Francisco Arellano La chica del átomo de oro y otros cuentos antiguos de ciencia ficción, editada por "Páginas de Espuma". 

 

Al comienzo de la novela el Químico mantiene una reunión con sus amigos el Hombre Muy Joven, el Gran Hombre de Negocios, el Banquero y el Doctor, reunión intencionadamente semejante a la del Viajero y sus amigos en La Máquina del Tiempo de Wells. Les comunica que ha descubierto una droga radiactiva capaz de modificar el tamaño de los seres humanos, aquí con evocación de la poción "Bébeme" de Alicia en el País de las Maravillas. Ha descubierto realmente dos drogas, una que agranda y otra que empequeñece, no sólo a las personas sino a las ropas que visten y los objetos que llevan consigo.

Por otra parte, con un electromicroscopio gigante, de tubo de veinte pies, ha examinado un átomo de una sortija de oro y ha descubierto que existen en él varios mundos, en uno de los cuales ha encontrado a Lylda, una muchacha hermosísima de la que se ha enamorado. Ha viajado a su pequeño planeta y ha pasado en él una semana terrestre, que es más allí debido a la relatividad del tiempo, y va a volver para casarse con ella. Esta vez no regresa y sus amigos depositan la sortija en un museo.

Tenía que haber una continuación y ésta llegó un año después en otra novela corta, The People in the Golden Atom, que en la posterior edición en libro acompañó a la primera como un solo título. Originalmentese compuso de seis entregas seriadas aparecidas a partir del número del 24 de febrero de 1920 de la misma revista. Todavía no existían las publicaciones dedicadas en exclusiva a la ciencia ficción y All-Story Weekly era uno de los magazines de Munsey que publicaba historias de diferentes géneros.

Han pasado cinco años y el Doctor abre una carta que le ha dejado el Químico: contiene la fórmula de las drogas e invita a sus amigos a reunirse con él si para esa fecha no ha regresado. Tres de ellos se encaminan al mundo del átomo y el Banquero, que es el Hombre de Más Edad, se queda al cuidado de la sortija.

Su tránsito se describe con detalle y está bien conseguido: ellos no perciben su disminución de talla, sino el aumento de tamaño de las cosas que los rodean y, reitero, con buenas descripciones que a veces recuerdan el viaje fantástico de Verne al centro de la Tierra. Encuentran a su compañero casado con la bella Lylda y el Hombre Más Joven se enamora también y se casa con otra mujer de ese universo, convirtiéndose ambos en gigantes relativos cuando estalla una guerra civil y toman partido por el bando a que pertenecen las muchachas que han desposado.

La tercera novela de la serie fue The Princess of The Atom. Cummings vuelve sobre el tema pasados varios años y ya no reviste el mismo interés que las anteriores. Dianne, del universo del átomo, asciende a la Tierra y regresa a su mundo acompañada de un grupo de terrestres para derrocar a un tirano despótico. Apareció en otras seis entregas publicadas a partir del número del 14 de septiembre de 1929 en Argosy, otro magazine de Munsey.

 

El universo del átomo era un filón para Cummings y, rematada la trilogía inicial, regresa de nuevo a él, plagiándose ya a sí mismo, en el número de marzo de 1931 de Astounding, con una novela en la línea de las precedentes, átomo de oro y protagonistas distintos de los primeros, aunque busque una relación con ellos. Prensa Moderna tradujo Beyond the Vanishing Point como La piedrecita misteriosa y la sacó en la efímera segunda época de "Aventuras", que se publicó durante los primeros meses de 1932.

El Doctor Kent, ya viudo, vive en Quebec con sus dos hijos gemelos Alan y Bara, de 14 años. Un jorobado deforme, llamado Polter, le sirve de ayudante de laboratorio. Cuando éste exige imperiosamente a Bara que se case con él, el profesor lo despide.

Al poco desaparecen los dos para, cuatro años más tarde, reaparecer sólo un Polter envejecido que secuestra a Bara, como había hecho antes con su padre. Alan, su amigo George Randolph y una princesa del mundo del átomo que ha robado drogas y alcanzado la Tierra, siguen a Polter y Bara hasta encontrarlos: el jorobado lleva a la empequeñecida chica en una jaula de oro que pende de su cuello por una cadena del mismo metal.

Los cambios de dimensión se suceden sin pausa, incluidos los de una mosca que ha comido de una píldora caída en el suelo y supera el tamaño del edificio en que está. En un enfrentamiento final con George, Polter muere de un ataque al corazón por la cantidad de droga que ha consumido, el profesor, su hija y el enamorado George vuelven a la Tierra y Alan se queda con la princesa en su mundo para ayudar a su pueblo en su lucha contra los hombres de Polter que quedan, que tienen cuatro veces su talla y los esclavizan. Parecería que la novela iba a tener una continuación, pero ésta no llegó nunca.

Ray Cummings

Teniendo en cuenta los diámetros relativos del sol y el núcleo atómico que hace sus veces, se puede estimar grosso modo que la reducción tendría lugar a una escala de 1:1024. Un electrón, partícula elemental indivisible entonces, tendría una atmósfera respirable y una superficie con mares, ríos, selvas y bosques con árboles y plantas y toda clase de animales, entre ellos seres humanos que hablan una lengua semejante a otra de la Tierra, días de 24 horas y brújulas que señalan el Norte. Hasta es posible que algún microVerne local escribiera Un Viaje al centro del electrón.

Y abandonamos el ámbito anglosajón pues, precediendo a otros seguidores de Cummings, el francés Renard (1875-1939) publicó en 1928 otra novela de viaje al mundo de un átomo. Maurice Renard (1875- 1939), nacido en Chalons-sur-Marne, fue un muchacho solitario marcado por sus lecturas -entre ellas las de Wells, al que dedicó su primer libro-, que inició los estudios de Derecho para pronto abandonarlos y dedicarse por entero a la literatura, en la que destacó durante el primer tercio del siglo XX.

Un homme chez les microbes fue su tercera y última novela de ciencia ficción. El joven Fléchambeau, monárquico acendrado, desea casarse con la hija de unos republicanos convencidos que se oponen a la boda porque dicen que él es demasiado grande para ella. Recurre entonces a un médico amigo que le proporciona una poción -de nuevo Alicia como inspiración directa o a través de Cummings- experimentada nada más que en animales y con la que, además, no acierta en la dosis.

Se encoge dos centímetros por día y, al décimo, disminuido en los veinte que le exigían sus futuros suegros, se promete con su hija. Mas los poderes de la poción son superiores a los previstos y sus efectos reductores continúan actuando, de modo que el desventurado Fléchambeau tiene sucesivos problemas con un gato, un abejón, una araña y un ácaro de la sarna, como el hombre menguante de Matheson. Desciende su calvario lenta pero inexorablemente bajo los ojos del preocupado médico y su desconsolada novia, que lo siguen en su empequeñecimiento desde un microscopio hasta que el poder de resolución del aparato no basta para distinguirlo.

Meses más tarde los científicos consiguen volverlo a su tamaño original y reaparece un Fléchambeau envejecido, pues ha pasado más de cuarenta años biológicos en un planeta que es semejante al de las novelas de Cummings. Aunque ha permanecido fiel a su prometida, sin mantener una sola relación sexual durante todo ese tiempo, su edad trunca dramáticamente las esperanzas de ambos. Ni Versins ni Sadoul dicen nada al respecto, pero los habitantes del planeta del microcosmos son antropomórficos, apenas se distinguen de nosotros en que poseen un tercer ojo sobre el cráneo al que llaman "ponpón" y en que la especie dominante de ese mundo se compone de tres sexos.
 
La obra es una distopía, una a modo de profecía negativa sobre nuestra civilización industrial: en el microplaneta se ha destruido la naturaleza hasta el punto de que sólo se conservan unos pocos especímenes como ejemplares de museo, se selecciona desde el nacimiento a los individuos para asignarlos a las diferentes categorías sociales -una idea que aparecerá años más tarde en el mundo feliz de Huxley-, la natalidad ha descendido de modo alarmante, existen unos "negros verdes" para desempeñar los trabajos más incómodos y el declive de la civilización es imparable. Las islas felices de la utopía o las infelices de la distopía se habían llevado cada vez más lejos en el futuro o a mundos cada vez más remotos, pero aquí es la primera vez que se llevan al microcosmos.

Y bien he dicho que Renard se adelantó a otros americanos, pues uno o dos meses después apareció en el número de verano de Amazing Stories Quarterly, larevista trimestral de Gernsback, el cuento corto Out of the Sub-Universe, de R.F. Starzl, cuyo protagonista viaja asimismo al microcosmos y experimenta la contracción del tiempo.

Esta contracción temporal se convirtió en una convención admitida. Si el Polter de Cummings viaja veinteañero al mundo del átomo y regresa cincuentón cinco años después, puede estimarse que la contracción es del orden de seis a uno. El Fléchambeau de Renard, en cambio, pasa cuarenta o cincuenta años en lo infinitesimal mientras transcurren meses en la Tierra -digamos que ocho o diez-, por lo que su contracción sería unas diez veces mayor, del orden de sesenta a uno.

En 1931 llegó el Submicroscópico del capitán S.P. Meek, donde no sólo se mantiene la escala de reducción de tamaño, como no podía ser de otro modo, sino que se confirma explícitamente, al explicar un profesor que en un milímetro cúbico caben 90 cuatrillones de átomos, cifra que concuerda con los cálculos que antes he hecho. Aclara, además, que el proceso de reducción se lleva a cabo minorando la frecuencia de vibración de los electrones y por eso se detiene el viaje al alcanzar el mundo del átomo, ya que estos átomos se componen a su vez de microátomos estáticos: los electrones están situados alrededor del núcleo sin moverse.

Submicroscˇpico en Amazing

Esto supone que quien disminuye de tamaño conserva su masa, por lo que su peso debiera permanecer constante, al menos mientras siguiera sometido a la gravedad terrestre, mas no ocurre así en los experimentos, el peso se reduce acomodándose a la reducción de la talla. En el mundo del átomo la masa del sujeto sería muy superior a la del electrón: en esta preciencia ficción no rige el principio de que lo que es imposible no puede ser.

Sterner St. Paul Meek (1884-1972), natural de Chicago y químico de profesión, ingresó en el ejército cuando los Estados Unidos entraron en la I Guerra Mundial, alcanzando el empleo de coronel, y a partir de entonces dejó de firmar como cap. y pasó a hacerlo como col. S.P. Meek. Entre 1928 y 1932 escribió en los magazines de scientifiction, principalmente en Astounding y Amazing, que eran los que mejor pagaban, para luego abandonar por completo el género y dedicarse a la literatura juvenil. De hecho, la mayoría de sus relatos de ciencia ficción son historias para jóvenes o young adults.

Astounding y Amazing pagaban un centavo por palabra, sin reducir el precio para las narraciones de larga extensión, como hacían otras revistas de menor tarifa. La Astounding de Campbell publicaba ciencia ficción más sofisticada que la Amazing de Palmer, que era más elementalaunque vendía casi lo mismo. Esto no molestaba en absoluto a Campbell que decía que, al igual que el enfermo visita al médico de cabecera antes de acudir al especialista, estaba bien que los jóvenes leyeran Amazing para graduarse para Astounding.

Submicroscopic de Meek, vertido al castellano como Submicroscópico, data de 1931 y lo antologizó Isaac Asimov en La edad de oro de la ciencia ficción, publicado por Martínez Roca en su colección SuperFicción. Courtney Edwards abandona los estudios convencionales y se retira a un lugar apartado para realizar experimentos que culminan en la construcción de una máquina que permite incrementar o reducir el tamaño de objetos y seres vivos, el Mecanismo de Vibración Electrónica.

Tras perder un primer modelo, construye un segundo al que un día falla el interruptor de parada y prosigue su reducción hasta que se detiene espontáneamente en un claro de la selva de un electrón, donde desembarca y divisa a la que le parece la mujer más bella que nunca haya visto, una preciosa muchacha rubia que huye de los menas que la persiguen para devorarla, unos negros bárbaros, entre hombres y bestias.

Mata a algunos con sus armas de fuego y cruza luego el anchuroso río que le corta el paso aumentando su talla, pues se topa oportunamente con aquel primer prototipo perdido de su mecanismo, que ha ido a parar allí y todavía funciona. Se entiende con la muchacha porque ella habla una lengua semejante al hawaiano, que él conoce porque ha nacido en Honolulú. Es Awlo Siba Tam, la princesa Awlo, hija única del Sibama de Ulm, una de las ciudades de ese país. Llegados a Ulm, corresponde a Awlo tomar esposo para asegurar la continuidad de la dinastía y elige a Courtney, como cabía esperar.

Awlo de Ulm en Amazing

"De ese modo yo, Courtney Edwards, ciudadano de los Estados Unidos de América, en el año del Señor de 1922, me convertí en Príncipe de la Casa Real de Kalu, esposo de la única hija del monarca reinante y heredero del Imperio."

Lo desafía a muerte el príncipe Lamu, que llevaba años cortejando a Awlo, pero en el duelo que sigue le arrebata fácilmente su espada con un certero disparo de su Colt y a continuación lo tumba de un directo a la mandíbula, aunque, para su desgracia, le perdona la vida.

Cinco años más tarde se produce una invasión de un número incontable de menas que sitian Ulm. La ciudad ya ha conocido asedios de diez o veinte años y se dispone a resistir éste con provisiones para cincuenta, pero la cantidad y el ímpetu de los asaltantes es tal que el americano decide ir a buscar armas de fuego a su mundo natal y llevarlas al de adopción, para lo que emprende un viaje de engrandecimiento para él, Awlo y Lamu, que parece haberse convertido en su mejor amigo y se empeña en acompañarlos. En cuanto llegan al plano superior y Courtney se ausenta, a Lamu le falta tiempo para volver a meter a Awlo en la máquina y accionar el botón de empequeñecimiento.

Así termina Submicroscópico y, al inicio de su continuación, Awlo de Ulm, Courtney explica que no pensaba ofrecer nuevos detalles sobre sus avatares, pero que el director de Amazing le ha hecho llegar la gran cantidad de cartas de sus lectores que le apoyan y se interesan por la suerte de Awlo, por lo que va a revelarla.

Construye una nueva máquina con la que alcanza un lugar alejado de Ulm, ya que el mecanismo carece de dispositivos direccionales y el punto de llegada depende exclusivamente del de partida: para que la desviación en la llegada sea sólo de un kilómetro, la precisión en la colocación del vibrador en la salida debe ser de una trillonésima de milímetro, bien entendido que el cálculo es cosa mía y nada importó a los lectores.

Ha desembarcado en el país de Kau, tecnológicamente avanzado y pronto se entera de que Ulm ha caído. Entra en contacto con los pocos supervivientes y éstos le informan de que su esposa es prisionera de Kapitona, el Sibama de Kau, y le espera una suerte trágica. Hace un año el monarca tomó una mujer que no se ha quedado embarazada y la hará ejecutar, sustituyéndola por Awlo. Con cierto sarcasmo -de nuevo cosa mía- se podría decir que no es la mejor de las elecciones porque en los cinco años que lleva casada con Courtney no ha tenido hijos, pero igualmente su marido hace planes para salvarla, planes que el malvado Lamu descubre y revela a Kapitona.

Cuando éste conoce que es un miserable que ha traicionado a los suyos y que se proponía engañarlo también a él, lo condena a muerte, aunque no a una muerte cualquiera, sino a una que le llegará poco a poco en un suplicio lento, "la muerte será tal que durante generaciones hará brotar sudores de las frentes de los criminales". Sin embargo el autor nos hurta esa muerte para resolverla en una lucha entre Lamu y Courtney que en esta ocasión no perdona la vida a su oponente, lo inmoviliza e, ignorando sus abyectas súplicas, que cada vez le cuesta más trabajo articular, le retuerce el pescuezo despacio, hasta que se escucha el chasquido de las vértebras.

Courtney es puesto en libertad junto con el centenar de ulmitas que quedan y arrostra una larga serie de peligros narrados con interés y amenidad, para terminar su periplo en un singular duelo a muerte con el Sibama Kapitona, encerrados ambos en una cúpula de lucha, enfundados en los prodigiosos trajes de combate de treinta brazos, cada uno de los cuales obedece a un botón distinto y dispara un rayo diferente, rayos que han de usarse de forma combinada, tanto para la defensa como para el ataque. Es un pasaje espléndidamente conseguido.

Vence el terrestre, al que el Consejo de Ulm obliga a ponerse a salvo con Awlo. Otro accidente de la máquina los devuelve a la Tierra y, muy a la americana, dejan de ser el Sibama y la Sibima de Ulm para convertirse en el señor y la señora Edwards.

Nada más resta un epílogo, escrito años después, en que el capitán Meek se excusa por el racismo que ha mostrado, ya que los malísimos menas eran negros, los sólo malos kaunitas amarillos y los buenos ulmitas blancos, y los muchos errores científicos que ha cometido, como los tanques movidos a pilas cuando se cortó la electricidad y otros por el estilo, aunque no precisamente los que he venido señalando. Reivindica en cambio la gran escena del duelo con los trajes y la seducción del mundo que ha creado.

Tanto Submicroscópico como Awlo de Ulm narran aventuras de corte burroughsiano ubicables sin más en cualquier planeta distinto de la Tierra, de modo que el Mecanismo de Vibración Electrónica no es sino un pretexto para ellas. Encierran su interés, sin embargo, aún más el segundo que el primero: cuenta Asimov que, cuando empezó a preparar la antología de la Edad de Oro de la ciencia ficción, los primeros relatos que le vinieron a la memoria fueron este Awlo de Ulm de Meek y Tumithak de los corredores de Tanner.

Se escribieron algunas historias clásicas más sobre el tema, no traducidas al castellano, como The Microcosmic Buccaneers de Harl Vincent en 1929 o The Green Man of Kilsona (después of Graypec) de Festus Pragnell en 1935. Y finalmente incidió en él Jack Williamson, nacido en 1908 y fallecido tan recientemente como en 2006, un superviviente cuya muerte me afectó particularmente: era el único autor vivo de ciencia ficción de los que había leído en mi adolescencia. Cuando hace casi setenta años Campbell modernizó Astounding, Williamson era ya un veterano, uno de los dos únicos representantes de la vieja guardia -el otro fue "Doc" Smith- con que el nuevo director siguió contando.

Jack Williamson The Galactic Centre en Astouding

En The Galactic Circle (1935) postula Williamson que, si el espacio es curvo, el tiempo lo es también. El doctor Jarvis Thorn parte hacia los confines del universo en una nave construida con un material que le permite variar de forma ilimitada sus dimensiones, para acabar por reaparecer en el jardín del sabio, reducida a un tamaño microcósmico, en el mismo instante en que esa misma nave emprendía a tamaño normal el viaje.

Su interés no se limita a la idea desarrollada, ya que Williamson acierta a describir los sentimientos de unos personajes que evolucionan a medida que dudan de la posibilidad de regresar a la Tierra y se acercan a la perspectiva de una muerte en el espacio. Seres que se mortificaban, se amaban o se odiaban en el momento de la partida, ven sus sentimientos completamente modificados una fracción de segundo más tarde en tiempo real, meses o años en tiempo aparente.

Los libros que de alguna manera se ocupan de esta cuestión mencionan el cuento "Mr. Tompkins explores the Atom", del físico y astrónomo ucranio George Gamow (1904-1968), residente en Estados Unidos desde 1935, profesor de física teórica en la Universidad George Washington y destacado investigador del Big Bang. Escribió una serie de peculiares cuentos didácticos científicamente fantásticos, aunque no de ciencia ficción propiamente dicha, reunidos en castellano en 1985 por el Fondo de Cultura Económica de Méjico como El Breviario del señor Tompkins.

George Gamow  

El buen señor C.G.H. Tompkins, de c de la velocidad de la Luz, g de la constante gravitacional y h de la cuántica, es un empleado de banco que se ve en sueños en diferentes mundos de un modo que el autor aprovecha para ilustrarnos sobre el nuestro. En "La alegre tribu de los electrones", el protagonista se encuentra haciendo las veces de un electrón de valencia en un átomo de sodio y, aunque es interesante -algunos de estos cuentecillos son casi apasionantes-, es fácil entender que el humano está reducido al tamaño de un electrón y no de un habitante del electrón, como el Químico de Cummings o el Courtney Edwards de Meek. La diferencia es de millones.

De entre los cómics que encontraron su escenario en el mundo del átomo, el clásico entre los clásicos es el Viaje al centro de la moneda (Una aventura en el mundo del átomo) de William Ritt, guión, y Clarence Grey, dibujo, que duró todo el año 1937. Brick Bradford y el profesor Kalla Kopeck, que es un habitual acompañante suyo, reducen su tamaño y penetran en un dime, una moneda de diez centavos de dólar, y se enfrentan a unos monstruos que son nuestros microbios. Luego menguan todavía más y penetran en el mundo de un átomo, que es parecido al que hemos visto en las historias escritas, sin que falten las aventuras ni las princesas.

A Brick Bradford lo conocimos en España como Carlos el Intrépido, usurpándole el sobrenombre al duque de Borgoña, en Italia lo conocieron como Guido Ventura y en Francia como Luc Bradefer, donde la moneda no es de cobre sino de oro, quizá en homenaje a Cummings.

Otras muchas creaciones de seres humanos minúsculos no alcanzan esta escala de reducción extrema, son del orden de 1:107 ó 1:108, esto es, del tamaño de microbios, y ya he dicho que se quedan para otro posible artículo sobre los hombres microscópicos, miles de billones de veces más grandes que los microcósmicos.

Con una corrección ahora sobre La piedrecita misteriosa (The Vanishing Point), este artículo se publicó en la revista Barsoom nº 5, de La Hermandad del Enmascarado, Madrid, primavera 2008.

 
 

 

 

© Augusto Uribe. No está permitida la reproducción de los contenidos de esta web sin el permiso expreso del autor.