Presentación
Apuntes
Artículos Biblioteca
Contacto
 
 

Creí por un tiempo que Luigi Motta había sido realmente capitán de marina porque, tanto en las preciosas cubiertas como en las portadas de SUS novelas que había en mi casa, en la inmensa biblioteca de mi padre, se daba como autor al "cap. Luigi Motta". Después supe que no decían así ni las novelas originales ni las traducciones a otras lenguas, que se trataba de una invención para España del signore Maucci, quien debió entender que convenía tal sobrenombre a la leyenda de novelistas viajeros italianos.

A finales de la década de los 20 del siglo XX y principios de la de los 30, Maucci sacó dos largas series de novelas traducidas del italiano, las de Emilio Salgari y las de Luigi Motta. Esta editorial, fundada en 1892 por Emmauele Maucci, tenía un gran edificio propio en el nº 126 de la calle Mallorca de Barcelona, con naves para imprenta, almacén de papel y depósito de libros, con un gigantesco fondo editorial, ya que publicaba más de 300.000 tomos al año y no saldaba los restos de edición: Don Manuel se enorgullecía de ello, que, por otra parte, no era infrecuente entonces.

Estos libros se presentaban en unas espléndidas encuadernaciones editoriales, con lomos cuajados en rojo y oro, tapa anterior con cromo estampado en color pegado y tapa posterior con plancha en rojo y firma del editor, de 10 a 20 láminas de fotograbados en negro en el interior y cerca de 400 páginas de texto, que se vendían al precio de 8 pesetas. También se hacía una edición en rústica, con la misma ilustración de cubierta, que costaba sólo 5 pesetas. Se trataba de novelas de viajes y aventuras de las que algunas eran claramente de ciencia ficción y otras contenían elementos propios de lo fantástico.

Luigi Motta nació en Bussolengo (Verona) en 1881. Por algún tiempo quiso ser marino, como quiso serlo Salgari, pero tampoco lo fue, lo que fue es periodista y, sobre todo, narrador. Dentro de su dedicación a las historias de aventuras, dirigidas a un público juvenil, muestra una cierta fascinación por la violencia y el horror moderados, y en esas historias no son raros los cadáveres, los esqueletos, más de una masacre y hasta alguna que otra escena de tortura, que les confieren un estilo más del siglo XIX que del XX, a veces un tanto gótico y como de folletín.

Su exaltación de la fuerza y su gusto por la conquista podrían hacer pensar en una ideología fascista, de lo que en cierto modo llegó a aprovecharse su editor, aunque la verdad es que no era así: en 1939 fue detenido por su hostilidad al régimen del fascio y entre 1943 y 1945 albergó a un oficial inglés que era un prisionero evadido. Murió en 1955 en Milán, donde había pasado la mayor parte de su vida.

Empezó a escribir como colaborador de Enrico Novelli, más conocido por su seudónimo de Yambo, para luego emprender su propia carrera y producir títulos a un ritmo vertiginoso hasta sobrepasar los cien, algunos de los cuales son de proto ciencia ficción: fue realmente uno de los precursores de la fantascienza italiana. Con tan enorme producción no se vio libre de las sospechas de que utilizaba negros, acrecentadas cuando uno que decía ser el verdadero autor de una de sus novelas lo llevó a los tribunales, aunque perdió el pleito.

Es común que el conjunto de su novelística se presente como de máquinas y viajes extraordinarios y, aunque todas sus novelas fueron de aventuras, cabe distinguir etapas y géneros en ellas. En las primeras, que aparecieron como de aventuras científico-fantásticas, domina el gusto por la anticipación a lo Julio Verne, con ingenios al estilo de los de 20.000 leguas de viaje submarino o Robur el conquistador. En las segundas, presentadas como de aventuras geográficas, el autor muestra su querencia por tipos a la manera de los piratas indo-malayos de Salgari, frecuentemente imbricados en aventuras coloniales a la francesa, tal el ciclo del mar Indiano. Otros ciclos suyos fueron el de los Adoradores, el del África austral y el de Bizancio. Y es poco conocido, en fin, que tradujo al italiano varias obras del teatro español contemporáneo y que, dentro de su faceta de libretista, adaptó El genio alegre, de los hermanos Álvarez Quintero, para el libreto de la ópera Anima allegra, de Vittadini.
 
Pese a que coincida con Salgari en la elección y desarrollo de temas, entiendo que no se puede equiparar a él porque no llega a su altura, se queda un peldaño por debajo. Ni creó un héroe como Sandokan o unos tipos como los tigres de Mompracem, ni sus aventuras tienen el mismo gancho. Y no por falta de acción, que se precipita de capítulo en capítulo de sus novelas, sino porque es más primitivo y reiterativo, sobre todo en los diálogos. La frase que más repite es "Los pobres náufragos, o los desgraciados prisioneros, con los cuerpos estremecidos de terror y los rostros lívidos de espanto, creyeron llegada su última hora: sólo un milagro podía salvarlos". Para ser más exactos, empieza diciendo que sólo un milagro..., sigue diciendo que verdaderamente nada más que un milagro..., pero la catástrofe inminente de la que están al mismísimo borde no se consuma nunca, según un esquema que es siempre el mismo. El remedio proviene de sólito del invento de un sabio italiano que salva la vida de los ya desesperanzados protagonistas, los cuales reaccionan dando vivas a Italia.

Un buen ejemplo lo constituye El escollo luminoso (Il scoglio luminoso, 1909), con una ilustración de tapa que recuerda La esfinge de los hielos de Julio Verne. Su acción se inicia con la pérdida de varios barcos ingleses que navegan en los mares del Sur y son atraídos por el escollo luminoso, el polo magnético austral, que funciona como un gigantesco imán. Está compuesto mayormente de radium y los protagonistas experimentan en él toda clase de desconocidos fenómenos naturales extraordinarios, a más de hallar una extraña fauna antediluviana de mamuts y dinosaurios, y hasta piratas que lo abordan desde canoas de piel y trineos de madera, sin pieza metálica ninguna.

 

Pierre Versins le concede la mayor importancia a otra de sus primeras novelas, La princesa de las rosas (La principessa delle rose, 1911), cuya acción tiene lugar en la gran metrópoli del mundo occidental, Teherán, donde es asesinado el Sha y se nombra regente el sabio italiano Flavio de San Giusto, inventor de los torpedos eléctricos y padre de la princesa de las rosas, que muere también violentamente cuando estalla la revolución de los amarillos. Los asiáticos están dominados por los europeos pero, en la guerra que sigue a su rebelión, su superioridad aérea les permite alcanzar Inglaterra y Francia, y conquistar Londres y París. Y la trama se va tejiendo entre las acciones de aventuras y la exploración de las posibilidades de la electricidad. Se especula concretamente sobre lo que sería un mundo sin ese su fluido vital.

Para Gianni Montanari su gran obra fue la que siguió a la anterior, El túnel submarino (Il tunnel sottomarino, 1912), una de las primeras novelas que se ocupó de la construcción de un gran túnel trasatlántico que uniera Europa y América, sobre cuya realización describe un ambicioso plan. En la línea del autor, junto con una detallada descripción de los trabajos de ingeniería que comporta y que incluyen hasta dibujos y planos, aparecen villanos de grandes mostachos, submarinos, piratas, abordajes y, como no podía ser menos, el descubrimiento de las ruinas de Atlántida y otras sumergidas de la Antigüedad. Hay grandes pasiones y, por encima de todo, una determinación heroica de llevar los trabajos a término. Es anterior en un año al famoso Der Tunnel del alemán Bernhard Kellermann.

Otro título que se suele mencionar dentro del género proto cientifico es el que precedió a los anteriores, La ola turbulenta (L'onda turbinosa, 1910), donde un grupo de plutócratas norteamericanos pretende construir otro túnel, éste bajo Florida, para desviar la corriente del Golfo. Eso permitiría mejorar el clima de los Estados Unidos a costa de empeorar el de la Europa Occidental, lo que está a punto de desencadenar una guerra entre Inglaterra y su ex colonia ultramarina. Hay luchas en las selvas de Florida con caimanes y serpientes, enfrentamientos de submarinos en las profundidades oceánicas y aventuras románticas desorbitadas para al final demostrarse que la obra es inviable, pues el túnel se derrumba matando al científico que lo proyectó. Motta recopila en el volumen una historia del desarrollo de la navegación submarina que menciona a varios inventores italianos, pero no cita siquiera ni a Monturiol ni a Peral.   

 

El océano de fuego (Il oceano di fuoco, 1903), que sigue la estela de La capitana del Yucatán de Salgari, es en cambio un homenaje a nuestro país en la guerra que sostuvo en 1898 contra los Estados Unidos, así dedicado: "A España, hermana de Italia, como auspicio de gloriosas victorias, alta afirmación del nombre latino y del valor de sus caudillos". No responde a la realidad de los hechos y tampoco es fantástica. Como curiosidad, se inicia con la persecución del Aragón por el Oregon.

Un excurso antes de pasar adelante. Cuando Butler le contó a Ballard que el dragón se había levantado de muy buen humor y había desayunado con gran apetito en la mañana en que Perseo lo mató, éste le respondió que eso no figuraba en los clásicos. "Yo también soy los clásicos", le replicó el primero. Pues bien, Carlos Saiz Cidoncha es también "los clásicos" y elige El sumergible llameante (Il sommergibile fiammegiante, 1924)como su más decidida novela de ciencia ficción.

El 6 de marzo del año 2328 la Inteligencia de los Grandes Estados -Inglaterra, Francia, España y Japón- ataca a la Confederación Social y Mundial -Estados Unidos, Rusia e Italia-, con capital en Ciudad del Pueblo (EE.UU.) y bandera roja con una estrella en el centro: son los buenos de la novela y tan comunistas que los posesivos "mío" y "tuyo" se consideran palabras obscenas. La guerra se sucede de manera muy desfavorable para estos confederados, que están peor preparados, pero dos de sus científicos, Enrique Foster y Arthur Ward, se desplazan a una isla perdida del Pacífico para poner a punto un arma definitiva, el aero-submarino Titán Rojo que había diseñado un sabio italiano en previsión de que llegara a producirse una emergencia como aquélla.

Adolfo Ward, primo de Arthur, es un agente secreto de la Confederación que se debate entre dos amores: uno es la perversa Ketty Furesay, de los servicios de espionaje de la Inteligencia, que capitanea el submarino Explorador del Pacífico, oficialmente dedicado a tareas científicas en este océano bajo el patrocinio internacional, pero que en realidad es un avanzadísimo sumergible de combate de la Inteligencia; tiene una hermana gemela, Edna, que está al mando de un submarino igualmente gemelo del suyo. El otro amor de Adolfo es la heroica marquesa Ana Fabán, de la nobleza argentino-filipina, una simpatizante de la Confederación que tiene a su servicio un tercer submarino de la serie y otra hermana, la juvenil y descarada Inés, que, excepcionalmente, no posee submarino alguno. El caso de Enrique es menos complicado, simplemente está prometido a Eddie Hawood, hija del Presidente de la Confederación, aunque ella tiene una doble que es espía de la Inteligencia.

 

En torno a estos personajes se desencadenan tremendas batallas aéreas, terrestres, navales de superficie y submarinas, en tanto que las dos rivales se disputan a puñalada limpia el amor del agente secreto. Finalmente, cuando la Confederación parece irremisiblemente derrotada, con la escuadra inglesa fondeada frente a Nueva York y tropas japonesas dispuestas para invadirla, se consigue poner en acción el aero-submarino, que en dos días acaba con los ejércitos y las armadas de la Inteligencia.

Alemania aprovecha el momento para atacar a Francia, estalla la revolución en Inglaterra y en España el pueblo de Madrid atribuye supersticiosamente la derrota al Papa y lo expulsa de la ciudad, lo que hace que el traductor comente en una nota de pie de página que, aunque el autor no lo ha dicho, hay que suponer que el Pontífice había huido de la Roma roja para refugiarse en Madrid. Ganan los rojos que son los buenos, perecen sus enemigos que son los malos, se casan los novios y la historia termina con toda felicidad.

Estaban de moda entonces las guerras del futuro, baste recordar la espléndida guerre infernale de Giffard, aunque se escribieron otras muchas y, avanzada su carrera, Motta volverá sobre ellas en I giganti dell'infinito (1930) y su continuación, La battaglia dei ciclopi (1935), que no están v ertidas al castellano, con grandes descripciones de escenas bélicas y sorprendentes máquinas de guerra. E igualmente fueron fantásticas otras novelas de la misma época, tampoco traducidas, como Il raggio naufragatore (1930) o L'isola di ferro (1936).

Los ámbitos de las novelas de Motta no son impermeables y las hay que conjugan aventuras de piratas a lo Salgari con máquinas extraordinarias a lo Verne, que con frecuencia son ingenios bélicos. El navío aéreo (Il vascello aereo, 1914) narra una lucha en Corea en un tiempo que parece discurrir a principios del siglo XX, no lejos de donde se desarrolló la guerra ruso-japonesa. Es una lucha desencadenada entre diferentes sectas, una de las cuales posee el Yatagán, un arma misteriosa construida con un metal radiactivo cuya energía alimenta un poderoso navío aéreo. Éste se enfrenta a las flotas enemigas hasta que, tras toda una serie de avatares, peripecias y desastres, resulta finalmente destruido, pereciendo el jefe sectario que lo pilotaba.

Cosa parecida sucede con el ciclo del mar Indiano, que componen Los flageladores del océano (I flagellatori dell'oceano, 1901), Los misterios del mar Indiano (I misteri del mare Indiano, 1903) y El dominador de la Malasia (Il dominatore della Malesia, 1909). Piratas indios y malayos pelean ferozmente contra soldados y marinos ingleses, se viaja en submarino y en barcos movidos por electricidad, se emplean fusiles igualmente eléctricos, rayos ultravioleta que destruyen las naves enemigas y un arma suprema, un mortero de aire líquido que lanza una gigantesca botella de Leyden cuyo estallido provoca una descarga de millones de voltios que aniquila todo cuanto está a su alcance.

   

Cuando se paró la Tierra (Quando si fermò la Terra, 1956), fue su novela póstuma, publicada en España por Ediciones Paulinas. Escrita cuando tenía 73 ó 74 años, retoma en ella sus antiguos temas, sustituyendo la electricidad por el átomo, lo eléctrico por lo nuclear, pero su tiempo ya había pasado. Cuando en el futuro existe una Confederación Mundial, con capital en Roma, se aproxima a la Tierra una nebulosa bajo cuyo influjo nuestro planeta deja de girar sobre su eje, presentando siempre la misma cara al sol: medio mundo vive en la luz permanente y el otro medio en la tiniebla eterna. El sabio malo Cosmo, que vive en los subterráneos de un convento franciscano en Palestina, posee la solución al problema, pero exige que se le nombre Dictador Perpetuo del Mundo para aplicarla. Muere y entonces lo soluciona el sabio bueno Genius, haciendo explotar en la estratosfera cohetes propulsados a colonio, que no es exactamente un nuevo elemento transuránido, sino un producto de la desintegración del átomo.

Después de la guerra, en los primeros 40, la propia Maucci reeditó varias de estas novelas en su colección "Viajes y Aventuras", en rústica, tamaño grande, 4 pesetas de precio, vistosas cubiertas en color e ilustraciones en negro para el texto. Años más tarde, a mediados de los 70, también reeditó una decena de ellas Favencia, en su colección "Los Grandes de la Aventura", con autorización de Maucci, en formato de bolsillo y con una presentación más modesta, aunque costaban ya 60 pesetas aquellos libritos. Leídos ahora, no se puede decir sino que el tiempo no ha pasado en vano por ellos.

La mayoría de las láminas de las primeras ediciones reproducían las originales de Gennaro Amato, las ilustraciones de las segundas fueron mayormente de Jofrei -con el careto de James Cagney en El túnel submarino- y las de las ediciones de Favencia, todas de Carlos Prunés.

* * *

Ya he dicho que por las mismas fechas Maucci sacaba también novelas de Salgari y hay entre ellas una de evidente anticipación científica, Las maravillas del año 2000 (Le meraviglie del duemila, 1907). Emilio Salgari (Verona, 1862 - Turín, 1911) fue uno más de quienes pretendieron anticipar el año 2000 en el 1900 para mostrarnos el porvenir en el típico libro de principios del siglo XX que quiere adelantar el XXI.

El acaudalado joven Brandok y el doctor Toby entran en animación suspendida en 1900, para revivir cien años más tarde. El cuidado con que se experimenta por años el procedimiento y las disposiciones legales y prácticas que toman para su dormir y despertar, incluido el depósito de una importante cantidad en oro, proporcionan de entrada a la historia un aire de plausibilidad que se echa de menos en otras.

El mundo que se encuentran en el 2000 no es precisamente una eutopía. Ya no quedan animales porque todo el terreno se ha dedicado a la agricultura y la habitación humana. Nadie come carne porque no la hay, los ricos comen pescado y vegetales, y los pobres sólo píldoras. Fracasados los movimientos obreros, se ha retrocedido a un régimen primitivo de mandantes y mandados, donde éstos no tienen ningún derecho.

Después de la guerra planetaria de 1940 se suprimieron los ejércitos para dar paso a los "bomberos", unos antidisturbios salvajes que lanzan bombas a los revoltosos y, cuando eso no los detiene, les enchufan las mangueras de agua electrizada de la que basta una gota para matar. Estos bomberos no tiene por qué ser humanos, los barrenderos de Nueva York, por ejemplo, son elefantes de acero cuya trompa lo mismo puede aspirar basura que lanzar chorros de agua electrizada. Por otra parte, cada estado

dispone de una cárcel submarina sin guardianes, de la que es imposible evadirse, donde todo lo que reciben los reclusos son unas redes para pescar, unas telas para vestirse y el obligado pedazo de radium.

Cada casa, cada oficina, cada fábrica y hasta cada celda dispone de una porción de radium que arde sin consumirse. El radium, que lo ilumina y lo calienta todo, y la electricidad, que lo mueve todo, son el alma del mundo del futuro. La electricidad es de origen hidráulico, aunque se aprovechan para su producción todos los recursos, incluidos los molinos de agua del Gulf Stream. Los grandes proyectos en marcha son la conversión del desierto del Sahara en un océano y la eliminación de los hielos antárticos, que se extienden hasta amenazar el equilibrio del planeta.

La población del mundo es de 2.200 millones de habitantes, de los que la mitad son amarillos, a pesar de que las potencias europeas causaron una terrible mortandad al lanzar un ataque preventivo contra el imperio chino. Por eso se intenta llegar a Marte y colonizarlo: los pocos marcianos que quedan son anfibios de enormes cabezas que tienen brazos de diez dedos en cada mano y pies palmípedos.

Los grandes transportes son el ferroviario y el aéreo. El primero lo componen trenes de vagones cilíndricos que se deslizan por un tubo en el que encajan con precisión, movidos por una bomba impelente en la estación de salida y otra aspirante en la de llegada. Los llamados aviones consisten en una plataforma con barandilla en la que los viajeros charlan animadamente entre sí en las alturas, movidos por hélices y alas que baten el aire.

El hecho de que haya empleados que avisan a voces de que llega el tren o de que los aviones despeguen sin conocer que hay un huracán en su ruta que los obligará a posarse en el mar, no impide que los protagonistas se queden boquiabiertos a cada momento ante los adelantos que contemplan.

El libro, como los demás de su laya, carece de originalidad científica, pese a la descripción detallada de algunas conjeturas. Sin embargo, debió causar asombro en su día ya que consigue un aire de fábula mecánica del porvenir que tuvo que maravillar a los muchachos de entonces.

Los protagonistas dan la vuelta al mundo, naufragan en la isla de Tenerife -convertida en el zoológico de la Tierra tras la última erupción del Teide- y un navío aéreo los salva cuando están a punto de ser devorados por los leones, para terminar recluidos en un manicomio porque los ha vuelto locos la tensión eléctrica que impregna la atmósfera, a la que no están habituados.

* * *

Una versión reducida de este artículo apareció en Pulp Magazine.

 

 

 

 

© Augusto Uribe. No está permitida la reproducción de los contenidos de esta web sin el permiso expreso del autor.