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La tarde del 24 de diciembre de 1918 se estrenó en el teatro Reina Victoria, de Madrid, el pasatiempo cómico lírico La mujer artificial o La receta del Doctor Miró, en prosa de Carlos Arniches y Joaquín Abati y música del maestro Pablo Luna. Los primeros papeles del reparto correspondieron a Consuelo Hidalgo (Fabricia) y Julio Lorente (Don Faustino). El libreto lo publicó en 1919 la Editorial Pueyo, de Madrid (Arenal 6), con 130 páginas de 19x13 cm. en rústica y cubierta en color.

El alicantino Carlos Arniches Barreda (1886-1943) fue un famoso comediógrafo, autor de gran cantidad de sainetes, que creaba con facilidad personajes castizos de Madrid, de estilo y habla chulescos, como los que aparecen en esta obra. El madrileño de padre italiano Joaquín Abati Díaz (1865-1936), que escribió con frecuencia en colaboración con otros autores, produjo muchos juguetes cómicos y libretos de zarzuela.

Don Faustino Pérez Mogón es hombre de gran fortuna, pero desgraciado en amores, hasta el punto de que se la han pegado ciento veinticinco señoras, que las lleva contadas. Por eso encarga al afamado Doctor Miró que le fabrique una perfecta mujer artificial.

El doctor cuaja en una redoma las nucleínas y otras sustancias hasta formar los conglomerados albuminoideos que componen el cuerpo humano. Le añade biparaformato de carmín para redondear y colorear los tejidos y oleatro de bromita, lo cuece todo por un tiempo en el horno y echa en la redoma las perlas de su invención que den vida a la mujer.

Lo que que sale del horno y aparece en la redoma es una mujer bellísima, en buena lógica desnuda -no sé cómo se las arreglaron en la representación-, que recibe el nombre simbólico de Fabricia y que es "una estupendez de señora" en palabras de Vivales: este criado de Don Faustino se enamora perdidamente de ella en cuanto la ve. Han de inoculársele todavía las sustancias que moldeen su carácter al gusto de su propietario, de modo que sea callada o habladora, ahorradora o dispendiosa y demás.

Se le puede poner una inyección de amorosina para que tenga amor, mas al desconfiado Don Faustino no le basta con que lo ame, quiere asegurarse de que le sea siempre fiel. El doctor le explica que eso sólo puede conseguirse con la flecha que antes tenía Cupido y ahora tiene el demonio, que se la robó porque la fidelidad femenina era perjudicial para el negocio del infierno. La fabricación de mujeres artificiales también va a perjudicarlo, al mejorar la fidelidad masculina, pues los hombres no sólo podrán encargar mujeres a su gusto, sino también modificarlas cuando se cansen de ellas.

El infierno, sigue la explicación del doctor, ya no es lo que era, el diablo ha subcontratado su explotación a los yanquis y éstos han creado la Equitable Tostón Ltd., sucesores de Pedro Botero. Lo han modernizado todo, las viejas calderas de carbón son ahora tostadores eléctricos y, si bien no pueden suprimir las penas de los condenados, sí pueden aliviarlas proporcionando ventiladores y duchas a quienes estén en condiciones de pagarlo. Incluso hay benéficos días de Fiesta del Abanico para los pobres.

Miró es el corresponsal de Lucifer en Barcelona, por lo que le ofrece una carta de recomendación para él. El infierno se alcanza desde Nueva York, donde se han construido rascacielos hacia abajo, los llamados hurgainfiernos, cuyos sótanos se comunican con las elegantes estancias infernales.

Frasquito Vasija, otro sirviente de Don Faustino, intenta a escondidas en el laboratorio fabricar para sí otra mujer artificial, ésta de nombre Pelmidia, que le sale muy mal, es horrorosamente fea y lo más suave que dice de ella es que parece un murciélago sin alas. En cambio es más lista que Fabricia y nace amando a Vasija.

Don Faustino, Fabricia, Vivales, Vasija y Pelmidia se ponen en camino hacia el infierno, aunque no todos juntos ni con los mismos propósitos. Don Faustino para ofrecer diez millones por un pinchazo a Fabricia con la flecha de Cupido, Vivales dispuesto a vender su alma al diablo a cambio de que Fabricia sea para él y Vasija con Pelmidia, a la que abandona lo más lejos posible, aunque ésta alcanza el infierno desde El Havre a pie y sin dinero para vengarse.

Carlos Arniches y Joaquín Abari

Es una obra chusca, en la que los autores no desaprovechan la menor oportunidad para hacer un chiste. Allá abajo se habla de otra manera: "El diablo guarde a Vd. pocos años", a lo que se responde: "Y Vd. que no lo vea". No falta el problema con un suministrador de carbón español ni la amenaza de huelga de las meritorias de las Tentadoras del Amor.

No interesa para nada la asquerosa alma de Vivales, mas los diez millones de Don Faustino sí que interesan. Lucifer, que para eso es el diablo, los toma y le entrega a nuestro protagonista una copia de la flecha carente de toda virtud, pensando en pinchar él a Fabricia con la auténtica y quedársela para sí.

Sigue un culebrón ajeno a lo fantástico y en el último acto aparecen emparejados Vivales y Fabricia, por un lado, y, por el otro, Vasija y Fosforina, la mujer del demonio. Los persiguen los frustrados Don Faustino, Lucifer y la pelma Pelmidia, cuando aparece el Doctor Miró, que ahora produce seres artificiales en serie a precios económicos, tales una mayoría de diputados liberales para Romanones, oradores de mitin muy baratos y un centenar de cocheros amables para el Ayuntamiento de Madrid. En la clase femenina le están saliendo unas tobilleras de clase extrafina para dar vueltas por la Castellana, ir al cine o lo que se tercie.

El doctor, que no ha cobrado sus honorarios, tiende una encerrona a Don Faustino y sus acompañantes, a los que lleva con engaños a su Bazar y allí abre una trampilla en el suelo y los precipita a unas enormes tinajas de achicorato de jorobina. Con una gran espumadera los va sacando uno por uno, completamente achicojorobinados, y le muestra Lucifer a Fosforina, Don Faustino a Fabricia y Pelmidia a Vasija, pidiéndoles que los guarden para escarmiento de quienes pretendan vivir quitando la felicidad a otros.

Es duro que Lucifer termine sus días achicharrado, aunque quizá lo tuviera merecido.

 

 
 

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