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I. UNA ANTICIPACIÓN DEL PEOR MUNDO DE HUXLEY

El hombre ha pensado siempre en el Bien y el Mal, el Ying y el Yang, Dios y el Diablo, parece estar en su esencia pensar en los términos dualistas que se den en su cultura. En cuanto un hombre imaginó un mundo mejor y escribió una utopía, otro imaginó uno peor y escribió una antiutopía. Es el caso de Souvestre., que nada tiene que envidiar a un distopista de hoy, sino al contrario, y merecería ser más recordado.

Émile Souvestre nació el 15 de abril de 1806 en Morlaix, la capital del Finisterre francés. Comenzó con brillantes calificaciones su preparación para hacerse ingeniero de caminos, como su padre, mas, al morir éste, dejó las ciencias por las letras. Estudió Derecho e inició una carrera literaria de cierto nivel, aunque sus arranques fueron difíciles, incluidos sus problemas con la censura. Sufrió una seria depresión que le obligó a dejar París y refugiarse en su Bretaña natal, donde se recuperó.

Ocupó puestos tan sugestivos como el de profesor de "principios de estilo administrativo" en la Escuela de Administración Pública que fundó Carnot. Desarrolló una labor destacada en las "Lectures de Soir", creadas por el mismo ministro, aconsejando a los padres sobre las obras que debían leer sus hijos. Conoció distinciones significativas por parte de la Academia, que le honró a título póstumo con el premio Lambert al escritor más útil. Murió en París el 5 de julio de 1854, antes de alcanzar los cincuenta años de edad.

Escribió nada más que una obra fantástica, El mundo tal cual será el año 3000 (Le monde tel qu'il será dans l'an 3000), que se publicó en Francia en folletín en 1845-46 y conoció de inmediato hasta seis ediciones sucesivas en España en la segunda mitad del siglo XIX, algunas ilustradas con los dibujos originales de Bertall, Pengully y St.Germain, para no volver a editarse después.

El mismo año de 1846 se publicó en España por la Imprenta de J. Mata, de Barcelona, en un tomo en 8º mayor de 334 páginas y 75 láminas, todas las de la edición original, traducido por "un español del año 3000". Es una edición cotizada de coleccionista
que se ha visto en alguna subasta. En su día costaba 7 pesetas.

En 1852 la sacó Ediciones Populares, de Madrid, en la Biblioteca Universal que dirigía Ángel Fernández de los Ríos, en tamaño folio y adornada con sólo las ilustraciones de Bertall, las 10 de los personajes de la obra. Y otra edición interesante fue la que hizo en 1887 Al Timbre Imperial, de Barcelona, de formato menor que la anterior pero que contenía ilustraciones que faltaban en aquélla, 24 láminas en total, de personajes y de escenas. Otras ediciones fueron menos cuidadas y carentes de ilustraciones

Diré como curiosidad que las traducciones del francés fueron sólo dos, la citada de "Un español del año 3000" para Mata y la de F.N., traductor habitual del francés para la librería de Cuesta; las demás fueron arreglos, nihil novum sub sole.

La novela le ha valido a Souvestre un lugar de privilegio en la historia del género, pues fue uno de los primeros anticipadores que previó el porvenir en todos sus detalles, desde viajes en obús por túneles excavados bajo tierra hasta que se precisaran tres hombres y un cuarto de hora para servir un vaso de agua a un precio desorbitado para la época.

¿Anticipación o utopía, por más que negativa? Si se coincide con Van Herp en que la anticipación describe un mundo siempre perfeccionable y la utopía uno perfecto, en el que cualquier modificación supondría una ruptura en el orden establecido, estamos ante una anticipación, las cosas aún podrían ir peor. Desde otra perspectiva, se trata ciertamente de una distopía, el mundo que presenta no es el que se espera, sino el que se teme. Contiene elementos que prefiguran el mundo de Huxley, aunque se disuelve en la sátira, sus capítulos se suceden unos a otros para pasar sin solución de continuidad de un episodio irónico a una anécdota sarcástica, que puede ser muy cruel.

En el año 3000, a donde viaja una joven pareja de enamorados desde 1840, el cambio de costumbres podría resumirse en que el interés es lo único que cuenta: el mérito de un hombre se mide por el dinero que gana. "¿Cómo debe amar una mujer a su esposo?", se pregunta, "Proporcionalmente al dinero que le dé". Por la Avenida del Matrimonio se pasean las jóvenes luciendo impreso en sus vestidos el importe de su dote. "Viuda de tres millones que ha hecho ya la felicidad de cinco maridos, desea hacer la del sexto".

El planeta está constituido en un solo Estado, la República de los Intereses Unidos, y cada uno de los antiguos países fabrica un solo producto. La capital se ubica en la Isla del Presupuesto, que se dispone a distribuir a su población de modo que su proximidad al centro de la ciudad sea proporcional a su fortuna: las cosas van a ir a peor.

El Jefe del Estado es un sillón vacío que se tapiza de nuevo en cada legislatura, y los diputados son elegidos por quienes duermen en cama blanda y beben vino añejo, pues los que duermen bien y beben mejor, por fuerza han de ser gentes de orden. La Cámara Alta está integrada por personas mayores a quienes fastidia el movimiento e incomoda el ruido, valorándose positivamente que sean ciegos, sordos, gotosos o asmáticos. El cuarto poder es el Sindicato de Banqueros, al que el Estado ha hipotecado cuanto posee, tierras y mares incluidos.

Mediante cruzamientos seleccionados, las propias fábricas producen mestizos industriales, proletarios adaptados a su futuro trabajo. Se les miden de chicos las protuberancias craneales para conocer a qué trabajo son más adecuados y para él se les educa. Souvestre -que evidentemente desconoce a Pavlov- consigue porteadores de brazos robustos, cargadores de riñones resistentes, corredores de piernas ligeras y hasta pregoneros que tiene poco más que boca y pulmones.

En tal sociedad, el mayor problema lo constituyen los pobres, a los que no hay manera de sacarles dinero. Son tan malos ciudadanos que, si suben los alimentos, pasan hambre y, si sube la ropa, andan desnudos. El Estado se venga de ellos haciendo que, cuando recurren a la sanidad pública gratuita , al ingresar en el hospital pierdan la propiedad de sus cuerpos. Y como lo único que no pueden dejar de hacer es morirse, el entierro les cuesta cuatro veces más que a los ricos.

Esto es cuanto se complace en describir la novela, aunque las cosas son un poco más complejas. Si en Un mundo feliz los niños nacían en probetas y eran distribuidos en categorías, aquí están clasificados en nueve castas y, los de las inferiores, son criados "al vapor" con leche sintética: desde que nacen hasta los 18 años, su alimentación, su cuidado, el sol que los alumbra y el aire que respiran son los que corresponden a su casta, de modo que nunca podrán olvidar el lugar que les corresponde.

En cualquier juzgado, bajo el rótulo de "La Administración de Justicia es gratuita", figura el listado de precios de cuanto se precisa para acceder a ella. Los abogados cobran por páginas, por lo que escriben con letras grandes y todo lo repiten varias veces. En otro orden de cosas, una persona puede representar a otras muchas, de modo que el anfitrión de los protagonistas representa a 28 y cobra 28 sueldos, lo que ayuda a mantener las distancias.

Los exámenes son automáticos: el alumno ha de franquear cien puertas que se abren al apretar el botón de la respuesta correcta entre las veinte que se proponen. Cuando se sobrepasa el tiempo admitido, el niño no sólo suspende, sino que queda atrapado como una rata. En ese mundo con la historia distorsionada, una pregunta puede ser la lista de los reyes de la Bahía de Hudson desde Noé.

Las celdas de las cárceles están insonorizadas y dispuestas de modo que los presos no alcancen a ver nada fuera de ellas, lo que, en un tratamiento que no tiene nada que envidiar al del 1984 de Orwell, hace que hasta los criminales más duros terminen por ablandarse y convertirse en pacíficos animales domésticos. En el manicomio está recluido un hombre que recorrió Europa por placer, no para hacer dinero, junto con aquéllos a los que una vez se les ocurrió decir que Dios ha hecho a todos los hombres iguales y que todos tienen los mismos derechos.

La "simpatía" del autor por España se pone de manifiesto al decir que es un país en el que progresivamente fueron naciendo menos hombres y más carneros, hasta que en el año 3000 está habitado sólo por estos animales. Y por cuanto a Francia respecta, un estudioso de la antigüedad, leyendo la literatura de la época, ha establecido que, en el siglo XIX, 17 de cada 20 parejas terminaban en el asesinato o el suicidio de uno de los cónyuges, y que en el París de entonces era difícil no morir ahogado, apuñalado, envenenado, estrangulado o emparedado, de modo que sólo los pertenecientes a una raza especial conseguían sobrevivir. Souvestre trata todavía más ácidamente a políticos y militares, y así retrata a un Napoleón bebedor, al que hace morir asado a fuego lento, pues su leyenda se ha entreverado con las de Baco y San Lorenzo.

Pensó que algunos críticos no le habían tratado como se merecía y aquí, como un nuevo Miguel Ángel pintando en el infierno a un cardenal malquistado, arremete contra ellos. Otros literatos de su tiempo tampoco salen bien parados, por más que en el año 3000 ya no existan literatos, pues todos los libros están firmados por un mismo autor, que es una máquina: si se la alimenta de anales y memorias engendra novelas históricas, si de sucesos y crónicas de tribunales produce trhillers, etc.Las obras de teatro sacrifican su texto a los decorados disponibles y los actores no representan, muestran su personalidad: un domador de fieras que ha sustituido a un griego clásico en el amor de una doncella egipcia, huye con ella en globo mientras un cocodrilo generoso los defiende de dos serpientes enviadas para matarlos.

Rizando el rizo del humor, una mujer que se come a su marido queda libre porque la ley dice que el marido debe alimentar a su mujer. La Iglesia también la absuelve, pues está escrito que ambos deben formar una sola carne, aunque de la Iglesia más vale no hablar: si un cura practica el ilegal tráfico de esclavos, el siguiente aún lo hace peor.

El libro es original e imaginativo y algunas de sus anticipaciones acertadas, exageraciones aparte. Su tono es tan amargo como el de Huxley y sus inquietudes las mismas, con ochenta años de adelanto. La crítica le ha reprochado una excesiva predicación moral, pero se trata de una obra notable que no merecería el olvido en que ha caído.

Reiterando lo que antes he expuesto, diré que los trabajos de ensayo es frecuente que clasifiquen a los autores que imaginan el porvenir en anticipadores y utopistas, que diferencian entre sí. Los primeros describen la sociedad que piensan que va a darse en el futuro y los segundos la que desearían que se diera.

Esta novela de denuncia y advertencia está escrita por un anticipador que tiene al tiempo bastante de antiutopista, que encaja malamente en el esquema anterior, es más que nada una novela de sátira de costumbres.

 

 

 
 

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