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II. UNA UTOPÍA EJEMPLARIZANTE, MORALIZADORA Y FELIZ

Dentro de ese siglo XIX largo, que no concluyó hasta la Gran Guerra, se escribieron en Francia en 1907 y se publicaron en España en 1910 dos novelas de anticipación. La una fue Los terrestres en Vénus, de Sylvain Déglantine, de la que ya he tratado en un artículo anterior, y la otra fue Lo que serán los hombres del año 3000, de Gustave Guitton.

Hay eutopías y lo que podríamos llamar cacotopías, aunque prefiramos llamarlas distopías, y si Le monde tel qu'il será dans l'an 3000 fue un ejemplo de las segundas, Ce que seront les hommes de l'an 3000 lo fue de las primeras, podría funcionar como la réplica de la anterior. Es una novela ejemplarizante y moralizadora para la juventud, que debe prepararse para el porvenir, según escribe su autor.

Reproduzco su cubierta y las tres ilustraciones, que corresponden al mundo del futuro: los aeroscofos que vuelan agitando sus alas metálicas, los submarinos de cristal que recorren los preciosos fondos marinos que cultivan los horticultores del mar y la imagen en la pantalla de un hombre del año 3000. Se deben a Justillo, portadista e ilustrador habitual de Araluce, como Julio González Hernández, traductor habitual del francés.

He encontrado pocos datos biográficos de Gustave Guitton, apenas que nació en Essonne, Francia, en 1859 y falleció en 1918. Ello se debe a que aparece siempre dominado por su senior partner, Gustave Le Rouge, en colaboración con el cual produjo la mayor parte de sus obras, como la famosa La Conspiración de los millonarios. Escribió sin embargo en solitario alguna obra menor, como El submarino Julio Verne y ésta que aquí comento.

Cuando el joven Mauricio descubre que no va a ser nadie en la vida porque su familia ni es rica ni célebre, su padre le hace beber la "belzévorina", con la que viaja al año 3000 y conoce de primera mano el porvenir. Habita en él una sociedad sin ambición ni vanidad, en que el hombre de más alto empleo gana lo mismo que el de más baja ocupación, y donde todos viven felices. Los trabajos manuales los desempeñan los "entredichos", los pocos hombres que no han querido estudiar y laboran en las dos ciudades industriales del planeta, donde se fabrican todas las cosas y se produce la electricidad.

Se ha dominado el clima, de modo que la temperatura es tan agradable en el Himalaya como en los trópicos. Los hombres moran diseminados en hermosas casas rodeadas de vegetación, repartidas por todo el mundo, funcionando como una aldea global, que diríamos hoy, en comunicación permanente mediante el telégrafo, el teléfono y el teléfoto.

Los profesores graban las lecciones en sus casas y las retransmiten a los estudiantes, que sólo hablan ya dos lenguas, el neosajón para las asignaturas de ciencias y el neolatín para las de letras. Cada alumno dispone de un ingenio que, con buena voluntad, se podría asimilar a un ordenador de aprendizaje, pues funciona como máquina de escribir y calculadora avanzada y, sobre todo, lleva incorporada una "máquina de razonar con lógica". Se maneja con un teclado alfanumérico y se completa con una pantalla de porcelana para las imágenes.

Tras la Gran Guerra Mundial que enfrentó al planeta entero, éste se halla dividido en sólo dos países, los Estados Unidos del Antiguo Continente (Europa, Asia y África) y los Estados Unidos del Nuevo Continente (América y Oceanía), que viven desde hace siglos en paz, sin armas ni ejércitos. Recientemente, en el año 2817, se ha levantado un monumento a los seres que pretendieron, sin conseguirlo, llegar a la Tierra desde Marte. El más curioso invento del futuro es la psicofotografía, que retrata los pensamientos del cerebro, lo que impide todo fraude y sirve a los ciudadanos para comprobar que no se están despertando en ellos emociones inconvenientes.

La gente no se lava con agua, practica las "abluciones eléctricas" que limpian el cuerpo y la ropa. Los alimentos se producen sintéticamente. Han desaparecido los animales, excepto los que se conservan en zoológicos. Y casi parecería que hubieran desaparecido también las mujeres, pues sólo se mencionan esporádicamente dos calladas y sumisa esposas más la hermana de un acompañante de Mauricio, que ha terminado sus estudios y trabaja en una guardería a la espera de que llegue la hora de su casamiento. No es la única novela de su estirpe que trata el tema de un modo semejante, pero en ésta el tratamiento es realmente lamentable: es lo que tienen las historias moralizadoras y ejemplarizantes para la juventud.

Además de que no aparece para nada el sexo, tampoco, lo que es más raro, aparece para nada la religión. No hay en todo el libro la menor alusión a ella ni a un Ser Superior, incluso cuando se recuerdan las creencias y costumbres del pasado.

Cuando el joven regresa a su tiempo, el objeto de su vida ya no es conseguir ninguna prebenda; muy al contrario, está dispuesto a sufrir la pobreza y las privaciones para poner en práctica las ideas de belleza y verdad que han germinado en su alma. "Quiero ser", afirma para alegría de su padre, "uno de los obreros anónimos del progreso, la bondad y la fraternidad futuras".

Esta novela está ciertamente escrita por un utopista eutópico. Sin embargo, algunos de sus pretendidos valores eutópicos ya son distópicos, no en el año 3000, sino en el 2000. Son tales la extinción de los animales en libertad, la destrucción de los monumentos antiguos al hacer desaparecer las ciudades, la alimentación uniforme con productos sintéticos y hasta lo que parece ser un dopaje de los jóvenes para mejorar sus prestaciones. Y, por encima de todo, que el papel que asigna a la mujer y a los "entredichos" no tienen nada de eutópico.

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Publiqué en la revista BEMonline dos artículos con estos mismos títulos, que ahora he revisado ligeramente, añadiendo algún dato menor y corrigiendo algún pequeño error.

 

NOTAS

1. Gustave Guitton, Lo que serán los hombres del año 3000 (Ce que seront les hommes de l'an 3000, 1907), Ramón de S.N. Araluce, editor (Bailén 107), Barcelona, 1910, traducción de Julio González Hernández; rústica, 234 páginas de 19'5x12 cm., cubierta e ilustraciones de Justillo, 2 pesetas.

 

 
 

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