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I. UN VIAJE A CEREBRÓPOLIS

Las primeras narraciones españolas de proto ciencia ficción biológica que conozco son dos cuentos del periodista Fernández Bremón que datan de 1875 y 1879 y recojo en otros Apuntes, pues éstos, dedicados al género, están tan sólo conformados por novelas escritas por el Dr. Giné.

Escribe el profesor Santiáñez-Tió en la Antología [1] a que más de una vez hago referencia que "no existen muchas aportaciones de la ciencia ficción española decimonónica a la especulación biológica y médica", calificando a continuación de ilegibles las dos novelas del Dr. Giné que conoce. No puedo sino darle la razón desde su óptica, por más que me pese al tratarse de tan ilustre cirujano, dermatólogo y psiquiatra, pero sírvale de excusa que su propósito no era tanto literario cuanto docente, para poner al alcance de los estudiantes de medicina una serie de elementos del cuerpo y la mente humanos que en la primera novela corresponden a la anatomía del cerebro.

D. Juan Giné y Partagás nació el 18 de noviembre de 1836 en Pla de Cabra, hoy El Pla de Santa Maria, en la comarca del Alt Camp de Tarragona, hijo de padres modestos. Trabajando en una barbería para costearse los estudios, cursó la carrera de medicina en la Universidad de Barcelona, en la que llegó a ser decano de esa Facultad, donde desempeñó la cátedra de clínica quirúrgica tras un breve paso por Santiago de Compostela. Fue también director del manicomio Nueva Belén de San Gervasio, Barcelona, y falleció en esta ciudad el 27 de febrero de 1903.

De baja estatura y complexión recia, de aspecto rechoncho y cara bondadosa, expuso sus teorías en numerosas colaboraciones en revistas médicas, alguna fundada por él mismo, y escribió varios libros, entre ellos las tres novelas que paso a comentar.

Un viaje a Cerebrópolis [2] lo presenta utilizando como cláusula de autentificación un viejo manuscrito del Licenciado Ingrasias del que dice no ser el médico italiano del siglo XVI de ese nombre [3], sino otro que lo eligió como seudónimo, manuscrito que ha recibido de su abuelo.

La obra se inicia con la presentación de una "Sensación" que, entre las dos Estéticas, la de los sabios y la de los artistas, ha tomado decidido partido por la primera e invita al lector amigo a que penetre con ella en la urbe cerebral y la acompañe a su residencia, en un periplo un tanto a la manera, aquí rudimentaria, del Viaje alucinante de Asimov.

Con todos los elementos cerebrales personificados, le advierte de la presencia de don Glosofaríngeo o doña Yugular, le ayuda a franquear los obstáculos que se encuentra y le muestra "su casita", explicándole que las manchas que la afean se deben a que la fámula no ha barrido bien, para enseguida aclararle que se trata de una broma, ya que su celda no se puede barrer porque no está llena de aire, sino de líquido.

Desde la puerta escuchan los latidos del corazón y la sensación le explica la circulación de la sangre arterial y venosa por las cañerías y el alcantarillado de la ciudad, cosa que conoce porque unas compañeras suyas han llegado hasta aquel órgano y se lo han contado. Son las colegas que residen en el Barrio del Bulbo (raquídeo), en los arrabales de la urbe cerebropolitana, algo así -dice- como Carabanchel en Madrid u Hostafranchs en Barcelona.

Y así va describiendo el funcionamiento del cerebro a lo largo de páginas más bien farragosas. La sensación presenta al lector a alguna de sus congéneres y se queja de la mala administración pública de Cerebrópolis: mientras, por ejemplo, a una sensación óptica, acústica o táctil no se le permite la entrada durante el sueño, sí se consiente que lo hagan las esplénicas o viscerales, como las intestinales o las urinarias. Éstas son la plebe del linaje de las sensaciones, que no conocen la urbanidad ni por los forros. Las hijas de las sensaciones, en cambio, que son las ideas, componen la aristocracia de la familia y habitan en los barrios residenciales de las circunvoluciones.

Se convoca una gran Asamblea Cerebral que preside el lector que ha llegado hasta allí invitado por la sensación y que se identifica como el Dr. Ludovico Dromos. Intervienen en ella el Hambre, una sensación que procede de la boca del estómago, la Sed, el Valor, la Prudencia y otras más. Cuando alguien alude a la Conciencia y dice que es una facultad del alma, alma que puede terminar en el cielo o en el infierno, se origina una agria discusión en la que las asambleístas parecen abandonar la condición de simples sensaciones que venían manteniendo para pasar a un nivel superior.

Mas la novela recupera pronto su tono con la intervención de la propia Conciencia, que se define a sí misma no como una unidad sino como una pluralidad, compuesta por la suma de todas las actividades del cerebro. A continuación lo hace el Libre Albedrío, saludado con gritos que se acallan cuando expone que la libertad moral es tan sólo una quimera, lo que en otras palabras quiere decir que las sensaciones son meros autómatas.

Hago gracia al lector -al lector mío, el del autor ha de padecerlo- de las intervenciones del Orgullo, la Vanidad, la Envidia y los Celos, mas no de la de los representantes invitados de Cerebelópolis, que se quejan amargamente del dominio que la metrópoli de Cerebrópolis ejerce sobre su vecina inferior. Cerebrales y cerebelosos se enzarzan en una disputa tan violenta que el Presidente ha de pedir orden.

Nunca lo hubiera hecho, pues la vibración de su voz resuena en el cerebro con el estrépito de un cañonazo y el cráneo estalla como una granada.

Los capítulos finales recogen las notas de quien ha hablado, el Dr. Dromos, que explica cómo aquel cerebro tenía en mal estado las vías hidráulicas y los canales de comunicación, las celdillas de materia gris y la sustancia que liga todos estos elementos, pues correspondía a un sujeto que debió comer menos y andar más para no ser víctima de una apoplejía. (De una apoplejía murió precisamente el Dr. Giné).

Durante las tres horas que duró la Asamblea, sigue diciendo el narrador, tuve ocasión de escuchar gritos horrorizados de "¡un ateroma!, ¡un ateroma!" y "noté que los interesados se apiñaban despavoridos alrededor de una manifestación procedente del gran canal sylviano, contemplando unos núcleos duros y ternillosos que, al paso que disminuían en gran manera la capacidad de la cañería, impedían que ésta fuese tan elástica y contráctil como hubiera sido menester para el libre y activo curso de la sangre".

La novela se remata con una serie de consideraciones técnicas del Dr. Dromos (Giné) sobre el cerebro que ha visitado y que expone como una contribución a la divulgación de la anatomía patológica cerebral, más una exhortación a los lectores para que unos la estudien y todos lleven una vida sana.

NOTAS

1. Santiáñez-Tió, Nil. De la Luna a Mecanópolis. Antología de la ciencia ficción española (1832-1913), Barcelona, Quaderns Crema, 1995.

2. Giné y Partagás, Juan. Un viaje a Cerebrópolis, ensayo humorístico de dinámica cerebral escrito por el licenciado Ingrasias, Caballero del Espolón de Morand y de la Silla turca, Gran Cruz del Kiasma y profesor libre de la Universidad de Lira, dado á luz, en español corriente y moliente por D. Juan Giné y Partagás, catedrático de la Facultad de Medicina de Barcelona, Médico-Director del Manicomio Nueva-Belén, etc., etc. Barcelona, Imprenta de los Sucesores de N. Ramírez y Cía. (Pasaje de Escudillers 4), 1884, 122 pp.

3. Juan Felipe Ingrassias (1510-1580), natural de Palermo, fue nombrado protomédico de Sicilia por Felipe II y, tras la peste de 1785, se le conoció como el Hipócrates siciliano. Su nombre está asociado a la apófisis de Ingrassias y los títulos que le confiere el autor de Caballero del Espolón de Morand y de la Silla turca están ligados el uno al cerebro y el otro al propio esfenoides de su apófisis. La Gran Cruz de Kiasma hay que entender que se la otorga en mérito al traumatismo ocular que sufre el protagonista.

 

 
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