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II. LA FAMILIA DE LOS ONKOS

Pienso que Un viaje a Cerebrópolis no fue un éxito de crítica, aunque sí debió serlo de ventas, y cuatro años después el Dr. Giné escribió -iba a decir perpetró- otra obra semejante, aún más ambiciosa y extensa, que tituló La familia de los onkos [1], que ya no fue una edición de autor sino que encontró editor e ilustrador [2].

Escribe el prologuista que, al igual que Esopo hizo hablar a las ranas, el Dr. Giné hace hablar a las especies neoplásicas y neoplásmicas [3], que se expresan según su naturaleza pero con perfiles humanos. Tanto es así que si alguien contemplara sólo las ilustraciones, todas de hombres y mujeres vestidos a la usanza del siglo XIX, se formaría una idea completamente equivocada de la naturaleza del libro. Éste, sigue el prologuista, pretende llevar al conocimiento de sus lectores los reinos de itis y onca, de inflamacionse y tumores cuya distinción tantos quebraderos de cabeza proporciona al atareado alumno y, en ocasiones, hasta a sus maestros.

Las obras científicas se pueden clasificar en literarias y no literarias y La familia de los onkos pertenece decididamente a aquéllas, en las que es frecuente que las enfermedades se metaforicen según cada autor y la época en que se escribieron. Giné establece una metáfora sociopolítica de la inflamación, llegando a asimilar el orden del organismo a la monarquía y el desorden a la república, presentando las enfermedades como si de revueltas revolucionarias se tratara.

Los vecinos reinos de Itis y Onca son de características y habitantes distintos, por más que pueda haber algún mestizaje entre ellos y nunca falte un viajero que se confunda y crea estar en el uno cuando está realmente en el otro, o piense que trata con un ciudadano del primero cuando en verdad lo hace con uno del segundo.

Para hacer el viaje, el Dr. Giné toma el nombre de Histógenes Micolini, de histós, tejido, y geneá, engendrar para lo primero y de micós, hongo, con una terminación italiana para lo segundo, al que hace Comendador de la Orden de la Telangiectasia y del Pigmento, catedrático por oposición al Gobierno, etc., donde telangiectasia proviene de tele, lejos, angios, vaso, y ectasia, dilatación, por lo que significa vaso lejano o capilar dilatado, y por oposición al Gobierno es una broma que luego se explica.

Cuando el doctor viajero llega a su destino le sorprende una encendida arenga en la Plaza de la Clínica de la capital de Itis, cuyos ciudadanos, diviesos, panadizos, golondrinos, flemones y demás, se manifiestan airadamente al grito de "¡Vivan las jorobas rojas! ¡Mueran las gibas blancas!"

D. Flemón se erige en cabecilla de quienes sostienen que las gibas blancas son todas de Onca y han de ser desterradas. Como el Proceso Inflmatorio, que es el Primer Edil de la ciudad, no está de acuerdo con él, se rebela y proclama la República, sin que de nada sirvan las amenazas de arrojar a los insurgentes a la potasa cáustica. Los triunfadores proclamen que van a caminar por la senda de la libertad y del progreso, mientras los "patriotas" se retiran sin dejar de decir que la República es desenfreno y libertinaje.

Decide entonces el protagonista desplazarse a Onca, separado de Itis por un abismo que no cruza ningún puente membranoso a causa de la profunda enemistad de sus respectivos habitantes. Aunque otros viajeros han afirmado que existe un activo comercio entre ambos reinos por medio de la tubería inflamtoria, D. Histógenes comprueba por sí mismo que no es tal: nunca un habitante de Itis ha residido en Onca ni al contrario.

De tal modo que ha de pasar por la isla de Trauma, en cuya capital, Trauma Chirona [4], reside el emperador Centauro. En el Hospital del Sagrado Miocardio toma pasaje en una escara seca de cloruro de antimonio que, arrastrada por una corriente de pus, lo lleva hasta Onca, donde se encamina a la Casa Capitular de los Neoplasmas acompañado por el Dr. Equimosis, al que ha convocado golpeándose un dedo con un martillo.

Allí son recibidos en una estancia a modo de laberinto de celdillas que están repleta de odres que contienen una materia aceitosa y que de cuando en cuando revientan, inundándolo todo. El Dr. Equimosis saluda a la matrona d0ña Neoplasia, madre y soberana de los onkos, que viste la túnica del blastodermo, de blastós, germen, y derma, piel, compuesta de tres telas. Se ocupa en la tarea de acumular odres para un lipoma en la espalda de un individuo que se ríe de los jorobados y que tiene 200.000 pesetas de renta, lo que lo convierte en un candidato al bisturí del doctor.

La reina presenta a D. Histógenes a sus hijos, los neoplasmas ellos y las discrasias ellas [5], y el doctor explica que ha llegado hasta allí para conocer de primera mano cómo son, pues existen en su mundo diversas opiniones sobre su conformación y naturaleza. Sin esperar la respuesta, toma la palabra Herpética, la representante de las féminas, que es una discrasia primitiva que vive en la sangre y produce en la piel y las mucosas los dartros [6]. Sigue un largo parlamento sobre su vida, que hay que entender como la exposición de las teorías del autor, rematado con los besos y abrazos de sus once hermanas, Escrofulosa, Cancerosa, Sarcomatosa, Artrítica, Reumática, Sifilítica, Tuberculosa, Leprosa, Pelagrosa, Escorbútica y Lipomatosa.

Acto seguido interviene por los varones Carcinoma, quien inicia su oración rasgándose su toga tegumentaria a la manera de los jueces de Roma cuando se sentían despechados por la justicia, y lo mismo hacen en la medida de sus posibles sus once hermanos Sarcoma, Fibroma, Condroma, Osteoma, Samnoma, Glioma, Mixoma, Odontoma, Adenoma, Angionma y Neuroma, lo que ni decir tiene que aprovecha el autor para detallar su esencia, adornada con frases como "aguardando la ocasión para ulcerarse, que es decisión que un buen tumor no debe tomar hasta última hora" y otras por el estilo. Luego se generaliza la discusión sobre los respectivos derechos de unos y otras para que los lectores recibamos otra lección médica. Éste es obviamente el propósito del Doctor y, por si alguien se perdiese, incluye al final del libro un elucidario de más de trescientas voces cuyas definiciones he respetado.

Su Majestad doña Neoplasia se interesa vivamente por las maneras de entender la homología y la heterología por parte de los sabios germánicos y latinos, lo que da pie a nuestro buen doctor para endilgarnos otra de sus peculiares lecciones, que doña Neoplasia resuelve diciendo que no hay homos ni héteros, que ella es la madre de todos los onkos porque los ha fabricado a todos. Y lo apoya presentando unas tablas de pizarra en las que está grabado el pacto que se firmó el día mismo de la creación del hombre entre Gesundheit y Krankheit [7]: en él se conviene el uso común por las partes de los elementos de la economía orgánica, principalmente del blastodermo, así como el derecho de cada uno a montar sus propias industrias, aunque cada parte podrá destruir los productos fabricados por la otra.

Más allá de cómo acierte yo a resumirlas, todas las acciones están absolutamente personalizadas, lo que quizá sea el motivo que ha movido a considerar la novela como una producción de proto ciencia ficción. Las doce discrasias tienen sus maridos y los doce neoplasmas sus esposas, pero el caso de su madre es extremo, pues, soltera como es, se prenda de D. Histógenes y le ofrece compartir el trono con él.

-¿Nos casaremos pronto?
-En cuanto vuelva de mi patria y lo consienta papá.

Por supuesto que el célibe y asustado doctor, que confiesa que nunca ha sentido apego por la coyunda, la tranquiliza en la mayor medida que se le ocurre diciéndole que sus vínculos son ya indisolubles en el fondo de sus conciencias y que ansía desposarla, pero en cuanto ella se da media vuelta, le falta tiempo para poner pies en polvorosa.

Regresa a Trauma, aunque deteniéndose por el camino en Trophos, ciudad de muros escarpados y artillados ubicada en la Costa de los Delirios, donde está la Casa Capitular de los Neoplasmas. En un chiste fácil, sale de ella por una puerta excusada que lleva el número 100 [8] y cruza el río Sanies por un puente de colesterina con pretil de vasos y ganglios linfáticos, arribando al otro lado de la villa, de sucias calles y viviendas miserables.

Sube por una costanilla de casas ulceradas y llega al palacio del mayorazgo, el del príncipe Carcinoma, que está abierto en la puerta como un paraguas de color amaranto. Le dice que ha sido recomendado a su solicitud por su señora madre y a Carcinoma le falta tiempo para tomarlo del brazo y conducirlo al Hospital de los Degenerados. Allí están los adiposos, que van a ser reabsorbidos por haber perdido su derecho a la existencia; los amiláceos, que han llegado arruinados de las vísceras por haber dilapidado su caudal en hiperemias e hipertrofias y ahora venden fideos y macarrones; los albuminosos, que subvienen a sus necesidades vendiendo huevos sin yema, y otros de la misma laya.

La Salud y La Enfermedad

Visitan luego la cárcel, a donde van a parar los onkos que, no habiendo tenido valor para ulcerarse, se entregaron a la contemplativa vida monástica y ahora están cada uno en su celda; los quistomas, que son causa del atraso y miseria del país y se limitan a sentarse en el patio al sol y, en la galería que dicen Pigmentaria, residen los onkos que, no teniendo una peseta, pretenden seguir fantaseando. Todos están en el corredor de la muerte, pronto serán reabsorbidos si antes no se enquistan o gangrenan.

Después le llega la vez al Asilo:

-Una limosna para los necesitados del Asilo.
Carcinoma le dio un esputo de sangre de no menos de ocho gramos.
-Todo sea por Dios- dijo la Cerea.

Y luego el turno es para el cementerio, que tiene más de muladar que de camposanto, pues como sólo se mueren los pobres, no hay nichos ni panteones y los restos de los onkos al aire despiden un olor pestilente.

Por último visitan la Casa del Censo y Padrón de los Onkos. Las oficinas del Padrón Anatómico están a cargo de un barbudo alemán, el Dr. Billrhot [9], que tiene a los onkos divididos en cuatro distritos, el de los Benignos, que viven solitarios, crecen lentamente y, una vez extirpados, no se reproducen; el de los Sospechosos, que suelen ser múltiples y tienden a recidivar, aunque jamás infestan todo el organismo; el de los Malvados, que crecen rápidamente, infestan el organismo entero y siempre recidivan tras haberse cebado en los ganglios -son los carcinomas-, y el de los Rematadamente Incorregibles, representados por el Fungus Hematodes [10].

Pasan después a la Oficina del Registro, a cuyo frente está otro médico germano, el Dr. Virchow [11], que trabaja en base al microscopio. Cuando estamos asistiendo a la clase de rigor, el Carcinoma recibe un telegrama de su madre la reina en el que le anuncia su próximo enlace con D. Histógenes y le adelanta el contenido de un decreto que establece que los neoplasmas son anteriores a las discrasias. La noticia provoca tal emoción en él que se muere de alegría, lo que el autor aprovecha para describir sus hemorragias hasta que termina exangüe, a más de detallar sus funerales.

D. Histógenes recupera la compañía del Dr. Equimosis y ambos marchan a Trauma Chirona, en la que se alojan en la Hostería del Alumno Interno, que tiene muchas virtudes y dos debilidades: el vino y las fregatrices, y por eso se le conoce como Crápula. El almuerzo que les sirve está compuesto por una lonja de ternera mechada aderezada con media docena de moscas, dos escarabajos que se debaten en la agonía de la asfixia y una salamanquesa con la cola desprendida, aún más viva que los escarabajos.

En esas están cuando penetra en el comedor una alegre tuna cuyos componentes entonan la canción tocológica, de la que se reproducen letra y música: la letra habla de una niña remonísima que se enamoró de un médico y, por estrecha de pelvis, murió al dar a luz. Portan la mala noticia de que se dispone a desembarcar en la isla la reina doña Neoplasia de Onca, que D. Histógenes teme que venga a vengar su innoble fuga.

En la peña de Santa Bárbara, frente al puerto, se levanta la Universidad, con una Facultad de Medicina cuyas enseñanzas se oponen a los antiquísimos códigos que sostiene el Gobierno del Centauro, lo que da pie al autor para exponer largamente sus modernas teorías y rebatir las viejas de otros. Y, en busca de la seguridad académica, allí solicita y obtiene D. Histógenes un nombramiento de catedrático "por oposición", esto es, tras prestar juramento de oponerse al Gobierno.

Al salir se cubre con la politrófica sobreveste de Crápula llamada Mugre por las innumerables sustancias que la impregnan, mas el disfraz no lo libra de los perspicaces ojos de D. Neoplasia, que lo reconoce al punto y le susurra por lo bajo: "¡Pillín!". Aunque verdaderamente asustado, no puede marcharse sin poner en las augustas patas del Centauro el documento que para él le entregó el Proceso Inflamatorio, por lo que se llega con Crápula a su Palacio, que está rodeado de campos de alfalfa y en cuyas estancias nunca falta un pesebre repleto del mejor pienso.

"¡Alfalfa!" es lo que exclama el equino emperador tras leer el pergamino que da cuenta de la proclamación de la República de Itis por Flemón, que ahora se hace llamar Absceso. Y ordena inmediatamente que vaya el Dr. Equimosis a reventarlo, al tiempo que ofrece a D. Histógenes la más velera de sus góndolas para el viaje de regreso a su país: es La escapatoria, que toma junto con Crápula para navegan viento en popa mientras escucha de lejos los gritos que lanza doña Neoplasia desde la playa.

Arriban ambos a las costas mediterráneas y venden a un pescador de red el esquife, que todavía puede verse en un puerto del Cantábrico con la proa rematada por una figura de centauro. Crápula retorna a sus estudios en Barcelona y nuestro galeno recibe una cariñosa carta del Dr. Equimosis en la que le cuenta que doña Neoplasia tiene preparado su rico ajuar en espera del día de su boda, así como que marchó a Itis al frente de un ejército de cirujanos y halló al Presidente de la República en una taberna, apurando su tercer litro, de modo que le metió un palmo de bisturí en la joroba.

Y la novela se concluye con una invitación a visitar Cataluña: propios y extraños la aman al punto que la conocen.

NOTAS

1. Giné y Partagás, Juan. La familia de los onkos, novela ó fantasía humorística, de carácter clínico, escrita para recreo, utilidad y ornato de profesores y escolares de la noble ciencia y provechoso arte de curar, por el Dr. D. Histógenes Micolini, Comendador de número de la Real y distinguida Orden Americana de la Telangiectasia y del Pigmento, y Catedrático (por oposición al Gobierno) de la Facultad de Cirugía de Santa Bárbara (que truena) en Trauma Chirona, traducido del volapiik al castellano con libertad y uso de los derechos individuales por el Dr. D. Jan Giné y Partagás, Catedrático de Clínica Quirúrgica en la Universidad de Barcelona, precedida de un prólogo del Dr. D. Luis Comenge e ilustrada con profusión de grabados por D. A. Castelucho, Barcelona, Librería Médico-Quirúrgica de D. Jacinto Güell, Establecimiento Tipográfico-Editorial La Academia (Ronda de la Universidad 67), 1888, 260 pp.

2. Antonio Castelucho Vendrell, pintor nacido en Barcelona en 1835, no cultivó en demasía la ilustración de libros, sino que se dedicó preferentemente a la escenografía teatral y la decoración, lo que de algún modo se intuye en sus dibujos. Tras residir por muchos años en París, murió en esta ciudad en 1910.

3. La neoplasia es el trabajo morboso por el que se originan y crecen los neooplasmas, tumores o tejidos anormales que no se derivan del proceso inflamatorio.

4. Chirona, de Chirón, o Quirón, centauro a quien Apolo y Diana enseñaron la ciencia de la medicina y la cirugía que él transmitió a Esculapio y otros.

5. Discrasia, alteración en la composición de la sangre por sustancias ajenas a ella.

6. Dartro, enfermedad crónica de la piel de naturaleza herpética o escrofulosa.

7. Salud y enfermedad en alemán. El Doctor pertenece a la escuela germánica y hace sus pinitos en esta lengua, como también en griego.

8. En los hoteles antiguos, el excusado o retrete estaba en una habitación señalada con el número 100.

9. Teodoro Billrhot (1829-1894) fue un ilustre cirujano alemán que publicó un tratado sobre la clasificación de los tumores.

10. Estado del cáncer ulcerado en que la sustancia del tumor rebosa como un hongo, con un tejido celular repleto de sangre que produce frecuentes hemorragias.

11. Rodolfo Virchow (1821-1902) fue un célebre médico y antropólogo alemán, autor de numerosas publicaciones, entre ellas tratados sobre tumores.

 

 
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