Presentación
Apuntes
Artículos Biblioteca
Contacto
 
[1]   [2]   [3]

III. LOS MISTERIOS DE LA LOCURA

Si nuestro buen doctor dejó pasar cuatro años entre la publicación de su primera novela y la segunda, entre la de ésta y la tercera transcurrieron sólo dos; si la una duplicó las páginas de la anterior, la otra las triplicó. Se llamó sencillamente Misterios de la locura [1] y apareció sin autor interpuesto ni otras zarandajas. La editó Henrich y Cía, que eran los sucesores en el negocio de N. Ramírez y Cía., responsables también de Un viaje a Cerebrópolis, y la ilustró Pedro Eriz [2].

El texto aparece encabezado como Memorias de Ultrafrenia, de "más allá de la razón", que explica el autor que las imaginó en paralelo con las Memorias de Ultratumba de Chateaubriand. Las primeras cincuenta páginas, tituladas "Antecedentes", son convencionales y se leen con facilidad. Un joven narra su niñez y su adolescencia, deteniéndose en cómo llegó a la alquería de un colono de su padre y se sintió tentado por sus dos hijas, Rosita y Angelita.

Bastante excitado tras espiar a la mayor cuando se desnuda y se espulga antes de meterse en la cama, recibe la visita de la menor que lo invita a acompañarla en plena noche hasta la tapia más cercana, que resulta ser la del cementerio. Todas las semanas Rosita y Angelita, la una los martes y la otra los viernes, colocan sobre las tapias del camposanto unas ollas viejas con tres agujeros y encienden en su interior una vela. Los medrosos lugareños, que no se atreven a acercarse, creen que son calaveras de ánimas del purgatorio que reclaman alguna sufragios.

Por la parte que pueda corresponderles, depositan a la mañana siguiente algunas limosnas en un cepillo que hay a la puerta del edificio más próximo, precisamente la alquería en que viven las hermanas, que se visten con ese dinero. Mientras el muchacho y Rosita retozan a la espera de la hora del encendido, cae sobre él un ataúd que se abre y lo cubre de ropas y huesos, al tiempo que se escucha la voz de Angelita, que es quien se lo ha arrojado y que grita que ya ha sido vengada.

La segunda parte se titula "La locura por dentro" y la novela retoma el perfil de las que la precedieron. El joven protagonista, que resulta llamarse Eulogio Higiofrén, de eu, bueno, logos, palabra, higio, sano, y fren, mente, esto es, el que habla bien con mente sana, se ha vuelto loco de la impresión. Las vesanias, en todo opuestas a la Razón, la expulsan de su palacio en la urbe de Cerebrópolis, obligándola a exilarse en otro territorio, en un observatorio privilegiado desde el que puede ver cuanto ocurre en su antigua morada y contarlo.

Describe el cerebro por analogía con la esfera terrestre, de modo que el Ecuador es un círculo máximo craneal que va del medio de la frente al centro del occipucio y regresa por el otro laso. Entre el Ecuador y los trópicos se halla el país de Higiofrenia, permanentemente iluminado por los rayos verticales del sol del entendimiento. Entre los trópicos y los círculos polares se ubica Ultrafrenia y entre los círculos polares y los polos se encuentran las regiones, siempre en tinieblas, de Afrenia y Oligogrenia.

La orografía de Ultrafrenia incluye montañas de dolor y tristeza cuyas lágrimas absorben las tierras áridas del pecado, el remordimiento y la penitencia; promontorios de tronos y altares, parnasos de las musas y hondonadas en que rugen las fieras de la ira; a la derecha hay aquelarres de hechiceros y brujas, a la izquierda cruces y santos, y más allá cuadros que merecen azotes, cilicios e instrumentos del Santo Oficio.

Tiene también una flora y una fauna de las que otra vez hago gracia al lector para pasar a la demografía de Ultrafrenia. Entre los ultrafrenenses figuran las ilusiones, las alucinaciones, los impulsos y los delirios que, cuando se sublevan y se hacen con el poder, dejan a Cerebrópolis, sus provincias y sus municipios sin alcaldes, gobernadores, ministros ni rey o Presidente del Gobierno, sin autoridad ninguna. Asimila Giné la situación a la de España:

"El pabellón nacional es vilipendiado por tribus bárbaras, fanatizadas por santones; se roba en el ramo de consumos, se estafa en contratos para construcciones navales... Tales son las quejas y el ministerio interpelado responde que no hay tales carneros, que la prosperidad se cierne sobre la cabeza de los administrados y que todo cuanto se escribe y vocea no es más que el grito de los hambrientos del Presupuesto y la obra de los eternos enemigos del orden y del buen gobierno."

La Razón, que observa y narra, advierte cómo los galos llegan a las puertas de Roma y por más que chillan los gansos del Capitolio, la Junta Revolucionaria se hace con el palacio presidencial y fija en él una proclama sellada con la figura de la Razón patas arriba que, abreviadamente, dice:

"¡Ultrafrenenses!: Ha llegado nuestra vez, la tiranía ha sucumbido al impulso de la fuerza bruta, que es la nuestra. Queda desocupado el precioso palacio de la Conciencia, es preciso orearlo. Todas las cadenas están rotas. Queda la capital de Ultrafrenia declarada en estado de Éxtasis o Estupor. ¡Viva la libertad! ¡Viva la anarquía! ¡Viva la bronca! ¡Viva la gresca!"

Las turbas gritan, aúllan, bailan y lloran, hasta una monja tira reniegos y enseña rolliza pantorrilla. Cosquillas, besos, alfilerazos y puñaladas, de todo reciben los circunstantes sin percatarse de ello. Y es que "el loco es un enfermo del conocimiento que desconoce su propia enfermedad porque no tiene el conocimiento sano".

Mientras dentro se prepara el programa de una Gran Locura, la Razón escucha fuera un diálogo de galenos en que lleva la voz cantante el Dr. D. Agapito Zuriaga -nombre de un fallecido catedrático de Anatomía de la Universidad de Valencia-, en que se trata del caso de Eulogio, internado en un manicomio.

De vuelta al cerebro, se personifican vesanias, alucinaciones y delirios, y hasta al aristócrata inglés lord Spleen, para retornar al exterior y contar cómo llegan al establecimiento Rosita, Angelita, su padre y el doctor D. Agapito Zuriaga, lo que da pie a Giné para explicar por boca del Director un par de cosas que le interesa aclarar, porque el vulgo las cree de modo distinto: que hay muchas locuras que tienen curación y que el loco es un enfermo al que ni se castiga ni se maltrata, ni de palabra ni de obra.

Entran en la escena de Cerebrópolis los personajes masculinos, los Delirios y los Impulsos, de los que el narrador nos propone ejemplos para que comprendamos lo que es la locura. La mente de Eulogio la ocupan pensamientos delirantes de remordimiento y de culpa, imágenes de pesadilla del cadáver de Rosita en su ataúd exigiendo venganza por su inocencia mancillada, de fúnebres cortejos de sacerdotes o de demonios que lo conducen a que los gusanos lo coman vivo, y de la momia vengadora del cementerio profanado que quiere llevárselo consigo.

Siguen páginas y más páginas en las que se narran las vicisitudes de Eulogio en el manicomio y cuanto ocurre dentro de su cerebro, exponiendo cómo tratan la situación los muchos periódicos que se publican en Ultrafrenia, diarios, semanarios y hasta una publicación incesante, la titulada "La Idea Fija", o cómo corren a refugiarse los Delirios y las Alucinaciones cuando el médico seda al Oñate con cloroformo.

Los Delirios se siguen esforzando y presentan al loco escenas de guardias civiles y mozos de escuadra rematadas por un verdugo y un cadalso con garrote vil tomados de una representación teatral a que asistiera Eulogio, mas cada vez son menos consistentes y hacen dudar de su realidad. Finalmente se disipan cuando recibe una ducha helada de la que sale despierto y despejado. Como es de rigor, se presenta a continuación la correspondiente repercusión en su cerebro, en el que los revolucionarios dan por fracasada su intentona cerebropolitana y la Razón regresa a su palacio.

Aquí terminan propiamente las Memorias de Ultrafrenia. Médicos y familiares convienen en que lo mejor para Eulogio y Rosita es que pasen por el Registro Civil y la vicaría y que Angelita ingrese en un convento, con lo que los interesados se muestran muy conformes. Sin embargo Eulogio decide quedarse unos días más en el manicomio para asegurar su recuperación, que es el pretexto de Giné para escribir una tercera parte, "La locura por fuera".

En ella se presenta a una serie de locos, desde el que, en su delirio de grandeza se cree el Espíritu Santo, consustancial al Padre y el Hijo, hasta la infeliz muchachita, hija de una beata y un librepensador, que se pasa el día arrodillada, rezando y confesándose sin parar. Pero, sobre todo, el autor expone cómo funciona el manicomio que él dirige.

A Eulogio y Rosita los casa el reverendo Cicimbrio Nasturcio, en ese gusto que en ocasiones muestra el autor por los nombres extraños. Angelita da muestras de gran piedad y devoción como novicia, mas, cuando la pareja de recién casados está de viaje de novios en París, recibe la noticia de que, poco antes de profesar como sor Angélica, se ha fugado a Buenos Aires con el hijo del sacristán.

Sin que llegue a afirmarlo explícitamente, se advierte más de una vez el recelo con que contempla Giné la religiosidad mal practicada y la asistencia espiritual que prestan algunos curas y monjas a personas que lo que precisarían es una asistencia psiquiátrica.

* * *

Este artículo se publicó, junto con los dos anteriores, en el cuadernillo de Apuntes para la historia de la ciencia ficción española: Las novelas de médicos, Madrid, 2007.

NOTAS

1. Giné y Partagás, Juan. Misterios de la locura, novela científica, Barcelona, imprenta de Henrich y Cía. en comandita, 1890, 340 pp.

2. Aunque de orígenes vascos, Pedro Eriz Mendizábal nació en Ciempozuelos, Madrid, en 1851. Desde 1875 trabajó en Barcelona como escenógrafo y viajó después por Francia e Inglaterra, desde donde remitía ilustraciones a editoriales y revistas catalanas en las que nunca dejó de colaborar, como Espasa o L'Esquella de La Torratxa. Regresó enfermo y murió en Barcelona en 1901, antes de cumplir los cincuenta años de edad.Tuvo gran facilidad para el dibujo y sentido del color.

 
[1]   [2]   [3]

 

 

© Augusto Uribe. No está permitida la reproducción de los contenidos de esta web sin el permiso expreso del autor.