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Carlos Mesia de la Cerda fue el primer marqués de los Ogíjares, título nobiliario que se le otorgó en 1889, reinando Alfonso XIII bajo la regencia de su madre, la reina María Cristina, y que llevó hasta su muerte, en 1919. Escribió sobre todo poesía y algunos cuentos fantásticos.

Uno menor fue "El hombre de cristal" [1], que traigo aquí porque rebasa la clásica historia del loco que se cree de cristal. Nuestro hombre viaja al planeta Ceres y allí encuentra una utopía protagonizada por una raza distinta, aunque fuera en sueños y cuando este recurso estaba ya superado: es un cuento de alcance

Un matrimonio tiene un niño blanco como la leche, con el pelo también blanco en la cabeza y los ojos encarnados. Durante su gestación su madre llevaba siempre consigo un conejo, al que quería como si fuera de la familia, y el niño no hacía sino escarbar en la tierra, como para hacer madrigueras, comer legumbres y temer a los perros. Creció como un niño semiconejo, pero de gran inteligencia, cuyas ideas no se parecían en nada a las de los demás.

Ansiaba la perfección y a todo le encontraba faltas y defectos. Cuando muere un amigo suyo, conviene con él en que lo visitará desde el otro mundo, y una noche se le presenta en forma de pequeño conejo de cristal. Le pide que lo conduzca a un lugar de perfección, mas el aparecido le responde que para eso habrá de recorrer millares de mundos y millares de siglos, volviendo a nacer: sólo lo puede llevar a un lugar menos perfecto.

Se ve remontado a los aires a la espalda de un diablo que lo eleva a la torre de una iglesia y desde allí lo voltea con una cuerda, a modo de honda, hasta que se ve dentro de un planeta de forma de

"una hermosísima mujer, de color sonrosado, cabello rubio, ojos lánguidos, talle majestuoso, la cabeza coronada de espigas y amapolas, plantas de gran fecundidad, los pechos llenos y abultados y en cada pecho un niño lactando, cogido a un cuerno de abundancia; la mujer tenía en la mano diestra un haz de espigas, en la izquierda una antorcha ardiendo, y la hermosa mujer que todo aquello tenía, iba sentada en un carro tirado por serpientes."

Era el planeta Ceres, con habitantes más completos que nosotros, aunque parecidos en forma y tamaño, y por eso aún no estaban en el mundo de la perfección. No tenían pelo, ni cejas, ni barbas, que para nada sirven, y lo que sí tenían era un ojo giratorio alrededor del cráneo con el que podían ver en todas direcciones sin volver la cabeza. No tenían tampoco dedos en los pies, que asimismo para nada sirven, aunque sí diez dedos en cada mano, y las rodillas, codos, hombros y demás articulaciones podían doblarse en todos los sentidos. Poseían quince sentidos, no padecían enfermedades y ni vestían, ni comían, ni bebían, veían a muy larga distancia, oían a media legua y, por encima de todo, no tenían política, ambiciones, ni dinero.

Allí arrojado, nuestro hombre sentía un bienestar infinito y envidiaba a aquellos seres tan felices y tan exactamente iguales: era un país maravilloso. No había sexo, pues no se nacía, se pasaba de otro globo menos perfecto. No había leyes, pues todos cumplían con su deber, ni había reyes que los gobernaran, pues para nada precisaban ser gobernados.

Ya no pensaba como cuando estaba en la Tierra. Dejó de sentir la lengua y el corazón porque nada tenía dentro. La sangre se le paró al desaparecer las venas, como desaparecieron los huesos, la carne y la piel, y se vio transparente y diáfano, convertido en un hombre de cristal. Cuando estaba más gozoso de sí, sintió una fuerte sacudida y cayó de nuevo a la Tierra, rompiéndose en pedazos.

Al romperse se despertó en la cama, sin saber de cierto si todo había sido una realidad o lo había soñado. De todos modos, dejó de escarbar la tierra y de comer legumbres para preocuparse tan sólo de no caerse y romperse, andando con el mayor cuidado y sin permitir que nadie se le acercase y menos que lo tocase, siendo de cristal, pues de cristal se creía.

NOTAS

1. Mesia de la Cerda, Carlos. "El hombre de cristal" en El saquillo de mi abuela. Cuentos fantásticos, Librería Española de E. Denné Schmitz, París, 1875.

 
 
 

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