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La verdad en la ilusión es una novela corta que apareció en el n1 204 de "Los contemporáneos", correspondiente al 22 de noviembre de 1912, con ilustraciones de F. Mota. Era ésta una publicación periódica que salía los viernes en Madrid, dirigida por Eduardo Zamacois, y costaba 30 céntimos de peseta.

Luis Antón del Olmet, licenciado en Derecho, fue novelista, dramaturgo, político y periodista, director de "El Debate" y fundador de "El Parlamentario" cuando era diputado del partido de Dato por Padrón. Nació en Bilbao en 1866 y murió asesinado por un tiro de pistola que le disparo su colega Alfonso Vidal y Planas, en el saloncillo del Teatro Eslava de Madrid, por celos profesionales y del amor de una mujer: eran las tres de la tarde del día 2 de marzo de 1923.   

F. Mota era el modo en que firmaba el ilustrador ceutí Fernando Fernández Mota, conocido por sus guaches, colaborador habitual de "La Ilustración Española y Americana", "La Esfera", "Blanco y Negro" y otras publicaciones.

La historia la narra en primera persona Domingo Beltrán, víctima del terremoto que destruyó Madrid, quien se despierta entre momias en la vitrina de un museo, tras haber dormido cuatrocientos años. Sale sin dificultad a la calle y encuentra una ciudad repleta de edificios gigantescos por cuyas ventanas entran y salen los aeroplanos. En sus calles no hay circulación rodada y los viandantes se desplazan a gran velocidad sobre láminas de acero. Son todos calvos, carecen de dientes y visten uniformemente túnicas grises, tanto los hombres como las mujeres.

Aborda a un transeúnte y éste llama con un mando a distancia a su aeroplano, que toma tierra a sus pies. Se llama simplemente 1.111.111 y explica al "primitivo hombre dentado y peludo" que han aprendido a dominar el clima, de modo que llueve o luce el sol cuándo y dónde les place, a más de hacer nevar o provocar de vez en tanto alguna tormenta con aparato eléctrico como espectáculo. Sus campos producen no menos de doce cosechas al año debido a la aceleración de las estaciones, con lo que se ha terminado el hambre en el mundo. Las fábricas que ven desde el aire no expulsan hunos porque su energía procede de la electricidad o del radio, y más adelante se sabrá que funcionan automáticamente.

Cuando alcanzan un almacén de túnicas, Beltrán se entera de que la moneda ha sido suprimida como causante de que en el siglo XX hubiera amos y siervos, y ha de empujar una palanca y mantenerla así hasta que consigue los créditos necesarios, con un esfuerzo tal que merece ahora el calificativo de "bárbaro hombrezuelo canijo y vago".

Tornan a remontar el vuelo y se dirigen a la casa de 1.111.111. Por el camino le cuenta que, al pasar del siglo XX al XXIV, perdieron el pelo como perdió el rabo el mono al pasar de animal a humano, y los dientes los perdieron porque no comen, ingieren una píldora al día. No tienen intestinos y poseen un solo pulmón y un solo riñón, estando en fase experimental llevar un ojo a la nuca y disponer de manera semejante las orejas.
 
No se interesan por el sexo y ni hacen vida social ni mantienen relaciones personales, se aman unos a otros por igual. Han entrado en contacto con los habitantes de los otros planetas del sistema solar, todos los cuales viven de la misma manera.

El hombre del futuro expone a su antecesor cuanto de sorprendente ha acaecido en el mundo en los pasados cuatrocientos años. Para empezar, el terremoto de Madrid no fue tal, sino que los anarquistas la volaron al igual que todas las demás ciudades del planeta, gracias al descubrimiento de un explosivo mil veces más potente que la dinamita. Sólo se salvaron ellos y las gentes sencillas del campo, campesinos y pastores, que fueron educadas para una nueva sociedad: al cabo de doscientos años ni se decían misas, ni se acuñaba moneda ni se fabricaban armas.

Con los capitalistas, los militares, los frailes y los políticos -los jerarcas socialistas los primeros- desaparecieron cuantos vivían de explotar al prójimo. Es de suponer que desaparecerían igualmente los obreros de las fábricas y los otros trabajadores urbanos, mas de eso no dice nada 1.111.111.

Lo expone todo con la mayor frialdad -no se hubiera inmutado ni con el violador de su madre-, mientras Don Domingo es presa de la mayor indignación y tilda a los anarquistas de miserables y degenerados morbosos que actúan vilmente con la saña de las bestias. Ya se ha abierto la fractura entre ambos mundos, que no hará sino ensancharse hasta r hacerse infranqueable.

La casa del futuro es una transparente esfera de cristal. En el dormitorio tiene una cama sin sábanas en la que 1.111.111 duerme desnudo. No tiene armario porque no posee más que una túnica, no tiene cocina porque no come y no tiene cuarto de baño porque no evacua y se lava donde le viene en gana, secando luego el agua caída con una descarga eléctrica.

Siguen los tópicos de rigor en esta estirpe de novelas. No hay Estado ni autoridad, no utilizan materiales combustibles para que no haya ni bomberos. Cada uno trabaja en lo que le place de modo individual, moviendo palancas y émbolos, y unos contadores automáticos acreditan este trabajo en los almacenes de túnicas y píldoras, que es todo cuanto consumen. No se da la ociosidad y el crimen no se juzga, se castiga con el aislamiento y el desprecio social del delincuente.
 
A falta de cines o teatros, acuden a un triste y desangelado casino que no tiene bar, biblioteca ni meses de juego, y donde no se escucha una mordacidad ni un chiste, sólo conversaciones que aburren a Beltrán. Las mujeres visten y hablan igual que los hombres, no son ya el recreo de sus ojos, el encanto de sus almas y el placer de sus sentidos, son en todo como ellos. Las pocas que se dejan embarazar lo hacen estoicamente, sin deliquio, sacrificándose para que no desaparezca la especie.

El antagonismo entre los dos hombres es tal que ya no se hablan cuando van a ver al primer marciano que ha llegado a la Tierra. Tiene la talla de un niño de seis años, cuerpo de rana y cabeza de reptil, con un solo y siniestro ojo en medio de una cara repelente. Responde a diferentes preguntas diciendo que han conquistado todo su planeta y se disponen ahora a hacer lo propio con el Universo, que todos son ricos y poderosos, que han suprimido los dos sexos para dejarlos en sólo uno, sin que les preocupe la procreacióon porque han logrado la inmortalidad.

Los hombres del siglo XXIV lo miran como a un dios y desearían caer a sus pies, hasta que el hombre del siglo XX le pregunta si son felices. El marciano calla largamente y por fin se echa a llorar. Poseyéndolo ya todo, la inmortalidad los hastía, la tristeza de verlo todo y verlo vacío, los anonada, y la suprema melancolía de ser como dioses y saberse mezquinos, les pesa como un infortunio irresistible: por eso se suicidan.

Y Don Domingo Beltrán no resiste más, regresa al museo de donde salió y vuelve a colocarse entre las momias, tras dejar sobre la vitrina un papel escrito en el que pide que respeten su sueño y no lo despierten nunca más.

Parecería por un momento que la historia iba para utopía tardía de la Ilustración, tardía porque se escribió ya rebasado el siglo de las luces y de la Ilustración porque responde a sus tópicos, un hombre sin leyes ni gobiernos, sin dinero ni propiedad privada, libre de toda represión, sobre todo de la religiosa, sin pintura, ni música ni libros, que el arte es inútil y hasta puede llegar a ser corrosivo: Platón expulsó de su República a los artistas y utopistas posteriores lo han hecho más fácil, no hay artistas que expulsar.

Si la mayoría de las sátiras sociales terminan por desviarse y socavar la sociedad ideal hasta hacer de la utopía una antiutopía, aquí es éste el propósito mismo del autor, en un ejemplo de distopía que no alcanza su plenitud por los perfiles festivos que la adornan: el caricaturesco del hombre del futuro, calvo, desdentado, próximo a que le coloquen un ojo en el cogote, y los chuscos decires del hombre del siglo XX que, cuando no suspira por una pierna de cordero asada, se lamenta de no hallar ni una estampita de la Virgen en el dormitorio de 1.111.111.

 
 

 

 

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