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"La defensa natural e instintiva de la  piltrafa lograda en el combate origina un odio inmenso contra la nivelación general"

Adelardo Ortiz de Pinedo y García Lara nació en Madrid el 27 de marzo de 1859, cuarto hijo del matrimonio de Manuel Ortiz de Pinedo, natural de Sevilla, y Elisa García Lara, natural de Huelva. Cursó la carrera de Derecho, sección de civil y canónico,
licenciándose en 1894.

Fue gran cazador, autor de varios libros de caza, como Cazadores de Madrid o sus memorias, Cuarenta años de caza; también de novelas, la más conocida La sima, que comentó Valera diciendo que era buen pintor de costumbres y creador de personajes de hombres que eran realmente malos; asimismo, en 1893 fundó y dirigió en Madrid la revista "La Crónica del Sport", que en su corta vida se ocupó de deportes como la hípica, la esgrime y, por supuesto, la caza. Colaboró en Gran Vida" y otros periódicos.

Isabel II encomendó a la Cofradía de la Buena Dicha el cuidado del cementerio de La Florida, donde están enterrados los 43 fusilados por orden del general Murat en la madrugada del 3 de mayo de 1908, como recoge Goya en un famoso cuadro. Cuando apenas quedaban cofrades -quizá él solo-, Ortiz de Pinedo pasó su custodia y mantenimiento a la Sociedad Filantrópica, a la que igualmente pertenecía, que lo sigue conservando en la actualidad.
Un paseo de dicho cementerio lleva su nombre.

Oriente 1953... [1] fue una novela que hoy diríamos de anticipación y entonces se llamó novela profética. También la comentó Valera, en los términos expuestos en la Introducción. Su primer capítulo está dedicado a Severa, una muchacha a la que el Director de la fábrica "La Esperanza" le dice una mañana que sabe que está atendiendo a una compañera, aquejada de viruelas, por lo que no puede seguir acudiendo a trabajar: el riesgo de que contagie a sus trabajadoras se lo impide. Termina diciéndole que lleve a la mujer al hospital, mas ella le responde que en el estado en que se encuentra no resistiría el traslado.

Por la tarde Severa ya no acude al trabajo y, como ni ella ni el Director han comunicado a nadie su decisión, el segundo capítulo está dedicado a la búsqueda de Severa por parte de dos compañeras. Ante la casa de la enferma están los guardias, que la trasladan al hospital y muere por el camino. Ambos capítulos están sazonados con escenas de malestar social en arrapiezos hambrientos y pandillas de chicos muy jóvenes sin ocupación ni techo.

A episodio por capítulo, en el tercero se cuenta la visita de los delegados de la asociación obrera, encabezados por Salinas, al Director de "La Esperanza"- Le piden que, dado que es responsable de la muerte de la enferma en la calle, pase a su hijo de diez años la mitad del salario que cobraba su madre hasta que cumpla los quince. El Director se niega, alegando que hizo lo que tenía que hacer por higiene pública y que el caso no está previsto en el convenio que cubre enfermedades y accidentes.

Se reúne el pleno de la asociación obrera y, aunque la Directiva propone negociar, los trabajadores allí reunidos de todos las empresas, encendidos por el verbo ardiente de Salinas y, aún más, por el de Severa, optan por salir a manifestarse en tropel, ir a la huelga y exigir la disolución de la Junta mixta de patronos y obreros que regulaba los conflictos entre las artes. Ésta va a ser su gran reivindicación.

Severa, Salinas y su segundo Calvente se reúnen en el cafetín de "El Iris" y un día se presenta ante ellos un aristócrata tronado porque se ha gastado toda su fortuna en viajar por el mundo entero. De nombre Álvaro de Rivagorza y Afán de Alcuneza, pretende tomar parte activa en la dirección del movimiento obrero, dado su carácter progresista, las relaciones que todavía mantiene y su oratoria fácil y convincente. De momento Salinas no le hace caso.

Era Salinas hombre de enorme tenacidad y recto juicio cuando la pasión no llenaba de sangre su cerebro y ofuscaba su raciocinio. Quizá tampoco pensara bien del todo cuando bebía más de un vaso de aguardiente. Mas todo el mundo estaba de acuerdo en que el pensamiento y la actividad eran cosa de la nueva doncella de Orleáns, la Severa.

Ante la gravedad de la situación, pues la huelga se extender como mancha de grasa sobre papel absorbente y amenaza con propagarse más allá de la capital, el gobernador de Madrid cita en su despacho al teniente general del distrito y al alcalde de la villa, aunque éste, popular entre las clases trabajadoras, pronto se queda dormido, roncando sonoramente, porque viene de un almuerzo en el matadero de cerdos.

"Se sentiría allí como en su casa", sentencia el gobernador. Era éste un vividor marqués que gobernaba como lo hicieran sus abuelos, señores de horca y cuchillo. Suponía el marqués de Veltéjar que había hombres nacidos para gozar y hombres nacidos para sufrir, y él era decididamente de los primeros.

El teniente general Domingo Valdearenas era el capitán general del distrito, a quien admiraban las gentes elegantes por su capacidad organizadora de bailes, diversiones y manejo de contradanzas y espectáculos de jardín y salón. Los militares lo buscaban porque a su sombra se medraba .

El gobernador, disfrazado de pobre, se cita con Rivagorza en un barrio bajo, donde las provincias descargan sus desechos en la capital. Rivagorza, a cambio de una pingüe retribución, se compromete a meter en una buena encerrona a los cabecillas de la huelga y particularmente a Severa, que es el icono de los huelguistas con el nombre de guerra de Oriente, como de Oriente viene la luz cuando rompe el día.

El aristócrata se entrevista a continuación con el director d un periódico al que necesita para que escriba determinado artículo y lo convierte en su cómplice. Porque, no contento con la paga que confía recibir, cuenta con que los valores se dispararán en Bolsa tras la represión de la huelga y se desplomarán cuando en las provincias estalle la revolución, tal como está previsto en secreto. Rivagorza cuenta con Calvente, el segundo de Salinas, que está envidioso de éste y lo mantiene al tanto de sus planes.

Ya tenemos sobre el escenario a los protagonistas del drama. No son seres reales, no nos engañemos, sino símbolos, lo que puede ayudarnos a transigir con las irrealidades que van a vivir. Severa/Oriente ha sido la profetisa inspirada de un nuevo sistema social. Salinas va a ser por un tiempo el adalid de la revolución. Y los demás, incluidos el verdugo y el niño que van a venir son igualmente símbolos.

"Cada individuo nuevo que nace y pide su parte es un individuo que merma el escaso fondo donde merodeamos los infelices. La defensa natural e instintiva de la piltrafa lograda en el combate origina un odio inmenso contra la nivelación general. Y se llama revolución maldita al indiscutible progreso de retornarse al único comienzo de la existencia humana, cuando las leyes sociales no habían engendrado los odios destructores de la humanidad,"

En la casa del Pueblo Salinas está exponiendo este programa social a Calvente y Severa cuando se presenta otra vez Rivagorza, que no es bien recibido. Sin embargo se muestra muy humilde, diciendo que ellos son su única esperanza, y les proporciona una información interesante, lo que hace que su situación mejore.

Y en éstas están cuando llega a las puertas el gobernador con una nutrida partida de policías. Rivagorza consigue detenerlo por un tiempo, lo que permite a los cabecillas escabullirse por una salida secreta. Los trabajadores que se resisten con violencia son detenidos, con Rivagorza a la cabeza de la cuerda de presos.

El Gobierno echa las tropas a la calle, los obreros incendian las fábricas y se producen graves enfrentamientos en los que las mujeres intentan atraer a los soldados a su causa. El gobernador asalta la casa del pueblo, con muertos por ambos bandos, y esta vez Salinas no puede huir por la salida secreta porque la policía la vigila, avisada por Calvente, que ha tenido un serio altercado con su jefe y lo traiciona.

Salinas y Rivagorza son juzgados en consejo de guerra y condenados a muerte. Siguen las esperadas reflexiones sobre la justicia de esta pena -la facción cesante está en contra- y Vetéjar prepara un terrible ritual para la ejecución, cuyos tétricos detalles se complace en pormenorizar el autor. Llega el verdugo con sus dos ayudante, desembala los bultos que trae empaquetados y, ¡oh sorpresa!, uno de los ayudantes es Oriente disfrazada.

Le explica a Salinas que el verdugo la persigue desde hace años, porque es mujer a la que desea por encima de todo, y que ella se le entregará a cambio de su vida, no por él, sino por la causa. Todavía noche cerrada, suben los cinco solos al cadalso -el sacerdote se ha ido ante los juramentos e imprecaciones de uno de ellos-, un cadalso que está muy alto en el patio de la cárcel. El verdugo facilita a Salinas y Rivagorza unas largas cuerdas con las que se balancean hasta terminan por caer más allá de los muros del recinto, sin que centinelas ni guardias se aperciban de nada. El verdugo toma a Oriente y él y su otro ayudante huyen del mismo modo.

En el despacho del gobernador todo son elogios hacia su persona. El obispo dice que es cosa de la Providencia haber puesto un hombre así en un momento así y un magistrado del Tribunal Supremo afirma que es una extraordinaria conjunción del Cielo y el Derecho. Hasta que llega la noticia de la fuga de los reos.

La cólera del gobernador es indescriptible. Corre a la prisión, adonde acude también el general Valdearenas. Una muchedumbre amenazadora se agolpa ante sus puertas gritando "¡Viva la anarquía!" y "¡Vetéjar al garrote!". Se hace salir al ejército que despeja un área de la explanada, espacio que ocupan de seguida las mujeres y los niños. Se ordena abrir fuego contra ellos mas los soldados tiran las armas y se unen a los obreros, al frente de los cuales reaparecer Salinas, cuya vida salva un fallo del fusil que empuña el gobernador. La conmoción social es enorme, tomando forma lo que se pensaba un sueño irrealizable, la llegada del comunismo.

El nuevo régimen empieza por abolir toda autoridad y todo poder, ni gobierno, ni alcaldes, ni policía, ni jueces. Las medidas que toma de inmediato son las siguientes, tomadas y ejecutadas sin más detalles por los "representantes del pruebo:

- destrucción de todos los libros del Registro de la Propiedad para borrar el vínculo que ligaba al capitalismo con el derecho real.

- destrucción de los Registros Mercantiles para anular el crédito en las diferentes formas que había adoptado el capital dentro del Código de Comercio.

- anulación del capital fiduciario de los Bancos de emisión.

- requisa de las existencias en metálico existentes en los Bancos

- nulidad de los empréstitos nacionales, provinciales o municipales

- cancelación de todos los depósitos particulares en las diversas entidades, así como de cuentas corrientes y de crédito

- entrega por parte de las industrias de todos los talleres y máquinas a la explotación directa de los obreros.

- gratuidad de los suministros de agua, luz y calefacción, a más de la instalación de comedores públicos.

Todas estas medidas encuentran su primer obstáculo en los que quieren comer pero no quieren trabajar. Aparecen además algunos criminales a los que Salinas hace aplicar -no se sabe cómo- la antigua ley. Y la acción salta a un año después.

Ante las grandes disensiones surgidas se celebra una asamblea, presidida por Rivagorza, para que los representantes de las provincias expongan sus argumentos y los demás los escuchen. Todas las provincias se declaran autónomas y cooperantes con las otras en lo que ellas decidan, mas se trata de algunos problemas generales. El primero es si la mujer debe recibir el mismo trato que el hombre en el trabajo. Salinas dice que no, por su menor potencia física y Rivagorza y los suyos dicen que para el comunismo todos los brazos son iguales, abuchean e insultan a Salinas y terminan por expulsarlo de la dirección del sistema por traidor.

Sólo se alza una voz en su defensa, que es la de Oriente. El hombre, que lleva un año sin verla, le confiesa su amor y le pide que se vaya con él. Tras muchas negativas ella le muestra a su hijo, que es un monstruo que mueve al mayor horror, pero a pesar de todo lo ama y por nada del mundo aceptaría separarse de él. Se llama Dolor y es el último símbolo.

Salinas lo acepta y ambos deciden marchar juntos al extranjero. Él toma un coche, alcanza un puerto y cuando están a punto de embarcarse en un trasatlántico, tan a punto que Oriente ya está sobre la tabla que va del muelle al barco, alguien reconoce a Salinas, la multitud carga contra él como el causante de sus males y uno lo mata.

El mal mayor es que Calvente se ha alzado contra Rivagorza por la dirección de la revolución y España se ha dividido en dos bandos que se enfrentan en una lucha aún más sangrienta que las del antiguo régimen.

En el primer momento Oriente huye, mas la siguen como perros a su presa y, cuando se ve acorralada en lo alto de un risco, toma a Dolor en sus brazos y se lanza al mar. Los perseguidores escuchan desde el fondo del mar el postrer alarido espantoso del hijo del verdugo.

Las palabras de Valera me eximen del comentario propio. Sólo la tarta de un modo individual al final de su artículo para ponerla bastante mal. Dice de Ortiz de Pinedo que ganará mucho y escribirá mejores libros de entretenimiento cuando desista de intentar resolver problemas sociales y pinte la realidad de lo presente, retrocediendo con espanto de la tempestuosa nebulosidad que en lo futuro se finge [2] y cree acciones y personajes humanos y vivos en vez de las figuras que aparecen en Oriente, con muchas menos trazas de realidad que de símbolo.

"Una novela puede ser un ensueño agradable, pero hay perversión vitanda en quien se pone a soñar con el propósito de tener una horrenda pesadilla. Y Ortiz de Pinedo lo logra."

 

NOTAS

1. Ortiz de Pinedo, Adelardo. Oriente 1953..., Imprenta de Manuel Cabo, Madrid, 1903, rúst., 253 pp.

2. La acción de la novela tiene lugar en un futuro indeterminado. El hecho de que se escribiera en 1903 y el autor la titulara Oriente 1953... se podría interpretar en el sentido de que ese tiempo fuera el de 50 años más tarde. Por el contrario, la total ausencia de invenciones del futuro hace pensar que los acontecimientos suceden inmediatamente después de la escritura del libro.

 

 
 

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