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I. LA REPÚBLICA ESPAÑOLA DE 1911

La República Española en 191... [1], "fantasía política", fue una obra escrita por Domingo Cirici Ventalló en colaboración con José Arrufat Mestres, aunque leyendo las composiciones de uno y otro se aprecia que fue más bien fruto de la pluma de Ventalló [2] que de la de Arrufat, quien carecía de su ingenio y su lenguaje era más basto. Cuando el primero llegó a Madrid, el segundo llevaba ya una década en la capital y fue en cierto modo su mentor, introduciéndolo en círculos periodísticos y políticos.

La primera edición de la novela, sencillamente presentada, salió a la calle a principios del verano de 1911, con una tirada de 16.000 ejemplares que se vendieron como pan bendito, que se decía entonces.

Tanto fue así que se agotó en poco más de dos meses y los autores procedieron a lanzar una segunda edición, también de 16.000 ejemplares, con una cubierta más llamativa, orlada con las fotografías de los políticos más relevantes del momento [3], con Administración en Caños 4, 1º, donde estaba la redacción de El Fusil, del que Arrufat era director. Los periódicos principales de la época, léase ABC, El País, etc., le dedicaron amplios comentarios, aunque en sentidos muy distintos.

En un artículo publicado en El Diario de Barcelona, escribió Salvador Canals que La República debería ser declarado libro de texto en las escuelas, y Cristóbal de Castro, en El Heraldo, lo saludó como la aparición de un nuevo género literario en España, el del humorismo político tan cultivado en Inglaterra. Otro periódico llegó a publicarlo por capítulos. ¿Era para tanto? Creo que no. ¿Es un libro de ficción política y, por lo tanto, a reseñar en estos Apuntes? Entiendo que sí.

En el prólogo, los autores se dicen reporteros y no historiadores, y así está escrito el libro, repartido en 41 capítulos que son a la manera de otros tantos reportajes que se hubieran enviado diariamente a un periódico y se hubieran recopilado después en un volumen -todo ello anticipadamente, por supuesto-. Para resumirlo de la mejor manera se puede dividir en cuatro partes:

1. El gobierno provisional de Pablo Iglesias
2. El ejercicio dictatorial del poder por Lerroux
3. Las Constituyentes que eligen a Azcárate
y 4. La debacle del sistema

La primera parte se inicia sin más con la proclamación de la República en España el 13 de octubre de 191... (se entiende que 1911). Se forma un gobierno provisional, presidido por Pablo Iglesias, en el que se echa de menos a los prohombres republicanos, lo que el autor atribuye a dos causas: la una, la amenaza del general Azcárraga, quien antes de cruzar la frontera advierte que a su vuelta fusilará a todo aquél que haya aceptado un cargo público en el nuevo régimen; la otra, los celos de estos prohombres hacia quienes han participado activamente en la operación, de la que ellos han quedado al margen.

Benito Pérez Galdós, que es preso por el gobernador de Santander, escribe: "¿Cómo se explica que pueda hacerse una revolución sin que yo, que soy el jefe de la Conjura republicanosocialista, el único organismo revolucionario autorizado que hay en España, no haya sido enterado?".

Rodrigo Soriano publica un manifiesto en el que afirma que el solo partido radical que hay en España y que reúne títulos y derechos para usar este nombre, es el que él acaudilla: "No os dejéis seducir por los republicanos faltos de convicción política y de moralidad privada, que con toda seguridad procurarán aprovecharse del movimiento con fines aviesos y ajenos al ideal común de que la república se consolide".

Alejandro Lerroux está en Londres, ocupándose de un negocio particular, y se apresura a poner un telegrama: "¡Bravo, queridos discípulos! Salgo inmediatamente para ocupar mi puesto de honor".

La primera de las medidas que adopta febrilmente el gobierno provisional es la expropiación de todos los bienes de la Iglesia y de las órdenes religiosas Los templos, conventos, casas parroquiales y demás dependencias eclesiales han de desalojarse en el término de ocho días. La segunda medida consiste en distribuir gratuitamente dos ranchos diarios -con carne abundante, jamón y gallina- y un litro de vino a todo el que se presente a recibirlos, medida que goza de gran popularidad. Hay aristócratas que resuelven así la manutención de su servidumbre y hasta llegan hambrientos del extranjero. Pero...

... pero el gobierno ha reunido todo el dinero en metálico que le ha sido posible, tomando cuanto había en las Cajas de los ministerios, cuanto ha obtenido de la venta de los bienes eclesiásticos y cuanto ha podido sacarle a los ricos, y este dinero lo guarda en un arcón en el sótano del palacio del antiguo Senado, que es donde realmente vive, reunido en sesión permanente, custodiado por seis republicanos de toda confianza. Mas una noche alguien los droga y saquea el arcón y, con gran dolor del corazón gubernamental, han de suspenderse los ranchos.

A ésas Lerroux, que ha llegado poco antes a Madrid, muy gallito, se aprovecha del malestar general y, moviéndose soterradamente, se hace con el poder, que pasa a ejercer de modo dictatorial. Su propósito es convocar elecciones a unas Cortes Constituyentes que le elijan Presidente de la República y no se para en barras para lograrlo, con lo que hemos entrado ya en la parte segunda de la novela, la era del terror.

El gobierno se le escapa de las manos a D. Alejandro, que pretende sofocar la oposición por todos los medios a su alcance, incluidos los ilegales y sangrientos. Todos los cargos públicos se los entrega a sus incondicionales, quienes los desempeñan de modo desastroso. Hay en España miles de encarcelados y fuera de ella cientos de miles de exilados. En los incidentes que tienen lugar se producen daños a personas y bienes extranjeros, lo que hace que la mayoría de las potencias exijan de España un cambio radical de política y el pago de indemnizaciones cuantiosas, con la amenaza de intervención en caso de que estas exigencias no se atiendan. Las cosas llegan al extremo de que sólo permanecen acreditados en Madrid los embajadores de Portugal, Haití, Honduras y Nicaragua.

El episodio más grave tiene lugar en Jaén, cuando se produce una manifestación revoltosa de los alfonsinos y su gobernador, Largo Caballero, hace juzgar de modo sumarísimo y fusilar a su cabecilla, Juan Nido -que en la realidad falleció en su cama años después-, al que fue fácil detener porque acudía a todas partes con chistera, manifestaciones incluidas, y era el único jiennense que vestía esa prenda.

A pesar de sus manejos, Lerroux pierde inexplicadamente las elecciones, en una clara incoherencia del autor para quien poseía y manejaba todos los recursos: nunca se hubiera podido llegar a un nuevo orden sin enfrentamientos armados y revanchas, pero así ocurre. Se forman las Cortes, los encontronazos no superan el terreno verbal y es elegido primer Presidente de la Segunda República Española Gumersindo Azcárate, con lo que hemos entrado en la tercera parte del libro.

De estas Cortes se refieren sesiones en las que interviene una serie de personajes que hoy recordamos porque se dio su nombre a una calle, muchas en Madrid, como es el caso de Alberto Aguilera, el Doctor Esquerdo, Francos Rodríguez y varios más. La ocurrencia  más chusca la protagoniza uno de los pocos personajes de ficción que aparecen en la novela, el diputado Muñoz Villena, nombrado Director General de Loterías del Estado.

Este mal señor hace gala de una fortuna incalculable. Cuando se casa con Soledad Villafranca, la que fuera compañera sentimental de Ferrer, invita a cerca de mil comensales que, entre otras cosas, trasiegan ocho mil botellas de vino y champán y dos mil de licores, lo que mucho beber parece, a razón de más de diez botellas por persona. Arroja grandes sumas de dinero a la multitud y despilfarra caudales sin cuento.

Investigado por sus adversarios, se descubre que ha cesado a todos los empleados de Loterías y los ha sustituido por compinches suyos, y que, en los últimos sorteos, le han correspondido todos los premios. Se ocupan de él las propias Cortes, aunque sus señorías, expresivamente advertidas de los dosieres que obran en su poder, deciden que no ha habido fraude, tan sólo ha sido un caso de extraordinaria buena suerte. Un diputado honesto que queda por allí se afana por conseguir las siete firmas precisas para someterlo a juicio, pero le sucede lo que a Abraham cuando buscaba a los justos necesarios para que Yahvé no destruyera Sodoma: por pocos que fuera exigiendo, no había bastantes.

También tiene gracia la petición del diputado Cabrera, que era obispo protestante, para que se tratara a su religión como a la católica: "La católica está prohibida", le recuerdan.

La marcha de la República es penosa y se torna más insoportable cada día que pasa. Hasta Portugal nos retira su apoyo cuando son muertos cinco rejoneadores que pertenecían a las mejores familias lusas y piden por ellos una indemnización que supera con creces todo el dinero que España puede reunir: crédito no tiene ninguno, naturalmente.

Con los ingleses en Vigo, el ejército portugués amenazando con la invasión, los jaimistas armando partidas que dominan ya buena parte del Norte, la presidencia de la República pasa de unas manos a otras, hasta terminar en las de Pérez Galdós.
D. Benito arroja enseguida la toalla y se va sin más, dejando una carta de despedida para un gobierno dimitido, y así se concluye esta novela, que fue signo de identidad de los conservadores que la leyeron y rieron sus gracias, hasta que mudó la situación política y quedó fuera de circulación.

Ya he dicho que fue más obra de Ventalló que del otro que la firmó, su correligionario José Arrufat Mestres, que dejó menor huella escrita: este libro, el que después menciono y otro de narraciones cortas titulado Cuentos nuevos, a más de muchos artículos. Periodista nacido en Cervera (Lérida) el 10 de noviembre de 1867 y muerto en Madrid el 1 de febrero de 1913, que en 1895 casó con Antonia Moliné y en 1896 tuvo su único hijo.

Fue redactor de La Idea Popular de Valencia y colaborador habitual después de El Correo Español, al igual que Ventalló, y en 1898 fundó en su domicilio de Madrid su propio periódico, El Fusil, una publicación satírica que quiso sustituir a La escoba y que llevaba por subtítulo "semanario radical, órgano oficial del sentido común". A su muerte, pasó a llevar el periódico el propio Ventalló.
 
Un año después de La Republica Cirici dio a la luz otro libro, claramente dirigido a explotar el éxito del anterior, Memorias de Muñoz Villena [4], con una tirada de 15.000 ejemplares. Su primer tercio está dedicado a detallar los últimos acontecimientos de la supuesta Segunda República, que en la obra precedente se resolvían con prisa, probablemente por compromisos de entrega, mas tampoco ahora aporta nada particularmente novedoso. Y los dos tercios restantes son las verdaderas memorias de Muñoz Villena, que resulta ser un criminal desalmado que termina ahorcado.

Arrufat dejó otro libro tangencial a la política ficción, La constitución de Fusilandia [5], que conoció tres ediciones y que, en contra de lo que pudiera suponerse, fue una obra con ciertas pretensiones, en la que se proponía una constitución para ese país imaginario que tomaba su nombre de El Fusil y donde Fusilandia era réplica de España.

Resulta bastante elemental, del estilo de "Título octavo. Artículo único. La justicia será rápida y gratuita", explicando a continuación por qué tiene que ser así y cómo en Fusilandia las cosas no son como en España. Quizá lo más curioso sea lo que al ejército se refiere, pues cada ciudadano tiene en su casa un fusil y acude armado cuando se le llama. Como bien resumió Saiz Cidoncha, presenta una sociedad utópica en la que todos tienen servidores, pero a nadie le toca servir.

Debo decir que he tomado datos de los Apuntes biográficos sobre la prensa carlista de Navarro Cabanes, que he completado y en algún caso enmendado con el Padrón Municipal de Madrid de 1910. Tanto el domicilio familiar de Arrufat como la dirección de El Fusil estaban en el principal derecha de Caños 4, un alquiler por el que pagaba una renta de 70 pesetas mensuales.

* * *

Este artículo se publicó en el cuadernillo de Apuntes para la historia de la ciencia ficción española: El boom de la política ficción II, Madrid, 2000.

NOTAS

1. Cirici Ventalló, Domingo y Arrufat Mestres, José. La república española en 191… fantasía política, Madrid, impr. de Félix Boix (Mendizábal 6), rúst., 8º marquilla (17x12 cm.), 318 pp., 2 pta.  

2. Aunque Cirici era apellido y no nombre de pila, se le Llamaba con frecuencia por su segundo apellido, Ventalló.

3. Cirici Ventalló, Domingo y Arrufat Mestres, José. La república española en 191… fantasía política, Madrid, impr. de Domingo Blanco (Libertad 31), rúst., 8º mayor (19x13 cm), 305 pp. 2 pta. 

4. Cirici Ventalló, Domingo. Memorias de Muñoz Villena, fantasía de costumbres políticas contemporáneas, Madrid, 1912, Admón. de El Correo Español (Pizarro 14), rúst., 8º mayor (22x14 cm.), 212 pp., 2 pta.

5. Arrufat, J. Constitución de Fusilandia. Tratado completo de "revolución desde arriba", Madrid, 1906, impr. Moderna, Admón. de El Fusil (Caños 4), 8º marquilla, 219 pp., 1'50 pta.
   
 
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