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Ii. EL HÉROE ESPAÑOL QUE ACABÓ CON LA GUERRA

La proximidad, primero, y el estallido, después, de la Guerra del 14 dieron lugar a la aparición en España de varias fantasías políticas que no se concibieron como prospecciones del futuro, sino como novelas satíricas, escritas con ironía, cuando no con sarcasmo, y fueron el medio que utilizaron sus autores para vehiculizar su toma de partido por uno u otro bando, mayormente el de las Potencias Centrales, pues era frecuente que fueran germanófilos, como Cirici Ventalló, Elías Cerdá o el propio Ignotus, y menos que fueran anglófilos, como los hermanos Tato Amat. En general la derecha, que dio muchos escritores, era pro alemana y la izquierda, que dio menos, era pro británica: "El socio estaba con el alemán y el servicio con el inglés", que resumió el camarero de un conocido Club. Unos y otros aprovecharon la circunstancia para descalificar a sus adversarios políticos en España

Pero hubo quienes se ocuparon de la guerra desde otras perspectivas y la primera anticipación que se escribió, con notable adelanto sobre el inicio de la contienda, fue la curiosa El último héroe, "maravillosa novela del porvenir", de Roque de Santillana [1], editada con una lucida cubierta de Romero Calvet [2].

La novela está fechada en Villaplanes, mayo-junio de 1909 (después un ficticio 1921). Existió en tiempos existió la villa de Planes, que perdió su vecindad al agruparse su población en torno a una ermita de Santa Illana, origen de Santillana. En el libro, además, hay referencias inequívocas a la ciudad, por lo que queda claro que Villaplanes es Santillana del Mar, en Cantabria.

POr lo que respecta a cuándo se escribió, debió ser en los citados meses de 1909, por más que en el capítulo IX se diga por dos veces que corre el año de 1913, la una expresamente y la otra al mencionar que el protagonista cuenta 30 años de edad: al igual que la datación de 1921, son recursos que emplea el autor para fingir que escribe sobre hechos pasados. La novela se publicó a primeros del año siguiente, como se reseña en el número de marzo de la Revista de Información Bibliográfica, que incluye el anuncio de la novela que hace la librería.

Innumerables quebraderos de cabeza me dio la identificación del autor que quiso esconderse bajo un seudónimo que no aparece en ningún diccionario de los mismos. La pista buena me la proporcionó D. Luis López Ormazábal, cura párroco de la Colegiata de Santillana, que llevaba unas fichas con lo que le contaban las gentes mayores de la localidad. Su información de que un escritor y periodista había vendido los terrenos en que se construyó un hotel, empezó llevándome al Registro y terminó conduciéndome al Archivo General Militar de Segovia, donde el error en uno de los apellidos (creo recordar que los terrenos los había vendido el padre del autor) me complicó la investigación, hasta que la intervención de un amable general terminó por aclararlo todo, dicho muy resumidamente.

Roque de Santillana se llamaba en realidad Julio Eguílaz Cabeza, era hijo de Julio Eguílaz Valdivil y Prudencia Cabeza Roces, y nació en Oviedo el 26 de mayo de 1883. Ingresó en la Academia de Artillería de Segovia en 1900 y se graduó en 1905. Tras disfrutar frecuentes licencias por enfermedad, solicitó la separación del ejército que le fue concedida en 1909 (se explica uno que en un pasaje de la obra el protagonista se llame a sí mismo "hijo enclenque de don Pelayo"). Estuvo en el extranjero, probablemente en Gaggenau (Baden, Alemania), donde había una fábrica de armas. El paisano le dijo también al cura que nuestro hombre se había casado, pero que no tuvo hijos.

Volviendo sobre la obra, sus pretensiones son superiores a sus logros. Se trata de una novela escrita a tirones, muchas veces con poca continuidad entre un capítulo y el siguiente y con un estilo que salta de lo rural a lo erudito. No es justo criticar estos libros comparándolos con la literatura de ahora, sino con la de su tiempo, pero éste se hace un poco pesado, sobre todo cuando no narra una acción, sino que se pierde en filosofías.

Su primera parte, que parece autobiográfica, comienza presentando a un paleontólogo, padre del protagonista -¿y del autor?-, entusiasta de las cuevas de Altamira, cercanas a Santillana, y sigue con la estancia de nuestro héroe, Eugenio Sotomayor, en la Academia de Artillería de Segovia, que abandona desencantado.

Nada hace presagiar la anticipación ni lo fantástico, sólo se sale un poco de lo cotidiano la compra a los hermanos Wright de un aeroplano siniestrado que el protagonista hace volver a volar, y la afirmación de que el Paraíso Terrenal estuvo en el valle de Liébana, al estilo de cómo el Padre Astarloa lo suponía en el País Vasco: la primera lengua que hablaron los cántabros fue el "edénico".

Intercala luego un capítulo en el que, en un larguísimo párrafo, alguien propone de tirón la teoría de que Dios describe inexorablemente una curva cerrada en cuyos puntos se van produciendo distintos equilibrios sucesivos. El Dios activo es todo energía que en cada momento se transforma en parte en materia. Así, cuando la energía "se disfrazó" de mundo, tuvo lugar la creación y ahora estamos en un período en que la suma de equilibrios parciales produce el "trayecto-hombre".

Mediado el libro se incluye otro extenso capítulo, en principio ajeno al discurrir de la trama, dedicado a la descripción de las cuevas de Altamira, que incorpora dibujos. Pero, al final, el protagonista descubre allí un yacimiento de "altamirita", un hasta entonces desconocido elemento de propiedades extraordinarias, entre las que destaca la de emitir una infinidad de radiaciones "semimateriales" que nuestro hombre aprende a regular. Así, lo mismo puede mover una turbina que impulse su aeroplano que desmaterializar al instante cualquier metal sobre el que se proyecte. Ambas aplicaciones las instala en su aparato.
Termina así el año 1913 y se pasa al 1920, cuando supuestamente estalla la guerra, en los primeros días de abril.

En el mapa europeo, Alemania es prepotente e Inglaterra pérfida; Francia se siente humillada y quiere recuperar Alsacia y Lorena; Italia es perezosa -un calificativo suave porque el autor no tiene claro lo que va a hacer esta nación-, y España, a la que presenta como el país de pandereta de tantas descripciones, termina por alinearse al lado de Francia.

Para entonces nuestro monarca es Alfonso XIV, pues Alfonso XIII ha muerto al estrellarse el aeroplano que él mismo pilotaba, del mismo modo que el kaiser es Guillermo III por fallecimiento de Guillermo II (ambos reyes vivían en la realidad en 1920 y sus primogénitos nunca llegaron a subir al trono).

De presidente del gobierno tenemos a D. Melquíades Álvarez, "bendito y alabado por los ilustrísimos obispos", un apoyo que le cuesta la renuncia a uno de sus más caros empeños: la secularización de los cementerios. El autor llama al primero "Nerón-Cristo" y a los segundos los trata peor: es hombre religioso, pero enemigo de la organización eclesial.

Don Melquíades tiene como ministro de la guerra al típico general bruto, de esos "incapaces de abarcar ideas más amplias de las que caben bajo la reglamentaria y chata gorra de plato". Con el ejército le ocurre lo mismo que con la iglesia.

Volviendo a la acción, Geniucu se sube en su avión, de día contempla desde el aire todos los movimientos de tropas y por las noches toma tierra en Alemania, para dormir en el albergue de un matrimonio conocido cuya hija, de ubres abundosas y doncella viripotente -poco se utiliza ya esta palabra para designar a las muchachas casaderas-, suspira ruidosamente por el español, por más que los hispanos estén en guerra con los germanos.

El autor, que es un poco germanófilo pero aún más enemigo de la guerra, nos endilga verdaderos discursos sobre el arte de hacerla y lo mal que lo practican unos y otros. Aunque él, por ejemplo, para las piezas de artillería defiende el tiro animal sobre el motorizado. ¡Dónde esté una buena mula!

El campamento español lo distingue enseguida por lo "revuelto y desbarajustado" que está. Fuerza que un compatriota despegue y lo persiga, haciéndolo caer al suelo para darle una lección. Y es que a los pilotos hispanos se les enseña a distinguir sobre el papel entre dos modelos de aparato casi idénticos por el número de dientes de un piñón, pero en lo que a andar por el aire se refiere, un par de vuelos y a graduarse.

Luego se explaya de tal modo sobre la naturaleza de la guerra que hasta el autor se ve obligado a intervenir con notas a pie de página en favor de su protagonista: viene a decir que la guerra es cosa de pocos que embaucan a muchos. Y llega a la conclusión de que sólo puede acabar con ella un anarquista individual, que va a ser él.

Así que, no sin antes elogiar encendidamente la política naval alemana entre 1912 y 1920, que abandonó la construcción de pesados acorazados blindados para construir buques ligeros dotados de gran movilidad, destruye las flotas de guerra de Inglaterra y Alemania que se disponían a enfrentarse en una gran batalla, simplemente "haciendo girar el tornillo de excitación del tubo radiactivo".

A continuación lleva a cabo la destrucción terrestre total del frente del Este y se va a dormir, avisando a la posadera, eso sí, de que al día siguiente lo despierte antes de amanecer, que tiene mucho que hacer. ¡Y tanto que sí! Le queda aún el frente del Oeste, donde sólo se salva el 15º de Artillería hispano: los españoles hemos avanzado mucho, aún somos lo suficientemente salvajes como para ser valientes.

La guerra termina en menos de un mes y todo lo que llega a saberse de nuestro héroe-verdugo es que le ha gritado en vuelo a un aviador español: "¡Vuela en vanguardia, Cachalote!",cuandoreconoció en él a un ex compañero de armas así apodado. El capellán del regimiento afirma que él oyó a su vez una voz que decía: "A cenizas os torno, en tanto no sepáis amaros los unos a los otros", pero no se le concedió mayor crédito.

Los periódicos escribieron cosas como que el Hombre-Dios había matado a muchos más de los que habría matado la guerra, pero todos reconocieron que había impuesto la Paz definitiva por el Miedo. Y él se retira a Planes-Santillana a disfrutar de un merecido descanso.

La novela no se acaba aquí, o no empieza como lo he contado, por mejor decirlo. Se inicia con un prólogo de letra pequeña a dos columnas, la primera de las cuales lleva por título "Para los lectores que gustan de palabras" y en ella el autor se complace en exponer su concepción de la energía intratómica y la desmaterialización de la materia, en el sentido de una

radiactividad generalizada, extendida a todos los cuerpos. Dándole vueltas a la transformación de la materia en energía prepara el capítulo de la trayectoria y los equilibrios, esquema en el que sitúa la vida, la muerte, la creación y Dios.

La segunda columna se intitula "Para los ligeramente matematizados", pero está igual de llena de verborrea; cuando llegué a la integral triple òòò mc2 dx.dy.dz, que debe ser algo así como todo el universo, me rendí: lo único que se me vino a la cabeza fue algo que acababa de oír: "¡Eso tiene que ser la leche!"

Anuncia D. Roque, en fin, que tiene en preparación otras tres maravillosas novelas del porvenir: En la paz de la Tierra, El salvador y La creación, aunque nunca se llegaron a publicar.

* * *

Este artículo se publicó en el cuadernillo de Apuntes para la historia de la ciencia ficción española: El boom de la política ficción II, Madrid, 2000, y en la revista BEM nº 67, febrero-marzo 1999, Valladolid, Interface.

NOTAS

1. Santillana, Roque de. El último héroe, maravillosa novela del porvenir, Libr. de Francisco Beltrán (Príncipe 16), Madrid, rúst., 1910, 18’5x12 cm., 342 pp., 3’50 ptas.

2. Rafael Romero Calvet, "el otro Durero", nació en Marbella (Málaga) en 1886. Eduardo Zamacois le encargó en Madrid la realización de las cubiertas de El cuento semanal y, como eso le daba para comer, dejó de hacer trabajos remunerados; pintó algunos excelentes cuadros que sólo mostraba a sus más íntimos. De carácter solitario y retraído, a los 37 años perdió la razón y fue recluido en una casa de salud, donde falleció víctima de una parálisis progresiva.

 

   
 
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