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IIi. SOLDADOS ARTIFICIALES PARA FRANCISCO JOSÉ

Una de las obras más interesantes escritas en ocasión de la guerra europea fue El hijo del Doctor Wolffan (Un hombre artificial), "novela de lo maravilloso", de M.A. Bedoya [1]. A los datos ofrecidos en las notas hay que añadir que la obra ocupa sólo las 200 primeras páginas del volumen, que se completa con os narraciones breves del autor [2].

Estaba dedicado a Enrique Gómez Carrillo (y Tible), cronista de El Liberal y ABC. Temía la cubierta frecuente en Renacimiento, que ocupaba en sus tres cuartas partes una relación de los títulos y autores de las demás novelas de la serie, pero la propia editorial la reentapó más tarde con una cubierta más atractiva, subiendo el precio a 3'50 pesetas.

El libro se escribió tras la retirada rusa de Przemyls, que tuvo lugar en junio de 1915, y probablemente antes de la muerte del emperador Francisco José, que acaeció en noviembre del siguiente año. A diferencia de los que antes he comentado, no se trata de una fantasía política, sino de una novela de suspense y horror fantástico, con una componente de ciencia ficción tan clara como la fabricación de un hombre artificial. Bien se podría decir del libro que es nuestro Frankenstein doméstico y sólo esto lo haría ya ciertamente valioso.

Manuel Augusto Bedoya y Lerzundi nació en El Callao el 14 de febrero de 1888, hijo del coronel Manuel Bedoya y de Felisa Lerzundi. Cursó la instrucción media en el colegio Guadalupe, de Lima, y estudios superiores en la Universidad de San Marcos. Empezó a colaborar en varias publicaciones peruanas y en 1908 se trasladó a Europa. Según el Diccionario de Carlos Milla Batres "la amplia visión de su espíritu por un campo más vasto para la realización de sus aspiraciones" le hizo emprender este viaje. En un prólogo-dedicatoria él lo narra de otro modo: "Un buen día, cuando cumpliera los veinte años y abarcara la enormidad de la tragedia espiritual que me amagaba de quedarme toda la vida en la cárcel del terruño, rompí todo lazo sentimental y, tomando el primer barco que zarpaba del Callao para tierras de mejoración, huí lejos, muy lejos, hasta donde no llegara ni el más ligero de aquellos sitios de maldición".

Perteneció a la alta sociedad limeña que rechaza. ¿Sufrió algún rechazo personal, quizá un desengaño de índole sentimental? Quizá...: "Allí no se sabe nada del amor, que para saciar los sentidos hay que enamorarse de una chiquilla [...], una de esas señoritas limeñas, guapitas pero que son las mujeres más fanáticas, más superficiales y más cerriles de todo el continente colombino, y luego casarse con ellas, en matrimonio eclesiástico -de otro modo no le saludarían los de la propia familia- ¡para toda la vida! Luis Alberto Sánchez, en La literatura peruana, escribe de él: "Patriota herido en su nacionalismo por quién sabe qué secreto dolor".

Pasó buena parte de su vida en España, donde colaboró en periódicos y revistas, publicando aquí la mayor parte de su obra. Como el mismo dejó escrito, "el arte de su literatura fue para España", por lo que creo que tiene cabida en estos Apuntes. Viajó por toda Europa occidental y, al estallar la guerra civil de 1936, terminó por marchar a Argentina y Chile, muriendo en Santiago en 1942.

Bedoya fue un autor que cultivó dos clases de narraciones. Unas, las más, de misterio y aventuras, con toques fantásticos, entre las que se puede incluir la que aquí comento. Otras, las de crítica de las costumbres sociales, entre las que están las que ponen a pan pedir la sociedad limeña que conoció: "Este libro sale a la luz en ambientes europeos, donde nada podrán contra mí los eunucos de mi país", dice en una.

Sus relatos de misterio y aventuras se podrían calificar de truculentos, al igual que su vida, y, como hoy se diría, un tanto gore, siguiendo el modelo europeo. Sus críticas y artículos, en cambio, están encajados en la literatura de los que llama sus amigos fraternales, Javier Conroy, Ismaelito Rey, Manolito Álvarez y el "chino" Ugarte, inconformistas ellos, como también González Prada, en cuya casa de la Puerta Falsa del Teatro pasó tantas horas de estudio, que eran una especie de generación del 98 peruana, surgida en el país tras su derrota en la guerra con Chile, que el propio Bedoya menciona.

La acción d El hijo del Doctor Wolffan se inicia el 12 de diciembre de 1915 en el palacio imperial de Viena. El octogenario Francisco José -viudo de Sissi, tío-abuelo de Alfonso XIII- recibe una carta de un biólogo en la que le dice que está en disposición de fabricar hombres artificiales para sus ejércitos. Es tal el prestigio del sabio que el emperador acepta sin más la veracidad de la afirmación, ve en ella la salvación de la patria, pues le faltan efectivamente tropas, y ordena de inmediato a su ayudante, el coronel Von Kleichz, que acuda a visitar al biólogo y le preste cuanta ayuda precise para sacar adelante su descubrimiento.
    
Al día siguiente el oficial se dirige en automóvil a la residencia del doctor, de nombre Fritz Wolffan, que mora y trabaja en la semiderruida universidad de Przemyls, en Galitzia, después polaca, pero entonces parte del imperio austro-húngaro. La alcanza de madrugada, llama a la puerta, tardan en abrirle, el doctor se muestra extraño -el autor va creando un clima de tensión y misterio- y, tras muchas preguntas, termina confesando de forma poco creíble que no acepta el ofrecimiento del emperador porque ha fracasado, no puede fabricar hombres artificiales.

"Algo verdaderamente satánico vertíase en el momento con la viscosidad y alevosía de una gota de veneno". El lector, que ya sospechaba, sospecha aún más al leer esto y el coronel, que no en vano estaba allí, sospecha también. Sus sospechas exigen una explicación inmediata cuando encuentra ensangrentada a la vieja criada de Wolffan, que, junto con su amo, eran los únicos moradores de la universidad. La respuesta le llega en forma de un golpe que le hace perder el sentido y desplomarse.

"Y siempre, muy lejos, los disparos... Y siempre, muy lejos, los aullidos...". Como he apuntado, la ciudad entera ha padecido unos terribles bombardeos rusos, la posterior ocupación y su reconquista. El autor lo explota como parte del ambiente y, llegados aquí, la acción pasa al exterior, donde dos capitanes que han hecho el viaje con Von Kleichz se preocupan por su tardanza. Terminan por forzar la entrada para toparse con los cuerpos muertos del coronel y la criada, brutalmente asesinados.

Dan parte a la autoridad militar y se lleva a cabo una investigación. El juez recopila todos los datos, al estilo de lo que haría Poirot en una novela de Agatha Christie, y realiza toda clase de especulaciones lógicas, hasta que comparece un antiguo ujier de la Universidad para decir que la noche anterior, unas dos horas después de que llegara un automóvil, vio salir al doctor Wolffan por la parte trasera del edificio, acompañado por un hombre envuelto en una manta. Encuentran y siguen sus huellas, unas humanas y otras que no lo son, sino que se asemejan a las de un palmípedo gigante, hasta que reciben la noticia de que el doctor Wolffan y "su hijo" han pasado la frontera de Rumanía y suspenden la persecución. Aquí el autor vuelve a interrumpir la acción y en el capítulo siguiente se narra el principio de cuanto ha sucedido.

Cerca de veinte años antes, otro biólogo, el doctor griego Efialtes Zambris, realiza un viaje a la Amazonía profunda donde se topa de manos a boca con don Hernando de Quiroga y Téllez, un español de Manzanares con el que entabla una gran amistad. El "cauchero" ciudadrrealeño es un antiguo militar que rehusó un duelo con su hermano, oficial también, porque consideró que "era una ignominia cruzar un hierro fratricida". Un tribunal de honor le expulsó del ejército y su familia lo arrojó de su seno.

Aloja al heleno en su cabaña y una noche lo conduce hasta Ñocos, a orillas de un afluente del Marañón, adonde ha llevado su eterno peregrinar a la tribu de los ñaupi-ñaupi, siempre en busca del trono imperial del Inca-Túpac-Amaru, el Hijo del Sol: estamos en el Perú y el autor conoce las leyendas de su país. Nuestros hombres se disfrazan de salvajes para asistir a la fiesta de la "charapa" que, como las llamó el propio Humboldt, son anfibios o batracios parecidos a grandes galápagos. El autor narra con todo lujo de detalles este "I may manaya cach kanko huape", literalmente la "Fiesta del Misterio de la Vida y de la Muerte".

A un voivoda cojo, que tiene amputado un pie, le colocan el de un muerto, pegándoselo con una especie de cola. Al cabo de un rato, el pie postizo cobra vida. La cola es una baba que deposita la charapa en las noches de plenilunio en el lugar donde pone sus huevos y que el río arroja después a sus orillas.

El griego, "que conoce de sobra el arrojo de los españoles y su enamoramiento por las grandes empresas", le propone a don Hernando robar la maravillosa sustancia. Y así lo hacen. Pero Efialtes cae víctima del paludismo y, si bien salva la vida gracias a los esfuerzos de su amigo, éste ha de dejarlo en Pará, donde no se recobra hasta pasados dos meses. Y, entre tanto, ha desaparecido la caja con la baba de la charapa.

Muchos años después, en 1911, Efialtes visita España y, cuando va en Madrid de la Puerta del Sol a la calle del Príncipe, a buscar una entrada para los toros, se encuentra con don Hernando, quien lo invita a almorzar en su casa y, tras el almuerzo, le hace entrega de la caja con la sustancia robada a los indios.

Aunque su alegría es muy grande, termina por darse cuenta de que no tiene tiempo para estudiarla como se merece y dos años más tarde, en 1913, se la lleva a su vez a su amigo y colega Fritz Wolffan, que investiga los orígenes de la vida, particularmente interesado en producir animales superiores de modo artificial.
Éste, aunque conoce la eficacia de la sustancia, pues llega a amputarse un dedo y pegárselo con ella, no consigue arrancarle lo mucho que promete, hasta que un día, en septiembre de 1915, toma el esqueleto de la sala de anatomía y lo recubre con ella. La sustancia se arroja sobre los huesos con avidez y va formándose un cuerpo. El día 10 de diciembre está completamente formado y es cuando el doctor escribe al emperador.

La acción ya no va a interrumpirse más. En la noche del 13, mientras el sabio permanece dormido por el cansancio de las noches pasadas en vigilia, lo toca una mano helada: el hombre artificial ha cobrado vida. Wolffan lo ve de inmediato como a un hijo propio y no vacila en matar a Von Kleichz para salvarlo, incapaz como es de entregarlo para que vaya a luchar a las trincheras. Siempre para ponerlo a salvo es por lo que huye y, con los documentos y el dinero que le ha traído el coronel, consigue transporte rápido hasta la frontera, encaminándose a Bucarest, donde se instalan.

El hombre artificial, al que pone por nombre Adán, no tiene pies, ya que sus piernas se rematan en sendos discos que le permiten moverse con gran soltura. Es completamente lampiño y no posee intestinos ni órganos genitales, como tampoco orificios para la evacuación de residuos. Tiene tejido nervioso pero no sangre, por lo que su temperatura es de unos 20 grados. Por lo demás, presenta externamente la configuración de un hombre.

Al principio al doctor le basta con la mirada para dominarlo, aunque no va a seguir así por mucho tiempo. Para curarse en salud, Wolffan hace creer que Adán es un chico desequilibrado, que ha sido entregado a sus cuidados, y la precaución se muestra necesaria porque las cosas empiezan a complicarse pronto. Un día se escapa y la policía lo sorprende escalando las tapias de un cementerio. Y poco después arranca a hablar, lo que supone un nuevo riesgo. Nos enteramos de que no come por la boca, como en buena lógica cabía esperar, sino que "su padre" le unta sustancias bajo la mandíbula inferior y él las absorbe, puede absorbe materia por la epidermis. Y lo que es peor, absorbe también espíritu: su creador advierte con espanto que se va volviendo su igual, al tiempo que a él le van faltando las fuerzas, el habla y la luz en sus ojos.

Presa del miedo, toma a su servicio a un campesino mudo, Que no sabe leer ni escribir, y es otra precaución necesaria, porque el infeliz muere de consunción al cabo de dos meses. Cuando Adán ve el cadáver se abalanza sobre él y le muerde la garganta, como hiciera con la sirvienta Ramona.

Después habla de un modo tal que el doctor piensa que ha revivido al hombre a quien perteneció el esqueleto, un gañán muerto por cornadas de toro. Tras una serie de especulaciones, Wolffan conoce a un amigo de Adán que le cuenta que éste le ha preguntado cómo se hacen los niños y dónde está su cementerio. Su espanto va en aumento, pero ya no sabe, ni se atreve, a dar marcha atrás.

El amigo le respondió que los niños los hacían en una fábrica de Berlín, echando a broma la seriedad con que parecía aceptarlo Adán. Éste examina a un chiquillo y dice que son muy ingeniosos y que le gustaría desarmar uno "para ver cómo están hechos por dentro". Escalofríos de horror atenazan al buen doctor, al que la angustia le hace caer enfermo y abandonar la vigilancia de su criatura. El autor consigue un alto grado de suspense.

Una vez Adán le dice: "Yo creo, papá, que no soy yo... que soy además otros hombres... que por mi boca habla la voz de otros... que hay hombres que se atropellan para acercarse a mí...". En sus sueños alguno de estos hombres se apodera de él y no lo suelta hasta que despierta.

El lector no acierta a adivinar si la existencia del hombre artificial se va a resolver para el bien o para el mal, hasta que la acción se precipita. Un día el doctor lee en los periódicos que en el jardín del cementerio se ha encontrado a un tercer niño estrangulado en el espacio de una semana y se asusta aún más. También se siente muy desmejorado y "absorbido": ha de hacer algo y ha de hacerlo pronto.

Cuando vuelve a ver a Adán encuentra en su ropa manchas de sangre, se lo hace ver y su respuesta es intentar matarlo, por lo que el doctor llega a la triste conclusión de que su hijo es algo así como el alma de Satanás encerrada en un cuerpo indestructible, y piensa en cómo podría acabar con él. Le golpea en la cabeza con un sifón, propinándole un golpe que habría acabado con un hombre normal, pero Adán ni siquiera se inmuta. Le clava un puñal por la espalda, pero los tejidos se cierran de inmediato sobre la herida al extraer el arma... No hay manera de terminar con su existencia.

El hijo le confiesa que ha sido él quien mató a los niños y que no sufre el menor remordimiento por ello, pues considera que no son sus iguales, sino animales que sirven para alimentarlo, que carece de todo sentido del bien y del mal. Le dice también que, si hubiera fabricado más hombres artificiales, ellos se habrían convertido en los amos del mundo, haciendo desaparecer a la raza humana de la superficie de la Tierra.

El doctor, poseído por el más grande horror y por la mayor desesperación, decide consultar a Efialtes Zambris, para lo que convence a Adán de que debe escapar a las investigaciones de la policía, y ambos viajan a Corfú. Wolffan le cuenta todo a Zambris y ocurre que la hija de éste, que ha acudido a casa de su padre a pasar los últimos días de su embarazo, alumbra un niño. Adán lo mata y luego confiesa tranquilamente que nunca se había dado el festín de comerse a un recién nacido: algunas de las historias del autor son realmente gore.

Mientras su padre, en un último gesto, lo perdona y cae muerto, el hijo se va por el mundo a gozar en toda su esplendidez de la vida que ha recibido. El hombre artificial sale de la casa todopoderoso y apocalíptico.

* * *

Este artículo se publicó en el cuadernillo de Apuntes para historia de la ciencia ficción española: El boom de la política ficción II, Madrid, 2000, y en la revista BEM nº 72, enero 2000 Valladolid, Interface.

NOTAS

1. Bedoya, M.A. El hijo del Doctor WolfFan (Un hombre artificial), novela de lo maravilloso, Renacimiento (San Marcos 22), Madrid, 1917, 19x13 cm., 294 pp., 2 pta.

2. Existe una edición peruana de 2015, de la Editorial Agalma de Lima, en el nº 1 de colección Rescate, que contiene sólo la novela.

 

 

   
 
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