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IV. LA NOVELA EXTRATERRESTRE DE UN GENERAL ESPAÑOL

No se imagina uno que un sesudo general español escribiera hace cien años una novela extraterrestre, pero así fue. Bien entrada la guerra del 14 se publicó el libro De actualidad, "novela extra-terrestre" [1], firmado por el general Serra. Se trata de una obra menor, rara, que no reseñan ni la revista de Bibliografía Española, ni Cejador, ni recoge el Palau, ni está en ninguna de las bibliotecas a que he podido acceder, incluidas la Nacional y las militares, excepto en la del Museo de Canarias, que guarda los fondos del extinto "Diario de Las Palmas".

Su extrañamiento se debe sin duda a que se editó en Las Palmas. Cuando el autor era el segundo del gobierno militar de Gran Canaria. Es un texto breve, sus 34 capítulo se inician siempre en página impar, de modo que, puestos el uno a continuación del otro, sus páginas se reducirían a un centenar.

La novela es ciertamente extraterrestre, pues su acción transcurre en la Luna, pero ya se dice desde su misma portada que se trata de unos "apuntes para la reconstrucción nacional y para un estudio orgánico-militar". En la dedicatoria, hecha al capitán general Weyler y que reviste la forma de un besamanos, se pide asimismo al número uno de nuestros ejércitos -si no me falla la memoria, muerto Polavieja, Weyler era el único que lucía el triple entorchado- que mire "si alguna de las ideas expuestas pudiera ser de interés cívico-militar".

Estas ideas se sucintan en el prólogo: España debe tener dos millones de soldados útiles, esto es, casi el veinte por ciento de su población masculina total; las naciones son tanto más ricas cuanto más gastan, así que debemos invertir tres mil millones de pesetas en reorganizar y rearmar a nuestras fuerzas armadas, emitiendo a tal efecto un empréstito nacional y patriótico.

Debemos fomentar la agricultura, vendiendo a bajo precio y largo plazo, mediante lo que hoy llamamos créditos blandos, todas las tierras laborables improductivas, devolviendo a sus dueños los terrenos embargados por Hacienda y condonando las contribuciones impagadas de cinco o más años de antigüedad. Es una literatura regeneracionista, en cierto modo heredera de una anterior literatura arbitrista, utópica y escrita muchas veces por militares.

Debemos fomentar también las explotaciones mineras y la industria toda, para que España exporte más de lo que importa, y se deben revisar a la baja las tarifas de transporte, tanto de viajeros como de mercancías.

Se deben construir cinco mil escuelas para terminar con el analfabetismo y, en ellas, además de las primeras letras, se impartirían nociones de agricultura a los niños de aldea y de oficios, industria y comercio a los de ciudad.

La enseñanza superior tendría que eliminar el exceso de médicos, farmacéuticos y abogados, endureciendo sus exámenes, y formar más ingenieros, haciendo gratuitas sus matrículas, siempre, así lo entiendo, en beneficio de la productividad.

En fin, "los pueblos que no se ocupan de su ejército y no tienen confianza en él, son pueblos predestinados a servir de esclavos a otros de raza superior". No cabe término medio en esto: o tener un ejército fuerte y poderoso o disponerse a asistir al finis Hispaniae.

Se ha dicho muchas veces que nada mejor que una novela de ciencia ficción para que el autor se exprese sin convencionalismos en un escenario fantástico y dé a conocer sus verdaderas ideas. Este libro es un perfecto ejemplo de ello.

Antonio Serra Orts nació en Alicante el 27 de julio de 1856 y cuando contaba sólo con quince años de edad se alistó en el ejército como soldado raso -como el mentado capitán general Polavieja, por ejemplo-. Cuatro años después, tras participar en la guerra carlista, pidió el traslado a Cuba y fue ascendido a sargento. Pasó mucho tiempo entre la Península y la Gran Antilla y, cuando en 1895 estalló la que sería la guerra final, había alcanzado ya el grado de capitán. Luchó bravamente, fue herido de gravedad por dos veces y, tras el combate de Montes del Agua, fue ascendido a teniente coronel. Esta época de su vida se recoge en sus Recuerdos de las guerras de Cuba [2], un libro que termina diciendo: "Los ejércitos de mar y tierra cumplirán siempre mejor con los fines de su creación y sostenimiento cuanto más se les atienda. Si quieren victorias que gasten millones, pues el que algo quiere, algo le cuesta. No lo olviden nuestros políticos". Éste es el leit motiv del general.

Después de la paz de 1898 regresó a España, compaginando la cerrera de las armas con la de las letras. En 1910, cuando la insurrección de Melilla, pasó a África y allí se batió de nuevo denodadamente, alcanzando el generalato en 1912, hechos que narra a su vez en sus Recuerdos de la guerra del Kert [3]. En 1915 llegó a general de división y en 1917, cuando escribió De actualidad, era Segundo Jefe del Gobierno Militar de Gran Canaria. Falleció en la reserva en 1926.

La novela la narra el protagonista en primera persona, con su propio nombre. Al igual que Domingo González que, según el obispo Godwin fue el primer hombre en viajar hasta nuestro satélite, partiendo de Canarias, una noche de plenilunio el general se siente impelido por una fuerza ascensional potentísima e inexplicable que, de forma vertiginosa y uniforme, le eleva hasta lo alto. Toma luna con toda felicidad y en ella halla una atmósfera, una gravedad y un paisaje en todo iguales a los de la Tierra.

Lo encuentran los integrantes de un regimiento de caballería que contemplan con asombro sus dos ojos en la cara, pues ellos tiene uno solo en el rostro y el otro en el cogote: no dice nada de los caballos pero sería curioso cabalgar una montura que llevase su ojo posterior fijo en el jinete. Conducido ante el coronel, se entiende perfectamente con él, pues en la Luna se habla un lenguaje compuesto por palabras del inglés, francés, alemán, árabe, castellano y catalán. A veces ofrece frases en estos idiomas, cada una completa en uno de ellos, por lo que con, pongamos por caso, lo mismo puede aparecer en selenita como with que avec o mit: son bastantes los detalles que no interesan al autor y están descuidados.

En la Luna hay pocas guerras. Cuando estalla una, forman en vanguardia de cada ejército los militares, políticos, periodistas, clérigos y demás ciudadanos partidarios de ella. Estas tropas se combaten con saña y, ya diezmadas, son exterminadas por las restantes. Se dirime entonces del modo más rápido posible la contienda y los ejércitos regresan a sus posiciones de partida. En el país ganador el pueblo derroca al gobierno, tanto por no haber sabido evitar la guerra como para dar satisfacción a las familias de los muertos. En el país perdedor estalla automáticamente la revolución y los cambios son mayores.

Fiel a lo que expone en el prólogo, el autor hace que en la Luna existan pocos médicos, aunque proporciona para ello la explicación de que sus muchos manantiales naturales curan toda clase de enfermedades. Es un ataque suave a los médicos que no creo que tenga nada que ver con que el padre de Weyler hubiera sido uno de ellos.

Pero tiene menos de suave lo que dice de los abogados. No los hay allá arriba en los litigios menores, que resuelven sobre la marcha el párroco, el alcalde y el jefe militar de la plaza: no sucede como en la Tierra, donde la lentísima justicia podría hacer que, por el coste de los abogados, la fortuna de los Serra pasase a manos de los Martínez a lo largo de un pleito.

En la Luna los penados trabajan, no sucede lo que acá, donde son encerrados en jaulas, como animales de zoológico, lo que los vuelve rencorosos y hace que, al cumplir su condena, tornen a delinquir. Los criminales mayores se juzgan de modo sumario y se son deportados de inmediato a las islas.

Otra fobia de nuestro autor era la de dar y que le diesen la mano, por lo que lo convierte en un saludo desconocido en la Luna. Se evita así estrechar manos traidoras o sucias o, lo que es todavía peor, blandas y húmedas.

El coronel aloja al general en su casa, que es buena y está bien amueblada, lo que no resulta demasiado costoso porque las materias primas se extraen de minas de propiedad estatal, la construcción y manufacturación la llevan a cabo soldados y el transporte se realiza por tarifa militar reducida.   

El general Serra ha llegado a Vaporania, una nación semejante a España en extensión, geografía y población, y que cuenta con un ejército que es exactamente el que a él le gustaría que tuviéramos nosotros. Lo describe con tal detalle que hace farragosa su lectura, así que me limitaré a reproducir unos pocos aspectos.

Cuando se celebran elecciones, los militares de cada distrito eligen un diputado y un senador de entre ellos, veinte en total, que forman una Junta Central que protege los intereses del ejército, dándose por supuesto que eligen a generales. Quienes de éstos han intervenido en más de cien combates, que deben de tenerlo difícil porque en la Luna hay pocas guerras, o han derramado su sangre por la patria, que en principio la derraman políticos, periodistas y clérigos, reciben un título nobiliario y un sobresueldo del 30%, dice el autor arrimando el ascua lunar a su sardina terrestre.

El índice de la obra no recoge sus 34 capítulos, sino los muchos asuntos que en ellos se tratan, empezando por la plantilla y sueldos del ejército. En la Luna los reclutas cumplen un servicio de armas de tres años, aunque en cada uno disfrutan de cuatro meses de vacaciones, durante los cuales los de caballería se llevan el caballo a casa, lo montan y lo mantienen.

Se exime totalmente del servicio a los hijos únicos de viuda pobre, a los de sexagenarios incapacitados para el trabajo y a los inútiles visibles. Cumplen sólo tres meses de instrucción básica quienes paguen 3.000 lunitas, seis quienes paguen 2.000 y un año los que entreguen carta de pago de 1.000. Los estudiantes han de elegir entre pagar o ir al cuartel.

El libro contiene bastantes incoherencias, pues al autor sólo le importa la organización del ejército español y, con respecto al de la Luna, pasa de sus obligadas particularidades. Así, por ejemplo, dice que los meses lunares son doce, de 28 días cada uno, con un año que consta de 336 días divididos en doce horas de luz y otras doce de oscuridad, lo que evidentemente no podría ser así.

El rey de la Luna reconoce al general terrestre su rango militar y le paga el sueldo correspondiente. En su primera visita a la Corte asiste a una comida de gala en la que le sientan al lado del Nuncio de Su Santidad. (Uno ya se barruntaba algo al leer que en la Luna había párrocos y capellanes castrenses, pero no se esperaba tanto, sinceramente). Como es lógico, el representante papal informa al terrícola sobre la religión lunícola.

Hace veintidós siglos nació allí un niño anunciado por los profetas que predicó una doctrina admirable, pero que fue condenado a muerte de cruz sin haber cometido delito alguno. Cuando los soldados fueron a buscarlo a la prisión para conducirlo al patíbulo, se evadió al Paraíso, a sentarse al lado del Padre Eterno y a esperar el día en que volvería para premiar a los que hubieran sido buenos y castigar a los que hubieran sido malos, según dijo a sus doce discípulos.

Está claro que al general no le gustaba el final de la vida de Cristo y, como una pequeña maldad, diré que hay que entenderlo. Si lógicamente no le hacía gracia que le hubieran cortado la cabeza a Santiago Apóstol, Capitán General de los ejércitos españoles, tampoco se la iba a hacer que crucificaran a su superior inmediato.

Aunque, teológicamente hablando, el hecho de que Cristo no muriera y resucitara hace de las dos religiones algo completamente distinto, el general y el nuncio firman un acta en la que afirman solemnemente que ésta es la religión verdadera y universal, la meten en la caja de plata en la que el general en jefe vaporiano guarda sus guantes de cabritilla y la conducen en procesión hasta la iglesia más próxima, acompañados de todo el clero de la capital.

Con este simpático acontecer se termina la obra y cuanto voy a contar de ella. El autor dedica unas pocas últimas líneas a decir que todo ha sido un sueño del que lamenta haber despertado.

Las soluciones que tiene el general para los problemas de España son un tanto ingenuas y no realiza ninguna prospección de futuro. Considera la guerra como un castigo de Dios, pero un mal inevitable para la supervivencia colectiva de los pueblos. Pide a los políticos dinero para el ejército, muy dolido por las derrotas militares que hemos sufrido y los injustos reproches que éstas han originado.

Se muestra partidario de la neutralidad española en la guerra europea, salvo que nuestra intervención se pague con la devolución de Gibraltar, la entrega de Tánger y tierras hasta el río Sebú, cien submarinos, mil aviones, dos mil cañones, cuatro mil ametralladoras y cuarenta mil millones. A ese precio, no dice si en marcos, libras o francos, un millón de españoles darían su vida por el engrandecimiento de la patria.

Y hay una última cosa que demuestra una sensibilidad que quisiera destacar: "Parece que antes había personas temerosas del predominio militar, con un ejército numeroso y fuerte, pero hoy no. Hoy, ante posibles presiones del exterior y la seguridad de que el ejército no quiere gobernar ni ser político, ven ya muy claro la necesidad perentoria de entrar en una era de regeneración nacional."

* * *

Este artículo se publicó en el cuadernillo de Apuntes para la historia de la ciencia ficción española: El boom de la política ficción II, Madrid, 2000.

NOTAS

1. General Serra. De actualidad. Novela extraterrestre, Tip. Del Diario de Las Palmas, Las Palmas, 1917, rúst., 20’5x13 cm., 141 pp., 3 pta.

2. Serra y Orts, Antonio. Recuerdos de las guerras de Cuba. 1868 a 1898, Tip. de A.J. Benítez, Santa Crus de Tenerife, 1906, rúst., 23x16 cm., 194 pp.

3. Serra y Orts, Antonio. Recuerdos de la guerra del Kert. 1911 a 1912, Impr. Elzeviriana de Borrás Mestre y Cía., Barcelona, 1914, 224 pp. + hojas de mapas desplegables.
   
 
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