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Los cuatro títulos que el editor ha agrupado en este tomo son otras tantas novelas cortas de las profundidades, encajadas entre las de mundos ocultos o mundos preservados. Los autores de proto ciencia ficción situaron con frecuencia la acción de sus narraciones en mundos desaparecidos -mundos difuntos-, como la Atlántida, o en mundos preservados, mundos que podríamos decir tangentes al nuestro, pues sólo se tocan en un punto, cuando son descubiertos, para desaparecer después para siempre.

Acostumbraban a ser mundos fantásticos, poblados por hombres y animales sorprendentes, con frecuencia prehistóricos, y con una flora igualmente propia del pasado, escenarios de historias que, cuando estaban bien escritas, cautivaron a sus lectores, a los chicos de ciudad que soñábamos en secreto con escapar de la civilización que nos rodeaba y volver a los orígenes, a cuando las cosas eran de otra manera.

Estos pequeños rincones de misterio se ubicaban en los parajes más desconocidos, el corazón del África inexplorada, las islas más alejadas del océano o las profundidades de la Tierra. Una excepción sería la novela de Noëlle Roger, seudónimo de la escritora helvética Hélène Pittard, La vallée perdue, cuyo escenario se sitúa tan cerca como en un valle oculto en los Alpes franco-suizos, poblado por hombres del neolítico que quieren vivir al margen de la civilización. La traigo aquí a colación porque aparece en ella algo que falta en otras, la condena, aunque implícita, de los benefactores de la humanidad que no pueden soportar que otros hombres sean felices viviendo de un modo distinto al suyo.

Estas novelas eran próximas a la ciencia ficción en la medida en que ponían en cuestión la sociedad de nuestra civilización: cuando no lo hacían, como es el caso de estas cuatro, se quedaban en simples novelas de aventuras, generalmente más entretenidas y fáciles de leer. Recuerdo bien mi encuentro con ellas de hace muchos años, todas leídas en castellano y la mayoría poco conocidas.

El mundo perdido (The Lost World, 1912), de Conan Doyle, si no fue la primera novela de mundos preservados, sí su mejor exponente entre los clásicos. Antes hubo el popular Voyage au centre de la Terre (1864), donde Julio Verne dio vida a seres primitivos en las profundidades, y The Devil Tree of El Dorado (1896), donde Frank Aubrey, seudónimo con que el inglés Francis Atkins firmó sus narraciones de mundos ocultos y razas perdidas, situó en lo alto de un monte de la Guayana británica una ciudad preegipcia en la que la religión de la Fraternidad Negra sacrificaba víctimas humanas a un pulpo vegetal, mientras que la de la Fraternidad Blanca practicaba ritos menos sangrientos.

Seguramente esta historia sirvió de inspiración para El mundo perdido, cuyo esquema general es el de todas estas obras: unos seres prehistóricos, preferentemente del secundario, tan gigantescos como sea posible, permanecen con vida en un paraje escondido al que llegan unos exploradores que viven toda suerte de aventuras. Mas sir Arthur da un paso más al ir más allá en la creación de personajes, como es el caso del Dr. Challenger, a quien se podría tomar a primera vista por un simio, hasta saber de su extraordinaria inteligencia.

El éxito de estas novelas se debió en parte a los descubrimientos zoológicos de la época, que encontraron animales que se creían extintos y eran verdaderos supervivientes de eras pretéritas. El libro de Doyle se llevó a la pantalla en 1925, con efectos especiales del gran Willis O'Brien, el mismo de King Kong, y fue el ilustre antecesor de las películas de monstruos.

En cualquier caso, para quienes empezamos a leer tras la guerra y, en aquel sequedal de novedades, habíamos de recurrir a las obras de años atrás, El mundo perdido supuso nuestro Parque jurásico anticipado. Con esta novela y otras de su laya tejimos nuestra "Historia de los mundos de las profundidades", todos inaccesibles, todos deseados, todos perdidos al final en un sellado voluntario o en una catástrofe natural que lamentábamos profundamente.

En esta estirpe literaria se dan dos claros subggéneros, de los que el primero es el de las civilizaciones perdidas, de los que sería un ejemplo El fin de un mundo (La mission de quatre savants,1925), de René Trotet de Bargis, una de las muchas novelas populares de este autor, aunque la única tangencial a la ciencia ficción.

Cuatro sabios, un inglés, un francés, un alemán y un belga, exploran las islas pantanosas del lago Leopoldo II, donde descubren un mundo de antropitecos y animales prehistóricos que desaparece al cabo, dejando un regusto de añoranza. Desde el punto de vista narrativo, está bien conseguido que el misterio se vaya desvelando poco a poco; desde el científico, no lo es tanto que ese mundo se extienda sobre una superficie muy superior a la que tiene el lago y que en él convivan seres del secundario con otros del cuaternario: hay que explicarlo forzando la posterior llegada de éstos, pero son cuestiones menores comparadas con la implausibilidad absoluta de tantas otras historias del género. Algunos detalles, como por ejemplo el papel "simpático" que juega el sabio alemán, permiten suponer que la obra se escribió quince o veinte años antes de su publicación, con anterioridad a la guerra del 14, lo que la anticiparía a El mundo perdido.

Y el otro subgénero de la literatura de mundos preservados o novelas de las profundidades lo componen los relatos prodigiosos de cavernas, subgénero al que pertenecen las cuatro novelas de este tomo, no muy distante de las historias de la Tierra hueca.

Antes de tratar de Symmes y sus epígonos, he de ocuparme del notable precedente que supuso el Icosaméron (1788) del famoso Giacomo Casanova (1725-1798) de las Memorias eróticas. En la Inglaterra de 1615, una pareja de jóvenes que aparentan 25 años cuenta en un castillo a lo largo de veinte jornadas -y de ahí el título del libro- que son los niños desaparecidos 81 años antes.

Eduardo e Isabel navegan rumbo al Norte cuando su embarcación es engullida por el maëlstrom. Se meten en el ataúd que un viejo oficial de marina guardaba para esperar inviolable en el fondo del mar el Día del Juicio Final, éste se cierra herméticamente y, al cabo de ocho horas de vertiginosa caída por el interior de la Tierra, en un río de aguas rojas encuentran unos pequeños seres que nadan desnudos y que los rescatan. Son los Megamicros, anfibios que viven felices, pues la "leche roja" que los alimenta los preserva de la enfermedad y de la muerte. Su lengua se compone tan sólo de vocales que modulan hasta formar 29.479 palabras distintas.

Los Megamicros son andróginos y ovíparos, expulsan los huevos por la boca y los incuban después al "baño maría". Forman un nuevo género humano que se rige por un nuevo código de leyes y poseen buenas creencias primitivas. Su jefe religioso, el Helion, de 8.158 años de edad, tiene 100 ministros, 20.000 escribas, 65.400 abades y 3.027.000 canónigos para una población de treinta mil millones de almas, repartida en 80 reinos cuadrados y 216 feudos triangulares, donde siempre es de día porque el sol permanece inmóvil en el cielo.

Los recién llegados no se nutren como ellos, sino que comen los frutos hasta entonces reservados a las serpientes sagradas, lo que va a ser origen de una guerra, la primera de ese mundo, aunque las cosas se solucionan al repartir para unos el agua y para los otros el suelo. Isabel "se casa" con su hermano y da a luz una pareja de gemelos, niño y niña, todos los años durante cuarenta, y lo mismo hacen los varones con sus hermanas a partir de los catorce años, con lo que Eduardo llega a reinar sobre cuatro millones de sus semejantes. Se propone recrear bajo tierra la civilización que conoció sobre ella, logrando construir bastantes máquinas. Al final, un accidente devuelve a Eduardo e Isabel a la superficie de la Tierra.

Se trata de una larga novela de 1.750 páginas, dotada de un realismo sorprendente para la ápoca pero fatigosa de leer por las constantes disgresiones del autor sobre la gravitación universal, el achatamiento de la Tierra en los polos, la libertad de comercio o los primeros capítulos del Génesis.

Sus dos capítulos iniciales son la base de la novela. En el primero, sin dar ningún nombre propio, se dice que Dios creó al hombre y la mujer a su imagen y semejanza y después descansó. Este hombre y esta mujer serían la primera pareja de Megamicros, creados en el Jardín del Edén, que estaba en el interior de la Tierra, y que allí se han multiplicado y viven felices.

En el segundo capítulo del Génesis se narra cómo Dios hizo a Adán del barro y sacó a Eva de una de sus costillas. Ésta sería para Casanova una pareja de seres distintos, que pecó y fue expulsada del Paraíso Terrenal a la superficie: somos nosotros. En cualquier caso, el Icosaméron es antecedente inexcusable de los relatos de tierras huecas.

Años más tarde, un héroe americano de la guerra de 1812 contra los ingleses, el capitán John Cleves Symmes de Ohio, envió en 1818 un total de quinientas cartas a otros tantos congresistas, rectores de Universidad, presidentes de Sociedades científicas y sabios europeos de renombre: "TO ALL THE WORLD! I declare the Earth is hollow, and habitable within...", esto es, "Declaro que la Tierra está hueca y su interior es habitable...". Decía que nuestro globo está compuesto por cinco esferas concéntricas y, cuando el Congreso le negó tropas y fondos para una expedición -aunque consiguió un número estimable de votos a favor-, invitó a cien jóvenes a acompañarlo hasta los 82º de latitud Norte para desde allí descender a los mundos interiores.

Curiosamente, quienes más caso le hicieron fueron los rusos, cuyo Gobierno le propuso llevar a cabo una expedición en Siberia, aunque un duro invierno canadiense se lo llevó a la tumba antes de iniciarla. El mundo científico europeo occidental ni qué decir tiene que no se lo tomó en serio, pero su popular Tierra hueca sirvió de escenario a más de una narración. Es más que probable, además, que el capitán Symmes, bajo el seudónimo de Capitán Adam Seaborn, fuera el autor de la primera utopía estadounidense, Symzonia: A Voyage to Discovery (1820), donde Seaborn descubre un feliz mundo interior gobernado por el "Best Man". Sigo.

Una de las primeras novelas rusas de ciencia ficción, la Plutonia de Obruchev, escrita en 1915 aunque no publicada hasta 1924 por los avatares que atravesó su país, confiesa su autor que está directamente inspirada en las teorías de Symmes. Una expedición al norte de Siberia se desliza por una grieta y descubre un mundo alumbrado por el sol Plutón, con ríos, lagos y volcanes, animales y plantas fabulosos y hombres primitivos. Es muy didáctica, pretende dar a conocer la fauna y la flora de eras pasadas con mayor rigor que el Viaje al centro de la Tierra de Verne y aclara rotundamente en el prólogo que el viaje que narra es imposible, que ni hay orificios en la corteza terrestre que la comuniquen con el interior ni este interior está hueco.

Como señala el propio editor, Francisco Arellano, en su antología La chica del átomo de oro (Páginas de Espuma, 2003), ya en 1929 el físico Edmond Halley había propuesto que en los polos había dos aberturas que permitían acceder al interior de la Tierra, formada por una serie de esferas concéntricas cada una de las cuales tenía su concha, poseía luz propia y se podía imaginar que en ellas cabía cualquier cosa. Lo hizo así para explicar algunas anomalías que encontraba en sus observaciones y tuvo menos influencia que Symmes.

Cita a continuación la novela The Smoky God or A Voyage to the Inner World (1908), del escritor americano Willis George Emerson (1856-1928), que gustaba de escribir sobre razas perdidas, narra cómo el marino noruego Olaf James penetra por la abertura del Polo Norte y vive por dos años en el mundo interior, entre gigantes de doce pies que moran el primitivo Jardín del Edén y adoran al sol humeante que da título al libro. Apareció en el nº 1 de la revista "Delirio".

Un excurso hispano. Cuando, ya publicado, releo uno de estos prólogos míos, me entra el resquemor de no haber mencionado ningún autor español. En este caso, sin ir más lejos, el cura Martín y Espejo, de Gárgoles de Abajo (Guadalajara), hizo que en su Viage de un filósofo a Selenóplis (1804) su protagonista atravesara por una abertura natural el centro de la luna -que era imagen de la Tierra-, revestido de pieles de salamandra y sábanas del amianto, impregnadas de un barniz resistente al fuego. Y el coronel Ignotus imaginó que Venus estaba horadado de Norte a Sur por un túnel que iba de polo a polo, igualmente natural y practicable.

Por otra parte, el capitán Sirius gustó de las civilizaciones desaparecidas y las razas perdidas, como se ve en novelas como La destrucción de Atlántida o La ciudad sepultada, y Mallas Casas, al que podríamos llamar divulgador geográfico -en lo que no se distanciaría de Sirius-, se ocupó de un pequeño pero genuino mundo preservado en Kunda, ciudad sellada, novela dedicada al público juvenil, por poner algunos ejemplos.

El mundo del abismo (Le monde de l'abîme,1903-04), del comandante de Wailly, alcanzó tanto éxito que fue reeditado por dos veces en España. Tras Julio Verne, y aun con alguna excepción tan señalada como la de Rosny, la ciencia ficción francesa quedó enmarcada dentro de la literatura juvenil, con escritores a los que no les faltaban invención ni ideas, pero que eran prisioneros de la Tierra que moraban y de la época que vivían, mientras sus colegas americanos ya exploraban el espacio y hasta viajaban en el tiempo.

 Así, el notable folletinista Commandant Gaston de Wailly, autor de tres novelas próximas a la ciencia ficción -entre ellas El rey de lo desconocido, firmada Capitán Cristóbal y López-, no abandonó nuestro planeta, pero encontró una escapatoria fantástica en las entrañas de la Tierra hueca. La novela supone que el mundo es una esfera cuya corteza tiene 30 kilómetros de espesor y, bajo ella, existen otra atmósfera y otra superficie, habitada por una humanidad alada, de hombres como murciélagos que en este caso disponen de una tecnología que nada tiene que envidiar a la nuestra y viven en régimen matriarcal en una perenne paz utópica. Sólo les amenaza un peligro, los grandes saurios, verdaderos fósiles vivientes contra los que se organizan grandes cacerías que revisten un carácter ritual.

Resta hablar del formidable mundo de Pellucidar, de Edgar Rice Burroughs, siete novelas traducidas al castellano y publicadas en una vistosa edición de 50 ejemplares, que las hace inencontrables. La serie no alcanzó el éxito de la marciana de John Carter ni mucho menos de la de Tarzán, pero Pelllucidar es un mundo asombroso donde conviven faunas de al menos dos eras geológicas y media: hombres de la Edad de Piedra que obedecen a lagartos alados, civilizados y telépatas, hombres-mono con coraza, piratas salidos del libro del capitán Johnson, hombres-león, oficiales americanos..., todos mezclados y combatiéndose con alegre ardor.

La saga posee sobre todo ese encanto poético que hace pobres a las de otros autores. En ella encontramos la Tierra de la Sombra Siniestra, la flor roja de Zoram, a Chak el de la larga cabellera y al horroroso Jubel... Burroughs vuelve sobre los contenidos de otras de sus novelas con luchas, países desconocidos, bellas y extrañas reinas y toda clase de hermosas jóvenes. Desde la primera novela, At the Earth's Core (1914), el autor aborda las teorías de una Tierra hueca, que contiene un sol central que encierra todo un pequeño universo, poblaciones primitivas, bellas salvajes desnudas, brujos crueles y monstruos prehistóricos.

David Innes penetra accidentalmente en este mundo a causa de la avería sufrida por un prospector subterráneo inventado por su amigo Abner Perry. La taladradora gigante los lleva a 800 kilómetros de profundidad y allí comienza a girar en vacío, pues ha penetrado en una atmósfera, la del mundo subterráneo de Pellucidar. Innes encuentra en él una criatura de ensueño, llamada Diana la Magnífica, cuyo amor conquista tras innumerables aventuras y con la que funda el primer imperio de Pellucidar.

Su más conocido título fue el cuarto, Tarzan at the Earth's Core (1929), un intento de hacer participar a este universo de la fama del hombre-mono. Aunque la amalgama no resultó ser lo mejor del gran autor, la serie influyó en muchas novelas americanas posteriores.

En las novelas que componen este volumen todos los habitantes de las profundidades son humanos, pero hay otras de mundos subterráneos en que no sucede así. En Nils Klim descubre el centro de la Tierra, escrito en latín por el danés Ludvig Holberg en 1741, una sátira más ácida que la de Swift, el protagonista encuentra en primer lugar una humanidad arbórea con la que tiene su primer problema al encaramnarse a un árbol que resulta ser la esposa de una autoridad local, a la que se entiende que hizo tocamientos obscenos. Peripecia tras peripecia, halla después hombres-perros, hombres-gatos, hombres-leones y toda clase de conjunciones animales, tantas o más que en las remotas islas de El descubrimiento del mundo austral por un hombre volador, del francés Restif de la Bretonne, pobladas por hombres-monos u hombres-osos las primeras, y hasta por honres-ranas u hombres-serpientes las últimas, aunque también aparece una raza de gigantes compatibles con los humanos: para ser precisos, es posible y productivo el apareamiento hombre-giganta, pero no el de gigante-mujer, pues ésta fallece irremisiblemente al dar a luz.

Entrando ya en materia, entre octubre de 1928 y abril de 1932, Prensa Moderna sacó en Madrid varias colecciones semanales de bolsillibros, como "Aventuras", "La novela fantástica" y "Emociones", títulos quecostaban dos reales, 50 céntimos de peseta, y cuyos originales eran novelas cortas aparecidas en revistas americanas o francesas. Figuraban entre ellas las cuatro que componen esta selección y que paso a presentar.

La caverna de los trogloditas (The Troglodytes) es de Fred M. Barclay, del que en ningún sitio se dice nada porque sólo publicó este relato en los magazines de scientifiction y ninguno en los de cualquier otro género. Apareció en Amazing en septiembre de 1930 y en Prensa Moderna en el nº 22 de la colección "La novela fantástica", en 1931, y es una curiosa historia.

Una curiosa historia realmente,, cuya acción transcurre bajo tierra y que se inicia con el descubrimiento casual de una gran caverna por parte de tres hombres, que son hechos prisioneros por unos altos y pálidos seres humanos que tuvieron su origen en la superficie pero llevan milenios bajo ella.

Por una vez en una de estas novelas, las cosas suceden como cabría esperar: se les practica un reconocimiento médico, se les enseña lenta y racionalmente la lengua que han de aprender y se les instruye en las nuevas costumbres. Los tres amigos sólo encuentran algo realmente extraño, ocho bolas ligeramente luminosas que, sin soporte alguno tangible, se mueven de forma incesante por doquier, siguiendo dos órbitas distintas según sus colores: son el "Octram-Kalistrol", los "Dioses del Cielo", y todos las miran con un respeto que raya en la veneración.

Se describen la flora y la fauna del mundo subterráneo, y su sociedad, apática e indolente porque los "ampus" tienen todas sus necesidades cubiertas, situación que los recién llegados prenden corregir según el modelo americano. Hay una suave presencia femenina que no alcanza el protagonismo que con frecuencia alcanzan estas muchachas en otras narraciones del género.

Después de la guerra había poco que sacar y Bruguera reeditó algunas novelas de Prensa Moderna en dos colecciones, "La novela fantástica" y "Biblioteca Iris", serie fantástica. La primera apareció en la segunda mitad del año 1944, con siete novelas anónimas -aunque de autor fácilmente identificable-, tamaño grande de 26x18'5 cm. y un precio de 2 pesetas, con ilustraciones a toda página en negro y lucidas cubiertas en color.

Su nº 1 fue Los hombres de las orejas largas, una novela de aventuras en la selva que nada tiene que ver con la ciencia ficción, y el nº 3 fue La caverna de los trogloditas, ahora con el título de En el corazón del mundo y cubierta e ilustraciones de Porto. Tomás Porto del Vado nació en 1918 en Madrid y desde muy chico residió en Barcelona, donde a los 15 años apareció ya una colaboración suya en una revista. Fue acuarelista y, sobre todo, dibujante de cómics y portadista e ilustrador de novelas populares como "Comandos", "Rodeo" y otras. Como historietista cabe mencionar sus trabajos en Chicos, Juan Centella, Aventurero y, destacadamente, en Joyas literarias juveniles. Fue también ilustrador de La novela deportiva.

Otra novela de igual colección que leí en su momento fue En las entrañas de la Tierra, de Paul Ernst (1899-1985), autor americano que escribió una veintena de relatos para los pulps de ciencia ficción en los difíciles años 30 y primeros 40 y otros de fantasía y horror, historias fantásticas de héroes contra villanos con happy end. Con el seudónimo editorial de Kenneth Robeson, que había popularizado Lester Dent en Doc Savage, fue el responsable de muchas de las novelas de The Avenger (El Vengador).

Marooned under the Sea apareció originalmente en Astounding en septiembre de 1930, y fue después el nº 5 de "La novela fantástica" de Prensa Moderna, publicado a finales de 1930. Al igual que el anterior y el siguiente, La caverna de los trogloditas y La ciudad de los primeros hombres, es una historia de "mundos preservados", de esos mundos que sólo se tocan con el nuestro cuando son descubiertos, para desaparecer luego para siempre. Recuerdo que cuando la leí de chico me pareció sugestiva, quizá más por mi afición a los mundos preservados que por su verdadero interés: era yo poco objetivo.

La narración es muy fantástica, aunque no "milagrosa", y se lee con interés. El profesor Berry ha diseñado una nave submarina y, junto con Stanley, que la ha construido, y su amigo Martin, se sumerge a casi dos mil metros de profundidad dentro de una gran esfera de vidrio. Se describen los tremendos animales del abismo que van encontrando y uno de ellos abraza la esfera y rompe el cable que la une al buque de superficie. Cuando los tres hombres creen llegada su última hora, unos extraños peces, con aspecto de hombres encerrados en una armadura de puerco espín, los remolcan hasta donde viven sus amos, espléndidos ejemplares de la raza humana que desconocen su origen y cómo han llegado hasta Zyobor, la preciosa ciudad que habitan.

En ella se enfrentan a los cuabos, otros seres marinos de inteligencia igual o superior a la humana, con inmensos cuerpos de araña con tentáculos y cabezas de un metro. El joven Martin, que se ha enamorado de la hermosísima reina Aga, una mujer como nunca se ha visto en la Tierra, junto con los otros dos hombres de la superficie, les presta una decisiva ayuda que merece y alcanza una no menos decisiva recompensa.

Y se me olvidaba algo que los lectores ya habrán imaginado: los monstruosos cuabos dejan un rastro asquerosamente viscoso.

El tercer título de este tomo, asimismo de mundos de las profundidades preservados en el tiempo, es La ciudad de los primeros hombres, atribuido por Prensa Moderna a un inexistente Jules Fort, aunque en realidad es de Champagne. Maurice Champagne (1888-1951) fue un autor francés que se dedicó a escribir novelas populares para revistas como Le Journal des Voyages o L'Aventure, que con frecuencia eran historias de imperios subterráneos, mundos ocultos bajo tierra y otras por el estilo. También escribió comedias y vodeviles que firmó como Maurice Darcy.

Fue el nº 9 de "La novela fantástica" de Prensa Moderna, muy cercano al precedente y aparecido poco después, a finales de 1930, todo lo más a principios de 1931. También el nº 2 de la colección fue otra obra suya, La isla sumergida, que no es ciencia ficción sino una novela al estilo Julio Verne.

La cité des premiers hommes apareció originalmente en 1928 en el nº 1 de Grandes Aventues, una revista editada en París por Tallandier a partir de 1928, y es más extensa y original que la anterior, con la que sin embargo guarda ciertas semejanzas: hubiera cabido ventajosamente en Amazing o Astounding.

Cuando unos forajidos australianos que se hacen pasar por policías y unos franceses que buscan fósiles están en una balsa en medio de un lago, sus aguas empiezan a bajar y, a lo largo de quince días, descienden por un aterrador pozo de paredes rocosas cortadas a pico cuya parte superior pierden de vista, mientras el doctor Paraulat informa a sus compañeros de que el centro de la Tierra no responde a las ridículas teorías sostenidas por los sabios oficiales, a los que cita con nombres y apellidos.

Al detenerse encuentran un mundo interior en el que son atacados por los monstruos más horribles que se pueda imaginar, una especie de enormes cocodrilos con alas, de los que los salvan unos seres humanos. En cuanto el doctor los oye hablar, deduce que son hebreos antediluvianos, pues hablan esta lengua sin mezcla de arameo, y así es. Cuando llegó el Diluvio, sólo el justo Noé halló gracia ante Dios, dice la Biblia, pero resulta que también se apiadó de Jalesh, que había sido pecador pero se había arrepentido, y le mandó construir otra arca que fue arrastrada por las aguas hasta las profundidades, castigando a sus descendientes a no volver a ver la luz del sol.

Estos seres desconocen que existe otro mundo, sin que el autor explique cómo saben que fueron condenados a no volver a ver la luz del sol. Han desarrollado una tecnología avanzada usando de formas múltiples la electricidad y explotando el radium, en la línea del futuro imaginado cuando se escribió la novela. Lo más curioso, con todo, es el origen de ese mundo, regido por patriarcas al modo de los que se dieron entre Adán y Noé.

Nuevamente hay que volver sobre Bruguera, que la reeditó en 1944 en el nº 3 de "La novela fantástica" como La ciudad subterránea, otra vez con cubierta e ilustraciones de Tomás Porto.

Apareció, finalmente, otro curioso mundo subterráneo en la novela El monstruo de metal, de Otis Adelbert Kline (1891-1946), un autor americano que quiso por un tiempo emular a Edgar Rice Burroughs en Argosy: decía que lo admiraba profundamente y por eso escribía historias en su estilo. Sus héroes llegaron a la luna, a Marte y a Venus, donde uno de ellos empezó siendo esclavo para, al más puro estilo burroughsiano, terminar casándose con una princesa. Fue compositor de canciones, escribió en todos los géneros, empezando por la fantasía y siguiendo por la ciencia ficción, y terminó como agente literario, que lo fue de Robert E. Howard hasta su muerte.

Tne Metal Monster se publicó en origen en Amazing en julio de 1931 y en España por Prensa Moderna en una colección que no fue ya "La novela fantástica" sino "Aventuras", en el nº 12 de su segunda época, en el primer trimestre de 1932. Fue la última colección popular que sacó esta editorial, cuando ya había dejado su gran casa e imprenta de Larra 15 para trasladarse más modestamente a Menorca 20 y cerrar enseguida.

En esta historia no somos los hombres de la superficie los que descendemos a las profundidades para descubrir un mundo oculto, sino que son los "esnales", los hombres subterráneos los que ascienden hasta nosotros para esclavizarnos. Nada se dice de su origen, pero se trata de unos babosos seres grotescamente humanos, aunque muy interesados por nuestras mujeres, a las que los nobles pretenden para sus harenes, mientras que los hombres fuertes trabajan como esclavos y los débiles sirven de abono para sus plantaciones.

Su flora y su fauna son tan supuestamente prehistóricas como de sólito, pero el universo en que crecen es por excepción un mundo preservado malo. Suponer que los hombres desgajados de la humanidad "oficial" han desarrollado una tecnología avanzada es una variante sobre los hombres primitivos incivilizados, una variante no demasiado rara. Dicen Clute y Nicholls en su Enciclopedia que los relatos de Kline son "violentamente coloreados, cruelmente racistas y sugestivamente sexistas", y a éste le cuadra.

Las cubiertas de las cuatro novelas en la edición de Prensa Moderna y las ilustraciones, cuando las hubo, las firmó Max Ramos. Máximo Ramos López nació en La Graña, cerca de El Ferrol (Coruña) en 1880 y empezó desde muy joven a prepararse para ser marino, como todos los varones de su familia. Mas se quedó huérfano a los 17 años y, para ganarse la vida, se dedicó a lo que mejor sabía hacer: dibujar. Ya casado marchó a Méjico y Cuba y, cuando regresó a España, colaboró en varias revistas, llegando a ser redactor jefe de La Ilustración Española y Americana. Durante la guerra civil y la posguerra fue historietista de tebeos como Flechas y Pelayos, donde publicó la serie "Aventuras de Quico y Caneco". Grabó, pintó, dibujó e ilustró, ganando medallas en varias exposiciones y estando representado en varios museos. Murió en 1949 y el Ayuntamiento de Ferrol ha instituido un premio de grabado que lleva su nombre.

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Este artículo se publicó como prólogo de Las novelas de Prensa Moderna I: Novelas de las profundidades, en La Biblioteca del Laberinto, Delirio ciencia ficción, de Francisco J. Arellano, Madrid, 2008.
 
 
 

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