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II. MENDIZÁBAL RECREÓ EL SEGUNDO
VIAJE DE LA MÁQUINA DE WELLS

 

"Elois y Morlocks, novela de lo por venir. Narración del P. Zacarías M. Blondel. Publicada en español por el Dr. Lázaro Clendabims. Ilustraciones de B. Gili y Roig y R. Opisso. Con licencia [eclesiástica]. Barcelona, 1909. Herederos de Juan Gili, Editores. Cortes, 581". 20x12 cm., aprox., 348 páginas para el primer tomo y 238 para el segundo, 6 pesetas en rústica y 8 en holandesa.   

 

Zacarías M. Blondel y Lázaro Clendabims tienen las mismas letras, acento incluido, y son ambos anagrama de Carlos Mendizábal. Sus datos biográficos los he tomado de su Hoja de Servicios y, sobre todo, me los proporcionó su hijo Ignacio que, cuando me atendió amablemente, ya superaba los noventa años, mas conservaba toda su lucidez y memoria.

La novela se escribió en Zaragoza entre febrero y julio de 1908 y la publicó y prologó el amigo del autor Modesto Hernández Villaescusa, un líder del movimiento social católico que era a la sazón director de la editorial Herederos de Juan Gili, después Editorial Litúrgica, que siguió anunciándola en su fondo: se trata de la misma edición, aunque alguna vez se haya dado como segunda.

El padre Zacarías M. Blondel es el supuesto hermano del viajero del tiempo de Wells, que le acompaña en su segundo viaje y deja notas del mismo que recibe y publica el doctor Lázaro Clendabims, médico del barco que le recoge cuando el Kronodromos regresa a su tiempo y se hunde en el mar.

Haciendo uno de esos excursos a los que soy tan aficionado, diré que, cuando Luis Alberto de Cuenca era Director de la Biblioteca Nacional -después fue Secretario de Estado de Cultura-, presentó la revista Cyber Fantasy, comentando que determinada literatura fantástica de hace cien años había tenido en Europa un valor soteriológico del que careció en España. Le dije yo luego que quizá se debiera a que en nuestro país estuvo escrita muchas veces por clérigos o por personas de ideas muy religiosas que tenían su soter en otra dimensión. (No dejó de salir a colación la anécdota -¿una leyenda urbana?- del autor americano de ciencia ficción que acudió a un prostíbulo y las profesionales no le quisieron cobrar porque sus libros eran su lectura preferida; no les cautivaba el evangélico "las prostitutas os precederán en el reino de los cielos", querían la salvación aquí y ahora, y parece que la buscaban en la science fiction).

Por mejor decirlo, cito a Buber [1], donde se lee: "Para la escatología -aunque en su forma elemental, profética, prometa al hombre una participación activa en la llegada de la redención-, el acto decisivo viene de arriba; para la utopía todo está sometido a la voluntad consciente del hombre, y hasta puede calificársela de imagen de la sociedad esbozada como si no hubiera otros factores de esa voluntad".

Pues bien, si las mujeres en cuestión eran utópicas, Mendizábal fue escatológico, era de quienes creen que el acontecer humano, a través de los siglos -que en su caso son ocho mil-, camina hacia una perfección que será recibida por los hombres al final de los tiempos con el advenimiento del reino de Dios. El mal colectivo no puede ser expulsado por el progreso científico, sino que el cambio social se alcanzará por la religión cristiana. Parafraseando a Mannheim [2] podría decir que al igual que los antiguos profetas llevaron la salvación ética a los gentiles, Zacarías/Mendizábal lleva la redención de la cruz al mundo de los elois y los morlocks, transformando su universo en otro en que el lobo pace con el cordero.

En aquel magma intelectual que podría resumirse en el conflicto entre las dos naciones, nuestro escritor prefigura un futuro en que el capitalismo salvaje se ha adueñado del planeta y la salida es una: sólo la redención cristiana puede salvar a la humanidad. Y no es un inculto predicador quien escribe, sino un hombre de muchos conocimientos; en su momento, por poner un ejemplo, da de lado a Rousseau y a su hombre naturalmente bueno y toma partido por Voltaire, que le parece que tiene los pies más en el suelo. Rousseau, dice, nunca hubiera aceptado que los morlocks habían robado la máquina del tiempo, con lo que el viajero no la habría recuperado y no habría salido de allí.

El autor conoce muy bien la obra de Wells, que ha leído en inglés, conecta estrictamente con ella y coincide en su lenguaje. El libro, si bien opuesto al pensamiento wellsiano, no "corrige" el mundo que se encuentra el viajero de La máquina del tiempo, sino que "explica" por qué, en el año 802.701, la humanidad ha llegado al extremo en que se encuentra; no se discute que las cosas vayan a ser así, se enderezan, sustituyendo el finalismo materialista de Wells por la fe en un Dios en que acaba toda la Historia.

Tanto Wells como Mendizábal son mentalidades científicas y pensadores sociales, pero aquél tiene más de lo primero y éste de lo segundo. Si la anticipación del inglés es el porvenir biológico, la del español es el sociológico, por eso el uno tiene que hacerla llegar hasta el siglo ocho mil, mientras que al otro le sobran la mayoría de las centurias; si Wells superpone a la temática social perspectivas escatológicas propias de un filósofo de la Historia, Mendizábal la aplasta con ellas.

En otro orden de cosas, cabe comentar que, si el crononauta del inglés, como dice uno de sus contertulios, relata un hecho increíble de un modo creíble y sereno, el del español narra una historia creíble de un modo increíble y vehemente, donde los cambios sociales transcurren a velocidad de vértigo para complacer los propósitos apasionados del autor, aunque eso no empece para que contenga sus méritos. Es un libro que cautivaba al exigente Emilio Serra y mi ejemplar aún conserva para mi guía sus suaves subrayados e interrogaciones. Cuando uno supera el rechazo que puede producirle su componente religioso a la más vieja usanza y, aunque a veces se hace además un poco pesado, se le encuentra mucha sustancia.

Acá, de entrada, no se considera favorablemente una utopía teológica, posiblemente porque se asocia a pensamientos reaccionarios, a lo que no le faltaría un punto de razón. Parafraseando ahora a Trousson [3], diré que en el caso de esta peculiar novela utópica, su objetivo no es el triunfo de la técnica y el progreso que ello conlleva, que resulta nocivo para el hombre, sino el proceso de redención como sentido primordial de la Historia que nos acerca a Dios, origen y final de todas las cosas. La cruz de Cristo representa para el autor esa posibilidad de salvación como sentido último del destino común de todo el género humano.

* * *

Carlos Mendizábal Brunet fue uno de los seis hijos del vasco de Azcoitia Joaquín Mendizábal, catedrático de francés en el Instituto de Zaragoza, y la catalana Carolina Brunet. La epidemia de viruela de 1875 acabó con la vida del padre y de cuatro de los hermanos, sobreviviendo tan sólo Carlos, nacido en 1864, y la madre, que estaba embarazada.

A Carlos le tiraba la ingeniería e ingresó muy joven en la Militar de Guadalajara, con problemas económicos tan acuciantes que su madre hubo de advertirle que "yendo muy bien las cosas, con el último año se acabará el último real". Se graduó de teniente con el número uno de su promoción y, con 22 años, se le encargó del montaje de las primeras baterías Krupp que se instalaron en España. A Menorca se fue con su madre inválida y su hermano de once años.

En 1888 regresó a la Península y, dos años después, redactó el proyecto de alumbrado público de Zaragoza. En 1891 se casó con la canaria Ana María de la Puente Cabezas, de padre aragonés -de Velilla de Ebro- y madre andaluza, y ese mismo año pasó a formar parte de la plantilla de Altos Hornos de Vizcaya, de la que en 1893 fue nombrado Director. En 1901 estalló una huelga porque AHV pagaba en vales de su propio economato y los obreros pretendían cobrar en pesetas. Mendizábal defendió a los trabajadores en el Consejo de Administración y eso le costó el puesto, aunque le indemnizaron con 25.000 pesetas de la época y un paquete de acciones. Estas tensiones se reflejan en sus obras. Cuenta su hijo que, por entonces, cuando regresaba a casa tras una larga jornada de trabajo, se complacía en escuchar a su esposa que interpretaba a Beethoven o Chopin al piano.

Solicitó la excedencia definitiva del ejército y se instaló en su ciudad natal: su más cara idea era crear una industria siderúrgica en Aragón. Fundó "Maquinaria y Metalurgia Aragonesa", cuya gerencia ostentó desde 1902 hasta 1908, año en que se desplazó a Barcelona para fundar el "Sindicato de Patentes Mendizábal". En 1912 enviudó al dar a luz su esposa a su undécimo hijo, y ese mismo año fundó el "Sindicato del Avión Mendizábal", aparato que resolvía el problema de la estabilidad transversal por medio de un doble fuselaje, a la manera de los futuros Fokker-Wulf, que llegó a fabricarse y en el que quiso volar Alfonso XIII, aunque no se lo permitieron.

En 1917 constituyó en Zaragoza la "Comisión de Estudios Electrosiderúrgicos", en 1918 redactó un proyecto de fábrica de aceros para Santa Eulalia (Teruel) y en 1921 otro de aceros especiales para Calatayud. En 1923, con categoría de Director General, se le comisionó para la represión del contrabando en Andalucía. Actuó con tanta energía que, tres años después, su cargo se suprimió: eran demasiados los carabineros que dejaban el Cuerpo. Fue entonces cuando, desde Málaga, se dedicó en cuerpo y alma a su cinisófoto, ingenio que eliminaba la tradicional Cruz de Malta de los proyectores cinematográficos para sustituirla por una corona de espejos de plata que proyectaba la imagen con luz continua. Se fabricaron dos prototipos, uno en París y otro en Berlín, que fueron un éxito, pero nunca llegaron a producirse en serie.

Murió en 1949, a los 85 años de edad. Preocupado uno de sus hijos por la posible inflamación del oxígeno que se le suministraba, le dijo: "El oxígeno es comburente, no combustible". Fueron sus últimas palabras.

En 1964, en el centenario de su nacimiento, Pedro de Montemayor escribió en El Correo Español: "Personas que trataron de cerca a Mendizábal decían con pena que, si hubiera nacido en Alemania, habría tenido tanto apoyo como Diesel y, si hubiese visto la luz en los Estados Unidos, habría sido multimillonario". El mismo Unamuno escribió de él: "... por dentro y por fuera, por su idiosincrasia y hasta por su noble figura, alto y enjuto, era un típico y caballeroso Don Quijote".

Su hijo recrea aquellas llegadas del padre desde Londres, París, Düsseldorf o Génova. Su destino era siempre la estación de Campo Sepulcro de Zaragoza, muy próxima a la casona familiar, situada en la que hoy es Avenida de Hernán Cortés y entonces carretera de paso de rebaños y carros. Allí escuchaban sus narraciones sus seis hijos varones y cinco hembras, a los que inculcó su amor por la música, los libros y los idiomas.

 La primera novela que publicó fue precisamente Elois y Morlocks, a la que siguieron Anafrodisis y Pygmalión y Galatea, editadas ambas por Renacimiento en 1922 por la opinión favorable que merecieron a su asesor literario, Ricardo León. La primera es una novela psicológica en la que un hombre excepcionalmente casto vive con una mujer de costumbres licenciosas para intentar moralizarla y la segunda presenta a un sabio materialista que pretende a una mujer que lo rechaza, por lo que reproduce en el laboratorio su cuerpo, que es el de una estúpida muñeca sin alma.

En 1925 llegó La colisión, en la que un almirante inglés, desesperado por la muerte de su hija, que ha sido víctima de la razón de Estado, hace que su acorazado sea echado a pique en unas maniobras navales en lo que le parece una forma de suicidio digna de él. Y Su primer baile es un alegato en verso contra los primeros tangos que conoció.

Al amoroso recuerdo de su hijo se debe que sepa también de sus obras inéditas. Al final de su vida volvió a sus orígenes, con dos novelas de ficción científica. En Electromoribundia las naciones de la Europa occidental y los Estados Unidos se quedan sin energía por obra de los japoneses, que han realizado un descubrimiento aterrador y quieren ser los dominadores de quienes antaño les dominaron: el paro y el hambre provocan el caos en los países atacados.

Ceguera, que dejó sin acabar, es fruto de la terrible impresión que le produjo a Mendizábal la explosión de la primera bomba atómica. Imagina en ella una explosión solar que deja ciego al occidente, de modo que Rusia se apresta a invadir el mundo capitalista; responde éste con la bomba atómica, hasta que una nueva explosión solar reduce a la ceguera al planeta entero. Concluyó y actualizó el manuscrito su hijo Ignacio, que lo publicó en 1983 en Biblioteca Nueva con el título de La ira del sol, firmado por Zacarías M. Blondel.

Se puede resumir, con su citado hijo, que Mendizábal se adelantó a su tiempo con visiones futuras optimistas en su faceta de inventor y pesimistas en la de escritor, donde muestra constante de su idea fija de que el mundo se va a dividir cada vez más en países elois, que lo poseen todo, y países morlocks, que no tienen nada, así como de la progresiva desaparición de la religión y, con ella, de la moral, empezando por la femenina. Como Bellamy o Wells, Huxley, Orwell o Pérez de Ayala, es un profeta pesimista, que desconfía del futuro de la Humanidad.

En cuanto a lo primero, conocía bien la ideología y la actividad socialista y era consciente de las amenazas que las nuevas relaciones capitalistas suponían, tanto en el sentido de marcar unas diferencias sociales que divorciarían a los hombres en castas irreconciliables, como en el de dar lugar a un estado todopoderoso e implacable -mediante el dinero, las máquinas y el desarrollo científico-, en el que el individuo perdería toda su libertad y viviría sometido y miserable, en la anulación total de su ser. En cuanto a lo segundo, mucho menos frecuente en las utopías o antiutopías contemporáneas que lo primero, los movimientos feministas representaban para él la negación impúdica de las ideas en las que creía profundamente y que sustentaban la vida que llevaba.

Por lo que respecta a los ilustradores de Elois y Morlocks, algunas láminas de Opisso son excelentes y tienen el mérito añadido de recrear la máquina del tiempo e ingenios del futuro, siendo una de las primeras ocasiones en que se representa gráficamente el Kronodromos. Ricardo Opisso y Sala [4] (1880-1966) fue un gran dibujante tarraconense autodidacta; cuando tenía 12 años su padre lo envió con Gaudí para que aprendiera el oficio y éste, con quien trabajaría a lo largo de un cuarto de siglo, lo llevó a la piedra como un ángel del Portal del Nacimiento del templo de la Sagrada Familia. En 1909 ya era conocido por los retratos de Picasso y otros asiduos de Els quatre gats que había dibujado y había alcanzado fama como diseñador editorial e ilustrador de revistas españolas y francesas; se ocupó, en fin, del cómic, destacadamente en En Patufet.

Las ilustraciones de Gili son más convencionales. Baldomero Gili y Roig, nacido en Lérida en 1873 y fallecido en Barcelona en 1927, fue hermano del conocido editor Gustavo Gili y, al contrario que Opisso, cultivó más la pintura que el dibujo: algunas de sus obras figuran en los Museos de Arte Moderno de Barcelona y Madrid. Como dibujante, firmando "Alegret", colaboró asiduamente en el semanario barcelonés L'Esquella de la Torratxa,
precisamente cuando estaba muy ligado a la editorial Gili, para la cual, cuando ya era Litúrgica, adornó una edición del Misal Romanocon unas ilustraciones muy difundidas.

* * *

La acción de Elois y Morlocks sigue fielmente la de La máquina del tiempo de Wells. Como se recordará, el viajero regresa de su desplazamiento cronológico y cuenta a sus amigos, a los que ha invitado a cenar, cómo se ha desarrollado la expedición. Cuando todos se van se queda uno, que no ha abierto la boca -y que bien podría encajar en el Hombre Silencioso de la narración original-, que resulta ser el hermano del viajero, el misionero católico Zacarías M. Blondel, que ha vuelto a casa para disfrutar de una temporada de descanso.

Al reconocerse mutuamente recuerdan y renuevan sus discusiones de antaño: el viajero, Bryant, confiaba en el progreso científico de la humanidad, y su hermano Zacarías en su desarrollo moral. Tras un animado diálogo deciden hacerse al tiempo a la mañana siguiente. Recuérdese que en la novela de Wells también el viajero parte al día siguiente de su regreso, sin ninguna explicación y sin retorno.

Parten a principios del siglo XX y saltan una centuria, hasta principios del XXI, tomando tiempo en el mismo lugar de donde partieron, en el laboratorio de los Blondel, cerca de Londres. Allí les aguarda un viejecillo que sabía de su llegada y había adquirido la casa y el cobertizo. Les cuenta cómo va el mundo.

El autor no espera y, fiel a su pensamiento, presenta una situación que ya prefigura decididamente la de los elois y los morlocks. En los primeros años del siglo XX las grandes sociedades anónimas crearon unos poderosísimos sindicatos que pronto absorbieron a los de los trabajadores. Los primeros poseen todo el poder, a razón de un explotador por cada cien mil explotados -Mendizábal no rehúye este lenguaje, sino al contrario-. La población mundial total es de dos mil millones de habitantes, que viven en su mayoría hacinados en sesenta megalópolis.

Este estado de cosas lo mantiene una policía reclutada en una tribu negra de África a la que se entrena para la brutalidad. Así, la última huelga, que tuvo lugar en Constantinopla mediado el siglo, la saldaron con más de diez millones de muertos, la mayoría de ellos salvajemente torturados. Eso sí, existe una Asociación contra la Depauperación que da de comer a todo el que quiera trabajar, por insignificante que sea la labor que pueda prestar, a la manera del ejército de Tropas del espacio, de Heinlein, que había de admitir hasta la tarea de un ciego y paralítico, si quería servir.

Como en todas las utopías -sean eutopías o cacotopías- su escenario es un universo cerrado, aunque aquí la "isla" sea el mundo entero, como cada vez va a darse más: la tentación del estado totalitario es máxima cuando se trata de un sistema planetario, sin nada que le sea ajeno, sin ninguna frontera que franquear a un mundo exterior.

Los hermanos se horrorizan, Zacarías sobre todo, y parten hacia el siglo XIV, pues han decidido que cada salto triplique al anterior, hasta llegar al tiempo de Weena. El Kronodromos se materializa entonces en una pradera, donde pasta el ganado, pues se han talado todos los árboles del planeta, excepto los de las Ciudades del Placer, para dedicar el suelo a la agricultura y la ganadería. Los recibe un pastor cuyo nombre está compuesto por una letra y un número, que avisa de su llegada a su superior.

Entre tanto los hermanos divisan Londres desde fuera del muro que encierra la ciudad. En los tejados de todas las casas hay máquinas para aprovechar la energía solar y de algunos pende una rampa de la que despegan los "aeropilos", a la manera de esquiadores en el trampolín de saltos. Cuando llega el jefe del pastor, que lleva en su nombre una letra más baja, como corresponde a su casta superior, les propone que lo acompañen hasta la Ciudad del Placer enclavada en la antigua isla de Wight, a donde se dirige, y allá se van los tres, sin más.

Sin ningún control por parte de la autoridad y sin que ningún periodista se interese por ellos, llegan a la maravillosa isla, poblada de una bellísima vegetación. Tienen acceso a ella los miembros de la Sociedad, a razón de una semana al año los más modestos y todas las semanas menos una los de posición más elevada. Todo lo suministran los que viven bajo tierra con sólo apretar un botón, entre ello unas píldoras tonificantes y vigorizantes de modo casi instantáneo, que excitan al placer físico las de color más subido y al psíquico las de tono más suave.

El autor se da demasiada prisa en presencializar el mundo de ocho mil siglos después, traicionando así el espíritu de la obra de Wells y el de la suya propia, pues si en un futuro tan remoto se habrá producido una mutación en la naturaleza misma de la humanidad que rebasará necesariamente los límites de los cambios sociales, esto no ocurrirá en sólo cuatrocientos años. En fin, esta humanidad es ya mórbida y afeminada, de modo que los hermanos Blondel llaman la atención por su estatura, su barba y su tez morena. Zacarías observa que las mujeres son provocativas hasta la procacidad, por lo que pregunta si se tarta de "cortesanas", término que ha de explicar, para enterarse con asombro de que, mientras los varones tienen restringida su estancia en las Ciudades del Placer, las hembras pueden permanecer en ellas indefinidamente, en tanto se conserven hermosas. Durante su larga vida no tienen más que un par de hijos, todo lo más tres, lo que basta para asegurar el mantenimiento de la población y no estropearlas a ellas: las píldoras desarrollan también una función contraceptiva.

Allí se va a ligar, que diríamos hoy, y pronto son asaltados por tres bellas hembras: la rubia de Zacarías, de nombre Neredda y que resulta tener doce años, es la esposa del Director General de Pocilgas y está en teoría interesada por la poesía. Muestra al misionero las "máquinas charladoras" que, como una radio, informan de cuanto sucede y han sustituido a los periódicos. También pueden funcionar de forma fotofónica, pues al introducir en ellas una lámina impresionada, semejante a un DVD, reproducen escenas sobre una pantalla.

Neredda introduce en una de ellas la cinta "Viaje de bodas" y las condiciones del feroz y cruel dominio de las mujeres sobre los hombres son tales que el autor las compara con las arañas epeiras, especie en que la hembra es de tamaño y fuerza superiores a las del macho y es frecuente que se lo coma después de la cópula. No describe lo que muestra la cinta, remite pudorosamente al lector al Ars amandi de Ovidio, III, VII, advirtiendo a quien lo lea que los papeles del hombre y la mujer están invertidos.

Seguidamente le explica que esas máquinas han sustituido igualmente a la literatura, aunque ella tiene una amiga que "lee", una rara persona que sabe leer: es una muchacha que da pie al autor para reflexionar sobre los vicios de su época y proyectarlos exorbitantes al porvenir, haciendo de profeta del desastre. El primer vicio es que los periódicos han dado respuesta fácil y rápida a la curiosidad humana, una respuesta que no exige trabajo por parte del lector, matando así al libro. Después la parte gráfica desplazó al texto y, finalmente, las imágenes de la telefotónica arruinaron todo lo impreso.

El segundo vicio mayor es que el amor libre, que era la máxima aspiración del hombre-materia, ha supuesto su derrota y el triunfo de la mujer materializada. El hombre, al arrancar a la mujer su religiosidad, primero, y su decoro, después, creyó que iba a conseguir aquel sueño de "todas para todos", mas se encontró con la dura realidad de que "todos para todas". La mujer, tras ser elevada de esclava a igual al varón por el cristianismo, le ha dado un puntapié a la escalera.

La pérdida de la fe es la causa de todos los males, de los antedichos y de varios más, como el de que los hijos puedan ser hijos de cualquier padre, puesto que sólo se acredita su línea materna, o que la eutanasia se haya generalizado entre los hombres mayores que no pueden valerse por sí mismos. El padre de Lía, la muchacha que lee, ha fundado una religión con lo que le ha parecido lo mejor de los diversos credos antiguos y le da una explicación a Zacarías que suscribiría más de un fenomenologista de la religión: "Las religiones fueron primero objeto de fe, después objeto de culto y luego pretexto de ritos", hay que entender que artísticos.

Es una lástima que el autor desaproveche la explicación. En su visita al templo de la Belleza Total -¿qué otro templo podría haber en una Isla de Placer?-, Zacarías se escandaliza al contemplar los cuadros y las esculturas que lo llenan y que reproducen con el mayor verismo imágenes que harían insulsas las escenas de alcoba de Nerón. La multitud acude desnuda, lo que vuelve a escandalizar a Zacarías, tan sólo para que su acompañante le haga ver que eso es sólo la culminación de lo que comenzó en su tiempo, cuando las mujeres que asistían a una fiesta habían de lucir un traje que dejase ver parte de sus encantos, para no ofender a sus anfitriones, y las actrices en el teatro aún habían de mostrar más, para satisfacer a quienes habían pagado su entrada. El envilecimiento de la sociedad del siglo XXIV es sólo el proceso lógico de degradación que se había iniciado en el XX.

Este planeamiento teórico parece que exigiría que las castas fueran impermeables, lo que todavía no se da del todo. Por el momento descienden al Abismo las mujeres de la superficie que nacen feas o imperfectas y pueden ascender desde él las que nacen lo suficientemente bellas, que cada vez son menos, dada la vida de allá abajo. En cuanto a los hombres, pueden descender los débiles o malformados, mas ninguno y por ningún concepto puede ascender: quien viste una vez el mono azul ya no lo abandona nunca.

En las clases intermedias -a extinguir en el porvenir- se sube de categoría, esto es, se pasan más semanas en el placer que en el trabajo, de dos maneras: por muerte del superior jerárquico, lo que es frecuente porque la vida en las Ciudades del Placer desgasta mucho, o porque teniendo derecho a residir en ellas por un plazo, una o varias mujeres lo requieran por más tiempo, lo que resulta muy infrecuente, dado lo inconstantes y exigentes que son estas hembras. Las castas no están en lucha, por supuesto: los unos disfrutan de su suerte y los otros se resignan con ella.

Cuando Zacarías/Mendizábal conoce que no existe el dinero rezonga que a los trabajadores se les paga con "cuadra y pienso", a lo que replica su hermano que igual se hacía en su tiempo, aunque se pusiera el dinero por medio. Y otra cosa más: las mujeres de las clases más altas, primeras letras del alfabeto, no paren más que "productos" hembra, pues se ha logrado elegir el sexo. Su gestación dura cinco meses, para facilitar el parto, y las incubadoras hacen el resto. De uno u otro modo, la eugenesia está presente en todas las utopías.

Denunciadas la explotación del trabajador y la perdición de la mujer, el autor hace que el último día, siempre sin mayores requisitos ni controles, los hermanos desciendan a una Ciudad del Trabajo, el Londres del Abismo en el que se hacinan millones y millones de seres humanos que trabajan 16 horas al día y jamás han visto la luz del sol: son los que tienen todos los deberes y ningún derecho, al contrario de quienes moran en las Ciudades del Placer, que son servidos en todo mas no prestan servicio alguno. Entre ambas clases, y en tanto la sociedad siga siendo imperfecta, existe la citada clase intermedia, transitoria, que posee derechos y deberes a intervalos.

Los operarios de los talleres tienen hipertrofiados y deformados los miembros que utilizan, para mejor adaptarse a la máquina, y han de "casarse" entre sí los que desempeñan el mismo trabajo para que sus hijos hereden este carácter (sería otro ejemplo de "eugenesia", basado en el supuesto de la conservación de los caracteres adquiridos, según la teoría lamarckiana que correspondía a un pensamiento conservador de la época, opuesto al de Darwin).Tras el trabajo y la comida, que es de menor ración para el que produce por debajo de lo exigido, cada obrero es encerrado con su pareja. Los que se sienten atraídos por una persona distinta de la que se les ha asignado solicitan servir en los Thanatos, el reverso tenebroso de los Palacios de la Eutanasia, donde se permite el amor libre pero cuyos efluvios crean adicción y matan. Sirven para regular el exceso de población.

Los dos hermanos toman el ascensor en sentido contrario y regresan a la pradera donde ha de materializarse el Kronodromos, sin que nadie se haya interesado por su visita ni por su invento. El gran adelanto de este siglo, concluye Bryant, es el extraordinario aprovechamiento de la energía solar y su subsiguiente distribución, que culmina en el dominio del clima.

En los saltos que vienen a continuación los Blondel comprueban que el mundo no va a progresar más: la humanidad de la superficie se va volviendo cada vez más infantil y la subterránea más bárbara, evolucionando respectivamente hacia los elois y los morlocks del futuro del siglo ocho mil de Wells. En el último salto el Kronodromos se acelera hacia adelante, sin responder a los mandos, mas cuando los hermanos se creen perdidos, se detiene bruscamente, precipitándolos inconscientes a tierra. Y con este suspense se cierra el primer tomo.

* * *

Al inicio del segundo, cuando Zacarías vuelve en sí busca a su hermano y lo halla muerto, asesinado. Lo que ha sucedido es que la máquina no se ha averiado, sino que no se detenía porque llevaba una velocidad "krónica" variable, mientras que en el viaje anterior la misma máquina estaba detenida en esos instantes, esto es, su velocidad krónica era uniforme. Sólo cuando parte el Kronodromos del primer viaje es cuando puede detenerse el del segundo.

Al desaparecer aquél se materializa al instante éste, de modo que los morlocks sólo se enteran de que se ha producido una fuerte sacudida y, cuando ven a Bryant inconsciente, lo matan, pues él ha matado poco antes -en su tiempo de ellos- a uno de los suyos, según se narra en la obra de Wells.

Zacarías no se ha detenido en períodos anteriores para ayudar a los desdichados del Abismo que le inspiraron tanta lástima porque la situación del siglo ocho mil descrita por Bryant ya se había dado y nadie la podía cambiar. Pero ahora el futuro ya no está escrito, por lo que se va a entregar en cuerpo y alma a la salvación de las gentes de ese tiempo, los blancos elois que ya son sólo un pueblo de "lindos muñequitos" y los negros morlocks que se asemejan a "monos degenerados".

En ese mundo elemental, los elois viven en la superficie despreocupadamente felices, no conocen el trabajo y son frugívoros, esto es, tienen la inteligencia de un niño de pocos años, se pasan el día jugando y se alimentan de los frutos que cogen de los árboles; por la noche se refugian en las ruinas de los antiguos edificios porque los morlocks, que viven bajo tierra y son astutos, activos y casi ciegos, los atrapan y se los comen.

Todo es igual que en la obra de Wells, aunque en la de Mendizábal se explicita lo que en aquélla había que deducir. Los explotadores, liberados por el progreso científico de la necesidad de trabajar, han degenerado en los elois; los explotados, adaptados a sus condiciones de vida subterránea, han degenerado en los morlocks, que devoran a sus antiguos amos.

El relato de Wells -y al de Mendizábal le ocurre lo mismo- es una profecía cruel del porvenir de la civilización capitalista. Señala Bergonzi [5] que The Time Machine se puede entender también como una oposición entre esteticismo y utilitarismo, pastoralismo y tecnología, en cuyo caso la obra se convierte en un gusto por la decadencia y pierde su carácter de advertencia al capitalismo del mundo industrial o a la injusticia de la era victoriana.

Mas fuera cual fuera la idea de Wells, la de Mendizábal está decididamente clara. Comienza su trama propia describiendo cómo Zacarías se hace fácilmente amigo de los elois, aprende su sencillo lenguaje y se encuentra con que su inteligencia infantil es incapaz de aprehender ideas abstractas, como los conceptos morales de que precisa una religión. Los morlocks, por su parte, se mantienen hostilmente alejados de él, hasta que un día salva a uno de ellos de un derrumbamiento.

A partir de entonces todo cambia rápidamente, como complace al autor: el lenguaje gutural de los morlocks resulta ser sorprendentemente avanzado, lo aprende e inicia con éxito su conversión al cristianismo, lo que en primer lugar se traduce en que se visten y se vuelven vegetarianos, a lo que él ayuda recogiendo semillas de un museo, plantándolas, cosechando cereales y fabricando pan. Nuestro autor da por supuesta la incapacidad absoluta del individuo para rebelarse por sí mismo contra el sistema que lo domina, su liberación sólo puede llegarle por la redención cristiana y ésta tampoco se podrá lograr hasta que el sistema no desaparezca como tal.

El misionero salva a su vez a una eloi capturada por un morlock sin convertir, al que hace comprender lo abominable de su acción, y de nuevo con gran rapidez, los elois se convierten, aunque sea de un modo más elemental. Uno de ellos, especialmente dotado, llega a la conclusión de que hay que perdonar, de que un poder superior dice que hay que amar a los enemigos, germinando así en sus cabezas la idea de Dios. Zacarías colabora en la medida de sus posibilidades, pegándole un tiro a un morlock "apóstata" que intenta raptar a una eloi: lo fulmina para que todos se formen cabal idea de lo terrible que puede llegar a ser el castigo divino.

Pronto se encuentra con que la eloi a la que salvó de ser devorada no llegó a ser comida pero sí violada por su captor, por lo que está embarazada. Las mujeres de las clases altas han llegado a su triste final, ya no son las epeiras que devoran al macho después de la cópula, sino las que copulan obligadas antes de ser devoradas. En este caso resulta ser una bendición de Dios, pues el hijo, aunque es "un monstruo que recuerda los delirios de las teogonías paganas", es la primicia de la raza moreloi, que en cada generación va a asemejarse más a la humana que le precedió. Así que empiezan a casarse en parejas mixtas, rigurosamente monógamas, recreándose siempre el autor en la unión de un fuerte varón morlock con una débil hembra eloi. Así, en tiempo que es, como siempre, inverosímilmente corto, queda establecido el nuevo orden.

Ramiro de Maeztu, amigo personal del autor, que nuca dejaba de visitarlo en sus viajes a Londres, escribió una crítica de la obra en la que decía que no podía menos de interesar a quien presenciase "el desarrollo del maquinismo y del movimiento feminista" [6]. Y no se puede resumir mejor este universo del siglo ocho mil: ni máquinas ni feminismo.

En esa línea, el trabajo como obligación viene reemplazado por el trabajo-misión, al que todos se entregan desde el primer día con el mayor entusiasmo. Y la mujer se entrega igualmente a la maternidad-misión, ya que el objeto de su vida pasa a ser alcanzar la dignidad de madre. El "Elevado", como llaman al misionero, que llegó al futuro con algo más de treinta años de edad, emplea otros tantos en recorrer Europa, Asia y África, convirtiendo a su paso a todos sin excepción, de modo que no deja tras él más que fervientes cristianos y nuevos morelois: la cosecha de su predicación es más rápida y abundante que la del mismo Cristo, sólo parangonable a la conquista del mundo por el Napoleón de Geoffroy.

Hasta que un día decide regresar a su tiempo y explicar al mundo el desastre a que conduce el modelo de sociedad que ha elegido, aunque, por otra parte, ya ha sucedido y ya no se podría evitar. A sus discípulos no parece que les enseñe a leer ni escribir ni que deje entre ellos ministros de la religión que le reemplacen, quizá porque el autor -que se ha atrevido a tanto- no se atrevió a abordar la formalidad de la ordenación sin sucesión apostólica y demás. Toma su Kronodromos con un mestizo moreloi como pasajero y testigo de cuanto va a revelar y regresa al año 1906.

Por un error de cálculo cae al mar, ahogándose su acompañante y perdiéndose el ingenio temporal con todo cuanto transportaba. Sólo él, buen nadador, resiste sobre las olas hasta ser rescatado por el vapor Eloisa, a cuyo médico de a bordo, el Dr. Lázaro Clendabims, confía las notas de su expedición cronológica, que éste traduce al castellano y publica en España.

El misionero pide licencia a sus superiores para evangelizar Europa, pues es a los civilizados y no a los salvajes a quienes hay que convertir, pero ellos se la deniegan afablemente, sin interesarse por dónde ha estado o cómo ha envejecido de pronto treinta años y lo hacen regresar al archipiélago de las Gilbert, en una de cuyas islas más apartadas es pronto martirizado por los indígenas.

Puesto a rematar con una maldad, imagino que a algún lector pudo terminar por complacerle este final, e incluso pudo haber quien lamentase que al misionero no lo hubieran enviado al Abismo o se lo hubieran comido los morlocks, porque la verdad es que Zacarías M. Blondel acaba por hacerse pesado.

 

 

 

NOTAS

1. Buber, Martin. Caminos de utopía, Madrid, Movimiento Cultural Cristiano, 1993.

2. Mannheim, Karl. Ideología y utopía. Introducción a la sociología del conocimiento, Madrid, Aguilar, 1958 (3ª ed., 1973).

3. Trousson, Raymond. Historia de la literatura utópica. Viajes a países inexistentes, Barcelona, Península, 1995.

4. He respetado la forma castellana en que aparecen citados Ricard Opisso i Sala y los hermanos Baldomer y Gustau Gili i Roig: éste, por ejemplo, era siempre Gustavo Gili.

5. Bergonzi, B. The Early H.G. Wells. A Study of the Scientific Romances, Manchester, 1961 (tomo la cita de R. Trousson, op. cit.)

6. La Correspondencia Española, 5 de junio de 1909.

 

 
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