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La Gran Psiquis [1] pertenece a la historia de la literatura española de mucha fantasía y un poco de proto ciencia ficción, mas hay que empezar por decir que no es una gran novela del género. Dice acertadamente José Luis Calvo Carilla en El sueño sostenible que “la tendencia a contrarrestar con humor los excesos imaginativos –y que de paso dota a algunas de estas obras de una naturaleza paródica, vicaria de la anticipación europea y norteamericana- puede verse en la época en […] La Gran Psiquis, novela fantástico-humorística de Melitón Leoz”. Y en otro lugar que “el destino del género humano está resuelto en no pocas ocasiones por la vía espuria del humorismo más plano y caricaturesco”, en referencia de nuevo a esta novela y otras de su laya. Queda ya criticada.

Como no podía ser menos, Carlos Saiz Cidoncha la menciona en su tan mentada Tesis sobre la ciencia ficción española pero, como de sólito, no la enjuicia, se limita a resumir su argumento, que lo hace bien y ya es bastante. Carlos es un gran resumidor de argumentos y capaz de leer hasta el final el libro más duro de leer.

No he sabido encontrar ningún dato biográfico de Leoz ni en Enciclopedias, ni en Diccionarios ni en las tres obras suyas que escribió: las novelas La Gran Psiquis y Argimiro y el volumen de cuentos Poca cosa, a más de un artículo en La Ilustración Española y Americana y un par de ensayos breves compartidos. La República anunciaba y vendía sus novelas, igualmente sin informar sobre él.

La Gran Psiquis la narra en primera persona Juan Pérez, el joven propietario y director de El Tiempecito, el periódico local de El Ronzal, que se desplaza a Mojadillo para informar sobre el sepelio de un ilustre músico y poeta. A la salida del cementerio lo recoge un antiguo conocido, el doctor Secundino Reciares, especialista en enfermedades mentales que cura por la seducción, gracias al gran poder hipnótico que posee. A poco de subir al carricoche el doctor lo mira fijamente a los ojos, lo toma de las manos y eso basta para hacerle “sufrir el vértigo terrible que deben de sufrir los que se despeñan y caen a un abismo”.

Salta con su imaginación de un mundo a otro hasta terminar de nuevo en el cementerio, ante la tumba del muerto. Allí lo deslumbra un punto de luz que se va agrandando y se convierte en la figura de una bellísima joven desnuda. De las nubes que la rodean como finas gasas, surgen más figuras semejantes, asimismo desnudas y dotadas de alas transparentes.

El hada que vela el sepulcro es Helia, hija de nuestro Sol, y otra hada es Siria, hija de la estrella Sirio, que es la Gran Psiquis por su suprema categoría estelar. Ha llegado a la Tierra con una legión de psiquis de menor rango, convocada por una fuerza que desconoce pero a la que tiene que obedecer.

Se desplazan al laboratorio de Reciares y el narrador las sigue, despojado de su envoltura corporal y convertido en un “hombre atómico”. Las hadas se colocan sobre las lentes del microscopio, a través del cual se ve una lucha a muerte entre dos monstruos antediluvianos. El vencido pierde un ojo que se convierte primero en una esfera y después en un mundo en que aparece una multitud de seres ultramicrobianos, que gritan por su derecho a la vida y amenazan a la humanidad. Una nube de oxígeno cae sobre ellos y los mata a todos, sin que vuelva a aparecer ningún otro mundo a lo largo de la novela.

El doctor Reciares tiene su laboratorio en el pueblo de Cauceseco, que no hace sino decaer, vecino y rival de Mojadillo, que no cesa de prosperar. Allí recibe a su amigo de toda la vida, Bonifacio, hoy cura párroco del lugar, y muy excitado le cuenta que ha descubierto la psiquis, derivada de una formación atómica que es la quintaesencia de los mundos y que produce en el cerebro humano actividades psíquicas, del mismo modo que una chispa al contacto con una materia combustible. A la sustancia que ha descubierto la llama astral.
 
Ha llegado a la conclusión de que hay psiquis planetarias, como la del cura, solares, como la suya, y otras estelares, a las que habría que llamar porque a las de la Tierra le sucede lo que a los átomos, que envejecen y se vuelvan poco eficaces. Así que sube a la azotea e instala en ella un extraño aparato de su invención, que contiene el astral y cuyas antenas dirige hacia Sirio.

Sabe el autor que este astro está tan lejos de la Tierra que algo que viajara a la velocidad misma de la luz tardaría años en llegar, por lo que –dentro del tono casi infantil de la narración- intercala que puede haber radiaciones que viajen por encima de esa velocidad.

Cuando ata el aparato a la barandilla de la azotea, para que no se lo lleve el viento, el codón con que lo sujeta, que está impregnado de astral, produce un contacto y Reciares ve fugazmente a las psiquis. Loco de júbilo inyecta astral a su garo y a un mono que compra a un titiritero, sin mayor éxito. Vuelve entonces a su aparato y esta vez consigue ver plenamente en el espejo a esa bellísima joven desnuda, con alas transparentes, que es la Gran Psiquis.

Se postra de hinojos ante ella: “¡Oh diosa de la inteligencia –oró–, de la bondad y de la hermosura, diosa que vas a regenerar al mundo, aniquilando, extirpando la maldad y la ignorancia: yo te saludo y te venero!”

Pasada la primera impresión se da cuenta de que puede dominar a las psiquis y ponerlas en acción. Encierra en una pequeña bola a la Gran Psiquis y la introduce cuando duerma en la nariz del Petaca, un vagabundo astroso al que ha ofrecido comida, cama y un duro, que mira con ojos de deseo a Isidora, la sirvienta del doctor.

En el mismo espejo éste ve al poco cómo se mueve la Psiquis por entre el ramaje enmarañado que conforma el cerebro del Petaca, un bosque entre cuyos árboles hay a modo de campamentos de bandidos holgazanes que, en cuanto ven a Siria, le preguntan quién es. “Lo soy todo y no soy nada –les responde-, soy un átomo imperceptible, lo más tenue y lo más sutil que existe en la Naturaleza, soy la quintaesencia de un astro, soy…”

La interrumpen porque no entienden nada y ella prosigue: “Busco el bien de la humanidad, deseo habitar en estos bosques, junto a vosotros, para limpiaros, para libraros de esta roña que entenebrece vuestros semblantes, para purificaros, para ennobleceros, para haceros buenos…”

Cuando añade que será arrojado al Río de la Muerte todo el que estorbe, se abalanzan sobre ella y sólo la salva que acude en su socorro un caballero de finos modales que la invita a marcharse. Es el Intelecto, igualmente de condición psíquica, que le dice tan educada como enérgicamente que ha de irse, pues no pueden convivir dos seres de esa igual naturaleza en un mismo cuerpo. Le explica que, aunque ahora viejo y achacoso, ha residido en el cerebro de hombres como Ptolomeo, Newton, Da Vinci, Laplace y otros sabios más.

Luego el doctor ha de ser testigo de dos escenas que lo escandalizan. Ve en el espejo que en el cerebro que observaba un sátiro se lanza sobre la desnuda Gran Psiquis y la arrojaba al suelo y, en la habitación que ocupa, que simultáneamente el Petaca se quita la bola de la nariz y sale en persecución de Isidora.

Cortada la comunicación, nada puede hacer por la Psiquis, pero sí por la sirvienta, que está en la cocina acorralada por el vagabundo. Descuelga de la pared una vieja escopeta, la dispara y, aunque el arma no está cargada, el “esquimal” se asusta, suelta a la hembra y huye.

Empieza a murmurarse en el pueblo que en casa da de don Secundino hay algo que se agita, se mueve y está en la atmósfera. En el Casino de la Amistad dicen los unos que ha hecho hablar a un gato y a un mono y los otros que está en tratos con el ánima de su difunta esposa (después se dirá que ha tenido dos). En el atrio de la iglesia, donde se reúnen las mujeres a alabar a Dios y despellejar a sus criaturas, una cuarentona ventriglubosa, conocedora del mundo y acaso de la carne, afirma que era judío y se citaba con Satanás, al que había visto salir por la puerta del corral y era feísimo, por cierto.

Siguen un par de capítulos sin acción. Ésta se desencadena en un regreso del doctor a su casa, pues han desaparecido las psiquis. Interroga a Isidora, a la que le echa unas broncas tremendas, diciéndole por ejemplo que encuentra demasiados pelos en las comidas, por lo que los va a contar y si son más de diez a la semana, la despedirá.

Interrogada una y otra vez, Isidora termina por confesar que ha entrado el Petaca en la casa, ha subido a la azotea y después la ha violado. El médico decide de inmediato que la ha embarazado t que la Gran Psiquis se ha instalado en lo que va a ser el cuerpo del futuro niño.

Pasan nueve meses y nace un crío que, a los cinco años, sufre una encefalitis que lo pon entre la vida y la muerte, y al sanar empieza a tener visiones espantosas por las noches y comienza a profetizar. Tras el acierto en la predicción de alguna muerte su fana de mago y adivino –no faltan quienes creen que es el diablo en persona- crece de tal modo que el doctor lo saca fuera del pueblo y lo interna en un centro de enseñanza.

Durante todo este tiempo no ha dejado de examinar su cerebro, donde los monstruos heredados ahogan a la Gran Psiquis y apenas la dejan vivir. Pero Senén, apodado Coronilla, se escapa del colegio y por algunos años nada se sabe de él. El doctor don Secundino Reciares, aconsejado por el cura don Bonifacio, pasa esos años en santa vida, consolándose en la lectura del Quijote, particularmente de ese último capítulo en que el hidalgo recuera la razón.

Una noche de otoño, el día en que el doctor cumplía sesenta años, cuando se halla ya curado de su locura científico-social y ha abandonado toda clase de experimentos y especulaciones, entran en la casa cuatro hombres mal encarados, entre ellos el Petaca y el Coronilla, que roban cuanto hay en ella y matan al doctor.

El narrador, que lo ha presenciado todo, huye despavorido y termina en el cementerio de Mojadillo, donde ve a las psiquis Helia llorando sobre la tumba de su amado poeta muerto. Siria le dice que el cerebro humano es intolerable para ella, que no puede hacer nada por regenerar a la humanidad y que se vuelve al reino de su padre, como así lo hace, dejando tras sí una estela brillante en el firmamento

Nuestro hombre siente que la tierra se abre bajo sus pies, que se hunde en un pozo y que luego las aguas lo suben hasta la superficie, donde distingue a don Secundino, don Bonifacio y la buena Isidora.

-¡Despierte, Pérez! –le ordena el médico. Y despierta.

Todo ha sido un sueño, el doctor lo ha hipnotizado y lo ha hecho dormir durante una hora y siete minutos, en los que ha soñado con veinte años de sus vidas.

Y yo me he extendido mucho para una novela que es cosa de menos.

NOTAS

1. Leoz, Melitón. La Gran Psiquis, novela fantástico-humorística, Imp. de Vicente Rico, Madrid, 1922, 198 pp.

 
 
 

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